¿Y ahora que pasa, EH?!
Es lo que cantaban Los Violadores en mis orejas hoy a las 7:15 de la mañana, justo cuando mi tren (destino, Guadalajara) me recogía puntualmente en la estación de Santa María de la Alameda. Y justamente, eso me pregunto ahora. ¿Amigos? ¿Amantes? ¿Condenados de nuevo a dejarlo estar?
El 23 me persigue... y me elude a la vez.
23 en el nivel de volúmen del MP3; 23 en el nuevo número de fax del trabajo; 23 en el contador de segundos de duración de llamada cada vez que controlo cuánto llevo hablando con cada cliente; 23 en cada cuadro del Sudoku, 23 preguntas bien contestadas en los tests del permiso B (¿¿por qué tienen que ser siempre 7 fallos?? por qué no 9 o 12? No, tienen que ser 7. Pero eso mejor para otra ocasión.)
23 años tenía Sergio cuando se casó el verano pasado. Justo cuando yo pensaba en dejarlo todo y empezar a vivir de nuevo... y no lo hice.
Ayer hablé con Bogusia. Trabajábamos juntas en un infame servicio de información telefónica hace años hasta que tuve la negra idea de presentarme a un puesto de supervisión... allí perdí de vista a mis viejas compañeras y la costumbre de reunirnos cada tanto a practicar "actividades amansalocos" (léase, labores, que suena horrible). Parte, supongo de mi aún más negra idea de borrar a mis amigos y centrar mi vida en mi matrimonio. Pero como sea, en el marco de ésta recuperación espiritual que intento llevar a cabo, volví a llamar a Bogu.
Recuerdo que el día en que fuí a las pruebas de selección para el cargo de supervisora me citaron en las oficinas de la compañía, situadas justo enfrente al Bernabeu. Justo en la zona de Azca donde empezó mi aventura, los volantes del gimnasio en los parabrisas de los coches, las horas enteras caminando por los barrios del norte, escondiéndonos de los jefes una vez que teníamos todo repartido (o casi todo...) para jugar a las cartas o tomar mate... la época en que me preguntaba con quien debería quedarme.
El día de la última prueba de selección salía del Metro bajo la lluvia madrileña (esa que siempre me deja con gusto a poco) preguntándome qué sería de toda aquella gente, cómo les iría ahora. Los compañeros de reparto que, como yo, no tenían papeles, sobrevivían día a día si preguntarse qué vendría mañana, comparían conmigo la magra felicidad de una paga en negro semanal y los buenos ratos, entrañables...
Pensaba mientras buscaba el portal del edificio en el que estaba citada en lo que había conseguido hasta entonces. Tenía resuelta mi situación legal, incluso concedida la nacionalidad española; estaba comprando un piso, tenía un esposo... y mi matrimonio empezaba a coletear. Muy en el fondo, un bicho se removía diciendo: "que caro pagaste todo ésto, ¿no?" Pero tenía por delante una entrevista por un puesto más que respetable y a ese bicho mejor aplastarlo. En seis años de matrimonio, al final era una experta exterminadora del dichoso bicho, que cada tanto volvía a atormentarme con sus preguntitas malvadas.
La última prueba era improvisar una clase sobre "La Empatía".
Ni jota de lo que era eso. Más que haber visto en algún episodio de "Embrujadas" que había una que se hacía llamar "empática" porque podía santir lo que pensaban los demás. Por un momento, mientras preparaba mi disertación, dejé salir a la que yo era antes, la Nat de los mil recursos, capáz de dar una clase sobre un tema del que no tiene ni idea sin que nadie lo note.
Me dieron el puesto, claro.
Lo primero que hice al incorporarme fué averiguar que era la empatía.
Según la RAE: "Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro."
No me gusta llorar delante de las personas. Ni siquiera por teléfono. Y lo cierto es que un mes después de haber encajado el derechazo que significó la frase "quiero divorciarme", creía que tenía el asunto más controlado; incluso que llamar a Sergio sin saber con qué podría encontrarme después de tantos años no tendría consecuencias lacrimógenas, al menos en tiempo real. Pero las tuvo. Mientras me mordía intentando que no lo notara... ("vamos, Nati, ya somos grandes, hace años que no sabe nada de vos, lo único que lograrás será parecer imbécil, etc, etc...) todo dentro de mí se encogía como un perrillo al que apalean. Y él lo notó.
-... intenté ser una buena esposa, y no funcionó. Supongo que el dejar de verte fué parte de eso...
Silencio.
-¿Donde estás?
-En casa. Es muy lejos. ("Ríe. Por lo que más quieras, ríe, que no sepa que lloras").
Pero lo supo. Lo entendió.
Ahora ya sé qué es eso de la empatía.
El 23 me persigue... y me elude a la vez.
23 en el nivel de volúmen del MP3; 23 en el nuevo número de fax del trabajo; 23 en el contador de segundos de duración de llamada cada vez que controlo cuánto llevo hablando con cada cliente; 23 en cada cuadro del Sudoku, 23 preguntas bien contestadas en los tests del permiso B (¿¿por qué tienen que ser siempre 7 fallos?? por qué no 9 o 12? No, tienen que ser 7. Pero eso mejor para otra ocasión.)
23 años tenía Sergio cuando se casó el verano pasado. Justo cuando yo pensaba en dejarlo todo y empezar a vivir de nuevo... y no lo hice.
Ayer hablé con Bogusia. Trabajábamos juntas en un infame servicio de información telefónica hace años hasta que tuve la negra idea de presentarme a un puesto de supervisión... allí perdí de vista a mis viejas compañeras y la costumbre de reunirnos cada tanto a practicar "actividades amansalocos" (léase, labores, que suena horrible). Parte, supongo de mi aún más negra idea de borrar a mis amigos y centrar mi vida en mi matrimonio. Pero como sea, en el marco de ésta recuperación espiritual que intento llevar a cabo, volví a llamar a Bogu.
Recuerdo que el día en que fuí a las pruebas de selección para el cargo de supervisora me citaron en las oficinas de la compañía, situadas justo enfrente al Bernabeu. Justo en la zona de Azca donde empezó mi aventura, los volantes del gimnasio en los parabrisas de los coches, las horas enteras caminando por los barrios del norte, escondiéndonos de los jefes una vez que teníamos todo repartido (o casi todo...) para jugar a las cartas o tomar mate... la época en que me preguntaba con quien debería quedarme.
El día de la última prueba de selección salía del Metro bajo la lluvia madrileña (esa que siempre me deja con gusto a poco) preguntándome qué sería de toda aquella gente, cómo les iría ahora. Los compañeros de reparto que, como yo, no tenían papeles, sobrevivían día a día si preguntarse qué vendría mañana, comparían conmigo la magra felicidad de una paga en negro semanal y los buenos ratos, entrañables...
Pensaba mientras buscaba el portal del edificio en el que estaba citada en lo que había conseguido hasta entonces. Tenía resuelta mi situación legal, incluso concedida la nacionalidad española; estaba comprando un piso, tenía un esposo... y mi matrimonio empezaba a coletear. Muy en el fondo, un bicho se removía diciendo: "que caro pagaste todo ésto, ¿no?" Pero tenía por delante una entrevista por un puesto más que respetable y a ese bicho mejor aplastarlo. En seis años de matrimonio, al final era una experta exterminadora del dichoso bicho, que cada tanto volvía a atormentarme con sus preguntitas malvadas.
La última prueba era improvisar una clase sobre "La Empatía".
Ni jota de lo que era eso. Más que haber visto en algún episodio de "Embrujadas" que había una que se hacía llamar "empática" porque podía santir lo que pensaban los demás. Por un momento, mientras preparaba mi disertación, dejé salir a la que yo era antes, la Nat de los mil recursos, capáz de dar una clase sobre un tema del que no tiene ni idea sin que nadie lo note.
Me dieron el puesto, claro.
Lo primero que hice al incorporarme fué averiguar que era la empatía.
Según la RAE: "Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro."
No me gusta llorar delante de las personas. Ni siquiera por teléfono. Y lo cierto es que un mes después de haber encajado el derechazo que significó la frase "quiero divorciarme", creía que tenía el asunto más controlado; incluso que llamar a Sergio sin saber con qué podría encontrarme después de tantos años no tendría consecuencias lacrimógenas, al menos en tiempo real. Pero las tuvo. Mientras me mordía intentando que no lo notara... ("vamos, Nati, ya somos grandes, hace años que no sabe nada de vos, lo único que lograrás será parecer imbécil, etc, etc...) todo dentro de mí se encogía como un perrillo al que apalean. Y él lo notó.
-... intenté ser una buena esposa, y no funcionó. Supongo que el dejar de verte fué parte de eso...
Silencio.
-¿Donde estás?
-En casa. Es muy lejos. ("Ríe. Por lo que más quieras, ríe, que no sepa que lloras").
Pero lo supo. Lo entendió.
Ahora ya sé qué es eso de la empatía.
