LAS PALOMITAS DE MAIZ DE NUEVA YORK
Palomitas.
Palomitas de maíz en todas y cada una de sus noches terribles.
Frente al televisor.
Tumbado en el sofá y acurrucado bajo una vieja manta marrón. Escuchando a veces viejos discos que nadie recuerda.
¿Qué es la soledad? Se pregunta.
Pues algo no muy diferente a esto:
Un pequeño apartamento a oscuras.
El frio invernal.
La semioscuridad que envuelve el salón en una tarde de domingo que parece que nunca va a acabar.
Un barrio anónimo, gris, que nadie viene a visitar salvo que viva en él o tenga conocidos en el mismo.
Un ciudad como esta, muy lejos de mi casa, a la que por cierto llegué lleno de esperanzas el verano pasado y en la que, pasados unos cuantos meses, ya invierno, parado frente al lago de Central Park sigo preguntándome también donde demonios habrán ido los patos a parar.
Los restos algo de comida congelada junto a unas patatas frias enfriándose sobre la mesa del salón. El zumo a base de concentrado sin apenas contenido de fruta y la botella de vodka en el suelo.
La cubitera humedeciendo el cristal del aparador junto al televisor, todo a medida que el calor artificial, pegajoso, que hace entre sus cuatro paredes, va derritiendo poco a poco el hielo que hay dentro de ella.
Un pijama sucio.
Un libro entre las piernas que para nada es genial como el resto del mundo dice, algunas frases entrecortadas que te dices a ti mismo pero que nadie escucha.
Los recuerdos de una persona que te hicieron largarte de alli donde vivías, que convirtieron para ti las calles de esa ciudad en que naciste y te criaste, en un parque temático del dolor, de la desolación ; En esa esquina nos besamos , alli nos emborrachamos, justo acá me dejó coger su mano por primera vez, más allá fue donde nos conocimos, donde todo empezó.
Palomitas.
Palomitas de maíz, pero mucho más dulces de lo normal, tal y como le saben a él en esta ciudad.
Levantándose introduce en el microondas una nueva ración más, para ser consumida casi de inmediato, tan solo por él claro está, con la máxima glotonería posible. Es muy fácil. Solo un imbécil sería incapaz de no seguir las instrucciones. Lleva toda la tarde sin parar de comer, por cierto.
Esperando la señal acústica que le indique que ya están preparadas tras unos pocos minutos dando vueltas dentro de aquel aparato, ya algo anticuado por cierto, mira entonces por la ventana.
Vive en un edificio enorme dividido en cientos de pequeños apartamentos como el suyo, apartamentos caros, no muy lujosos pero desde luego fuera del alcance de mucha gente.
La fachada de piedra vista desde abajo le impresiona y el panorama de la ciudad, esta noche sufriendo una intensa nevada, desde alli arriba, planta cuarenta y siete, le sigue conmoviendo tanto como el dia de su llegada.
Podría llamar a casa-piensa-, hablar con sus padres, inventarse una bonita historia con final feliz para ellos pero tampoco le apetece mucho.
O encender el ordenador y revisar los anuncios personales que por cierto suelen actualizar las tardes de domingo.
El cine tiene a mitificarlo todo – reconsidera dentro de su cabeza.
Paseos bajo la lluvia envuelto en una gabardina y calándome los huesos despreocupadamente. Trayectos en círculo sentado dentro de un tren nocturno semivacío, recorriendo la misma zona de la ciudad una y otra vez.....¡Chorradas! – grita hacia dentro un poco borracho- la soledad está, impregna sobre todo las pequeñas cosas, esas que todo el mundo compra o tiene cerca suyo, esas son al final del dia las que a uno le hacen daño de verdad.
En la pequeña luz colorada del horno microondas que luce al final del pasillo.
En el sonido mecánico del reloj de la cocina.
En el murmullo que viene del salón, la voz del presentador anunciando a una olvidada estrella del cine que esa tarde va a compartir sus recuerdos por unos minutos con toda la audiencia.
En nuestro propio reflejo en un espejo del pasillo ,al pasar a su lado, con el bote de palomitas en la mano, que no nos hace sino obligarnos a detenernos frente a él, a contemplar con todo lujo de detalles en que nos hemos convertido....
No cabe duda, la soledad llega un momento en que ya nos ha vencido y marca todos y cada uno de nuestros actos, la manera en que nos comportamos.
Es dueña y señora, está dentro de nosotros, muy dentro, en lo más profundo, tanto que casi no podemos ya diferenciarnos de ella, ser algo distinto a lo que ella es o quiere que seamos.
Comentario:
yo soy de aquí y muy hooligan, si conviene ^^
Comentario:
yo soy de aquí y muy hooligan, si conviene ^^
Comentario:
Veo que tú también atraviesas una "etapa colegial" antes del fin de curso.Yo me quedo con los de aqui y los hooligans antes que con los italianos...
Comentario:
pues mira, yo no renunciaría a mi soledad por nada del mundo.
bueno, a lo mejor por un autocar lleno de estudiantes de bachillerato italianos sí.
bueno, a lo mejor por un autocar lleno de estudiantes de bachillerato italianos sí.