tras la cortina de humo
se puede describir una ilusión, un miedo, un sentimiento? podrías describir un sueño?
Acerca de
¿A alguien le importa quien sea?Lo que importa son los sentimientos, las ilusiones, los miedos y los sueños. Por ellos me conocereis.A mi. Al alquimista
Sindicación
 
... un poco de lluvia... porque sigue lloviendo... a ratos...
La lluvia suele dar mucho de sí. Da para hablar y escribir. A unos les gusta, y a otros no. Unos la ven como algo que produce una especie de limpieza del alma, y otros piensan que es una jodienda. A unos alegra, a otros deprime. Y a otros, ni frío ni calor.

Unos prefieren paraguas. Otros impermeable. Unos con capucha y otros sin ella. Unos les gusta mojarse y a otros, les fastidia. A algunos les gusta que la lluvia les empape la cabeza, pero les fastidia que les cale los zapatos. Cabeza fría, y pies calientes.

Los agricultores, casi nunca están contentos. O no llueve, o llueve mucho. O llueve a destiempo. O un día tarde, o uno pronto.

Si hay actividades al aire libre, es verdad, es una jodienda. Ahí suelen estar todos de acuerdo. No es lo mismo ir a comer una tortilla al campo con sol, que con un chubasco continuo e inacabable. Y cambiar planes sobre la marcha, es una actividad que, en general, fastidia mucho.

Pasamos de la sequía, a la abundancia en cuestión de días. Aquí hace un mes, los mandamases estaban pensando en empezar las restricciones, primero para el riego, y después, Dios dispondría, y ahora, cualquier día nos anunciarán desembalses. Eso sí, esos agricultores que antes citaba, siguen mirando al cielo. Por distintas causas, diría incluso que contrarias, pero siguen mirando. Tortícolis les va a entrar... colapsarán los centros de salud, antes llamados ambulatorios.

El otro día hablaba de lluvia. Me mojé, porque quise. Me gusta mojarme. Y creo que libera. Creo que relaja. Es una de esas pequeñas cosas que desde pequeños nos han imbuido. Lluvia, caca. Una de esas cosas que por sí mismas no nos tiene por qué agobiar, ni enfadar, ni siquiera ponernos nerviosos, pero lo hacen.

Luego, seguimos haciendo que pequeñas decisiones, nos agobien. Si este envase va en el contenedor amarillo o en el verde malva. O si este papelito, por favor, hay que guardarlo para tirarlo en el contenedor azul. El verde y el azul, no, no y no. Porque no combinan. Luego escuchas a algunos que, depende de que azules y que verdes, no solo no se pegan, sino que se gustan a rabiar. Y ya sí que te pones de los nervios. Si hay que llevar traje a una boda, o si se pueden o no llevar zapas con una corbata de Armani. Si hay que ir al banco a sacar dinero el día 28. Porque el 27 no vale. Y el 1 tampoco. ¿Llevar coche? ¿Ir en bus a trabajar? ¿Caminar? ¿tomar café o té? ¿Llamar a Ofrasia antes que a Hermenegildo? ¿O en cambio esperamos a que nos llame Ubaldo? ¿Escribo o leo? ¿Pongo la lavadora a las 10, o a las 10,10? ¿Filetes de vaca o de ternera? ¿Macarrones o espaguetis? Nos decidimos a coger el coche. Si tuerzo a la derecha y luego a la izquierda, gano 15 segundos. Salvo que encuentre el semáforo cerrado, por lo que llegaré 10 segundos más tarde. Y si ya tienes blog, es un desastre. Porque el decidir sobre que escribir, puede llevarte a un gran dolor de cabeza. Fíjate si por hablar de eurovisión en lugar de la homofobia y su día, recibes comentario y medio menos. O fíjate si hace 4 días que no publicas, y lo normal es que al tercer día... haya post nuevo.

Pequeñas decisiones que, no llevan a ningún sitio. No son tan importantes. De hecho no son importantes. Pero las juntamos todas, y al final acabas de los nervios. Y si no te agobias tú por ellas, no te preocupes que llegará alguien para que te agobies. Estresarse es muy fácil. Relajarse es más difícil.