Etiquetas: empatia
Todo El Pescado Vendido
Hoy llegué al curro dos horas y media tarde. Mi historia no fué muy inspirada, pero coló. Una emergencia doméstica... Y tanto.
Ayer a última hora de la jornada, mientras atendía a una cliente residente en Guadalajara, en mi móvil sonaba una llamada proveniente de esa ciudad. Terminé con la cliente y un rato después oí el mensaje en mi contestador: estarme en la estación de Cercanías donde tantas mañanas despertaba para empezar mi colección de trabajos de supervivencia a las 11:00 PM.
Como sé que discutir con Sergio no tiene sentido y tratando de no pensar en qué cuernos haría si se le ocurría dejarme plantada a semejante hora en semejante lugar, volví a Santa María por la tarde,
me arreglé y de nuevo corrí los dos kilómetros y medio que separan mi casa de la Estación de Santa María para pillar el último tren hacia mi punto de cita.
Tres horas después y casi dos comunidades autónomas más al este ya tenía pensadas varias crueles maneras de asesinar a Sergio si no le encontraba esperándome allí, pero no hizo falta llevar a cabo tan maligna acción.
También había tenido tiempo de pensar en que no debería ser tan desconfiada, y el gusanillo de la culpa por dicha actitud se instaló definitivamente en mí cuando Sergio me desveló la sorpresa que me tenía preparada. No me esperaba semejante despliegue, lo confieso. No después de las aventuras con policías indiscretos, en jardines públicos al atardecer y parques en ciudades dormitorio de la periferia de Madrid.
En el trayecto me cameló con que debido a una crisis financiera pasajera no podría llevarme a un sitio mejor que un motel de carretera y visto lo visto, me lo creí. No soy demasiado escrupulosa con éstas cosas, y además mi idea era francamente peor: primero llamé a Alex a ver si podía dejarme su piso por una tarde pero resulta que no puede, así que puestos a vivir locas aventuras y siendo que el pueblo donde vivo está plagado de chalets deshabitados... sumen y verán.
Sergio manifestó que no tendría ningún problema de conciencia por acometer un allanamiento de morada con tal de echar un polvo lejos de la autoridad pero reconozco que, aunque desprovista del halo de
aventura de mi brillante idea, la habitación que tenía reservada en un
hotel de 4 estrellas me dejó con la boca abierta. También había pensado en que dado el ritmo de ésta cita y la distancia al igual venía yo sin cenar y se había molestado por dejarme resuelto ese tema, acordándose incluso de que soy vegetariana.
Cerré el pico en vez de soltar por decimoquinta vez en los diez minutos que llevábamos en ese hotel aquello de "mierda, y pensar que hace cinco años YO era su reina...". Me quedé con que ésta noche sólo estábamos los dos y que luego... luego sería luego.
Y pasamos la noche. Haciendo y deshaciendo las cosas que quedaron pendientes hace años. Diciéndo otras tantas. Hablamos, dormimos abrazados, en algún momento sentí miedo de estar abriendo demasiado el corazón. Pero por alguna razón, mis miedos siempre se han desvanecido cuando él está cerca. Incluso hace años, cuando no tenía papeles, no tenía trabajo decente, no tenía casi esperanzas de futuro, todo se desvanecía al verle sonreír. Tiene una sonrisa especial. A mí se me contagia. Me hacía falta su sonrisa, y una mirada concreta que me vuelve loca. Por eso anoche no pensé en nada mientras estábamos juntos, sólo en que al fin, y por el tiempo que fuese, allí estábamos los dos.
Hay algo en Sergio que me impide tener secretos con él. Escribo todo
ésto porque son cosas que en voz alta no sería capáz de relatar. Nunca pude hablar abiertamente de mi sexualidad con nadie, ni siquiera con mi esposo. Sin embargo, con él he hablado de eso y de todo desde el principio, casi sin conocernos de nada. Es fácil: yo digo dos palabras, él adivina el resto.
De repente me preguntó:
-Si saliera un genio de una lámpara y sólo te concediera un deseo, ¿qué le pedirías?
"Cariño, a tí y nada más."
No contesté. ¿Cómo puedo decirle eso? ¿Cómo puedo decirle que lo único que querría pedir al genio es otra oportunidad para hacer las cosas a tiempo?
Pero él insistió y había que salir del paso.
-¿Qué le pedirías tú?
-No vale responder con otra pregunta.
-Es que eso hay que pensarlo. Sólo es UN deseo. ¿Vos qué le pedirías?
Adora mi acento uruguayo. El tampoco contestó. Nos quedamos callados un rato. De pronto los dos contestamos al mismo tiempo.
-Ya sé. Le pediría empezar de nuevo.
"Te amo." Tampoco entonces hablé.
Como dice el del anuncio de Coca Cola, que levanten la mano. Que levanten la mano las gilipollas que encontraron el amor de su vida y no supieron verlo a tiempo, lo dejaron marchar con argumentos endebles pensando que todo era cuestión de olvidar y después se encontraron con que hay cosas que no se olvidan... cuando ya era tarde. No tendría manos suficientes.
Nos dormimos. Nos despertamos.
Llamó su esposa. Murió la magia.
Lo dejó muy claro. Ahora es él quien tiene que elegir, y como yo hace
cinco años, lo hace movido por un afecto patente, actual, agradecido.
"Ahora la situación es complicada." ... "Por ahora, no puede ser." ...
"Yo no suelo llamar mucho." ... "Esto que hago ahora está mal." ...
"Ella no se lo merece.".
Siempre tuvo un corazón de oro.
Me dejó cerca de la estación. No nos besamos al despedirnos.
Al tren que me llevaría de nuevo a Madrid, a Santa María, al mundo real, sólo me llevé su sonrisa. Y el parasol bajado del coche de su lado en el cual estaba enganchado un recorte arrancado de un periódico gratuito.
"Al amanecer, En medio de la nada, Sin gasolina, Porque quería estar a solas contigo para siempre."
Anoche, justo cuando el tren llegaba a la estación de Guadalajara, el
reloj marcaba las 23:23.
II
Eran las 11:30 y el tren iba hasta las trancas. Varias personas subieron y bajaron ocupando el asiento junto al mío. Creo que ninguna se dió cuenta de que se me caían las lágrimas... menos mal. Si alguien me hubiera preguntado si me sentía bien creo que me habría desmayado de verguenza. No quería ir a currar. Quería irme a casa a llorar a mis anchas.
Llamé a Sergio; estaba en el trabajo. De fondo, una vieja pateaba por lo bajo al Sistema Internacional de Pesos y Medidas pidiendo con voz de falsete "cuarto y mitad de boquerones y medio de salmón en filetes".
Dijo "hola" y a continuación me informó que tenía cita con un abogado ésta tarde para entregarle nuestro acuerdo de divorcio, en el cual podía quedarme tranquila porque dejarían plasmado que ni el coche ni sus pagos eran mi responsabilidad y que los últimos 30.000 euros
solicitados como ampliación de la hipoteca de nuestra casa los pagaría él. Genial. No pudo elegir un momento mejor para restregarme por la cara que ahora sí que voy a saber lo que es que no la elijan a una sobre cualquier otra cosa. Ni que lo hubiera planeado. Pero ¿qué culpa tiene él? Lo único que quiere es acabar de una vez con ésta farsa de matrimonio y en buena hora... Quedamos a las 16:00 en Villalba para repasar el dichoso acuerdo.
De pronto ya no tenía ganas de ir a casa a llorar a moco tendido. De
pronto tenía ganas de escuchar las estupideces que dicen mis clientes a ver si al menos así no pensaba ni en Sergio ni en el otro Sergio.
III
Decidí bajar del tren en Recoletos e irme al curro con mi mejor cara de "yo no fuí" a ver qué me inventaba para justificarme.
En todo caso, pese a mi tardanza, también a mí me llegó el repentino
ataque de generosidad de nuestra empresa. Primero nos regalaron unos prolijos cactus con flores con ocasión del Día Internacional de la Mujer (a las chicas, claro). Luego pasaron repartiendo unos lápices
mecánicos con el logo de la empresa... y ahí se les vió la hilacha.
El lápiz venía acompañado de una tarjetita que se las trae: de un lado
pone "Tu Futuro Empieza Aquí". Al otro "Visita nuestra web para acceder a nuestras ofertas de empleo". y la url referida.
Hace tres meses que nos entregaron una carta indicando que en el correr de éste año seremos historia (se llevan nuestra campaña a otra provincia, bastante lejos de Madrid). La carta venía llena de hermosas palabras: "...seguiremos contando con todos ustedes...", "...nuestros planes de expansión y crecimiento...", bla, ble, bli, blo, blu.
