veintitres
de como recuperar mi suerte
Sindicación
 
La suerte
El 23 es mi número de la suerte. Desde que era niña... Cada vez que veo casualmente un 23 en algún sitio, pienso que algo bueno ocurrirá.

No es que mi pesimismo crónico sea voluntario. Más bien es que me pasola vida pensando, como mucho, que las cosas "pueden salir bien". Y lo de ir con la antena atenta a ver si algún 23 se asoma por ahí ayuda. Cuando lo veo entonces se enciende la lamparita: "saldrá bien".

¿Que es la suerte, exactamente? Nunca gané nada en ningún sorteo. ¿Eso es no tener suerte? Más o menos he conseguido siempre las cosas que buscaba. ¿Eso es suerte? Luego, por una u otra razón, terminan por desaparecer o convertirse en pesadillas. ¿Mala suerte?

Como sea, hace seis años decidí dejar de soñar con emigrar al Viejo
Continente y me subí al primer avión cuyo billete podía pagar sin darme tiempo a pensar en lo que hacía. Conmigo, una mochila, una maleta pequeña y los pocos ahorros que tenía. La ciudad en la que aterricé, elegida por puro azar.

Por supuesto, no tenía papeles para trabajar legalmente en Europa, ni lugar al cual llegar ni conocidos en la ciudad a la que iba.

La semana antes de partir un amigo me ayudó a resolver el tema del
alojamiento. No tuve que instalarme en una pensión barata del Centro de Madrid sino que llegué a un piso donde se alquilaba una habitación.

En pocos días tenía un círculo de conocidos, incluso alguna buena
amistad se perfilaba por ahí. Me volví una experta en conseguir trabajos mediocres que permitían subsistir a los "sinpapeles". A poco
de llegar tenía claro que si no te importa sudar un poco y fastidiarte
la manicura francesa, no te mueres de hambre. Incluso ayudaba a otros que estaban incluso mejor posicionados que yo (vamos, que tenían pasaportes europeos) a conseguir trabajos... los trabajos en los que yo rebotaba, claro.

En el primer bar duré dos días. El primer sábado que me tocó atender la barra de un pub lleno hasta las trancas de gente ruidosa y medio ebria salí huyendo despavorida. Me refugié en la promesa de ayuda de un primo malintencionado que vivía en la Sierra. Me llevé mi primer (y último) desengaño relacionado con "los-parientes-que-se-fueron-hace-años-y-les-va-tan-bien". Volví a Madrid.

Por la mañana repartía publicidad de un gimnasio en los parabrisas de los coches que aparcaban por la zona de Azca. Por la tarde hacía chapuzas de limpieza o cuidaba niños. Y por la noche sobrevivía al
segundo local hostelero que me dió de comer. Fué un restaurante muy fino en el barrio donde vivía. Fino donde lo veían los clientes, claro. En la cocina la historia era otra. Los platos y cubiertos se remojaban en la misma pila donde echaban la porquería de los ceniceros, y las raspas de pescado para la sopa podían llegar a salir directamente del cubo de la basura... Pero mi tarea era fregar y callarme y así lo hacía, mordiéndome la lengua para no soltar las carcajadas cada vez que algún disparate nuevo tenía lugar en aquella cocina de locos.

A donde hubiera algo que hacer (y cobrar), allá iba yo.

Me levantaba a las 5:00 y me acostaba a la 1:00, ambas AM. Entonces fué cuando aprendí a dormir en los trenes. Y a echar cabezadas de 15
minutos en los baños de un centro comercial que había en mi zona de reparto...

Hasta que algo más salió. A 70 km de casa. Otro bar de paso. Otra casa que limpiar. Y la mejor época de mi periplo. Un amante y un amigo.

El problema es que una tiene su orgullo y tampoco era mi plan pasarme la vida fregando platos en restaurantes de mala muerte...
Lo de los papeles parecía que sería lo más complicado de resolver. Sin papeles, no había contrato de trabajo. Pero para conseguir los papeles, había que presentar un contrato de trabajo... La pescadilla que se muerde la cola.