¿Se nota que estoy agobiado? ¿Se nota que tengo quien me haga ponerme nervioso, aunque apriete los dientes fuerte, fuerte, y me resista?

Pero... una vez estresado... ¿quién te desestresa? ¿quién te desagobia? ¿eh? ¿eh?

Si no llueve por fuera, llueve por dentro. El caso es que llueve. Y con la de dentro, mejor es no mojarse. Para la de dentro, sí, para esa sí, necesito un paraguas.

Necesito perderme.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
 
... y dale con la lluvia...


Déjate besar y abrazar, todo será más bonito.
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... un poco de música...




Déjate besar y abrazar, todo será más bonito.
 
...llueve..
Llueve. ¡Vaya si llueve!

Ayer caminé por la calle sin paraguas. Sin gorro. Me apetecía.

Ayer no fue un buen día. Fue un día de esos que, desde por la mañana, sientes que algo falta. Un día de esos que, no disfrutas haciendo nada. Un día de esos que, estás esperando algo que cambie ese estado de ánimo. Un día de esos que, nada cambia, porque nada sucede. Porque en esos días no suele pasar nada para que cambie nada en ti. Y yo, no tenía fuerzas ni ganas para hacer nada.

Ayer fue un día en el que un café, con gotitas de leche, sentado en mi butaca orejera, no consigue sus efectos beneficiosos. Era un día en que profanar ese templo de tranquilidad, de sueños, de descanso y relax, era un crimen castigado con la pena máxima: el auto – desprecio y la desesperación eterna.

Hay días así. No sabes cuando llegan. Y a veces se quedan dentro de ti por una temporada.

En esos días, ayer por ejemplo, no aprecias nada de lo que tienes. Es más, al final acabas convencido de que no tienes nada. Por eso esperas que llegue algo, para tener algo. Esperas un mail, una llamada, un rayo de sol. Un encuentro en la calle. Una mirada perdida que recala en ti. Una sonrisa. Un abrazo. Un apretón de manos. Una lectura que haga que el mundo empiece a girar al revés. Una imagen. Una chispa. Un... un algo que haga que haga que veas que tienes algo, que vales para algo, que todo lo que has hecho no está tan mal.

Es uno de esos días en que consideras todo lo acaecido, hasta lo que ocurre en el futuro está teñido con el negro de las sombras. Sombras de una noche lluviosa, con el cielo completamente encapotado, sin luna ni estrellas.

Y ayer llovió. Y me mojé, porque quise.

Un hombre me miró con cara de estupor. Caminar en pleno chubasco, con un paraguas en la mano, un paraguas cerrado en su funda, y con las gafas llenas de gotitas.

La lluvia es un comodín. Unas veces sirve para disculpa para hacer algo, o para no hacerlo. Sirve para agobiarte... “¡no para de llover, que mierda!” Y también sirve para limpiar.

Ayer limpió. No todo lo que hubiera querido, pero limpió. No llegó nada que cambie nada. Ni se lo espera. Pero...

... hoy, sin peligro de profanarlo, me sentaré en mi butaca orejera. Me pondré un buen café. Con gotitas de leche. Subiré mis pies en un puff, y encenderé mi cigarrillo, y dejaré que una cortina de humo me rodee. Falta un poco de música de fondo. Luar na lubre, tiene todas las papeletas. No sabéis como relaja.


Déjate besar y abraza, todo será mucho más bonito.
 
... un café con gotitas de leche...
Una mesita preparada para tomar café.

Dos butacas. Una enfrente de la otra.

Otra mesita auxiliar, para que luego no estorben los servicios de café.

Todo preparado para tomar café. Un café para dos.

Se sienta, me siento.

Lleno su taza. Café humeante, con su crema. De máquina. Una semi profesional. Es el único café que me gusta. ¿Una gotita de leche? Me sirvo el mío. Con una gotita de leche. Un azucarillo. Doy vueltas.

- ¿Te importa que fume?

No le importa. Enciendo mi cigarrillo. Recuesto mi espalda en mi sillón orejero. El hace lo mismo. Nos miramos. Y hablamos.

