... de orgullos y esas cosas...
Tocaría hablar en estos días, del Orgullo. Por esto de ir al día y esas cosas. Aunque, gracias a Dios, este no es un blog hecho por un periodista, y con fines de Diario. Pero parecen estos días propicios para hablar de este tema.
Porque además, es tradicional en esta época, hablar sobre si manifestaciones sí, sobre si manifestaciones no, sobre como hacerlas, para hablar sobre fiesta, plumas y plataformas. Y sobre la misma palabra “Orgullo”.
Me sentaré, pues, en mi butaca orejera, con mi café recién preparado, humeante, calentito, y con mi cigarrillo en la comisura del labio. Colgando por el lado izquierdo. Y cuyo humo, sube, y hace que se me irrite el ojo del mismo lado. Una lágrima se escapa. Pero no es por orgullo, ni por falta de ello.
Las cosas son difíciles a veces. No deberían serlo, pero lo son. Las hacemos difíciles, mejor expresado. Hay personas que son de color de piel distinto. Hay personas que son muy altas. Incluso hay personas gordas. Hay algunos que son muy listos. Y otros que, hacen muy bien trabajos manuales. Unos son arquitectos, y otros médicos. Porque les gusta, o porque valen para ello. Y hay fontaneros extraordinarios. O electricistas. O encofradores. Otros son unos vendedores natos. Y hay algunos a los que les gustan las personas del mismo sexo.
Está riquísimo este café. Como siempre, cortado con un chorrito de leche. Mientras tomo un pequeño sorbo, se me va la mente al pasado. Recuerdo a Belén. La pobre me echó los tejos hace tiempo. Le costó entender... pero comprendió que no tenía nada que hacer conmigo. A parte, tampoco me gustaba como persona. Por lo menos para compartir “proyecto vital” (siempre me ha gustado esta cursilada de expresión). Recuerdo a Olga. No se atrevía. Pero se le notaba. Se debatía entre dos opciones. Un chico rompedor, casado y sin ningún futuro. Y otro que le daba comprensión, amor sereno, pero sin un punto de locura y sexo arriesgado y sin peligro de que les pillaran. Aunque en realidad, esperaba que yo fuera la tercera opción. Esas son las únicas perjudicadas en el mundo, porque yo sea gay. A los demás, les debería traer al pairo.
No puedo evitar sonreír, mientras apago el cigarrillo ya consumido, en el cenicero, repleto de colillas. Tengo que vaciarlo. Luego. También recuerdo a Esther, mi novia de los 6 años. U otra posterior que no recuerdo el nombre. Podrían haber sido buenas opciones. Pero ellas han tenido que conformarse con otros hombres para ser el padre de sus hijos... pero a los demás... ¿les perjudico? ¿Les hago tener menos derechos? Entonces... ¿qué más les da con que a mi me gusten los hombres?
Vuelvo a coger la taza. Se está quedando frío ya el café. Lo apuro. Y enciendo otro cigarrillo. Aspiro esa primera calada con ganas. La retengo un rato, para poder luego soltarla lentamente y disfrutar de ese momento. Mientras pienso en la palabra orgullo. No la entiendo yo como que pensemos que somos más que nadie. Sencillamente, yo lo entiendo como que, no tenemos de nada de que avergonzarnos, como muchos y durante mucho tiempo nos han intentado inculcar. Que somos lo que somos, y estamos orgullosos de serlo. Como lo está un barrendero que hace bien su trabajo. O como lo está un profesor de Universidad que ve que sus alumnos entienden lo que explica, y que consigue transmitirles su amor por esa asignatura. Como lo está un padre cuando su hijo gana un premio en la guardería al dibujo con más colores.
El orgullo, creo que es una fiesta. Con carrozas, y disfraces. Como en las cabalgatas de las fiestas de las ciudades. En Valencia visten los ninots y las fallas de actualidad y risas y bromas y de fiesta. En Madrid hay un espectáculo sobre unas carrozas, y miles de personas normales, bailando alrededor, y otras miles de personas, disfrutando de la fiesta y de la alegría viendo pasar a todas estas actuaciones.
Me levanto a por otra tacita de café. Cargo el porta, lo giro, y le doy al botón para que salga el café humeante, denso, espumoso. Una gotina de leche, un azucarillo. Unas vueltas de cucharilla, mientras vuelvo a mi sillón orejero. Me recuesto, mientras bebo el primer sorbo de esta segunda taza. Pongo las piernas sobre el Puff...
... y dejo que mi mente se vuelva a ir a la fiesta. Para muchas personas puede resultar un espectáculo poco edificante. Pero es un error confundir una fiesta con una forma de ser de un colectivo. Porque además, un colectivo no se comporta entero de una forma. Ni son todos rubios, o les gusta el cuero. Ni todos son pintores, ni escultores, ni diseñadores de moda. Hay jueces, escritores, economistas, administrativos, dependientes de tienda, empresarios, futbolistas, artesanos, profesores de inglés, de alemán, traductores, químicos, albañiles y camioneros. Hay quien combina bien los colores, y hay quien parece que se pega con ellos todas las mañanas. Hay quien va a la última, o quien deja que la ropa se rompa antes de tirarla. Hay quien busca pareja, quien espera que llegue, o que no quiere un compromiso ni por asomo. Les hay de un solo hombre, y de uno cada noche. Como en todo el mundo. Como en todos los colectivos. Porque de los gays que conozco, no hay ninguno que lleve el culo al aire, entre dos tiritas de cuero. Ojalá conociera alguno así... ya se me perdería la mano por ahí de vez en cuando. Pero no.

