... Negruras varias... con luces de fondo...
Hay días negros. Días en que la apatía te envuelve. En que respirar se convierte en un gran trabajo, muchas veces inabordable.
Hay temporadas en que te sientas en una butaca, y no logras pensar en un buen momento para levantarte. Porque se está tan… tan bien ahí… con la mirada perdida en la pared de enfrente.
Esos días yo no era capaz ni de poner una sonrisa en mi boca. Esas temporadas, lejanas, era incapaz de leer dos líneas, ni aunque fuera una cosa tan ligera como Mortadela y Filemón. Todos preguntaban, Pero yo no tenía respuestas. Porque además no había motivos. No los recuerdo ahora, no los supe entonces.
Pero sí recuerdo que, era difícil salir de ese estado. Muy difícil. Porque… se estaba muy bien. No podía hacer nada, no me preocupaba por nada. No dormía bien, pero tampoco vivía el resto del día. Siempre era el mismo estado.
Recuerdo que hasta mi jefe me dijo si quería tomarme unos días de vacaciones. Para que mi jefe dijera eso, me tuvo que ver muy mal.
Y recuerdo momentos en los que luchaba por salir. Por animarme, por romper esa dinámica. Pero tras unos minutos de lucha interna, me rendía. Porque venía esa sensación como de placer por estar ahí, en ese piso parecido al infierno. Era como una droga. De repente, después de esos minutos de lucha, me daba cuenta que necesitaba mi dosis de hundimiento, de amargura, de soledad. De esa soledad profunda e íntima. De esa que no mitigan ni un montón de amigos y familiares a tu alrededor diciendo lo majo y bueno que eres. Ni lo que te quieren. Ni lo que vales.
Pero un día triunfé. No sé como. Quizás fue al darme cuenta que, sin ser muy consciente de ello, que por muy tranquilo que se estuviera ahí, quizás fuera, en la superficie, encontrara cosas mejores. Encontrara libros, películas, encontrara gentes, encontrara ilusiones, metas, fines que fueran todavía mucho más placenteras. Quizás simplemente el hecho de respirar con profundidad. O más sencillo aún: el placer de sonreir con convicción. Y de comprobar, los efectos que hace en los demás.
Y yo no tengo nada de eso. Ni ilusiones, ni personas especiales cerca de mí. Ni tengo nadie que pueda decir que me quiere con locura.
Cuando esa niebla negra rodeandote, es difícil mirarse al espejo y ver tu reflejo en él con claridad. Nos sentimos poca cosa. Nos sentimos unos pobres hombres incapaces de afrontar nada con lucidez. Con esperanzas de triunfar. No podemos mirar al pasado con claridad, y comprobar las cosas que hemos hecho. Las personas que nos han querido, las que nos quieren, las cosas maravillosas que hemos hecho.
A veces desde fuera, se ven esas virtudes. Esas que en ciertos momentos no somos capaces de ver nosotros… en nosotros. Hay personas que tiene una luz interior. Una luz que se trasluce por todos los poros del cuerpo. Y que encandilan a todos los que les rodean. Salvo a uno mismo. Personas especiales que son las que son capaces de incluir en su familia a todos los que se acercan. Extender los brazos y acoger en ellos a personas diversas. Con la misma sangre, o distinta. Da igual. Y hacerlas sentir a todas igual de importantes.
Por eso, es jodido ver, desde fuera, como personas así no pueden ver ni el más mínimo reflejo de esa luz que los demás ven. Y no pueden salir de ese pisito cercano al infierno en que la negrura de la niebla, de esa niebla negra, les ha sumido. Porque algunos quisieramos ser capaces de hacer, no digo ya la mitad, sino una centésima parte.
Pero ya toca. Sí. Ya es el momento. Y ahora, cuando la noche empiece a servir para dormir, no para que las neuronas echen carreras, esa niebla, acabará por disiparse completamente. Y todos volverán a ver, en su máxima expresión, la luz. Esta vez, saliendo también por la mirada, de esos ojos expresivos, y por la sonrisa… por esa sonrisa. Y él, verá su luz. Esa que salvo él, todos son capaces de… sentir.