Desde entonces la máquina de rumores funciona a mil por hora. Que si nos cambian a otra campaña hasta que lleguemos a fin de obra, que si nos ofrecen irnos a otra campaña peor, que si aguantan hasta el año que viene... Los que tuvieron en su momento la brillante idea de firmar un contrato indefinido YA son historia: les han recolocado sin derecho al pataleo en otro trabajo bastante peor que el que tenían. Los "obratas" seguimos aquí. El último rumor es que el 31 de Marzo nos aplican el código AL.PU.CA: A La Puta Calle. Nadie lo lamenta demasiado, porque, "obratas" o no, las indemnizaciones son curiosas y la posibilidad de tirarse los mesecillos del verano cobrando el paro también.
Como sea, la tarjetita de hoy no dejó indiferente a nadie.
Sobre todo porque cinco minutos después pasaron los del comité de
empresa repartiendo folletos: en el de hoy nos recordaban nuestros
derechos ante un despido... Muy oportunos.
Desde que me ubico en mi nuevo sitio tengo a mi lado a Oscar y Nacho. Con Nacho no hablaba mucho antes, pero ahora tenemos tema con el mundial de F1 a punto de empezar y sólo a Oscar sentado entre los dos.
El tío es de esos que hablan poco pero dicen mucho. Incluso con los
clientes. Hoy miraba reflexivo la dichosa tarjetita en silencio cuando
alguien sentado enfrente leyó en voz alta lo de "Tu Futuro Empieza
Aquí"; y de pronto el tío va y suelta: "O sea, El Presente Se Ha
Acabado". A buen entendedor...
Se supone que si avisan con los debidos 15 días de antelación y el
último rumor es cierto, el próximo día 16 tendría que saber cuánto
tiempo me queda antes de empezar a planificar cómo continuar ganándome el pan. Pero eso ya se verá.
Lo cierto es que se acabó el romance, se acabó el matrimonio, se acabó el trabajo y quien sabe, quizás también se acabe ésto de poder llamar a algo "mi casa".
Que levanten la mano los que crean que ya está todo el pescado vendido.
Ayer a última hora de la jornada, mientras atendía a una cliente residente en Guadalajara, en mi móvil sonaba una llamada proveniente de esa ciudad. Terminé con la cliente y un rato después oí el mensaje en mi contestador: estarme en la estación de Cercanías donde tantas mañanas despertaba para empezar mi colección de trabajos de supervivencia a las 11:00 PM.
Como sé que discutir con Sergio no tiene sentido y tratando de no pensar en qué cuernos haría si se le ocurría dejarme plantada a semejante hora en semejante lugar, volví a Santa María por la tarde,
me arreglé y de nuevo corrí los dos kilómetros y medio que separan mi casa de la Estación de Santa María para pillar el último tren hacia mi punto de cita.
Tres horas después y casi dos comunidades autónomas más al este ya tenía pensadas varias crueles maneras de asesinar a Sergio si no le encontraba esperándome allí, pero no hizo falta llevar a cabo tan maligna acción.
También había tenido tiempo de pensar en que no debería ser tan desconfiada, y el gusanillo de la culpa por dicha actitud se instaló definitivamente en mí cuando Sergio me desveló la sorpresa que me tenía preparada. No me esperaba semejante despliegue, lo confieso. No después de las aventuras con policías indiscretos, en jardines públicos al atardecer y parques en ciudades dormitorio de la periferia de Madrid.
En el trayecto me cameló con que debido a una crisis financiera pasajera no podría llevarme a un sitio mejor que un motel de carretera y visto lo visto, me lo creí. No soy demasiado escrupulosa con éstas cosas, y además mi idea era francamente peor: primero llamé a Alex a ver si podía dejarme su piso por una tarde pero resulta que no puede, así que puestos a vivir locas aventuras y siendo que el pueblo donde vivo está plagado de chalets deshabitados... sumen y verán.
Sergio manifestó que no tendría ningún problema de conciencia por acometer un allanamiento de morada con tal de echar un polvo lejos de la autoridad pero reconozco que, aunque desprovista del halo de
aventura de mi brillante idea, la habitación que tenía reservada en un
hotel de 4 estrellas me dejó con la boca abierta. También había pensado en que dado el ritmo de ésta cita y la distancia al igual venía yo sin cenar y se había molestado por dejarme resuelto ese tema, acordándose incluso de que soy vegetariana.
Cerré el pico en vez de soltar por decimoquinta vez en los diez minutos que llevábamos en ese hotel aquello de "mierda, y pensar que hace cinco años YO era su reina...". Me quedé con que ésta noche sólo estábamos los dos y que luego... luego sería luego.
Y pasamos la noche. Haciendo y deshaciendo las cosas que quedaron pendientes hace años. Diciéndo otras tantas. Hablamos, dormimos abrazados, en algún momento sentí miedo de estar abriendo demasiado el corazón. Pero por alguna razón, mis miedos siempre se han desvanecido cuando él está cerca. Incluso hace años, cuando no tenía papeles, no tenía trabajo decente, no tenía casi esperanzas de futuro, todo se desvanecía al verle sonreír. Tiene una sonrisa especial. A mí se me contagia. Me hacía falta su sonrisa, y una mirada concreta que me vuelve loca. Por eso anoche no pensé en nada mientras estábamos juntos, sólo en que al fin, y por el tiempo que fuese, allí estábamos los dos.
Hay algo en Sergio que me impide tener secretos con él. Escribo todo
ésto porque son cosas que en voz alta no sería capáz de relatar. Nunca pude hablar abiertamente de mi sexualidad con nadie, ni siquiera con mi esposo. Sin embargo, con él he hablado de eso y de todo desde el principio, casi sin conocernos de nada. Es fácil: yo digo dos palabras, él adivina el resto.
De repente me preguntó:
-Si saliera un genio de una lámpara y sólo te concediera un deseo, ¿qué le pedirías?
"Cariño, a tí y nada más."
No contesté. ¿Cómo puedo decirle eso? ¿Cómo puedo decirle que lo único que querría pedir al genio es otra oportunidad para hacer las cosas a tiempo?
Pero él insistió y había que salir del paso.
-¿Qué le pedirías tú?
-No vale responder con otra pregunta.
-Es que eso hay que pensarlo. Sólo es UN deseo. ¿Vos qué le pedirías?
Adora mi acento uruguayo. El tampoco contestó. Nos quedamos callados un rato. De pronto los dos contestamos al mismo tiempo.
-Ya sé. Le pediría empezar de nuevo.
"Te amo." Tampoco entonces hablé.
Como dice el del anuncio de Coca Cola, que levanten la mano. Que levanten la mano las gilipollas que encontraron el amor de su vida y no supieron verlo a tiempo, lo dejaron marchar con argumentos endebles pensando que todo era cuestión de olvidar y después se encontraron con que hay cosas que no se olvidan... cuando ya era tarde. No tendría manos suficientes.
Nos dormimos. Nos despertamos.
Llamó su esposa. Murió la magia.
Lo dejó muy claro. Ahora es él quien tiene que elegir, y como yo hace
cinco años, lo hace movido por un afecto patente, actual, agradecido.
"Ahora la situación es complicada." ... "Por ahora, no puede ser." ...
"Yo no suelo llamar mucho." ... "Esto que hago ahora está mal." ...
"Ella no se lo merece.".
Siempre tuvo un corazón de oro.
Me dejó cerca de la estación. No nos besamos al despedirnos.
Al tren que me llevaría de nuevo a Madrid, a Santa María, al mundo real, sólo me llevé su sonrisa. Y el parasol bajado del coche de su lado en el cual estaba enganchado un recorte arrancado de un periódico gratuito.
"Al amanecer, En medio de la nada, Sin gasolina, Porque quería estar a solas contigo para siempre."
Anoche, justo cuando el tren llegaba a la estación de Guadalajara, el
reloj marcaba las 23:23.
II
Eran las 11:30 y el tren iba hasta las trancas. Varias personas subieron y bajaron ocupando el asiento junto al mío. Creo que ninguna se dió cuenta de que se me caían las lágrimas... menos mal. Si alguien me hubiera preguntado si me sentía bien creo que me habría desmayado de verguenza. No quería ir a currar. Quería irme a casa a llorar a mis anchas.
Llamé a Sergio; estaba en el trabajo. De fondo, una vieja pateaba por lo bajo al Sistema Internacional de Pesos y Medidas pidiendo con voz de falsete "cuarto y mitad de boquerones y medio de salmón en filetes".
Dijo "hola" y a continuación me informó que tenía cita con un abogado ésta tarde para entregarle nuestro acuerdo de divorcio, en el cual podía quedarme tranquila porque dejarían plasmado que ni el coche ni sus pagos eran mi responsabilidad y que los últimos 30.000 euros
solicitados como ampliación de la hipoteca de nuestra casa los pagaría él. Genial. No pudo elegir un momento mejor para restregarme por la cara que ahora sí que voy a saber lo que es que no la elijan a una sobre cualquier otra cosa. Ni que lo hubiera planeado. Pero ¿qué culpa tiene él? Lo único que quiere es acabar de una vez con ésta farsa de matrimonio y en buena hora... Quedamos a las 16:00 en Villalba para repasar el dichoso acuerdo.