La solución llegó por otra vía. Tres meses después de llegar mi casero me dijo "si así te arreglan los papeles y a mí no me complica la vida, yo me caso contigo". El tenía 23 años.

Los dos se llamaban igual. Los dos me querían. ¿Y yo? Yo tenía que
arreglar mi situación para poder empezar a vivir. Craso error: ya estaba viviendo. Entonces no lo ví.Tuve que elegir, y elegí.

Con uno he pasado los últimos 6 años de mi vida. Para él traté de ser una buena esposa, una compañera. Mis amigos se esfumaron. Sus amigos pasaron a ser los míos. Por él, al otro no volví a verle.

Hace dos meses que Sergio me pidió el divorcio.

Hace cinco años, cuando volvíamos en el Metro de una noche en Chueca, Sergio me dijo, "cuando tu suerte se termine, yo seré tu 23".

Mañana empiezo a buscar de nuevo mi buena suerte.
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Estres laboral
Vaya dos días que llevamos en la ofi. Ayer con la gracia de que la vigilante encargada de abrir las oficinas no apareció hasta casi las 10:00 am, se formó un respetable revuelo de trabajadores "altamente estresados" en plena acera frente al edificio. Sobra decirlo, nadie demasiado ansioso porque se resolviera la situación.
Y como una imágen vale más que mil palabras, para la posteridad quedaron las mías.
El bueno de O., a quien pocas cosas hay que le quiten el apetito (ahora que lo pienso, hay alguna??), decidió que la acera de la calle Genova era un lugar tan bueno para hacer honores a "la hora del bocadillo" como cualquier otro. Más organizados, nos fuimos luego todos a desayunar mientras afuera seguía la espera. Dicen que hasta fué la policía a ver que diantres pasaba ahí... Pero yo me perdí esa parte. Para escenas con policías, la que me esperaba 18 horas más tarde.

Y ésta mañana... Bueno, lo de sustituír las centralitas telefónicas por un sistema de voz sobre IP parecía muy cómodo. Y estaba funcionando demasiado bien para ser verdad. Hoy el dichoso sistema nuevo decidió tomarse el´día libre dejándonos a todos con unas cuantas horas de ocio laboral por delante.
Llevaba dos clientes atendidos cuando se colgó la red, y no daba pié con bola con ninguno de ellos. Vino bien el corte, la verdad. Hoy más que nunca.

Porque no tenía la cabeza donde la tenía que tener.

Ayer puntualmente me presenté en el sitio acordado para averiguar si es verdad aquello de que donde hubo fuego cenizas quedan...
Mientras esperaba caí en la cuenta de que el viernes pasado, cuando volví a hablar con Sergio por primera vez en casi 6 años era... ¡¡¡23!!! Y juro que no lo había pensado antes.

Tenía que salir todo bien.
 
Una canción
Tu Pelo, de La Oreja de Van Gogh. De quien si no?
 
Periplo
Hace tiempo que Fernando me mandó de Montevideo una grabación en cassette. Cuando llevaba yo poco tiempo en Villalba, recién casada (y todavía no existían los sistemas de VoIP) teníamos la costumbre de mandarnos cassettes grabadas contándonos nuestras respectivas historias. Y para rellenar, poníamos canciones. Una que nos encantaba a los dos llegó al final de un cassette de "La Vieja" y me hizo lagrimear al oírla. Era de Los Estómagos, y se llama "Avril". Espero que nadie me reclame derechos de autor por reproducir parte de la letra. Acá va:

"La gente es extraña, ¿no es verdad?
Las cosas cambian para bien o mal
Todo estuvo bien, alguna vez.
¿Por qué tuvo que cambiar?
Todas las promesas, ¿dónde fueron a parar?
¿Qué nos han hecho, Avril?
Dime, ¿quien nos embrujó?
La escollera está tan sola,
Europa no está tan lejos,
Chinasky aún no se murió."