Conversación llena de silencios, de miradas. Conversación tranquila. No hay prisa. Es un placer escuchar, y es un placer hablar. Como son las buenas conversaciones.

Escucho sus fantasmas. Escucho como es su amor. Como nació, y como está ahora, más fuerte que nunca. Escucho cómo se siente responsable de las cosas que pasan. Es curioso como a veces, de cara a los demás, nos defendemos a capa y espada. No reconocemos responsabilidades casi nunca. Ni errores. Y como, para nosotros, a veces, nos echamos toda la culpa. Nos convertimos en fiscal, en juez instructor, en el que juzga, y en el que estudia la apelación. Todo en 5 minutos. Total, ya sabemos que nos declararemos culpables. Eso a veces nos hace no poder olvidar. No poder avanzar. No dejar atrás a los que se fueron. Nos hace no poder curar las heridas que nos hicieron otros, a nosotros, y a los que queremos. Es curioso como, así, dictando sentencia, hacemos que nuestras heridas se multipliquen. Y esas heridas, emponzoñadas con nuestros miedos, no podrán curar nunca.

Escucho sus juicios. Los internos. Escucho el ruido que hace por la noche su cabeza. Esos ruidos que no hacen posible poder dormir.

Dormir.

Hoy he dormido mal. Todas las semanas tocan varios días. Es curioso como esos días, estoy más irascible, más triste. Como mi cabeza me lleva a pensamientos derrotistas. Cómo veo todo negro. Como no veo esperanza, ni encuentro ilusión en nada. Es un círculo. Ruidos en la cabeza, que te impiden descansar, y que hace que tus ruidos en la cabeza se multipliquen.

Sigo escuchando. Sigo hablando. Un fantasma por aquí, otro por allá. Uno suyo, otro mío. Repaso la habitación. Me fijo en una estatua. Un bonito ángel de mármol. Es tan real que parece de carne y hueso. Pero es de mármol. El cuadro del fondo. Un hombre, alto y guapo. Apuesto. Algunas veces me dan ganas de darle un beso, de lo guapo que es. Los días que la soledad se me hace más agobiante, hablo con él. Me contesta. Pero mañana no se acordará de nada. Es una pintura. Y los días que hablamos los tres, la estatua, la pintura y yo, ninguno se acordará de nada. Ni siquiera yo.

Vuelvo a la conversación con un silencio. Trufado con una mirada.

- ¿Otro café?

Me dice que sí. Me levanto a prepararlo. Casi choco con la estatua del ángel. Coloco la carga. La jarrita de porcelana debajo. Un recuerdo de mi madre. No está. Se fue. Siempre estará ahí. Pero sé que, ella nunca hubiera querido que sufriera por ella. Ella, sobre todas las cosas, quería que yo fuera feliz. Que no me agobiara por su recuerdo. Por los besos que no la di, o por las veces que discutimos. Ni por las temporadas que no nos hablamos. Ella, me quería. Y como la gente que nos quiere, esté aquí, o se haya ido, nunca quiere que por ella, sufra. Ni que me ponga enfermo. En el cuerpo, o en el alma.

Vuelvo a la habitación. Juraría que el ángel se ha movido. Pero es de mármol. No puede ser. Me siento. Y sirvo el café. “¿Un poco de leche?”. Yo con una gota. Un azucarillo. Y me enciendo un cigarrillo.

Me recuesto en mi sillón. Él coge su taza, y hace lo mismo. Y seguimos hablando. Una conversación tranquila. Llena de silencios, de miradas. Sin prisas. Las personas que te encuentras, y merecen la pena, necesitan de esa calma. Hay que disfrutarlas. Hay que mantenerlas cerca. Aunque entre una butaca y otra haya cientos de kilómetros. Y si él sufre, o sufre él, o él, también sufro yo. Porque personas especiales... hay pocas.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
 
Una canción... para una personita...


Para ti.

Por ti.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
 
El desertor.
Jadeaba. Paró a descansar.

Llevaba corriendo varías horas. Desde que decidió que no podía más. Y huyó.

