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Tocaba la guitarra.
En mi pequeña habitación, sentado de costado en la cama, casi siempre mirando al suelo o sino, en su defecto, con la vista clavada en una Union Jack que tenía pegada con chinchetas en la pared.
Y también cantaba a veces , o mejor dicho susurraba. Siempre en falsete, con los ojos cerrados, como tratando de concentrarme en aquello que hacía o todo lo contrario quien sabe.
Me grababa en un radio casette cada vez que mis padres me dejaban solo en casa. Luego tocaba escucharme en los cascos, entonando yo esas “canciones” que eran mías y solo mías, y para que negarlo, todas o casi todas ellas me gustaban mucho la verdad pero me temo que más por la persona a la que estaban dedicadas y las circunstancias en las que habían nacido que por su calidad.
En un año (2002) llegué a componer unas treinta.
Escribía en la portada del cassete los títulos de la mismas y el dia y la hora a la que estábamos.
Luego pasaba las letras a limpio en una agenda de la Fnac que tenía, poniendo su nombre a bolígrafo rojo y escribiendo en tinta azul debajo la letras completas, estribillos y parte central, y al final de las mismas, en color negro el dia o el mes en que habían sido compuestas.
Y ya para finalizar, guardaba todo al final al fondo del armario, dentro de una vieja caja metálica de galletas que por cierto también contenía algunos preservativos a los que yo sabía que era imposible dar uso a corto plazo pese a mis intenciones, como el resto de mis amigos, y cuatro o cinco llaveros de publicidad de la empresa de mi padre y de otras empresas que no tenía ni idea a lo que se dedicaban.
Primero fue una guitarra española
Era de segunda mano y por eso no me importó mucho deshacerme luego de ella.
La estrené en uno de los cuartos de los bajos de la parroquia a la que mis padres todavía van a misa. Yo, por supuesto, no quería ir alli a aprender a tocarla, no me interesaban nada las rancheras, Serrat, los villancicos, los boleros o Perales. Eramos dos chicas muy feas y yo y un cura claro está. Todos los sábados por la mañana durante un curso escolar que fue lo que aguanté.
En Junio del 2003 al terminar el colegio vendí esa, mi primera guitarra, me acuerdo y mis padres entonces me compraron por fin una eléctrica. Y a veces es curioso lo que puede llegar enseñar a mostrarte de ti mismo un objeto inanimado que de repente entra en tu vida, no por casualidad pero tampoco por algo muy diferente a ella.
Había un par de chicos en el colegio que tenían cada uno de ellos un grupo de música.
En septiembre del 2003, nada más reiniciarse las clases, los dos andaban buscando respectivamente como locos un guitarrista. Yo me los cruzaba por los pasillos pero fuí incapaz de decirles algo la verdad, pues no eran de mi clase, hasta ese, el dia en que finalmente si que me atreví a hablar con uno de ellos que me dijo que ya era demasiado tarde, que “mi puesto” ya había sido ocupado. No obstante, si que me dio el teléfono de ese otro chico por si acaso, pero al cabo de unos dias cuando por fin le llamé más o menos él me vino a decir lo mismo, bueno no exactamente lo mismo, porque al intentar averiguar en que grupo de clases estaba y quien era, yo como que le corté entonces, deseando mantener mi anonimato a toda costa, en vista que no tenía sitio para mi, no sé muy bien porque tipo de vergüenza o miedo.
Y seguí tocando ya digo a solas en mi habitación, mirando al suelo o a la bandera inglesa, y cantando en falsete también y grabando cada vez que mis padres se iban de casa.
Más o menos compuse otras treinta hasta que por fin llegó el verano del 2004.
Nunca dije nada a Joan que era mi mejor amigo entonces que tenía una guitarra eléctrica. La escondía bajo la cama cada vez que subía a casa.
Muchas de esas tardes, mirando al mástil o a mis dedos colocados de una determinada forma sobre el traste, empecé a sentir cosas muy extrañas por primera vez. Fue como como si ella, la guitarra, a medida que me iba conociendo me las fuera susurrando.
“Nunca tocarás en un grupo o serás como ellos, estás condenado a estar solo, triste y nada más”.
Dejé de “componer” en el otoño del 2004 nada más entrar en la facultad.