Pero resultó que Europa estaba lejos. ESTA lejos. Fernando tardó en dejar de suspirar por mi ausencia lo que yo en dejar de suspirar por la de Sergio (lo bien que hizo) y ahora vive encantado con el amor de su vida (al menos espero que lo sea!! Nadie lo merece más que él).

Cuando decidí que por el bien de mi matrimonio lo único viable era despedirme de Sergio "para siempre", él me hizo llegar una carta. Llevábamos días sin hablarnos después de una escena algo grotesca en la Plaza Cervantes de Alcalá de Henares y ya no esperaba volver a saber de él, cuando una noche apareció Laura, muy solemne y secretiva, y me entregó una nota increíblemente doblada, más secretiva aún. En ella Sergio me juraba algo así como amor eterno y que me esperaría para empezar a vivir y viajar como locos cuando mi vida se arreglara. Fué la última vez que lloré por él. Hasta el día en que llegué a mi trabajo dos horas y media tarde en un tren que nunca hubiera querído tener que tomar.

Pero que no llorara no significa que no recordara, como bien se entiende. Primero fueron los atentados de las Torres Gemelas y la genial idea de Aznar de enviar tropas españolas a Afganistán. Y yo preguntándome si a mi amigo le habrían mandado a ese agujero a que le dieran un tiro en el culo. Intenté escribirle una vez para saber si había sido el caso, pero la bronca en casa fué monumental y la carta nunca vió el correo.
Luego vino lo del Prestige. Y los equipos del Ejército en las playas de Pontevedra. Y yo postrada en cama durante el mes y medio que duró esa crisis con una contractura lumbar que no cedía ni con marihuana y maldiciendo mi suerte por no poder ir a pringarme de fuel a ver si, por una de esas casualidades de la vida, me encontraba una cara conocida.
Después, el 11M. En trenes que venían de Guadalajara. Hacía un frío de muerte en Torrelodones cuando anunciaron que había que desalojar mi tren y lo primero que pensé mientras iba hacia los autobuses que nos completarían el trayecto hasta Madrid fué en él viajaba en esos trenes todos los días sobre esas horas.
Y luego las tropas en Irak...

La de cacaos mentales que me habría ahorrado de saber que poco después del fin de nuestra aventura, Sergio dejó el Ejército y se largó a Londres... Pero el caso es que entonces no lo sabía.

Lo supe cuando, superado mi ataque de lágrimas durante nuestro reencuentro telefónico el día 23, nos encontramos al lunes siguiente después del trabajo. Ese día del que ya he hablado, que comenzó con el descontrol a la entrada de mi oficina. La idea era vernos, evaluar las canas y los kilos de más, recapitular las respectivas existencias y despedirnos amistosamente.
Pero mis citas con Sergio nunca se ajustan al plan inicial, y eso a éstas alturas es un hecho comprobado.
La recapitulación existencial duró lo que tardamos en llegar desde la T1 de Barajas hasta Torrejón de Ardoz y la mitad de la primera cerveza.
Luego vino el "¿...y te acuerdas de...", y ya por la segunda birra, la pregunta del millón: "¿por qué estás hoy aquí?". Pregunta bidireccional, claro. Sigo sin saber bien por qué estaba él ahí esa tarde (y las que siguieron), pero yo necesitaba decir muchas cosas que no dije cinco años antes y que estaban ya bajo demasiada presión como para contenerlas más. Como parece que la confianza seguía allí como en las viejas épocas y además la cerveza ayudaba a soltar la lengua, terminé diciéndole a Sergio que le echaba de menos, que me hacía falta y que le había querido siempre, incluso en aquella época cuando me esforzaba por cortárle el rostro cada vez que él me lo decía a mí.
Finalmente pareció que lo más sensato era ir a Chamartín a pillar el tren para Santa María. Pero la cerveza requería una visita al baño... y la visita al baño del bar, una consumición. De más cerveza.
Finalmente, partimos hacia Madrid. Iba intentando alejar de mi cabeza la teoría de la autoescuela acerca de los límites de alcohol en sangre en conductores no noveles cuando de pronto estábamos aparcados y nada había cambiado; besaba igual que antes, su boca era igual de dulce, y el corazón latía igual de fuerte...
A la altura de Nuevos Ministerios se impuso otra visita al baño. En el Burger no hay que consumir por usarlo, pero a nadie le gusta quedar mal. Así que salimos de allí nuevamente vaso en mano ante la estupefacta mirada de la chica de la caja cuando nos entregó la bandeja y se la devolvimos diciendo "van puestas".
Castellana arriba hacia Plaza de Castilla un vaso vacío salió volando por la ventana de mi lado y el Código de Tráfico me acosó de nuevo junto con mi conciencia ecológica.
"¡¡¡No se deben arrojar desperdicios en la vía pública!!!"
La respuesta de Sergio fué aparcar el coche de cualquier manera en un hueco cercano al Bernabeu y proponerme, sin cortarse lo más mínimo, pasar al asiento de atrás. Le indiqué amablemente que hacer el amor en sitios públicos nunca contribuyó positivamente a la buena reputación de nadie, así que seguimos camino hacia Chamartín.
Pero la Castellana está en obras por esa zona y resulta que antes se iba por aquí pero ahora solo hay un foso y una valla amarilla y... por supuesto, perdí el último tren.