No sabía ahora mismo dónde estaba. Pero eso, era lo de menos. El caso es que estaba lejos de ese caos. Creía que, si se hubiera quedado allí, ahora estaría muerto. O al menos malherido.

Se levantó de nuevo. Tenía que alejarse más. Tenía que llegar lo más lejos que le fuera posible. Antes de que se dieran cuenta que había huido.

Empezó a correr de nuevo. Solo paraba ante una encrucijada. Para elegir el camino. Tampoco lo pensaba mucho. Simplemente quería alejarse. Quería correr. Quería huir.

Tenía sed. Encontró un pequeño arroyo, que tenía un remanso. El agua parecía cristalina. Limpia. Se quitó un momento su mochila, para poder agacharse con mayor facilidad y poder beber. Se arrodilló, y se inclinó sobre el agua. Cuando puso sus manos en forma de cuenco, para coger un poco de esa agua que le aliviara su sed, se vio reflejado.

Se echó hacia atrás, asustado. Fue reptando, trastabillando… hasta esconderse detrás de una roca cercana… Estaba excitado… Nervioso… Lo que había visto...

Poco a poco se fue relajando. Fue controlando su respiración. Tenía apoyada la cabeza en sus manos. Los codos sobre las rodillas. Lloraba. De impotencia. De rabia.

Llevaba corriendo todo el día. Y pensaba que, se había alejado muchos kilómetros. Se creía ya a salvo. Pero ahí, en el agua, lo vio reflejado. Al lado de su cara, en su cara, en sus ojos, vio todo de lo que creía huir. Pero todo ello, todo, lo llevaba dentro. En la mochila del espíritu. Todo. Todo iba ahí, bien ordenado, como siempre. Sus miedos, sus fobias. Esos sentimientos de abandono. De soledad. Todas esas cosas que no le dejaban dormir, y que era incapaz de decir en voz alta. Creía que, corriendo campo a través, sería capaz de olvidarlas, de dejarlas atrás. Pero no. Todo ello, todas y cada una de sus cosas, habían corrido junto a él.

Era un desertor. Un desertor frustrado. El ejército del que creía huir, no estaba en sus amigos, ni en su familia. Ni en los compañeros de trabajo, ni en los del equipo de fútbol del domingo. Ni en el camarero del bar de la esquina, donde todas las tardes paraba a tomar un café, solo y largo de agua. Ni en la frustración de no poder hacer lo que hubiera soñado con su vida…

Era él. Era inútil correr. Era inútil desertar. Desertar... ¿de qué? ¿de él mismo?

Lloró. Casi anochecía.

Al final, consiguió levantarse. Iba con los hombros hundidos. Cabizbajo. Las lágrimas dejaron de salir. Sus ojos se habían secado ya.

Oyó un trueno.

Levantó la vista, y vio el cielo cubierto. Le cayó la primera gota. En unos segundos, los cielos se abrieron, y una inmensa tromba de agua cayó sobre él.

Iba empapado.

Pero poco a poco, no sabía muy bien si, por el frío del agua, por las estrellas que empezaban a aparecer en el límpido cielo que quedó detrás de la tormenta, o por la luz de la luna que, empezaba a asomar, allá en el horizonte, recuperó su apostura habitual. Volvió su natural decisión. Sacó pecho y, dentro de él, sintió que, podría con todas esas cosas, esos miedos, que empezaba a creer que, podría con todo. Y con todos. Sobre todo, sintió que, podría con él. Ahora si... porque ahora sabía que, esas cosas que le carcomían, que esas cosas que le abrumaban estaban en él. Y que él, era su dueño.

Y por primera vez, en muchos días, en muchos meses, en su vida, consiguió sonreír. Y que la sonrisa, no pareciera una mueca. Por lo menos a sus ojos. Y si a sus ojos, les había convencido, estaba seguro que, podría convencer al mundo. Mundo que, por otra parte, era mucho menos exigente con él…, que él mismo.

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.

 
... estamos sentados...

Estamos sentados. Los dos juntos.
Apenas nos rozamos.
Apenas nos miramos.
Somos casi dos extraños.