Apuro mi café. El segundo. Me recuesto. Y sonrío. Otra vez. Porque sí. Porque estoy orgulloso de ser como soy. Porque no creo que tenga que cambiar mis gustos sexuales. Y porque un día, tendré un chico con quien compartir esta butaca, y recostar mi cabeza en su hombro.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Porque además, es tradicional en esta época, hablar sobre si manifestaciones sí, sobre si manifestaciones no, sobre como hacerlas, para hablar sobre fiesta, plumas y plataformas. Y sobre la misma palabra “Orgullo”.
Me sentaré, pues, en mi butaca orejera, con mi café recién preparado, humeante, calentito, y con mi cigarrillo en la comisura del labio. Colgando por el lado izquierdo. Y cuyo humo, sube, y hace que se me irrite el ojo del mismo lado. Una lágrima se escapa. Pero no es por orgullo, ni por falta de ello.
Las cosas son difíciles a veces. No deberían serlo, pero lo son. Las hacemos difíciles, mejor expresado. Hay personas que son de color de piel distinto. Hay personas que son muy altas. Incluso hay personas gordas. Hay algunos que son muy listos. Y otros que, hacen muy bien trabajos manuales. Unos son arquitectos, y otros médicos. Porque les gusta, o porque valen para ello. Y hay fontaneros extraordinarios. O electricistas. O encofradores. Otros son unos vendedores natos. Y hay algunos a los que les gustan las personas del mismo sexo.
Está riquísimo este café. Como siempre, cortado con un chorrito de leche. Mientras tomo un pequeño sorbo, se me va la mente al pasado. Recuerdo a Belén. La pobre me echó los tejos hace tiempo. Le costó entender... pero comprendió que no tenía nada que hacer conmigo. A parte, tampoco me gustaba como persona. Por lo menos para compartir “proyecto vital” (siempre me ha gustado esta cursilada de expresión). Recuerdo a Olga. No se atrevía. Pero se le notaba. Se debatía entre dos opciones. Un chico rompedor, casado y sin ningún futuro. Y otro que le daba comprensión, amor sereno, pero sin un punto de locura y sexo arriesgado y sin peligro de que les pillaran. Aunque en realidad, esperaba que yo fuera la tercera opción. Esas son las únicas perjudicadas en el mundo, porque yo sea gay. A los demás, les debería traer al pairo.
No puedo evitar sonreír, mientras apago el cigarrillo ya consumido, en el cenicero, repleto de colillas. Tengo que vaciarlo. Luego. También recuerdo a Esther, mi novia de los 6 años. U otra posterior que no recuerdo el nombre. Podrían haber sido buenas opciones. Pero ellas han tenido que conformarse con otros hombres para ser el padre de sus hijos... pero a los demás... ¿les perjudico? ¿Les hago tener menos derechos? Entonces... ¿qué más les da con que a mi me gusten los hombres?
Vuelvo a coger la taza. Se está quedando frío ya el café. Lo apuro. Y enciendo otro cigarrillo. Aspiro esa primera calada con ganas. La retengo un rato, para poder luego soltarla lentamente y disfrutar de ese momento. Mientras pienso en la palabra orgullo. No la entiendo yo como que pensemos que somos más que nadie. Sencillamente, yo lo entiendo como que, no tenemos de nada de que avergonzarnos, como muchos y durante mucho tiempo nos han intentado inculcar. Que somos lo que somos, y estamos orgullosos de serlo. Como lo está un barrendero que hace bien su trabajo. O como lo está un profesor de Universidad que ve que sus alumnos entienden lo que explica, y que consigue transmitirles su amor por esa asignatura. Como lo está un padre cuando su hijo gana un premio en la guardería al dibujo con más colores.
El orgullo, creo que es una fiesta. Con carrozas, y disfraces. Como en las cabalgatas de las fiestas de las ciudades. En Valencia visten los ninots y las fallas de actualidad y risas y bromas y de fiesta. En Madrid hay un espectáculo sobre unas carrozas, y miles de personas normales, bailando alrededor, y otras miles de personas, disfrutando de la fiesta y de la alegría viendo pasar a todas estas actuaciones.
Me levanto a por otra tacita de café. Cargo el porta, lo giro, y le doy al botón para que salga el café humeante, denso, espumoso. Una gotina de leche, un azucarillo. Unas vueltas de cucharilla, mientras vuelvo a mi sillón orejero. Me recuesto, mientras bebo el primer sorbo de esta segunda taza. Pongo las piernas sobre el Puff...
... y dejo que mi mente se vuelva a ir a la fiesta. Para muchas personas puede resultar un espectáculo poco edificante. Pero es un error confundir una fiesta con una forma de ser de un colectivo. Porque además, un colectivo no se comporta entero de una forma. Ni son todos rubios, o les gusta el cuero. Ni todos son pintores, ni escultores, ni diseñadores de moda. Hay jueces, escritores, economistas, administrativos, dependientes de tienda, empresarios, futbolistas, artesanos, profesores de inglés, de alemán, traductores, químicos, albañiles y camioneros. Hay quien combina bien los colores, y hay quien parece que se pega con ellos todas las mañanas. Hay quien va a la última, o quien deja que la ropa se rompa antes de tirarla. Hay quien busca pareja, quien espera que llegue, o que no quiere un compromiso ni por asomo. Les hay de un solo hombre, y de uno cada noche. Como en todo el mundo. Como en todos los colectivos. Porque de los gays que conozco, no hay ninguno que lleve el culo al aire, entre dos tiritas de cuero. Ojalá conociera alguno así... ya se me perdería la mano por ahí de vez en cuando. Pero no.

Apuro mi café. El segundo. Me recuesto. Y sonrío. Otra vez. Porque sí. Porque estoy orgulloso de ser como soy. Porque no creo que tenga que cambiar mis gustos sexuales. Y porque un día, tendré un chico con quien compartir esta butaca, y recostar mi cabeza en su hombro.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.