Todo era entonces cuestión de buscar una excusa creíble que contar para explicar por qué motivo la "reunión de trabajo" de esa tarde se prolongaría hasta altas horas de la madrugada. Lo bueno de estar casado con alguien que no habla tu idioma (y que a la vez tú no hables el suyo más que a nivel de chapurreo) es que no es muy difícil bordar la historia; aunque si conozco a Sergio al menos un poco, no era la primera vez que explotaba ésta ventaja.

La historia del amigo accidentado en plena carretera y la eterna espera de la grúa y la Guardia Civil parece que coló.

Así que tranquilamente enfilamos el Puerto de la Cruz Verde dirección Ávila y se suponía que desde allí hasta Santa María las cosas no tendrían como torcerse más. Pero...

"¿Hay alguna gasolinera por aquí?"
"Sí, en Las Navas."
"¿Y eso está muy lejos?
"Como a 15 km".
"¿Llegaré?"

La aguja del indicador tocaba fondo.

Había que jugársela y subir a Las Navas porque para el otro lado, la gasolinera más próxima estaba a 40 km más o menos.
A Las Navas llegamos... y la gasolinera cerrada.
Así que mejor tomarse un respiro del largo trayecto, ya que cuando las cosas no tienen arreglo, pues no lo tienen, y de paso, como éste sitio era más tranquilo y menos arriesgado que el Paseo de la Castellana, estrenar el asiento de atrás.

Los dos policías aparecieron oportunamente cuando todo había acabado ya y tuvieron la discreción de mantenerse alejados dos minutos para, al menos, pillarnos con algo encima al golpear la ventanilla.
Al menos ésta vez, la historia se pudo contar en el propio idioma de uno... La cara del policía al enterarse de que el personaje al que acababa de pillar "en ésta situación tan embarazoza" residía a 180 km del lugar de los hechos no se me borrará de la cabeza jamás...
De alguna milagrosa manera, el coche llegó hasta Santa María. Y al día siguiente supe que también hasta la gasolinera de Galapagar, así que tan mal no estaría el asunto ni tan bien la aguja indicadora.

Dos días después, mientras esperaba de nuevo a Sergio a la salida de su trabajo en el Aeropuerto, me topé con una publicidad en un periódico de los que entregan a la salida del metro. En la cabecera de la página se leían cuatro frases: "Al amanecer, En el medio de la nada, Sin gasolina, Porque quería estar a solas contigo para siempre."
Abajo, las cuatro preguntas existenciales: ¿Cuándo? ¿Donde? ¿Cómo? ¿Por qué?.
Arrenqué el pedazo de la página con las cuatro frases, escribí a un lado "Si al igual hasta vuelvo a creer en la publicidad..." y se lo dí a Sergio un rato después.