192 BERNABE EN LA PLAYA
1
Su reloj se detuvo al escuchar la última de sus excusas , al no creerla y estar seguro en consecuencia de que él le mentía
Su único amigo llevaba ya dias dándole largas cada vez que lo llamaba por teléfono para ir a dar una vuelta. Siendo más que obvio que él no se iba a quedar en casa como le decía, estaba pues totalmente claro que había encontrado otra gente con la que ir, que desde hacia ya dias oficialmente pasaba de Bernabé.
No fue hasta casi un año después de esta escena que de nuevo lo oí volverse a poner en marcha por cierto.
Primero la manecilla que marcaba los segundos, luego la de los minutos ante mi sorpresa, pasado un buen rato la de las horas también. Estaba cerca suyo, en una playa de un pueblo de la Costa Brava donde solía veranear.
Entre medias, quedó pues, una especie de tiempo muerto, de ligero sueño del que uno anda despertándose y cayendo en el sucesivamente, que ocupo su vida durante una época esencial para la formación de la personalidad, al menos eso dicen, donde cada dia una nueva pregunta urge ser respondida, donde uno curiosamente cree tener respuestas para todo.
Durante esos primeros dias;
Aprendió a mentir, y fue duro.
Primero le dijo a su madre que su amigo estaba enfermo y que por eso no salía, luego, la semana siguiente el enfermo era él y muy pronto su madre dedujo que algo había pasado entre ambos.
Aprendió también a escuchar los diversos sonidos del viejo caserón en que vivía, y a clasificarlos según su cuarto de procedencia.
Aprendió por supuesto lo largas que pueden llegar a ser las tardes en soledad y lo ridículo de los programas de música de baile en la radio los sábados por la noche si no sales, de los programas de baladas de las noches de los domingos si no has hecho nada memorable durante el fin de semana.
Aprendió a sentirse descolocado, sin ganas de nada, y se dió cuenta de lo estúpido que era seguir semana a semana la cartelera de los cines si no tenía con quien ir.
Aprendió que él ya no iba a volver a ser su amigo nunca más, por muchas ilusiones que se hiciera al verlo durante el verano siguiente en la playa, como todos los años anteriores, en compañía de nuevos amigos, dedicándole una mirada muy de vez en cuando.
2
Iba y venía del colegio a diario durante el otoño que siguió a ese ,su primer verano en soledad, y los fines de semana solo salía de su casa para, sobre su monopatín, a última hora de la tarde, bajar por la avenida a toda velocidad un par de veces como mínimo. Nada más. Ese era su único plan pero Bernabé, lejos de aburrirse, sobre todo a partir del momento que su madre le dio las llaves del trastero para que curiosease en él, empezó a notar como le faltaba el tiempo para todo aquello que quería hacer y quizás por eso era que tenía siempre tanta prisa, estaba tan nervioso y dejó finalmente de patinar de pronto.
Estaba situado en el ala izquierda de la casa, cerrado siempre bajo llave. Dentro su madre guardaba los recuerdos del que había sido su marido y que era el padre de Bernabé. Aún hoy no sabe muy bien porque, pero el caso es que un dia él le pidió las llaves como otras muchas veces lo había hecho antes y ella entonces se las facilitó, no se negó en redondo como de costumbre. Tenía derecho suponía a disponer de los mismos tanto como ella, ya era la hora, no podía retrasar ese momento ya más.
Bernabé pensó que apenas sabía nada de su padre al introducir esa tarde la llave en la cerradura.
Tan solo que había muerto a los pocos meses de nacer él.
Cuando abrió la puerta y accedió al interior de esa, al menos para él, misteriosa habitación, se dio de bruces con una estantería repleta de libros y otra de discos, y una mesa de despacho junto a la ventana con un tocadiscos sobre la misma, lleno de polvo pese estar cubierto con una sábana de color azul claro.
Apenas hizo nada aquel primer dia en la buhardilla pero poco a poco y por su cuenta fue adecentando aquel lugar al llegar del colegio durante la siguiente semana, convirtiéndolo asi, poco a poco, en consecuencia en una especie de segunda habitación suya, en la que el tiempo ,descubrió de repente , pasaba mucho más deprisa que en el resto de la casa.