Nos conocimos hace cinco años. Por casualidad. Tú venías de vacaciones. Yo hacía un viaje de trabajo. Nos chocamos en el aeropuerto. Me tiraste el café encima. Nos reímos. A los dos nos recordó una escena de mil películas. Aunque los dos pensamos en Notting Hill.

Recuerdo que casi pierdo el avión. Luego me contaste que tú si perdiste el tren.

Vivimos juntos a los cinco meses. Viniste a vivir a Madrid. Encontraste un buen trabajo. Aunque dejaste uno mejor. Y a tu hermana Ana, a la que quieres con locura. Yo tuve que salir del armario abruptamente con mi familia. Eso supuso no ver a mis padres desde entonces.

Pero nos dio igual.

Ahora estamos sentados. Los dos juntos. Pero… apenas nos rozamos.

Te miro de refilón. Tienes la mirada perdida. Estás triste. Estás llorando. No sé como ayudarte. No sé como llegar a ti. ¿Seré yo el culpable?

Te sigo mirando. Me pillas. Retiras la mirada con rapidez. No quieres que te vea llorar. Sufrir.

¿Por qué? No lo sé. Te quiero. Sí. Y nada hay en el mundo que me haga más feliz que, el poder ver una sonrisa en tus ojos. Pero no quieres echarme tu mierda. Seguro que te sientes culpable. ¿De qué? No lo sé.

Levanto la mano. Quisiera posarle sobre tu hombro. Pero tengo miedo a que me la rechaces como ayer. Pero no puedo evitarlo. Y la poso sobre tu hombro. Suavemente. Casi creo que… que ni la sientes. La dejo ahí. Durante unos minutos.

Das un respingo. Suspiras. Lloras.

Pero pones tu mano sobre la mía. Que está sobre tu hombro.

- Perdóname – dices.
- No. No tengo nada que perdonarme. – digo.

Tiro de ti. Para que te tumbes. Lo haces. Apoyas tu cabeza sobre mi pierna. Cruzamos la mirada. La mantenemos. Es la primera vez en muchos meses. Veo lo que quería ver. Y creo que tú ves en los míos lo que quieres. ¿Lo digo? ¿Lo dices?

- Te quiero.

Los dos a la vez.

- ¿Por qué? – pregunto.

- Creí que… - y se calla.

Y le doy un beso. En la frente. Y suspiró. Y se relaja… y se durmió. Hacía meses que no lo hacía. Así. Profundo.

Le atuso el cabello. Se lo acaricio. Ronca un poco. Hacia meses que no le oía roncar. Parece como si ese sonido rompe ese corsé que apretaba mi pecho. Suspiro. Y sin quererlo, sin buscarlo, apoyo la cabeza en el respaldo del sofá. Y cierro los ojos. Y una pequeña sonrisa se instala en mis labios, mientras cierro los ojos.

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Déjate besar y abrazar, todo será más bonito.
 
... de historias para escribir...
Tengo muchas historias en la cabeza.

Me gustaría escribirlas.

Una es la historia de Manuel. Un chico de América. Hace tiempo que no sé de él. Es un chico que, sufrió. De pequeño. Lloró y lo pasó mal. Le violaron. No debía contar más de 11 años. Un desalmado le abordó en un parque, y le penetró.

Esta historia continúa con un vecino. Un chico dos o tres años mayor. Le veía todos los días ir al colegio. Al mismo que él. Le veía como iba acobardado. Cómo tenía miedo. No del violador. Tenía miedo de las preguntas, de los comentarios de la gente. Y del violador. No se le quitaba de la cabeza.

Este chico le empezó a acompañar. Todos los días le esperaba en la puerta de su casa. Le esperaba a la salida del colegio. Pocas palabras. Esta historia siguió muy poco a poco. Se fueron enamorando. Eran muy jóvenes. Pero, ocurrió. Vivieron juntos.

Tardaron en poder hacer sexo. Manuel no podía. Le aparecía esa cara, la del violador. Cada vez que lo intentaba, porque Manuel quería amar a su chico, revivía esos momentos, hacía ya años, en el parque de su ciudad. Un día lo consiguieron. Pasaron unos cuantos años.