Apenas he tocado la guitarra desde entonces.
La primavera siguiente al leer un dia por aburrimiento esas letras que yo mismo había escrito, al escuchar mi voz en los cascos de nuevo, sentí vergüenza ajena.
Asi que poniendo a salvo únicamente de entre todos sus contenidos los cuatro o cinco llaveros sin usar que había dentro, encerré de nuevo pero esta vez definitivamente dentro de la caja de galletas, junto a los preservativos, la agenda y las cassettes de las canciones. Y a continuación, envolviéndola en una bolsa de plástico, decididamente tras bajar a la calle, la tiré a un contenedor claro, para de esa forma, nunca más saber ya de ellas,de esas canciones, y de ellos, todos esos requisitos que yo reunía por completo para acabar tal y como tanto temía acabar.
Pero no, no tiré o regale o vendí la guitarra a nadie a continuación como cabía esperar.
Mi madre cada vez que hace limpieza en mi cuarto, o quiere que la haga yo, estas pasadas Navidades por ejemplo, siempre me lo propone. Ocupa mucho espacio me dice, está cubierta de polvo y ya no la uso, por lo tanto ¿para que la quiero?.
No lo sé la verdad pero el caso es que sigue aquí, bajo la cama, con una cuerda rota y las otras cinco totalmente desafinadas supongo.
Quizás la vuelva a necesitar un dia. Nunca se sabe.
En mi pequeña habitación, sentado de costado en la cama, casi siempre mirando al suelo o sino, en su defecto, con la vista clavada en una Union Jack que tenía pegada con chinchetas en la pared.
Y también cantaba a veces , o mejor dicho susurraba. Siempre en falsete, con los ojos cerrados, como tratando de concentrarme en aquello que hacía o todo lo contrario quien sabe.
Me grababa en un radio casette cada vez que mis padres me dejaban solo en casa. Luego tocaba escucharme en los cascos, entonando yo esas “canciones” que eran mías y solo mías, y para que negarlo, todas o casi todas ellas me gustaban mucho la verdad pero me temo que más por la persona a la que estaban dedicadas y las circunstancias en las que habían nacido que por su calidad.
En un año (2002) llegué a componer unas treinta.
Escribía en la portada del cassete los títulos de la mismas y el dia y la hora a la que estábamos.
Luego pasaba las letras a limpio en una agenda de la Fnac que tenía, poniendo su nombre a bolígrafo rojo y escribiendo en tinta azul debajo la letras completas, estribillos y parte central, y al final de las mismas, en color negro el dia o el mes en que habían sido compuestas.
Y ya para finalizar, guardaba todo al final al fondo del armario, dentro de una vieja caja metálica de galletas que por cierto también contenía algunos preservativos a los que yo sabía que era imposible dar uso a corto plazo pese a mis intenciones, como el resto de mis amigos, y cuatro o cinco llaveros de publicidad de la empresa de mi padre y de otras empresas que no tenía ni idea a lo que se dedicaban.
Primero fue una guitarra española
Era de segunda mano y por eso no me importó mucho deshacerme luego de ella.
La estrené en uno de los cuartos de los bajos de la parroquia a la que mis padres todavía van a misa. Yo, por supuesto, no quería ir alli a aprender a tocarla, no me interesaban nada las rancheras, Serrat, los villancicos, los boleros o Perales. Eramos dos chicas muy feas y yo y un cura claro está. Todos los sábados por la mañana durante un curso escolar que fue lo que aguanté.
En Junio del 2003 al terminar el colegio vendí esa, mi primera guitarra, me acuerdo y mis padres entonces me compraron por fin una eléctrica. Y a veces es curioso lo que puede llegar enseñar a mostrarte de ti mismo un objeto inanimado que de repente entra en tu vida, no por casualidad pero tampoco por algo muy diferente a ella.
Había un par de chicos en el colegio que tenían cada uno de ellos un grupo de música.