De pronto ya no tenía ganas de ir a casa a llorar a moco tendido. De
pronto tenía ganas de escuchar las estupideces que dicen mis clientes a ver si al menos así no pensaba ni en Sergio ni en el otro Sergio.
III
Decidí bajar del tren en Recoletos e irme al curro con mi mejor cara de "yo no fuí" a ver qué me inventaba para justificarme.
En todo caso, pese a mi tardanza, también a mí me llegó el repentino
ataque de generosidad de nuestra empresa. Primero nos regalaron unos prolijos cactus con flores con ocasión del Día Internacional de la Mujer (a las chicas, claro). Luego pasaron repartiendo unos lápices
mecánicos con el logo de la empresa... y ahí se les vió la hilacha.
El lápiz venía acompañado de una tarjetita que se las trae: de un lado
pone "Tu Futuro Empieza Aquí". Al otro "Visita nuestra web para acceder a nuestras ofertas de empleo". y la url referida.
Hace tres meses que nos entregaron una carta indicando que en el correr de éste año seremos historia (se llevan nuestra campaña a otra provincia, bastante lejos de Madrid). La carta venía llena de hermosas palabras: "...seguiremos contando con todos ustedes...", "...nuestros planes de expansión y crecimiento...", bla, ble, bli, blo, blu.
Desde entonces la máquina de rumores funciona a mil por hora. Que si nos cambian a otra campaña hasta que lleguemos a fin de obra, que si nos ofrecen irnos a otra campaña peor, que si aguantan hasta el año que viene... Los que tuvieron en su momento la brillante idea de firmar un contrato indefinido YA son historia: les han recolocado sin derecho al pataleo en otro trabajo bastante peor que el que tenían. Los "obratas" seguimos aquí. El último rumor es que el 31 de Marzo nos aplican el código AL.PU.CA: A La Puta Calle. Nadie lo lamenta demasiado, porque, "obratas" o no, las indemnizaciones son curiosas y la posibilidad de tirarse los mesecillos del verano cobrando el paro también.
Como sea, la tarjetita de hoy no dejó indiferente a nadie.
Sobre todo porque cinco minutos después pasaron los del comité de
empresa repartiendo folletos: en el de hoy nos recordaban nuestros
derechos ante un despido... Muy oportunos.
Desde que me ubico en mi nuevo sitio tengo a mi lado a Oscar y Nacho. Con Nacho no hablaba mucho antes, pero ahora tenemos tema con el mundial de F1 a punto de empezar y sólo a Oscar sentado entre los dos.
El tío es de esos que hablan poco pero dicen mucho. Incluso con los
clientes. Hoy miraba reflexivo la dichosa tarjetita en silencio cuando
alguien sentado enfrente leyó en voz alta lo de "Tu Futuro Empieza
Aquí"; y de pronto el tío va y suelta: "O sea, El Presente Se Ha
Acabado". A buen entendedor...
Se supone que si avisan con los debidos 15 días de antelación y el
último rumor es cierto, el próximo día 16 tendría que saber cuánto
tiempo me queda antes de empezar a planificar cómo continuar ganándome el pan. Pero eso ya se verá.
Lo cierto es que se acabó el romance, se acabó el matrimonio, se acabó el trabajo y quien sabe, quizás también se acabe ésto de poder llamar a algo "mi casa".
Que levanten la mano los que crean que ya está todo el pescado vendido.
Etiquetas: fin
Niñas de papá
Hace un rato hablé con papá. Me contó que Claudia está enferma. Algo del sistema nervioso central que la está dejando de a poco sin habla y sin movilidad. Me asusta mucho pensar en esas cosas; en que una pueda verse un día observando cómo su vida se extingue de a poco, o más bien su yo... Recuerdo a Claudia como una mujer hiperactiva, siempre llena de energía... sacó adelante sin ayuda a su hija adolescente cuando se divorció; llevaba ella sola su negocio. Todavía no me creo que le pase algo así.
Hace unos días, más concretamente el sábado anterior, Sergio y yo habíamos quedado para ir a ver la exposición de M.C.Escher en Madrid. Me sorprendió mucho que me llamara el viernes para invitarme. En principio no esperaba mayor interés de su parte, pero el interés estaba ahí y ¿a quién no le agrada eso?. También creí entrever ilusión de su parte por verme. Y seamos sinceros, la ilusión transporta. Al final no fuimos a ninguna exposición. En lugar de eso estuvimos hablando. De cosas de hoy, de cosas de siempre y de planes que sonaban a música pero que dolían en el fondo porque nunca llegarían a ser. Pero soñar es gratis, y mientras duró, estuvo bien.
Llevé conmigo una revista que tenía una nota sobre Montevideo en la sección de viajes y escapadas. Una nota que me despertó la morriña por las fotos y los comentarios. Sergio siempre me dijo que le gustaría que le lleve a conocer Montevideo. Y como la realidad obliga y, pese a las promesas del pasado y el presente, el llevar a cabo semejante plan es altamente improbable, me llevé la revista. Y un CD de Los Buitres, para empezar por algo. Mostrar ese trocito impreso y grabado de Montevideo fué mostrar un poquito de mi corazón.
Nos quedamos en un parque de la Ciudad Universitaria. Me contó que su hija sigue con él. Tendrá unos 6 años ahora y parece ser que no es el principal interés de su madre. Estos casos me hacen hervir la sangre, sobre todo cuando alguien sale con la opinión de que los niños TIENEN que estar con su madre... como si los padres fuesen ceros a la izquierda incapaces de sacar adelante a un hijo.
Papá se quedó solo con Florencia y conmigo cuando yo tenía 13 años y ella 12. No sabía cocinar ni llevar una casa. Le llevó varios años aprender y sobre todo, quitarse el chip de esposo que llega a casa y lo tiene todo listo, pero al final lo consiguió. Flor y yo siempre supimos que en reaalidad y pese al martirio que fué la vida de nuestra familia en los últimos tiempos en que mamá estuvo en casa, papá no la olvidaba. Incluso muchos años después, cuando ya vivían incluso en distintos países, papá me confesó que había cosas de ella que siempre echaría de menos... y no se refería a las cosas tremendas con que supo deleitarnos.
En éstos días en que estoy viviendo la ruptura de mi propio matrimonio, a cada rato pienso en papá y mamá; en cómo se fué gastando su vida juntos y en como arrastran, incluso hasta hoy, las consecuencias de no haberlo dejado todo resuelto a tiempo. Tengo miedo de estar cometiendo el mismo error que papá... Solo que yo no tuve hijos.
Imagino lo que debió ser para él quedarse solo con dos adolescentes. Sobre todo conmigo, que era justamente el prototipo del adolescente rebelde que busca afianzar su personalidad mediante el eterno recurso de llevar la contraria.
A mis 13 años me las había arreglado para liarme con un tío que me doblaba la edad y encima enamorarme perdidamente de él. Fué mi primer amante y por supuesto, un jodido cabrón. Eso lo sé ahora, pero en aquella época, cada vez que papá intentaba interponerse, lo veía como un ogro del cual tenía que huír como fuera.
Pero no huí. De a poquito fuí entendiendo que para papá nunca habría nadie por encima de mí y de Flor, e incluso en la vorágine de hormonas de mi depresiva adolescencia, supe ver eso cuando el momento llegó.
Papá nos llevaba de paseo al Prado los sábados por la tarde. Nuestra caniche (mi primera perra) había tenido cachorros y los llevábamos a corretear por ahí. Era un sábado de primavera y papá estaba muy callado esa tarde mientras conducía. De pronto ví que paraba el coche en una luz roja y se secaba un lagrimón. Nos contó que el abogado que le llevaba el divorcio temía que pudieran surgir problemas con la custodia. Luego de meses de haberse largado a vivir su loca vida de borracha impenitente, mamá parece que se acordó de que convenía guardar las apariencias y había mencionado que quería a sus hijas con ella.
Tranquilizamos a papá lo mejor que pudimos mientras lloraba como una magdalena lanzando toda clase de improperios hacia mamá (todos merecidos) y afirmando que "mientras esa no sabe ni qué hacen con sus vidas, yo sé hasta cuando tienen la regla sin que me lo digan".
No sé que pasaría por la cabeza de Flor en ese momento ni los días que siguieron, pero yo, que ya tenía desde hacía tiempo problemas de insomnio, no descansé hasta que pude hablar con Eduardo. Era compañero de estudios en el Instituto de Sonido, y estudiaba la carrera de Derecho. Me tranqulizó saber que, en casos difíciles de custodia y con hijos ya algo crecidos, el juez daba a los hijos la posiblidad de elegir con quien vivir. Pero para mí no era suficiente. Quería emanciparme, huír de casa, desaparecer... lo que fuera con tal de no tener que verme viviendo lejos de papá.