3
Entre otras muchas cosas Bernabé encontró un montón de fotos de su padre. De poco antes de morir, del noviazgo con su madre, de él siendo recién nacido a su lado. Sus favoritas sin embargo rápidamente pasaron a ser unas en blanco y negro de los primeros años setenta. En ellas su padre llevaba el pelo largo, perilla y por lo que pudo adivinar las mismas no estaban hechas muy lejos de donde vivía.
Visitó una tarde ese lugar ansioso, o mejor dicho lo que quedaba de él, sus ruinas, situadas en la vertiente interior, contraria al mar, del Tibidabo. Alli mismo era donde sus padres se habían conocido, donde habían vivido casi un año en una especie de comuna hippie. Era increíble.
Ya solo quedaba de todo aquello una casa semiderruida, invadida por la abundante vegetación, de acuerdo, pero daba igual, era lo mismo. Aquello le cambió tanto que ya no volvió a ser el mismo, es decir quien había sido antes de haber ido alli, durante muchos meses.
Muchísmos
Encerrado dentro de esos treinta metros cuadrados, a partir de ese dia , Bernabé comenzó a escuchar enfermizamente todos aquellos discos de Jimi Hendrix y Leonard Cohen que su padre tenía guardados y perfectamente organizados casi a diario. A leer sus notas, a vestir con ropa que trataba de imitar treinta años después la moda de aquellos dias. Y su madre entonces , preocupada, pocas semanas después, una noche subiéndolo a buscar cerca de media noche al trastero, decidió poner fin a todo aquello, cerrando definitivamente la buhardilla y retirándole la llave de momento.
Bernabé lloró por primera vez en años esa madrugada, suplicándole por que le dejara volver a entrar alli, no dejándola dormir, pero ella era inflexible ya en ese aspecto, pues veía como sucedía aquello que tanto temía, como su hijo de nuevo se aislaba de todo y de todos y claro, no lo podía permitir de nuevo con la de problemas que le había causado en el pasado.
4
Pese a no haber patinado durante meses nada más subirse al skate de nuevo Bernabé volvío a ser el rey del mismo, el más rápido de la ciudad.
Llevaba en el bolsillo de su pantalón una hoja de periódico de ese mismo dia, en la que hablaban de su padre y lo recordaban, definiéndolo, como una especie enfant terrible, con rostro aniñado y largo flequillo, con una gran facilidad para las frases brillantes, de esas que perduran en la memoria de la gente durante años. Cada curva que tomaba se aseguraba de no haberlo perdido palpándose la parte trasera del pantalón y pensaba en si habría algún otro hijo de alguien que saliera también en el periódico tan solo como él lo estaba en esos momentos.
Y de repente ocurrió, sentado justo en el banco en el que él se sentaba al finalizar la bajada para esperar al autobús que lo devolviera de nuevo a lo más alto de la montaña, Bernabé lo vió por primera vez, a un chico de su edad, delgado, con el pelo largo y con los pies apoyados en otro skate muy parecido al suyo sino exactamente igual.
Y algo dentro de él lo intuyó, en ese mismo instante, ambos estaban destinados a ser amigos.
El le miró lo mismo que Bernabé también lo hizo. Los dos se sentaron el uno enfrente del otro dentro del autobús.
Sin embargo hubo que esperar un poco más, al fin de semana siguiente exactamente para que por fin se atrevieran a hablarse el uno al otro.
Hoy Bernabé puso su toalla junto a la de su madre en la playa pero de repente le dijo algo al oido saliendo disparado hacia el otro extremo de la misma.
Un grupo de chicos y de chicas, sus amigos, le esperaba con los brazos abiertos, a punto de iniciar un partido de volley.
Ya no vestía por cierto como hace unos meses lo hacía, su estilo era totalmente actual, nada de nostalgias.
Ya no tenía aquella mirada perdida tampoco.
Su madre oyó una carcajada suya a lo lejos poco después, seguida de otras muchas otras carcajadas más y no pudo evitar también el reirse un poco.
Yo, viéndolo desde algo más cerca, también me reí.
Tic tac, Tic tac, su reloj estaba de nuevo en marcha.
