Yo quiero ser políticamente incorrecta...
Pues sí, querid@s, me he hartado de la corrección política. Es más, estoy hasta los ovarios de ella.
Veréis, yo soy esa clase de idiota que recicla su basura, recoge las caquitas de su perro, respeta las señales (las de tráfico y las otras), saluda a sus vecinos cuando se cruza con ellos por la escalera (pese a no recibir más que una cara de vinagre y, con suerte, algún gruñido) e incluso ayuda a las viejecitas de su edificio a subir las bolsas de la compra. En la oficina cumplo escrupulosamente con mis tareas y no alargo ni un minuto más el tiempo del desayuno. Con la gente que me rodea trato de ser amable y servicial, quien quiera que me necesite me tendrá para lo que yo pueda ayudar con sólo darme un telefonazo. Con mis parejas trato de llevar la relación lo mejor posible, sin crear problemas innecesarios ni discusiones absurdas. Me desvivo por mis amigos (aunque algun@s no quieran, no les guste o no sean capaces de reconocerlo) y trato a mis conocidos con cordialidad y buen rollito. Y, que conste, sé distinguir a mis amigos de mis conocidos (aunque a veces los que yo consideraba amigos de verdad se quiten la careta y me descubran, tras años de trato y confidencias, que son para mí más extraños que la gente con la que me cruzo en la cola del súper, vease un claro ejemplo más abajo).
No es que me considere mejor persona que el resto. Siempre he tenido muy claro que tan sólo soy una más de las personas que pueblan este mundo surrealista. Y tengo toneladas de defectos que resultarían muy largos de enumerar aquí. Pero los reconozco. Los reconozco todos. Aunque me duela. Aunque me joda sobremanera. Pero también soy consciente de que la lista de defectos de los demás no tiene nada que envidiarle a la mía.
Y pese a toda mi buena voluntad, esto es lo único que he conseguido:
-Rebuscar en la basura inorgánica para rescatar las latas y bricks que mis compañeros (pese a mis indicaciones) no han tirado al cubo adecuado.
-Recibir reprimendas absurdas y desproporcionadas por parte de transeúntes extraños que piensan que el campo de minas que hay frente a mi casa ha aparecido por obra y gracia del culito de mi Chucho Infernal.
-Ser objeto de miradas de desaprobación por parte de mis amables vecinos cada vez que me atrevo (¡qué osadía la mía!) a murmurar un ¡buenos días! cuando bajo las escaleras.
-Asistir atónita cada mañana al entrar en la oficina al bonito espectáculo de mi menda currando como una loca para que los fontanerillos se puedan ir pronto a hacer sus trabajos mientras mis compañeras se dedican a contarse sus últimas compras, lo que hicieron el fin de semana o lo que van a hacer el próximo. Por no mencionar que algunas de ellas dilatan exageradamente el tiempo de su desayuno.
-Comprobar que las personas en las que tiempo atrás deposité mi amistad y mi confianza nunca fueron dignas de ellas.
-Con mis parejas sólo obtengo uno de estos dos resultados: O bien me dejan porque están esperando a una princesita azul que sólo vive en su imaginación o bien me dejan porque esperan de mí que sea una dominatrix que las maltrate y les haga la vida imposible porque sólo así son felices.
-Y, sobre todo, cabrearme. Cabrearme mucho viendo cómo personas sin una mínima escala de valores ni éticos ni morales, egoístas, materialistas, que maltratan a la gente que hay a su alrededor, que viven de las apariencias y que han hecho de la hipocresía y la falsedad un modo de vida son felices, todo les sale bien y están rodeadas de otras personas que, inexplicablemente, beben los vientos por ellas.
Así que, tras todo lo expuesto anteriormente, he decidido ser todo lo políticamente incorrecta que pueda. Tal vez así las cosas vayan mejor.
Aunque sé que no, que no seré capaz, que preferiré ser siempre la estúpida ingenua e ilusa a la que la caen palos por todos los lados antes que convertirme en alguno de esos repugnantes seres (repugnantes en mi opinión, claro, que ya tienen a muchos que les adora...) a los que cometí, tiempo atrás, el error de calificarlos como amigos míos.
De todas formas, sí que creo que iré a ver la obra. Paso todos los días frente al teatro. A ver si un día me paro a mirar los horarios.
Chascarrillo laboral de hoy:
-La Pija: Tías, ¿sabéis si por aquí hay alguna tienda de lencería masculina?
(¿Lencería masculina? Al escuchar eso, mi calenturienta cabecita, no me preguntéis por qué, se imagina a un señor muy serio vestido tan sólo con liguero, tanga y sujetador de encaje rojo…)
-Yo: ¿Lencería masculina? ¿A qué te refieres?
-La Pija: Pues a ropa interior para hombres, claro.
(¿Ropa interior para hombres? Al escuchar eso, mi picaruela cabecita, no me preguntéis por qué, empieza a recordar todas las tiendas de Chueca repletas de lo más variado en calzoncillos, slips, boxers, tangas y suspensorios, todos ellos la mar de apañados para cualquier tipo de fantasía…)
-Yo: Es que la lencería sólo se refiere a la ropa interior femenina.
-La Pija: ¿Y la ropa interior masculina cómo se llama?
-Yo: Pues… ropa interior masculina. ¿Qué es lo quieres comprar?_me atrevo a preguntar. Y es que mi curiosidad no escarmienta.