Pero, perro que ladra no muerde... Mi madre llevaba años haciendo de bruja, pero se había dado cuenta hacía rato de que sus berrinches caían cada vez más en saco roto. Papá era un buen tipo, pero estaba más perdido que una monja en un burdel y al final me tocó a mí agarrar a mi madre por los pelos una noche en que volvió borracha perdida y con la ropa en jirones y sacarla a rastras de casa luego de zumbarle a la cabeza un tratado de Filosofía que pesaba como diez kilos. Luego salí corriendo de casa y pasé la noche con una amiga. Al día siguiente, papá me fué a buscar. Le dije que mientras mamá estuviera en casa, yo no volvía. Pero me convencieron de volver. Y allí estaba ella, muy repatingada en su cama cual si fuera un trono, fumando sin parar.
Fuí a mi cuarto. Mis discos habían desaparecido. El cable del teléfono, arrancado. La cerradura de la puerta, forzada. Todos los pequeños detalles que afirmaban mi intimidad, atacados infantilmente. Le pregunté donde estaba mi colección de vinilos. Dijo que me la devolvería cuando aprendiera a comportarme y a respetar a mi madre y que quería "dialogar entre todos". Le dije que se levantara de esa puta cama y viniera al salón, pero que no habría ningún diálogo mientras no me devolviera mis cosas. Me las devolvió. No gasté palabras. Le dije simplemente:
"Hace días dijiste que solo te irías de casa si tus hijas te lo pedían. Hoy te lo pido. Mejor dicho, te lo ordeno. Si no te vas de aquí, la próxima vez que aparezcas borracha o toques mis cosas, te mando al hospital."
"Soy tu madre..."
"Eso se te olvidó hace rato." -miré a papá y a Flor.
"Voy a dar una vuelta a la Rambla. No me voy a escapar. No quiero que esté acá cuando vuelva."
Tres horas más tarde, volví. Mamá nunca más lo hizo. Recogió sus cosas y se largó sin más.
Pasaron muchos años antes de que papá, Flor y yo nos pudiéramos reír a carcajadas recordando que lo único que metió en el bolso que se llevó fué un vestido de fiesta, maquillaje, los zapatos de tacón y un abrigo de pieles.
Siguió dando la lata cada tanto con sus "derechos de madre", pero un buen día se reunieron en casa ambos con sus respectivos abogados, y se suponía que yo estaría estudiando para algún exámen, pero en éstas situaciones, a las paredes les salen oídos. Escuché a mamá declarar que, mientras pudiera llevarse en mano la mitad que le correspondía de los ahorros de la familia y la mitad de las propiedades, no le importaba que papá tuviera la custodia de "las nenas". Por un lado la patada fué baja (fué la primera vez en mi vida que alguien me cambió por un puñado de billetes, y no sería la última...) pero por otra parte, en buena hora me libraba de tener que ir a vivir con ella... y con el tío con el que estaba liada. Un borracho que la hizo famosa en su barrio por las palizas que le daba, y que meses más tarde murió de un infarto cerebral. El tipo tenía un hijo mayor que yo con el cual intentaron solapadamente relacionarme sin éxito, y desde ese día, mis pesadillas consistían en verme viviendo con ellos a mi pesar. Pensé en aquello de "habla ahora o calla para siempre" e interrumpí la reunión sin ceremonia alguna. Declaré que quería vivir con mi padre y que lo diría a cuanto juez quisiera oírlo. No hizo falta. La custodia la tuvo papá (creo que fué un caso pionero en Uruguay en que un padre tuviera la custodia de sus dos hijas), y sobra decir que mamá nunca pasó pensión ni cumplió derechos de visita. No volví a saber de ella hasta que cumplí 17 años.
Hace diez días, Sergio me habló de su hija con tanta ternura que me acordé de papá, de sus lágrimas aquel día en el coche cuando mamá le amenazó con alejarnos, de las que se le salieron la noche en que me fuí de casa para independizarme con Fernando...
"Te llevás lo más grande de mi vida." -le dijo mientras le abrazaba. "Cuidála, por favor."
Hace unos días, más concretamente el sábado anterior, Sergio y yo habíamos quedado para ir a ver la exposición de M.C.Escher en Madrid. Me sorprendió mucho que me llamara el viernes para invitarme. En principio no esperaba mayor interés de su parte, pero el interés estaba ahí y ¿a quién no le agrada eso?. También creí entrever ilusión de su parte por verme. Y seamos sinceros, la ilusión transporta. Al final no fuimos a ninguna exposición. En lugar de eso estuvimos hablando. De cosas de hoy, de cosas de siempre y de planes que sonaban a música pero que dolían en el fondo porque nunca llegarían a ser. Pero soñar es gratis, y mientras duró, estuvo bien.
Llevé conmigo una revista que tenía una nota sobre Montevideo en la sección de viajes y escapadas. Una nota que me despertó la morriña por las fotos y los comentarios. Sergio siempre me dijo que le gustaría que le lleve a conocer Montevideo. Y como la realidad obliga y, pese a las promesas del pasado y el presente, el llevar a cabo semejante plan es altamente improbable, me llevé la revista. Y un CD de Los Buitres, para empezar por algo. Mostrar ese trocito impreso y grabado de Montevideo fué mostrar un poquito de mi corazón.
Nos quedamos en un parque de la Ciudad Universitaria. Me contó que su hija sigue con él. Tendrá unos 6 años ahora y parece ser que no es el principal interés de su madre. Estos casos me hacen hervir la sangre, sobre todo cuando alguien sale con la opinión de que los niños TIENEN que estar con su madre... como si los padres fuesen ceros a la izquierda incapaces de sacar adelante a un hijo.
Papá se quedó solo con Florencia y conmigo cuando yo tenía 13 años y ella 12. No sabía cocinar ni llevar una casa. Le llevó varios años aprender y sobre todo, quitarse el chip de esposo que llega a casa y lo tiene todo listo, pero al final lo consiguió. Flor y yo siempre supimos que en reaalidad y pese al martirio que fué la vida de nuestra familia en los últimos tiempos en que mamá estuvo en casa, papá no la olvidaba. Incluso muchos años después, cuando ya vivían incluso en distintos países, papá me confesó que había cosas de ella que siempre echaría de menos... y no se refería a las cosas tremendas con que supo deleitarnos.
En éstos días en que estoy viviendo la ruptura de mi propio matrimonio, a cada rato pienso en papá y mamá; en cómo se fué gastando su vida juntos y en como arrastran, incluso hasta hoy, las consecuencias de no haberlo dejado todo resuelto a tiempo. Tengo miedo de estar cometiendo el mismo error que papá... Solo que yo no tuve hijos.
Imagino lo que debió ser para él quedarse solo con dos adolescentes. Sobre todo conmigo, que era justamente el prototipo del adolescente rebelde que busca afianzar su personalidad mediante el eterno recurso de llevar la contraria.
A mis 13 años me las había arreglado para liarme con un tío que me doblaba la edad y encima enamorarme perdidamente de él. Fué mi primer amante y por supuesto, un jodido cabrón. Eso lo sé ahora, pero en aquella época, cada vez que papá intentaba interponerse, lo veía como un ogro del cual tenía que huír como fuera.
Pero no huí. De a poquito fuí entendiendo que para papá nunca habría nadie por encima de mí y de Flor, e incluso en la vorágine de hormonas de mi depresiva adolescencia, supe ver eso cuando el momento llegó.
Papá nos llevaba de paseo al Prado los sábados por la tarde. Nuestra caniche (mi primera perra) había tenido cachorros y los llevábamos a corretear por ahí. Era un sábado de primavera y papá estaba muy callado esa tarde mientras conducía. De pronto ví que paraba el coche en una luz roja y se secaba un lagrimón. Nos contó que el abogado que le llevaba el divorcio temía que pudieran surgir problemas con la custodia. Luego de meses de haberse largado a vivir su loca vida de borracha impenitente, mamá parece que se acordó de que convenía guardar las apariencias y había mencionado que quería a sus hijas con ella.
Tranquilizamos a papá lo mejor que pudimos mientras lloraba como una magdalena lanzando toda clase de improperios hacia mamá (todos merecidos) y afirmando que "mientras esa no sabe ni qué hacen con sus vidas, yo sé hasta cuando tienen la regla sin que me lo digan".
No sé que pasaría por la cabeza de Flor en ese momento ni los días que siguieron, pero yo, que ya tenía desde hacía tiempo problemas de insomnio, no descansé hasta que pude hablar con Eduardo. Era compañero de estudios en el Instituto de Sonido, y estudiaba la carrera de Derecho. Me tranqulizó saber que, en casos difíciles de custodia y con hijos ya algo crecidos, el juez daba a los hijos la posiblidad de elegir con quien vivir. Pero para mí no era suficiente. Quería emanciparme, huír de casa, desaparecer... lo que fuera con tal de no tener que verme viviendo lejos de papá.