En septiembre del 2003, nada más reiniciarse las clases, los dos andaban buscando respectivamente como locos un guitarrista. Yo me los cruzaba por los pasillos pero fuí incapaz de decirles algo la verdad, pues no eran de mi clase, hasta ese, el dia en que finalmente si que me atreví a hablar con uno de ellos que me dijo que ya era demasiado tarde, que “mi puesto” ya había sido ocupado. No obstante, si que me dio el teléfono de ese otro chico por si acaso, pero al cabo de unos dias cuando por fin le llamé más o menos él me vino a decir lo mismo, bueno no exactamente lo mismo, porque al intentar averiguar en que grupo de clases estaba y quien era, yo como que le corté entonces, deseando mantener mi anonimato a toda costa, en vista que no tenía sitio para mi, no sé muy bien porque tipo de vergüenza o miedo.
Y seguí tocando ya digo a solas en mi habitación, mirando al suelo o a la bandera inglesa, y cantando en falsete también y grabando cada vez que mis padres se iban de casa.
Más o menos compuse otras treinta hasta que por fin llegó el verano del 2004.
Nunca dije nada a Joan que era mi mejor amigo entonces que tenía una guitarra eléctrica. La escondía bajo la cama cada vez que subía a casa.
Muchas de esas tardes, mirando al mástil o a mis dedos colocados de una determinada forma sobre el traste, empecé a sentir cosas muy extrañas por primera vez. Fue como como si ella, la guitarra, a medida que me iba conociendo me las fuera susurrando.
“Nunca tocarás en un grupo o serás como ellos, estás condenado a estar solo, triste y nada más”.
Dejé de “componer” en el otoño del 2004 nada más entrar en la facultad.
Apenas he tocado la guitarra desde entonces.
La primavera siguiente al leer un dia por aburrimiento esas letras que yo mismo había escrito, al escuchar mi voz en los cascos de nuevo, sentí vergüenza ajena.
Asi que poniendo a salvo únicamente de entre todos sus contenidos los cuatro o cinco llaveros sin usar que había dentro, encerré de nuevo pero esta vez definitivamente dentro de la caja de galletas, junto a los preservativos, la agenda y las cassettes de las canciones. Y a continuación, envolviéndola en una bolsa de plástico, decididamente tras bajar a la calle, la tiré a un contenedor claro, para de esa forma, nunca más saber ya de ellas,de esas canciones, y de ellos, todos esos requisitos que yo reunía por completo para acabar tal y como tanto temía acabar.
Pero no, no tiré o regale o vendí la guitarra a nadie a continuación como cabía esperar.
Mi madre cada vez que hace limpieza en mi cuarto, o quiere que la haga yo, estas pasadas Navidades por ejemplo, siempre me lo propone. Ocupa mucho espacio me dice, está cubierta de polvo y ya no la uso, por lo tanto ¿para que la quiero?.
No lo sé la verdad pero el caso es que sigue aquí, bajo la cama, con una cuerda rota y las otras cinco totalmente desafinadas supongo.
Quizás la vuelva a necesitar un dia. Nunca se sabe.
Comentario:
"TÓCAME ALEX, TÓCAME!!!!"
atentamente:
LA GUITARRA
jejejeje
atentamente:
LA GUITARRA
jejejeje
Comentario:
troy, eres malérrima, que lo sepas.
Comentario:
Mutt: Soy superfan de tu comment.
Comentario:
me fascina. solo eso.
ace unos 3-4 meses te lei por primera bez... y sin mas... tus vivencias... o tuvida... (es practicemente lo mismo..) me engantxaron... asta tal punto... ke empeze en el anterior blog ... y aunke abia empezazo desde el final... empece a leerlo desde el principio...
luego ya descubrí ke tenias otro renobado... y tambien te empece a leer...
bueno.. ahora me tengo ke ir... ya te kntare...
ace unos 3-4 meses te lei por primera bez... y sin mas... tus vivencias... o tuvida... (es practicemente lo mismo..) me engantxaron... asta tal punto... ke empeze en el anterior blog ... y aunke abia empezazo desde el final... empece a leerlo desde el principio...
luego ya descubrí ke tenias otro renobado... y tambien te empece a leer...
bueno.. ahora me tengo ke ir... ya te kntare...
Comentario:
Nunca borres un número de teléfono.
Nunca tires una guitarra.
Nunca subestimes los consejos.
Nunca tires una guitarra.
Nunca subestimes los consejos.
Comentario:
a mí me pasa con un consolador exactamente lo mismo que a ti te pasa con la guitarra