Sonaba mas alto que nunca

Su reloj se detuvo al escuchar la última de sus excusas , al no creerla y estar seguro en consecuencia de que él le mentía
Su único amigo llevaba ya dias dándole largas cada vez que lo llamaba por teléfono para ir a dar una vuelta. Siendo más que obvio que él no se iba a quedar en casa como le decía, estaba pues totalmente claro que había encontrado otra gente con la que ir, que desde hacia ya dias oficialmente pasaba de Bernabé.
No fue hasta casi un año después de esta escena que de nuevo lo oí volverse a poner en marcha por cierto.
Primero la manecilla que marcaba los segundos, luego la de los minutos ante mi sorpresa, pasado un buen rato la de las horas también. Estaba cerca suyo, en una playa de un pueblo de la Costa Brava donde solía veranear.
Entre medias, quedó pues, una especie de tiempo muerto, de ligero sueño del que uno anda despertándose y cayendo en el sucesivamente, que ocupo su vida durante una época esencial para la formación de la personalidad, al menos eso dicen, donde cada dia una nueva pregunta urge ser respondida, donde uno curiosamente cree tener respuestas para todo.
Durante esos primeros dias;
Aprendió a mentir, y fue duro.
Primero le dijo a su madre que su amigo estaba enfermo y que por eso no salía, luego, la semana siguiente el enfermo era él y muy pronto su madre dedujo que algo había pasado entre ambos.
Aprendió también a escuchar los diversos sonidos del viejo caserón en que vivía, y a clasificarlos según su cuarto de procedencia.
Aprendió por supuesto lo largas que pueden llegar a ser las tardes en soledad y lo ridículo de los programas de música de baile en la radio los sábados por la noche si no sales, de los programas de baladas de las noches de los domingos si no has hecho nada memorable durante el fin de semana.
Aprendió a sentirse descolocado, sin ganas de nada, y se dió cuenta de lo estúpido que era seguir semana a semana la cartelera de los cines si no tenía con quien ir.
Aprendió que él ya no iba a volver a ser su amigo nunca más, por muchas ilusiones que se hiciera al verlo durante el verano siguiente en la playa, como todos los años anteriores, en compañía de nuevos amigos, dedicándole una mirada muy de vez en cuando.
2
Iba y venía del colegio a diario durante el otoño que siguió a ese ,su primer verano en soledad, y los fines de semana solo salía de su casa para, sobre su monopatín, a última hora de la tarde, bajar por la avenida a toda velocidad un par de veces como mínimo. Nada más. Ese era su único plan pero Bernabé, lejos de aburrirse, sobre todo a partir del momento que su madre le dio las llaves del trastero para que curiosease en él, empezó a notar como le faltaba el tiempo para todo aquello que quería hacer y quizás por eso era que tenía siempre tanta prisa, estaba tan nervioso y dejó finalmente de patinar de pronto.
Estaba situado en el ala izquierda de la casa, cerrado siempre bajo llave. Dentro su madre guardaba los recuerdos del que había sido su marido y que era el padre de Bernabé. Aún hoy no sabe muy bien porque, pero el caso es que un dia él le pidió las llaves como otras muchas veces lo había hecho antes y ella entonces se las facilitó, no se negó en redondo como de costumbre. Tenía derecho suponía a disponer de los mismos tanto como ella, ya era la hora, no podía retrasar ese momento ya más.
Bernabé pensó que apenas sabía nada de su padre al introducir esa tarde la llave en la cerradura.
Tan solo que había muerto a los pocos meses de nacer él.
Cuando abrió la puerta y accedió al interior de esa, al menos para él, misteriosa habitación, se dio de bruces con una estantería repleta de libros y otra de discos, y una mesa de despacho junto a la ventana con un tocadiscos sobre la misma, lleno de polvo pese estar cubierto con una sábana de color azul claro.
Apenas hizo nada aquel primer dia en la buhardilla pero poco a poco y por su cuenta fue adecentando aquel lugar al llegar del colegio durante la siguiente semana, convirtiéndolo asi, poco a poco, en consecuencia en una especie de segunda habitación suya, en la que el tiempo ,descubrió de repente , pasaba mucho más deprisa que en el resto de la casa.