Pero, perro que ladra no muerde... Mi madre llevaba años haciendo de bruja, pero se había dado cuenta hacía rato de que sus berrinches caían cada vez más en saco roto. Papá era un buen tipo, pero estaba más perdido que una monja en un burdel y al final me tocó a mí agarrar a mi madre por los pelos una noche en que volvió borracha perdida y con la ropa en jirones y sacarla a rastras de casa luego de zumbarle a la cabeza un tratado de Filosofía que pesaba como diez kilos. Luego salí corriendo de casa y pasé la noche con una amiga. Al día siguiente, papá me fué a buscar. Le dije que mientras mamá estuviera en casa, yo no volvía. Pero me convencieron de volver. Y allí estaba ella, muy repatingada en su cama cual si fuera un trono, fumando sin parar.
Fuí a mi cuarto. Mis discos habían desaparecido. El cable del teléfono, arrancado. La cerradura de la puerta, forzada. Todos los pequeños detalles que afirmaban mi intimidad, atacados infantilmente. Le pregunté donde estaba mi colección de vinilos. Dijo que me la devolvería cuando aprendiera a comportarme y a respetar a mi madre y que quería "dialogar entre todos". Le dije que se levantara de esa puta cama y viniera al salón, pero que no habría ningún diálogo mientras no me devolviera mis cosas. Me las devolvió. No gasté palabras. Le dije simplemente:
"Hace días dijiste que solo te irías de casa si tus hijas te lo pedían. Hoy te lo pido. Mejor dicho, te lo ordeno. Si no te vas de aquí, la próxima vez que aparezcas borracha o toques mis cosas, te mando al hospital."
"Soy tu madre..."
"Eso se te olvidó hace rato." -miré a papá y a Flor.
"Voy a dar una vuelta a la Rambla. No me voy a escapar. No quiero que esté acá cuando vuelva."
Tres horas más tarde, volví. Mamá nunca más lo hizo. Recogió sus cosas y se largó sin más.
Pasaron muchos años antes de que papá, Flor y yo nos pudiéramos reír a carcajadas recordando que lo único que metió en el bolso que se llevó fué un vestido de fiesta, maquillaje, los zapatos de tacón y un abrigo de pieles.
Siguió dando la lata cada tanto con sus "derechos de madre", pero un buen día se reunieron en casa ambos con sus respectivos abogados, y se suponía que yo estaría estudiando para algún exámen, pero en éstas situaciones, a las paredes les salen oídos. Escuché a mamá declarar que, mientras pudiera llevarse en mano la mitad que le correspondía de los ahorros de la familia y la mitad de las propiedades, no le importaba que papá tuviera la custodia de "las nenas". Por un lado la patada fué baja (fué la primera vez en mi vida que alguien me cambió por un puñado de billetes, y no sería la última...) pero por otra parte, en buena hora me libraba de tener que ir a vivir con ella... y con el tío con el que estaba liada. Un borracho que la hizo famosa en su barrio por las palizas que le daba, y que meses más tarde murió de un infarto cerebral. El tipo tenía un hijo mayor que yo con el cual intentaron solapadamente relacionarme sin éxito, y desde ese día, mis pesadillas consistían en verme viviendo con ellos a mi pesar. Pensé en aquello de "habla ahora o calla para siempre" e interrumpí la reunión sin ceremonia alguna. Declaré que quería vivir con mi padre y que lo diría a cuanto juez quisiera oírlo. No hizo falta. La custodia la tuvo papá (creo que fué un caso pionero en Uruguay en que un padre tuviera la custodia de sus dos hijas), y sobra decir que mamá nunca pasó pensión ni cumplió derechos de visita. No volví a saber de ella hasta que cumplí 17 años.
Hace diez días, Sergio me habló de su hija con tanta ternura que me acordé de papá, de sus lágrimas aquel día en el coche cuando mamá le amenazó con alejarnos, de las que se le salieron la noche en que me fuí de casa para independizarme con Fernando...
"Te llevás lo más grande de mi vida." -le dijo mientras le abrazaba. "Cuidála, por favor."
Etiquetas: papa
Gajes del Oficio
Hoy en el tren de regreso terminé la última novela de Stephen King, Cell.
Trabajando en lo que trabajo (atención al cliente en una compañía de telefonía móvil, en bajas, nada menos), me dió que pensar. La historia de esas gentes que se vuelven locas del todo y empiezan a asesinar indiscriminadamente al prójimo luego de recibir una llamada en el móvil me recordó a un viejo bulo que oí una vez circular en Uruguay: alguien soltó por ahí que cierta partida de paquetes de cigarrillos estaba envenenada con cianuro. Omitieron que TODOS los cigarrillos tienen cianuro, pero la gente se creyó el bulo y bajaron las ventas de esa marca durante varias semanas...
Digo yo, ¿se dejarían los clientes de tantas pavadas con la gracia de los telefonitos si la historia de King pudiera llegar a ser aunque sea remotamente real? Sospecho que no...
Hace poco que mi amiga Sandra obtuvo su plaza fija en Correos, luego de varios años encadenando contratos temporales. Hace días me comentaba que nunca imaginó que terminaría trabajando allí. Son las vueltas de la vida... yo tampoco imaginé jamás que terminaría trabajando como teleoperadora en servicios de telefonía varios hasta que ocurrió. Como decían en Uruguay, la necesidad tiene cara de hereje, y si en ésto se puede trabajar poco y ganar mucho, no seré yo quien se niegue.
No me averguenza decirlo: soy vaga por naturaleza. O mejor sigo el consejo de Laura y no me cuelgo carteles. Digamos más bien que eso de que "el trabajo dignifica" no va conmigo. El trabajo es un coñazo, un mal necesario, salvo para los pocos privilegiados que pueden decir que trabajan en lo que les gusta. Hace años pertenecí a ese selecto grupo, pero desde que estoy en España, ya no. Ahora mi único objetivo es cumplir mi tarea, terminar mi horario, largarme y olvidarme de todo. La realización personal tengo que buscarla por otros lados.
Pero pese a todo eso, disfruto mucho los ratos que paso en el curro con mis compañeros. Lo de atender clientes quema, vaya si quema, así que o te lo tomas a gracia o te da algo... varios algos.
Cuando empecé a atender clientes telefónicamente (¡¡gracias a Dios no hay que verles el careto!!) comprendo mejor que nadie a mis sufridos colegas teleoperadores. Jamás se me ocurre llamar a un servicio de éstos y ponerme borde o insultar, aguanto estoicamente las esperas con música y si veo que el/la que me atiende me mete prisa, a veces hasta les doy el gusto y cuelgo para volver a llamar. (El maldito T.M.O.; o sea, Tiempo Medio de Operación, cuya magnitud es directamente proporcional al coste de la llamada para el cliente.)
Luego de varios cursos de formación en atención al cliente, gestión comercial y varios etcéteras por el estilo, y de su aplicación práctica, aprendí dos cosas:
La primera, los clientes son ingenuos. Y la segunda, la mayoría son gilipollas. Y ojo, cuando digo clientes me refiero a cualquier ser humano que se encuentre de pronto en ese papel, incluyéndome.
Ingenuos son los que piensan que una multinacional capáz de instalar sus callcenters en países de Africa o América Latina a fin de pagar salarios diez veces inferiores a los que tienen que pagar en Europa se va a preocupar por la calidad de la información que el cliente reciba; los que piensan que "como soy un buen cliente que hace mucha facturación" le van a tratar mejor que a otro que paga todos los recibos atrasados; los que piensan que diciendo al operador que les atiende "dése prisa que estoy trabajando" van a conseguir que el operador efectivamente se dé prisa...
Por mucha formación que se de y por muy dispuesta que esté la gente (hablamos de países como Uruguay, donde un cristiano puede tirarse meses buscando empleo sin conseguir nada, con lo cual cuando consigue algo lo cuida como a un hijo), una persona que reside a 14.000 km del lugar donde se presta el servicio para el que trabaja no puede tener la información suficiente como para responder a las cuestiones que planteará el consumidor.
La segmentación de clientes ha existido y exisitrá siempre... amenazar a una multinacional con llevarse a otra las facturas de 40 euros mensuales que uno hace sólo servirá para recordar a la multinacional en cuestión que por cada cliente que se larga hay diez que REGRESAN.
Y por último, los apresurados del tipo "no tengo todo el día para estar hablando con usted". Esos son mi especialidad. Ante semejantes afirmaciones, lo mejor es conectar la mejor sonrisa telefónica y con la boca llena de almíbar informar que yo SI tengo varias horas para estar aquí, ya que para eso contrata la empresa mis servicios, los cuales en beneficio directo del ilustre cliente pretendo cumplir en perfecta forma y recordarle amablemente el horario de atención del servicio por si desea llamarnos en otro momento. Eso suele bastar.
Lo que no se dice jamás a un cliente es la verdadera filosofía del callcenter: si me van a pagar lo mismo por atender a 30 que a 50, ¿para qué voy a atender a 50? Así al menos parece que no damos abasto y creamos nuevos puestos de trabajo, que viene bien suplir a los que se van llevando fuera del país.
Hay dos inventos sin los cuales ningún teleoperador puede vivir en paz: el botoncito de poner la música y el "MUTE". Y de ésto podemos dar fé los que día a día formamos peña en la mesa del fondo.