Admiro a Manuel. Es una historia que me emociona cada vez que recuerdo esos fragmentos que escribió en un blog, y que yo guardo como oro en paño. Para un día releerlo, y escribir una historia sobre ello. Hace tiempo que no sé de Manuel. Y le echo de menos. Era un chico de América ¿os lo había dicho?

Otra historia es... es una historia de amor. A primera vista. No es una novela romántica. Espero que un día lo sea. Conmigo de autor, claro. Chico conoce a chico. Perdón. Chico ve a chico. Se miran. Algo pasa. ¿su nombre? No se acuerda. Luego llegó a eso. A acordarse de su nombre. Nuestro chico protagonista, no se etiquetaba como gay. Ni se le había pasado por la cabeza. Su novia, además, no parecía disgustada. Pero vio a ese chico, y se enamoró. No tuvieron prisa por nada. Tenían toda la vida por delante. El sexo no corría prisa. Pero ver llover juntos, o dormir agarrados, eso es lo que tocaba. Yo muchas veces, aunque veo y ponga fotos eróticas, de sexo, eso es lo que echo de menos. Esos gestos. Una caricia con el dorso de la mano, te giras, miras, le ves, ves sus ojos, y te acurrucas en su pecho. O él en el tuyo. Con eso sueño. No con una gran orgía sexual entre dos, con penetraciones, con mamadas, llenos de leche que ni Pascual.

Esa historia sigue adelante. Llegan los problemas. Estudios, trabajos. Enfermedades. Cosas que nunca pronunciaron en voz alta. Que no pueden hacerlo. Nuestro protagonista, ahora, está enfermo. Su chico también. No están juntos ahora. Necesitan cuidarse, ponerse buenos. Sufrirán sí. Pero esta historia necesita un final feliz. No puede ser de otra forma.

Porque hay gentes que, personas que, ves, escuchas, y no puede ser de otra forma. Esta es una de esas historias. En la que muchos sufrirían si, no sale bien. si los dos no recuperan la salud. Y no pueden volver a ver llover sentados, juntos. Sin más. Nuestro protagonista, necesita un pequeño resorte, para saltar hacia delante. Ese resorte está dentro de él. Debe encontrarlo. Seguro que al final, alguien de los muchos que le quieren, acertará con la llave, para que él, si es que no s capaz de encontrarla él mismo, pueda accionarlo.

Un día escribiré estas historias. Con finales felices.

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.

 
Capítulo XVII: Perro… quiere sexo…

Perro abrió su correo. Tenía 3 mensajes del sitio de contactos en el que tenía perfil. Ayer había puesto un mensaje pidiendo sexo. Sin tapujos. Le daba igual pagar. Necesitaba follar.

Llevaba tiempo buscando al chico ideal. Después de una travesía por el desierto de la aceptación de sí mismo, empezó esa búsqueda. Se sentía inseguro en este “mundo gay”. El había ligado con chicas hasta hacía dos años. Había tenido novias. Algunas muy duraderas. Pero llegó un día en que, explotó. No podía por más tiempo seguir mintiendo. Sobre todo, lo que no aguantaba era estar mintiéndose. Se empezó a sentir como un farsante. A su última novia, Gemma, con la que llevaba ya casi 3 años, no podía ya seguir mintiéndola. Cada vez que hacía el amor con ella, se sentía mal. Porque, mientras estaba con ella, estaba pensando en que era un farsante.

El tenía la impresión e que no gustaba a los hombres gays. No se sentía atractivo. Los primeros intentos fueron vanos. A quien le gustaba, no gustaba. Y quien le molaba, ni siquiera le tomaba en consideración para un polvo. Tenía prisa. Quería demostrarse que, podía tener un novio guapo y maravilloso. Necesitaba sentirse atractivo para los hombres. De momento, había fracasado. Gustaba sí. Pero no a los que él quería. Y eso no le valía ni siquiera para mitigar esa sensación de ser un despojo que a veces tenía.

Ya necesitaba tener algo de sexo. Llevaba tiempo dando vueltas a la cabeza la idea de buscar un chapero. Pensaba que podría ser una forma de perder parte de sus miedos. Y en todo caso de disfrutar de una buena sesión de sexo, sin compromiso. Hasta hacía unos meses, no se sentía capaz de hacer algo así. Pero ahora, lo necesitaba.