Porque ya… toca.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Hay temporadas en que te sientas en una butaca, y no logras pensar en un buen momento para levantarte. Porque se está tan… tan bien ahí… con la mirada perdida en la pared de enfrente.
Esos días yo no era capaz ni de poner una sonrisa en mi boca. Esas temporadas, lejanas, era incapaz de leer dos líneas, ni aunque fuera una cosa tan ligera como Mortadela y Filemón. Todos preguntaban, Pero yo no tenía respuestas. Porque además no había motivos. No los recuerdo ahora, no los supe entonces.
Pero sí recuerdo que, era difícil salir de ese estado. Muy difícil. Porque… se estaba muy bien. No podía hacer nada, no me preocupaba por nada. No dormía bien, pero tampoco vivía el resto del día. Siempre era el mismo estado.
Recuerdo que hasta mi jefe me dijo si quería tomarme unos días de vacaciones. Para que mi jefe dijera eso, me tuvo que ver muy mal.
Y recuerdo momentos en los que luchaba por salir. Por animarme, por romper esa dinámica. Pero tras unos minutos de lucha interna, me rendía. Porque venía esa sensación como de placer por estar ahí, en ese piso parecido al infierno. Era como una droga. De repente, después de esos minutos de lucha, me daba cuenta que necesitaba mi dosis de hundimiento, de amargura, de soledad. De esa soledad profunda e íntima. De esa que no mitigan ni un montón de amigos y familiares a tu alrededor diciendo lo majo y bueno que eres. Ni lo que te quieren. Ni lo que vales.
Pero un día triunfé. No sé como. Quizás fue al darme cuenta que, sin ser muy consciente de ello, que por muy tranquilo que se estuviera ahí, quizás fuera, en la superficie, encontrara cosas mejores. Encontrara libros, películas, encontrara gentes, encontrara ilusiones, metas, fines que fueran todavía mucho más placenteras. Quizás simplemente el hecho de respirar con profundidad. O más sencillo aún: el placer de sonreir con convicción. Y de comprobar, los efectos que hace en los demás.
Y yo no tengo nada de eso. Ni ilusiones, ni personas especiales cerca de mí. Ni tengo nadie que pueda decir que me quiere con locura.
Cuando esa niebla negra rodeandote, es difícil mirarse al espejo y ver tu reflejo en él con claridad. Nos sentimos poca cosa. Nos sentimos unos pobres hombres incapaces de afrontar nada con lucidez. Con esperanzas de triunfar. No podemos mirar al pasado con claridad, y comprobar las cosas que hemos hecho. Las personas que nos han querido, las que nos quieren, las cosas maravillosas que hemos hecho.
A veces desde fuera, se ven esas virtudes. Esas que en ciertos momentos no somos capaces de ver nosotros… en nosotros. Hay personas que tiene una luz interior. Una luz que se trasluce por todos los poros del cuerpo. Y que encandilan a todos los que les rodean. Salvo a uno mismo. Personas especiales que son las que son capaces de incluir en su familia a todos los que se acercan. Extender los brazos y acoger en ellos a personas diversas. Con la misma sangre, o distinta. Da igual. Y hacerlas sentir a todas igual de importantes.
Por eso, es jodido ver, desde fuera, como personas así no pueden ver ni el más mínimo reflejo de esa luz que los demás ven. Y no pueden salir de ese pisito cercano al infierno en que la negrura de la niebla, de esa niebla negra, les ha sumido. Porque algunos quisieramos ser capaces de hacer, no digo ya la mitad, sino una centésima parte.
Pero ya toca. Sí. Ya es el momento. Y ahora, cuando la noche empiece a servir para dormir, no para que las neuronas echen carreras, esa niebla, acabará por disiparse completamente. Y todos volverán a ver, en su máxima expresión, la luz. Esta vez, saliendo también por la mirada, de esos ojos expresivos, y por la sonrisa… por esa sonrisa. Y él, verá su luz. Esa que salvo él, todos son capaces de… sentir.
Porque ya… toca.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.