Confieso que cuando llegué a ésta empresa yo era una teleoperadora modelo: intentaba empatizar con mis clientes, hacía todo lo posible por complacerles, les hacía esperar lo menos posible... en síntesis, trataba de hacer mi trabajo de manera ejemplar. Mi único pecado era preparar exámenes de Programación en C a escondidas entre las revistas de The Phone House entre llamada y llamada. Cuando terminé la FP (y ya no tuve más exámenes) empecé a sociabilizar más con mis compañeros... y a entender por qué yo estaba todo el día agobiada con una llamada tras otra mientras los demás tenían tiempo hasta para hacer el Sudoku de todos los periódicos del Metro. Los jefes de servicio (en adelante, caciques) lo tienen asumido y ya ni luchan contra ello. Cada tanto le sueltan el rapapolvo a uno por estar leyendo o haciendo el dichoso Sudoku mientras parpadea la lucecita de la música en pantalla, pero más que nada lo hacen por guardar las formas... Saben que hagan lo que hagan, hay cosas que no se pueden cambiar.
Un día hacia el final del turno, miré la plantilla de Eli: intrigada, le pregunté cómo hacía para atender 20 llamadas por día si yo no conseguía bajar de 35 y trabajando dos horas menos que ella. Justo estábamos en una época en la cual hay muchas mas llamadas diarias que en otras, y aquello no paraba ni por un segundo. La respuesta de Eli me escandalizó:
-¿Yo? Cuando hay cola, 25 minutos por llamada.
-Pero ¿de qué les hablás para estirar tanto la llamada?
-Yo no hablo. Yo pongo música. Y cada 1 o 2 minutos...
Sin cortarse un pelo, quitó por un momento la música con el consabido:
-No se retire, por favor.
Y volvió a ponerla para continuar sin inmutarse con "Rebelión en la Granja".
-Y ¿no te dicen nada?
-No, a mí nunca me han dicho nada. Si podemos tardar lo que haga falta... Yo no me pienso agotar. Si no hay personal suficiente para atender tantas llamadas, que contraten a más gente.
Confundida, volví a lo mío. Durante varias semanas más, me resistí a adoptar lo que luego llamaría "la táctica de Eli" y me reafirmé en pensar que en realidad no es que hiciera falta más gente, pero sí que vendría bien que simplificaran un poco la gestión que tenemos que hacer en las bases de datos. Tal y como está planteada nuestra gestión, es absolutamente imposible hacer bien todo el proceso sin poner al cliente en espera para completar todos los registros. Intenté hacer mis modestas sugerencias al respecto y hasta participé en un proceso de selección para el departamento de Informática con la ilusión de poder aportar mis conocimientos y mis teorías al proyecto de la empresa. Fracasé rotundamente y entonces fué cuando entré de lleno en el sistema: ¿que hay cola? Todos a esperar.
El catálogo de frases hechas que nos hacen usar para "retomar al cliente" no tienen desperdicio. Cada cual usa la que le viene mejor, desde el amable: "No se retire, por favor", pasando por el "Continuamos trabajando en su gestión" hasta el ya cansino "Manténgase a la espera", todas suenan igual de huecas. No entiendo por qué nos hacen usarlas, si al final el cliente termina más harto de oír al operador repetir como un loro la frasecilla fatídica y yo creo que prefieren que les dejes en paz con la puta musiqueja...
Y luego está la catarsis. Necesaria como el agua que es lo único que nos permiten beber en el puesto de trabajo. Lógico, trabajamos con ordenadores. También podemos tener refrescos, pero siempre en envases cerrados. Nada de vasitos de café en la mesa y el mate sólo los sábados, que no van los caciques. Todavía a nadie se le ha ocurrido meter sangría en la botellita, pero tiempo al tiempo.
Ya hablé de la primera catergoría de clientes, los ingenuos. Faltan los gilipollas.
Entre éstos se cuentan los que creen que insultando al personal conseguirán que les traten mejor o los que pretenden colar bulos. Por ejemplo, niñata de 17 años que llama haciéndose pasar por su padre; señora que se hace pasar por el marido, o viceversa y que rebotan indefectiblemente cuando les preguntas algo inesperado como política de seguridad.
Ante éstos seres, la catarsis es vital. Y ¿cómo hace catarsis un teleoperador quemado? Pues hablando. Hablando con los del costado o con nadie en particular; dejando salir la bronca, diciéndo en voz alta lo que no le puedes decir al gilipollas de turno... pero con el MUTE puesto.
Así, si paras la oreja a la hora de más ajetreo, puedes oír diálogos como:
"... señora Gomez, si su teléfono no funciona llévelo a reparar. O métaselo por el culo... claro que es usted un buen cliente... lo que tú eres es gilipollas... gracias por su llamada. Y que te den."
Las perlas se las llevan últimamente Nacho y Gema. Con la gracia del nuevo Real Decreto que regula los derechos de los consumidores eliminando los compromisos de permanencia, todo el mundo quiere tirar del filón y, mediante la interpretación personal y subjetiva de la norma, quitarse del medio el dichoso compromiso sin pagar. Gema ya estaba hasta los mismísimos de atender llamadas del tipo "quiero darme de baja porque han subido las tarifas y han dicho en la tele que ya no hay que pagar..." cuando le entró la decimoquinta igual... El nuevo sistema de VoIP funcionaba, pero errático. Tras escuchar pacientemente al cliente sus motivos y sus quejas, le indica que espera mientras "ralizamos comprobaciones". Pone la música, (no pone el MUTE) y exclama: "Este va a tragar música hasta que yo me aburra!!"... El sistema eligió ese preciso instante para quedarse colgado. La pantalla de Gema mostraba la música como activada, pero la realidad era bien distinta. Se oye al cliente responder: "pero será hijaputa!! No dice que me va a tener aquí una hora con la música de mierda!!!"
Y Nacho; el día que le falle el MUTE... pobre Nacho. Ya dije que éste hombre usa las palabras justas. Frases cortas, sencillas, elocuentes. El problema es que parece que los clientes no le entienden.
Hoy por ejemplo:
-Le regalamos 6 euros en llamadas durante 3 meses. -no parece que haya mucha ciencia en eso, pero la respuesta del cliente fué que se lo explicara bien que no se enteraba.
MUTE.
-Ah, bueno, pues si no te enteras, eso es un problema que tienes... FIN MUTE Que le regalamos...
Las perlas en el trabajo se coleccionan. Me han llamado "extranjera ignorante", "sudaca" y "farruca"; han pedido "hablar con un superior que tenga idea de lo que dice", "hablar con un hombre, que yo con las mujeres no me entiendo" (tu te lo pierdes, chaval); he oído a una mujer de más de 50 años LLORAR porque no le regalaban el móvil que le gustaba y no me resistí a llamarle al orden invitándole a comportarse como un ser adulto...
Lo peor del género humano se ve cuando trabajas en atención al cliente. Echo de menos las máquinas del cine. Tenían sus mañas, pero al menos no se quejaban tanto...
Trabajando en lo que trabajo (atención al cliente en una compañía de telefonía móvil, en bajas, nada menos), me dió que pensar. La historia de esas gentes que se vuelven locas del todo y empiezan a asesinar indiscriminadamente al prójimo luego de recibir una llamada en el móvil me recordó a un viejo bulo que oí una vez circular en Uruguay: alguien soltó por ahí que cierta partida de paquetes de cigarrillos estaba envenenada con cianuro. Omitieron que TODOS los cigarrillos tienen cianuro, pero la gente se creyó el bulo y bajaron las ventas de esa marca durante varias semanas...
Digo yo, ¿se dejarían los clientes de tantas pavadas con la gracia de los telefonitos si la historia de King pudiera llegar a ser aunque sea remotamente real? Sospecho que no...
Hace poco que mi amiga Sandra obtuvo su plaza fija en Correos, luego de varios años encadenando contratos temporales. Hace días me comentaba que nunca imaginó que terminaría trabajando allí. Son las vueltas de la vida... yo tampoco imaginé jamás que terminaría trabajando como teleoperadora en servicios de telefonía varios hasta que ocurrió. Como decían en Uruguay, la necesidad tiene cara de hereje, y si en ésto se puede trabajar poco y ganar mucho, no seré yo quien se niegue.
No me averguenza decirlo: soy vaga por naturaleza. O mejor sigo el consejo de Laura y no me cuelgo carteles. Digamos más bien que eso de que "el trabajo dignifica" no va conmigo. El trabajo es un coñazo, un mal necesario, salvo para los pocos privilegiados que pueden decir que trabajan en lo que les gusta. Hace años pertenecí a ese selecto grupo, pero desde que estoy en España, ya no. Ahora mi único objetivo es cumplir mi tarea, terminar mi horario, largarme y olvidarme de todo. La realización personal tengo que buscarla por otros lados.
Pero pese a todo eso, disfruto mucho los ratos que paso en el curro con mis compañeros. Lo de atender clientes quema, vaya si quema, así que o te lo tomas a gracia o te da algo... varios algos.