3
Entre otras muchas cosas Bernabé encontró un montón de fotos de su padre. De poco antes de morir, del noviazgo con su madre, de él siendo recién nacido a su lado. Sus favoritas sin embargo rápidamente pasaron a ser unas en blanco y negro de los primeros años setenta. En ellas su padre llevaba el pelo largo, perilla y por lo que pudo adivinar las mismas no estaban hechas muy lejos de donde vivía.
Visitó una tarde ese lugar ansioso, o mejor dicho lo que quedaba de él, sus ruinas, situadas en la vertiente interior, contraria al mar, del Tibidabo. Alli mismo era donde sus padres se habían conocido, donde habían vivido casi un año en una especie de comuna hippie. Era increíble.
Ya solo quedaba de todo aquello una casa semiderruida, invadida por la abundante vegetación, de acuerdo, pero daba igual, era lo mismo. Aquello le cambió tanto que ya no volvió a ser el mismo, es decir quien había sido antes de haber ido alli, durante muchos meses.
Muchísmos
Encerrado dentro de esos treinta metros cuadrados, a partir de ese dia , Bernabé comenzó a escuchar enfermizamente todos aquellos discos de Jimi Hendrix y Leonard Cohen que su padre tenía guardados y perfectamente organizados casi a diario. A leer sus notas, a vestir con ropa que trataba de imitar treinta años después la moda de aquellos dias. Y su madre entonces , preocupada, pocas semanas después, una noche subiéndolo a buscar cerca de media noche al trastero, decidió poner fin a todo aquello, cerrando definitivamente la buhardilla y retirándole la llave de momento.
Bernabé lloró por primera vez en años esa madrugada, suplicándole por que le dejara volver a entrar alli, no dejándola dormir, pero ella era inflexible ya en ese aspecto, pues veía como sucedía aquello que tanto temía, como su hijo de nuevo se aislaba de todo y de todos y claro, no lo podía permitir de nuevo con la de problemas que le había causado en el pasado.
4
Pese a no haber patinado durante meses nada más subirse al skate de nuevo Bernabé volvío a ser el rey del mismo, el más rápido de la ciudad.
Llevaba en el bolsillo de su pantalón una hoja de periódico de ese mismo dia, en la que hablaban de su padre y lo recordaban, definiéndolo, como una especie enfant terrible, con rostro aniñado y largo flequillo, con una gran facilidad para las frases brillantes, de esas que perduran en la memoria de la gente durante años. Cada curva que tomaba se aseguraba de no haberlo perdido palpándose la parte trasera del pantalón y pensaba en si habría algún otro hijo de alguien que saliera también en el periódico tan solo como él lo estaba en esos momentos.
Y de repente ocurrió, sentado justo en el banco en el que él se sentaba al finalizar la bajada para esperar al autobús que lo devolviera de nuevo a lo más alto de la montaña, Bernabé lo vió por primera vez, a un chico de su edad, delgado, con el pelo largo y con los pies apoyados en otro skate muy parecido al suyo sino exactamente igual.
Y algo dentro de él lo intuyó, en ese mismo instante, ambos estaban destinados a ser amigos.
El le miró lo mismo que Bernabé también lo hizo. Los dos se sentaron el uno enfrente del otro dentro del autobús.
Sin embargo hubo que esperar un poco más, al fin de semana siguiente exactamente para que por fin se atrevieran a hablarse el uno al otro.
Hoy Bernabé puso su toalla junto a la de su madre en la playa pero de repente le dijo algo al oido saliendo disparado hacia el otro extremo de la misma.
Un grupo de chicos y de chicas, sus amigos, le esperaba con los brazos abiertos, a punto de iniciar un partido de volley.
Ya no vestía por cierto como hace unos meses lo hacía, su estilo era totalmente actual, nada de nostalgias.
Ya no tenía aquella mirada perdida tampoco.
Su madre oyó una carcajada suya a lo lejos poco después, seguida de otras muchas otras carcajadas más y no pudo evitar también el reirse un poco.
Yo, viéndolo desde algo más cerca, también me reí.
Tic tac, Tic tac, su reloj estaba de nuevo en marcha.
Sonaba mas alto que nunca
