ALEX //
Mis diecinueve, veinte y veintiún años de aqui para allá, siempre en Barcelona
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Mis diecinueve, mis veinte y mis veintiún años, de aqui para allá, siempre en Barcelona.
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Se notaba algo raro.

No por supuesto en el profesor de la última hora de los jueves, que enamorado de si mismo seguía con las explicaciones de siempre, o mejor dicho debería decir que leyéndonos al pie de la letra aquello que él mismo había escrito pocos meses antes en su libro.

El caso es que nadie parecía estar prestándole mucha atención ya .

Por un lado las chicas intercambiaban miradas con algunos chicos, abrían a escondidas su teléfono móvil, lucían orgullosas ,aquellas que la tenían, su rosa sobre la mesa. Mientras, los chicos tenían una mirada más tonta de lo habitual en sus ojos y también sonreían, no dejaban de hacerlo, muchos de ellos sin motivo aparente.


Cuando la clase por fin finalizó todos salieron mucho más rápido que como habitualmente lo hacen y yo, como de costumbre, fui de los últimos en abandonar el aula.

Recoger el Pc en la mochila, retirar la corbata para evitar posibles arrugas, vigilar que el tupperware no se pudiera abrir y mancharlo asi todo, pura rutina, como todos los dias, nada especial.


Me puse justo detrás del profesor, tras la estela que su colonia ,Hugo Boss creo, dejaba alli por donde pasaba. Y una vez ya en el pasillo vi como él tomaba directamente el ascensor que lo llevaba al parking sin pasar por su departamento, y yo, aunque lo pensé es cierto, finalmente no lo hice, pues meterme en la biblioteca ese dia precisamente y estar alli hasta las nueve de la noche estudiando daría por hecho que no tengo nadie y que mi vida es tal y como a primera vista parece, que no hay secreto o misterio alguno en ella.


Recorriendo luego el parque, camino del metro, pensé en que hay un momento en que la gente da por hecho que eres gay no por lo que haces sino más bien por lo que no haces.

Me acordé de lo que me dijo Eva el año pasado, que todo el mundo en clase lo comentaba a mi espalda, en cuanto que yo desaparecía. No iba mucho a las fiestas que organizaban, y cuando me presentaba en alguna de ellas nunca llevaba a una chica conmigo o acababa enrollado con alguna. Ese era uno de los muchos indicios que sin duda ellos manejaban. Nadie me lo iba a decir estaba claro a la cara, pero todos aquellos que se sentaban y se sientan en clase este año junto a mi, a estas alturas ya lo deben de dar por seguro, -reflexioné aumentando al mismo tiempo el ritmo al que caminaba, adelantando asi a algunos compañeros que, por ese pequeño camino casi oculto entre setos, a esa hora también se dirigían al metro.


Sería genial que esta tarde noche y en plan “Malas Compañías”, Pablo Pujol apareciera por aquí , al final de esta misma senda, a recogerme subido a una moto. Y que yo me subiera a ella y al hacerlo los dos nos comenzáramos a besar en plan super guarro delante de todos ellos más que nada para que ni una sola persona de clase se lo pudiera perder o no ver.

Si, ya lo creo que si, sería genial.


Debía aparentar –se me ocurrió- que yo también llegaba tarde a una cita, que yo también tenía una cena romántica preparada para esa noche como miles de personas más en Barcelona. El tenerla o no realmente, eso era una cuestión secundaria. Mi vida era tal y como ellos la imaginaban y no de otra forma. Mañana mismo a mediodía me compraría algo. Cualquier cosa valdría siempre que a ellos no les pasase desapercibida. Todo el mundo pensaría en él, en que ese era su regalo, y se imaginaría a continuación como podría ser.




Lo vi sentado en un banco del final del parque, apartado del camino habitual que todos usamos. Me desvié hacia él. Usaría la otra entrada a la estación de metro, decidido.

El chico inglés de clase que me gusta tenía los pies apoyados en el skate, la capucha sobre la cabeza. Sobresaliendo además de su mochila, que estaba tirada en el suelo, de mala manera, envuelta en un papel de celofán transparente se adivinaba una rosa.


No quería que le vieran.

Le daba vergüenza todo aquello supuse.

Ingenuamente yo había pensado en estos últimos dias , al ver como en los intercambios entre clase y clase él se quedaba de nuevo leyendo en su pupitre sin nadie a su alrededor, que a lo mejor podría tener alguna oportunidad con él, que podía ser también otro solitario como yo.

Pero no, los chicos guapos van siempre un paso por delante, nunca están solos. Se me olvidó.


Pero pase a su lado y ni siquiera nos miramos. Pese a todo no puede evitar ponerme algo nervioso, hasta que ya estaba demasiado lejos suyo para que pudiera llamarme.

Yo simplemente pensé que con él, también, todo sería genial y que por supuesto me daba igual quien pudiera ser la afortunada, sobre todo a juzgar por el tamaño de “eso” que yo le pude ver en los baños.


Nada más llegar a casa cené con mi madre en la cocina.

Ella estaba ya en bata.

Mi padre le había dicho de salir esa noche, a algún restaurante cerca de casa, pero a ella no le apetecía.

Además y como él había tenido un dia muy duro, nada más cenar a las ocho se había quedado dormido..


Yo también me fui a la cama casi nada más cenar.

Antes mandé un sms a Rafa, apagando el móvil a continuación, más que nada para no esperar en vano su respuesta y por lo tanto no conciliar el sueño de inmediato.


“Espero que te siga yendo muy bien con Marta. Un beso para los dos”


Es la última oportunidad que les doy.

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