-La Pija: Pues un pijama de seda para mi chico…
O lo que es lo mismo, su chico lleva demasiado tiempo con ella. Si es que todo se pega menos la hermosura…
…de fondo My number one de Helena Paparizou (¡Pedazo de cacho de trozo de griega! El charco de baba que dejé en el salón de JM el día de Eurovisión fue de esas cosas que ninguno de los dos ha podido olvidar)
Veréis, yo soy esa clase de idiota que recicla su basura, recoge las caquitas de su perro, respeta las señales (las de tráfico y las otras), saluda a sus vecinos cuando se cruza con ellos por la escalera (pese a no recibir más que una cara de vinagre y, con suerte, algún gruñido) e incluso ayuda a las viejecitas de su edificio a subir las bolsas de la compra. En la oficina cumplo escrupulosamente con mis tareas y no alargo ni un minuto más el tiempo del desayuno. Con la gente que me rodea trato de ser amable y servicial, quien quiera que me necesite me tendrá para lo que yo pueda ayudar con sólo darme un telefonazo. Con mis parejas trato de llevar la relación lo mejor posible, sin crear problemas innecesarios ni discusiones absurdas. Me desvivo por mis amigos (aunque algun@s no quieran, no les guste o no sean capaces de reconocerlo) y trato a mis conocidos con cordialidad y buen rollito. Y, que conste, sé distinguir a mis amigos de mis conocidos (aunque a veces los que yo consideraba amigos de verdad se quiten la careta y me descubran, tras años de trato y confidencias, que son para mí más extraños que la gente con la que me cruzo en la cola del súper, vease un claro ejemplo más abajo).
No es que me considere mejor persona que el resto. Siempre he tenido muy claro que tan sólo soy una más de las personas que pueblan este mundo surrealista. Y tengo toneladas de defectos que resultarían muy largos de enumerar aquí. Pero los reconozco. Los reconozco todos. Aunque me duela. Aunque me joda sobremanera. Pero también soy consciente de que la lista de defectos de los demás no tiene nada que envidiarle a la mía.
Y pese a toda mi buena voluntad, esto es lo único que he conseguido:
-Rebuscar en la basura inorgánica para rescatar las latas y bricks que mis compañeros (pese a mis indicaciones) no han tirado al cubo adecuado.
-Recibir reprimendas absurdas y desproporcionadas por parte de transeúntes extraños que piensan que el campo de minas que hay frente a mi casa ha aparecido por obra y gracia del culito de mi Chucho Infernal.
-Ser objeto de miradas de desaprobación por parte de mis amables vecinos cada vez que me atrevo (¡qué osadía la mía!) a murmurar un ¡buenos días! cuando bajo las escaleras.
-Asistir atónita cada mañana al entrar en la oficina al bonito espectáculo de mi menda currando como una loca para que los fontanerillos se puedan ir pronto a hacer sus trabajos mientras mis compañeras se dedican a contarse sus últimas compras, lo que hicieron el fin de semana o lo que van a hacer el próximo. Por no mencionar que algunas de ellas dilatan exageradamente el tiempo de su desayuno.
-Comprobar que las personas en las que tiempo atrás deposité mi amistad y mi confianza nunca fueron dignas de ellas.
-Con mis parejas sólo obtengo uno de estos dos resultados: O bien me dejan porque están esperando a una princesita azul que sólo vive en su imaginación o bien me dejan porque esperan de mí que sea una dominatrix que las maltrate y les haga la vida imposible porque sólo así son felices.
-Y, sobre todo, cabrearme. Cabrearme mucho viendo cómo personas sin una mínima escala de valores ni éticos ni morales, egoístas, materialistas, que maltratan a la gente que hay a su alrededor, que viven de las apariencias y que han hecho de la hipocresía y la falsedad un modo de vida son felices, todo les sale bien y están rodeadas de otras personas que, inexplicablemente, beben los vientos por ellas.
Así que, tras todo lo expuesto anteriormente, he decidido ser todo lo políticamente incorrecta que pueda. Tal vez así las cosas vayan mejor.
Aunque sé que no, que no seré capaz, que preferiré ser siempre la estúpida ingenua e ilusa a la que la caen palos por todos los lados antes que convertirme en alguno de esos repugnantes seres (repugnantes en mi opinión, claro, que ya tienen a muchos que les adora...) a los que cometí, tiempo atrás, el error de calificarlos como amigos míos.
De todas formas, sí que creo que iré a ver la obra. Paso todos los días frente al teatro. A ver si un día me paro a mirar los horarios.
Chascarrillo laboral de hoy:
-La Pija: Tías, ¿sabéis si por aquí hay alguna tienda de lencería masculina?
(¿Lencería masculina? Al escuchar eso, mi calenturienta cabecita, no me preguntéis por qué, se imagina a un señor muy serio vestido tan sólo con liguero, tanga y sujetador de encaje rojo…)
-Yo: ¿Lencería masculina? ¿A qué te refieres?
-La Pija: Pues a ropa interior para hombres, claro.
(¿Ropa interior para hombres? Al escuchar eso, mi picaruela cabecita, no me preguntéis por qué, empieza a recordar todas las tiendas de Chueca repletas de lo más variado en calzoncillos, slips, boxers, tangas y suspensorios, todos ellos la mar de apañados para cualquier tipo de fantasía…)
-Yo: Es que la lencería sólo se refiere a la ropa interior femenina.
-La Pija: ¿Y la ropa interior masculina cómo se llama?
-Yo: Pues… ropa interior masculina. ¿Qué es lo quieres comprar?_me atrevo a preguntar. Y es que mi curiosidad no escarmienta.
-La Pija: Pues un pijama de seda para mi chico…
O lo que es lo mismo, su chico lleva demasiado tiempo con ella. Si es que todo se pega menos la hermosura…
…de fondo My number one de Helena Paparizou (¡Pedazo de cacho de trozo de griega! El charco de baba que dejé en el salón de JM el día de Eurovisión fue de esas cosas que ninguno de los dos ha podido olvidar)