Por eso puso el otro día ese anuncio. Sexo. Resultado, 3 mensajes. No estaba mal. Al fin y al cabo, lo había puesto a las 5 de la mañana. Y un poco fumao, para ser sinceros. Sin un peta, lo más seguro es que se hubiera rajado. O sin un par de litros de cerveza.

Abrió el primero. Pero no le gustaba. Era muy mayor. Además hablaba en un tono condescendiente. Y eso le jodía. Botón de eliminar.

El segundo, parecía interesante. Era de la misma zona de la ciudad que él. En principio el molaba la forma de hablar. Y era chapero. 60 Euritos le costaría la cosa. Le contestó pidiendo fotos. Ya que pagaba, quería que fuera totalmente de su gusto.

A por el tercero. Abrió el mensaje. Venía ya con fotos. No de cara, claro. Pero era un cuerpo perfecto. Delgado. Sin pelo. Parecía joven. Decía que tenía 18 años. Un culo casi insuperable. Y una polla bonita. No demasiado grande. Cobraba 50 euros. Por un servicio que no superara los 30 minutos. Hasta una hora, 100. Para más tiempo, dependiendo.

Perro se recostó en su silla. Dio un par de vueltas sobre ella. Se paró de nuevo frente a la mesa. Encendió un cigarrillo. Empezó a pensar en dónde lo podrían hacer. Y cuando. Tenía la casa para él, pero le daba corte decirle que viniera. ¿Qué dirían los vecinos al verle? ¿Cómo justificaría que le conocía? Era curioso. En ese momento se dio cuenta. Lo único que le preocupaba de llevar al chapero a su casa, era como justificar que estaba con él, delante de los vecinos y amigos del barrio. ¿Y si era un ladrón? ¿O si era un maniático que venía a rajarle el orto con una catana? Pasó por un espejo, uno que su madre tenía en el pasillo, se miró y se rió.

Sin pensarlo, porque si lo hubiera hecho a lo mejor se hubiera arrepentido, le mandó un mail para decirle que aceptaba. Le preguntó si tenía sitio. Esta tarde le venía genial. No tenía nada comprometido. Bueno, había quedado con Raúl, uno de la Uni. Pero le mandaría un sms para cancelar la cita. Ya quedaría otro día. Total, era para ver un partido del Madrid. Si Raúl supiera... jijijiji. Era el típico hombre que hacía continuos chistes de maricas. Pero mira, le cambiaba por un polvo con un hombre.

Se levantó. Fue hasta la cocina. Abrió el frigo. Tenía hambre. Se preparó una ensalada. Y sacó un poco de pescado que había descongelado el día anterior. A la planchita estaría estupendo. Y controlaría las calorías. Debía bajar todavía un par de kilos. Una sesión de gym esa tarde, le ayudaría también. Estaba en proceso de cambiar su cuerpo.

Al terminar, volvió al ordenador. Su chapero, le había contestado. Decía que tenía sitio. Le citaba en una cafetería del centro, “La Vía Láctea” A las 9. Le pedía datos de cómo iba a ir vestido. Él se acercaría. Decía que era por su seguridad. No quería malos rollos. Perro le describió rápidamente lo que iba a llevar esa tarde. Dio al botón de enviar.

No pudo evitar ponerse un poco nervioso. Empezó a calcular el tiempo que tenía, y lo que le iba a dar tiempo a hacer. Intentó concentrarse en un trabajo que debía empezar a preparar, pero no pudo. No hacía más que levantarse de la silla, y dar un paseo por su habitación. Se volvía a sentar. Otra vez se levantaba. Se acordó de repente que debía ir a un cajero, para sacar el dinero. Casi se olvida las llaves de casa dentro. Se puso nervioso, no conseguía encontrar un cajero que funcionara. Al final, en el culo del mundo, encontró uno. Paró en una cervecería a tomar una caña. A ver si se relajaba. Se encontró con una amiga. Esto le puso todavía más nervioso. Tenía la sensación de que su amiga se daría cuenta que había quedado con un chapero. Era una bobada. Pero no podía quitarse esa sensación. Fingió darse cuenta que llegaba tarde, y se fue atropelladamente. Entró en casa, solo para coger la bolsa para ir al gimnasio. Le llamó Raúl al móvil. ¡¡Mierda!! Ya se había olvidado. Como pudo, soltó una excusa. Raúl no se lo tomó muy bien. Aunque debía ya estar acostumbrado. Se lo había hecho tantas veces...

