ALEX //
Mis diecinueve, veinte y veintiún años de aqui para allá, siempre en Barcelona
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Mis diecinueve, mis veinte y mis veintiún años, de aqui para allá, siempre en Barcelona.
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Gracias a un catarro, el típico resfriado de verano, puedo volver a hacerlo, puedo por un dia volver a quedarme en casa sin tener que ir a trabajar.

Me levanto tarde pero no mucho, desayuno algo de helado que hay en el congelador aprovechando que nadie me vigila, veo las series de dibujos animados del K3 y me conecto a internet y hago cola para poder pajearme con alguien por la cam, pues descubro que por las mañanas, recién levantados supongo, la mayoría de la gente que hay en los chats parece buscar precisamente eso. Poco antes de comer por fin me ducho pero vuelvo a pajearme de nuevo con otro tio buenísimo que por casualidad aparece, mientras los canelones se calientan en el microondas. Incluso debo de ignorar a un tercero al que tengo en espera poco después de correrme.

Y ZZZZZZ también me llama al móvil para quedar para lo que yo sé, pero no, no me apetece quedar con él, sobre todo desde que nos medio enrollamos y parece andar salido a todas horas, y solo quiere verme para lo mismo.




Me encanta el cruising la verdad, o al menos lo que sea esto que yo hago, he de decirlo, aunque quede fatal.

Pasar la tarde en un centro comercial de Castelldefels, escuchando a LCD Soundsystem a todo volumen en el mp3 y viendo tios buenos por todas partes y siguiéndolos por supuesto, de planta en planta, de una tienda a otra. Tios buenos que andan acompañando a sus delgadísimas novias, tios buenos que enseñan medio culo junto a sus amigos y que andan persiguiendo a unas tias superpedorras que los traen de cabeza y supercachonos seguro y alli que estoy yo para verlo, tios buenos que tratan de vender un aparato de masajes o un seguro del Racc al resto del público pero no a mi precisamente que estaría dispuesto a comprárselos a cambio que me follasen alli mismo.....


ZZZZZ dice que lo que yo hago es ridículo, que lo que hay que hacer es entrar en los baños un montón de veces y ver si se cuece algo o sino ponerse a hacer que meas para ver si se te acerca alguien. Pero yo ,en este tipo de sitios, como que solo voy a los baños si alguien que me interesa lo hace también y por eso la mayoría de las veces acabo sin poner ni el pie en ellos, y el noventa y nueve por ciento de las ocasiones a dos velas y con los pies reventados, pero pensando eso si, en lo estupenda que va a ser la paja que voy a hacerme nada más llegar en casa con todo lo que he podido ver, haciendo que en mi cabeza las cosas si sucedan de la forma y el modo en que yo quiero que sucedan, o sea , todo lo contrario a lo que en la realidad pasa.



La soledad puede llegar a reducirlo todo a una sola cosa.

En mi caso, sexo.

Puede que para por la tarde yo ya lleve cuatro en mi marcador particular y ni se me levante, pero en el caso de que alguien me pida que conecte la cam y que volvamos a corrernos juntos, no te quepa la más mínima duda, lo volveré a intentar al menos.

La soledad, es lo bueno que tiene, no te deja pasar por alto sin que la aproveches, ni una sola oportunidad.

La soledad, en caso que sea dia tras dia y no por unas horas tan solo, hasta que mis padres vuelvan a casa, puede eso si, volverte un poco loco la verdad, hacerte vivir en un mundo que raramente se parece en algo al mundo real.

La soledad te da tiempo, te hace recordar a personas y momentos que ya creias olvidados para siempre, como Beatriz, que aunque entonces me parecía muy mayor, resulta que no tenía sino mi misma edad de ahora, veintiuno.



Venía a recogerme a casa a mediodía que era cuando mi madre se iba a trabajar. Su misión era darme de comer y luego, llevarme a la plaza junto a los demás chicos, a ver si por fin hacía amigos. Sin embargo raramente era eso lo que finalmente hacíamos.
Con el dinero que le daba mi madre nos montábamos en su coche y nos íbamos a dar una vuelta por Sitges unas veces, otras íbamos incluso a Barcelona a ver tiendas o pasear por la playa. Yo tenía unos diez años, y era una casi como una niña, seguro, por la manera que hablaba, me movía. Ella sabía que yo no me iba a chivar, pues veía en mis ojos, cada vez que los tenía cerca, el miedo que me daban el resto de los chicos del pueblo, sus bicicletas y gritos, sus miradas, los insultos que salían de sus bocas casi siempre.



Siempre que las cosas te van bien te esfuerzas porque nada cambie, porque las cosas se eternicen tal y como están en ese momento, pero raramente lo consigues por mucho tiempo, todo parece estar sujeto a un constante cambio, escapar a tus deseos.

Y cuando las cosas van mal es justo lo contrario, quieres cambiarlo todo, no dejar que nada siga igual desde que ese instante, un dia cualquiera, se te torcieron las cosas. Y sin embargo nada cambia, te pones plazos y al llegar a ellos, uno tras otro, observas que como todo sigue igual, o muy parecido.


Y ya no sabes que hacer.


Mari Carmen era mi profesora de piano. La de todos los Lunes por la tarde...


Es curioso la de gente que ha pasado por nuestra vida por mucho que esta haya sido de lo más solitaria.

Es curioso la de gente que olvidamos y que pasamos años sin acordarnos de ella.


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