RETAZOS DE SABADO 2
Eligieron la mesa contigua a la de A.
El haría de barrera.
Un lado de la hamburguesería lo ocupaban las familias con hijos.
En el otro, los chicos de entre catorce y dieciocho años eran mayoría.
Chicos comiendo a solas o con sus novias, grupos de amigos gritando y queriendo que todo el mundo se enterase, lo supiera, ellos eran los más divertidos, los mas todo en realidad, más chicos y chicas mezclados entre si, con unas vidas perfectas en apariencia también al fondo del local.
Y como siempre, a un lado, junto a la puerta de entrada al baño estaba A. comiendo a solas a eso de las tres y media del sábado recién levantado, aislado de todo, devorando su ensalada, con The School sonando en sus cascos, leyendo por encima una revista.
Ellos dos lo miraron y sin dudarlo se sentaron a su izquierda. Eran una pareja de unos treinta y muchos años pero vestidos en plan adolescente. El era muy gordo y ella todo lo contrario, muy delgada, con un pelo oscuro larguísimo que le llegaba casi hasta la cintura y excesivamente maquillada. Llevaba en su mano derecha todas esas bolsas que, conteniendo la ropa que ambos habían comprado por la mañana, por el logo de las mismas te decían que los dos no se habían gastado mucho dinero en ella, camisetas horribles, eso si llenas de colores, zapatillas de imitación, vaqueros deshilachados que solo alguien como él puede llevar.
Nada mas percatarse de su presencia A. se sintió incomodo.
Era preferible hacerlo solo, sin que nadie pudiera darse cuenta que él a lo mejor iba a entrar al baño detrás de un chico guapo cualquiera.
Podían de repente deducirlo todo aunque no era muy probable.
A, pensó entonces , observándolos con detenimiento, en lo horrible que debía ser para esa chica tener sexo con semejante elemento. ¿Sería consciente de sus propias limitaciones, de su desastroso aspecto físico o por el contrario se creería todo un maestro en la cama, alguien muy sexy?
Cuando los dos terminaron de comer A. aun seguía alli, esperando un milagro si quieres , rezando porque fuera algún chico guapo y no un padre de familia mas quien entrase al baño. Se conformaría con eso, no quería mas planes.
Más tarde ,a las cuatro y media, A. debió de aparecer en blanco y negro dentro de la pantalla de ese televisor que recogía todo aquello que grababa la cámara de seguridad de entrada al Carrefour. Y unos minutos después seguro que volvió a hacerlo también pero en una diferente, gracias a esa otra cámara que grababa todo lo que sucedía en pleno pasillo central.
A. cogiendo un champú, A alcanzando pan de molde, A observando las galletas de marca blanca bañadas de chocolate y girando la cabeza hacia las mermeladas. A de nuevo observando más y más galletas, haciendo tiempo y comprando cds virgenes para sus padres más que nada por llevar algo para ellos de vuelta a casa.
Luego, justo antes de pagar, A. se puso a juguetear con unos estuches para cds mientras hablaba por teléfono con Julien e inventaba un par de excusas para no ir a despedirle a la estación. Hacía justo una semana que él había llegado a Barcelona procedente de Paris y una vez más A. se había comportado tan estúpidamente, creyendo que todo podría volver a ser como cuando hace un par de años él vivía aquí, que hasta le daba vergüenza recordarlo.
Esperó en vano su llamada el sábado pasado , el domingo.
El martes por fin dio señales de vida pero A. enfadado declinó entonces su invitación para cenar esa noche.
Tras un frio silencio acordaron quedar el viernes por la noche, casi por obligación, y cuando Julien se presentó con compañía , A. se dio cuenta de su error. El nunca había sido nada excesivamente importante para Julien cuando vivía aquí y todo aquello que él le había dicho después, en algunas conversaciones de madrugada a través del Messenger, durante estos dos años, todo lo que habían hecho en las mismas no tenía ya ningún valor en el mundo real.
Obviamente Barcelona para Julien era A. más cientos de cosas más, no A. a secas a pesar de lo que tantas veces él mismo le había escrito desde Paris.
Amigos que se convierten en extraños y extraños que de repente se convierten en amigos.
A, pensó algo pareció a eso una hora después, nada más ver de lejos como Marc llegaba y se acercaba a la parada del autobús donde se encontraba.
Hacía apenas un par de semanas que se conocían.
Quizás por eso todo era de momento tan espontaneo y fácil entre ellos.
Amigos que se convierten en extraños y extraños que de repente se convierten en amigos.
No pudo evitar sentir de repente, al oir su voz, como algo de frio, pero dentro de si mismo, no fuera.
El termómetro no bajaba de los veinte.