El gimnasio fue un desastre. Estaba tan nervioso que, 5 minutos de bicicleta le dejaron para el arrastre. Empezó a pensar que su entrenador personal también le notaba en la frente que iba a follar con un chapero en unas horas. Y los que estaban en la otra esquina, le miraban, seguro. Y era por que también se daban cuenta. Miró el reloj. Decidió pegarse una ducha, ir a casa a dejar la bolsa, y aunque fuera, ir dando un paseo hasta la cafetería esa.

Fue a los vestuarios. Pero la excitación que le embargaba, le decidió a irse a casa a duchar. Iba a hacer el ridículo totalmente empalmado paseándose por los vestuarios.

Al final, no pudo evitar hacerse una paja. No quería, pero ya le dolía la erección contra los bóxer. Se puso la ropa que había quedado con el chapero. Se dio cuenta que no le había dicho ni como se llamaba. Daba igual; para follar, no se necesitaba saber ni el nombre. Se reía pensando estas cosas. Faltaba ya solo 45 minutos para las 9. Sonó el móvil. Lo dejó sonar. Ni miró quien era. Sólo apagó el sonido. Iba a salir, y se acordó de los preservativos. Los cogió a toda prisa, y un botecito de lubricante. No sabía si lo iba a necesitar. No sabía de hecho que quería hacer. Le entraron las dudas. Pensó que... no, no, Perro, hay que ir. Ya que hemos llegado a este punto, seguiremos. ¿Le gustaré? ¡Qué más da! Se apresuró a contestarse. Con que le guste el dinero, ya es bastante.

Llegó al final. 5 minutos antes de la hora. Se acercó a la barra, y pidió una cerveza. Encendió un cigarrillo. Apenas podía disimular sus nervios. Aunque tenía un taburete a su lado, no se sentó. No paraba de moverse. Al final optó por fijarse en la gente que tenía alrededor. Una mujer discutía con su marido. Sus niños, no dejaban de dar la vara. Miró a todos los que estaban sentados en las mesas. No había nadie que pudiera ser su chapero. En la barra tampoco. Ya pasaban 10 minutos. Se pidió otra caña. Empezó a pensar que el chapero se había arrepentido. O que le había visto y se había dado la vuelta. Encendió otro cigarrillo. Notó que alguien le tocaba por detrás. Se le paró el corazón. Casi le daba miedo girarse. Como en sueños, oyó que le decía.

- Perdona el retraso.

Al final, consiguió darse la vuelta.

- ¿Tú?

Y el corazón, esta vez sí, se paró.

La cara del chapero, era también, un poema.



Capítulos anteriores:

Capítulo I: el comienzo
Capítulo II: Canalla continúa la historia
Capítulo III: Akira lo escribió
Capítulo IV: Arnau e Iñaki, con Mario como sombra
Capítulo V: Arnau y Joaquín, by Tatojimi
CapítuloVI: Iñaki y Mario, con nuevos protagonistas
Capítulo VII: Israel es el protagonista
Capítulo VIII: Arnau y Joaquín, a la mañana siguiente
Capítulo IX: el despertar de Iñaki
Capítulo X: todo lo que se podría arreglar... o cuando todo es cuesta abajo.
Capítulo XI: Rodrigo (por tatojimi)
Capítulo XII: Secretos con gotitas de miedo... (por tatojimi)
Capítulo XIII: Joaquín y Arnau o una noche para... ¿empezar?
Capítulo XIV: Joaquín y Arnau y qué difícil hacemos todo...
Capítulo XV: Israel, confidencias ... o recordando el pasado...
Capítulo XVI: Rodrigo, y un beso...

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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.