Cuando empecé a atender clientes telefónicamente (¡¡gracias a Dios no hay que verles el careto!!) comprendo mejor que nadie a mis sufridos colegas teleoperadores. Jamás se me ocurre llamar a un servicio de éstos y ponerme borde o insultar, aguanto estoicamente las esperas con música y si veo que el/la que me atiende me mete prisa, a veces hasta les doy el gusto y cuelgo para volver a llamar. (El maldito T.M.O.; o sea, Tiempo Medio de Operación, cuya magnitud es directamente proporcional al coste de la llamada para el cliente.)
Luego de varios cursos de formación en atención al cliente, gestión comercial y varios etcéteras por el estilo, y de su aplicación práctica, aprendí dos cosas:
La primera, los clientes son ingenuos. Y la segunda, la mayoría son gilipollas. Y ojo, cuando digo clientes me refiero a cualquier ser humano que se encuentre de pronto en ese papel, incluyéndome.
Ingenuos son los que piensan que una multinacional capáz de instalar sus callcenters en países de Africa o América Latina a fin de pagar salarios diez veces inferiores a los que tienen que pagar en Europa se va a preocupar por la calidad de la información que el cliente reciba; los que piensan que "como soy un buen cliente que hace mucha facturación" le van a tratar mejor que a otro que paga todos los recibos atrasados; los que piensan que diciendo al operador que les atiende "dése prisa que estoy trabajando" van a conseguir que el operador efectivamente se dé prisa...
Por mucha formación que se de y por muy dispuesta que esté la gente (hablamos de países como Uruguay, donde un cristiano puede tirarse meses buscando empleo sin conseguir nada, con lo cual cuando consigue algo lo cuida como a un hijo), una persona que reside a 14.000 km del lugar donde se presta el servicio para el que trabaja no puede tener la información suficiente como para responder a las cuestiones que planteará el consumidor.
La segmentación de clientes ha existido y exisitrá siempre... amenazar a una multinacional con llevarse a otra las facturas de 40 euros mensuales que uno hace sólo servirá para recordar a la multinacional en cuestión que por cada cliente que se larga hay diez que REGRESAN.
Y por último, los apresurados del tipo "no tengo todo el día para estar hablando con usted". Esos son mi especialidad. Ante semejantes afirmaciones, lo mejor es conectar la mejor sonrisa telefónica y con la boca llena de almíbar informar que yo SI tengo varias horas para estar aquí, ya que para eso contrata la empresa mis servicios, los cuales en beneficio directo del ilustre cliente pretendo cumplir en perfecta forma y recordarle amablemente el horario de atención del servicio por si desea llamarnos en otro momento. Eso suele bastar.
Lo que no se dice jamás a un cliente es la verdadera filosofía del callcenter: si me van a pagar lo mismo por atender a 30 que a 50, ¿para qué voy a atender a 50? Así al menos parece que no damos abasto y creamos nuevos puestos de trabajo, que viene bien suplir a los que se van llevando fuera del país.
Hay dos inventos sin los cuales ningún teleoperador puede vivir en paz: el botoncito de poner la música y el "MUTE". Y de ésto podemos dar fé los que día a día formamos peña en la mesa del fondo.
Confieso que cuando llegué a ésta empresa yo era una teleoperadora modelo: intentaba empatizar con mis clientes, hacía todo lo posible por complacerles, les hacía esperar lo menos posible... en síntesis, trataba de hacer mi trabajo de manera ejemplar. Mi único pecado era preparar exámenes de Programación en C a escondidas entre las revistas de The Phone House entre llamada y llamada. Cuando terminé la FP (y ya no tuve más exámenes) empecé a sociabilizar más con mis compañeros... y a entender por qué yo estaba todo el día agobiada con una llamada tras otra mientras los demás tenían tiempo hasta para hacer el Sudoku de todos los periódicos del Metro. Los jefes de servicio (en adelante, caciques) lo tienen asumido y ya ni luchan contra ello. Cada tanto le sueltan el rapapolvo a uno por estar leyendo o haciendo el dichoso Sudoku mientras parpadea la lucecita de la música en pantalla, pero más que nada lo hacen por guardar las formas... Saben que hagan lo que hagan, hay cosas que no se pueden cambiar.
Un día hacia el final del turno, miré la plantilla de Eli: intrigada, le pregunté cómo hacía para atender 20 llamadas por día si yo no conseguía bajar de 35 y trabajando dos horas menos que ella. Justo estábamos en una época en la cual hay muchas mas llamadas diarias que en otras, y aquello no paraba ni por un segundo. La respuesta de Eli me escandalizó:
-¿Yo? Cuando hay cola, 25 minutos por llamada.
-Pero ¿de qué les hablás para estirar tanto la llamada?
-Yo no hablo. Yo pongo música. Y cada 1 o 2 minutos...
Sin cortarse un pelo, quitó por un momento la música con el consabido:
-No se retire, por favor.
Y volvió a ponerla para continuar sin inmutarse con "Rebelión en la Granja".
-Y ¿no te dicen nada?
-No, a mí nunca me han dicho nada. Si podemos tardar lo que haga falta... Yo no me pienso agotar. Si no hay personal suficiente para atender tantas llamadas, que contraten a más gente.
Confundida, volví a lo mío. Durante varias semanas más, me resistí a adoptar lo que luego llamaría "la táctica de Eli" y me reafirmé en pensar que en realidad no es que hiciera falta más gente, pero sí que vendría bien que simplificaran un poco la gestión que tenemos que hacer en las bases de datos. Tal y como está planteada nuestra gestión, es absolutamente imposible hacer bien todo el proceso sin poner al cliente en espera para completar todos los registros. Intenté hacer mis modestas sugerencias al respecto y hasta participé en un proceso de selección para el departamento de Informática con la ilusión de poder aportar mis conocimientos y mis teorías al proyecto de la empresa. Fracasé rotundamente y entonces fué cuando entré de lleno en el sistema: ¿que hay cola? Todos a esperar.
El catálogo de frases hechas que nos hacen usar para "retomar al cliente" no tienen desperdicio. Cada cual usa la que le viene mejor, desde el amable: "No se retire, por favor", pasando por el "Continuamos trabajando en su gestión" hasta el ya cansino "Manténgase a la espera", todas suenan igual de huecas. No entiendo por qué nos hacen usarlas, si al final el cliente termina más harto de oír al operador repetir como un loro la frasecilla fatídica y yo creo que prefieren que les dejes en paz con la puta musiqueja...
Y luego está la catarsis. Necesaria como el agua que es lo único que nos permiten beber en el puesto de trabajo. Lógico, trabajamos con ordenadores. También podemos tener refrescos, pero siempre en envases cerrados. Nada de vasitos de café en la mesa y el mate sólo los sábados, que no van los caciques. Todavía a nadie se le ha ocurrido meter sangría en la botellita, pero tiempo al tiempo.
Ya hablé de la primera catergoría de clientes, los ingenuos. Faltan los gilipollas.
Entre éstos se cuentan los que creen que insultando al personal conseguirán que les traten mejor o los que pretenden colar bulos. Por ejemplo, niñata de 17 años que llama haciéndose pasar por su padre; señora que se hace pasar por el marido, o viceversa y que rebotan indefectiblemente cuando les preguntas algo inesperado como política de seguridad.
Ante éstos seres, la catarsis es vital. Y ¿cómo hace catarsis un teleoperador quemado? Pues hablando. Hablando con los del costado o con nadie en particular; dejando salir la bronca, diciéndo en voz alta lo que no le puedes decir al gilipollas de turno... pero con el MUTE puesto.
Así, si paras la oreja a la hora de más ajetreo, puedes oír diálogos como:
"... señora Gomez, si su teléfono no funciona llévelo a reparar. O métaselo por el culo... claro que es usted un buen cliente... lo que tú eres es gilipollas... gracias por su llamada. Y que te den."
Las perlas se las llevan últimamente Nacho y Gema. Con la gracia del nuevo Real Decreto que regula los derechos de los consumidores eliminando los compromisos de permanencia, todo el mundo quiere tirar del filón y, mediante la interpretación personal y subjetiva de la norma, quitarse del medio el dichoso compromiso sin pagar. Gema ya estaba hasta los mismísimos de atender llamadas del tipo "quiero darme de baja porque han subido las tarifas y han dicho en la tele que ya no hay que pagar..." cuando le entró la decimoquinta igual... El nuevo sistema de VoIP funcionaba, pero errático. Tras escuchar pacientemente al cliente sus motivos y sus quejas, le indica que espera mientras "ralizamos comprobaciones". Pone la música, (no pone el MUTE) y exclama: "Este va a tragar música hasta que yo me aburra!!"... El sistema eligió ese preciso instante para quedarse colgado. La pantalla de Gema mostraba la música como activada, pero la realidad era bien distinta. Se oye al cliente responder: "pero será hijaputa!! No dice que me va a tener aquí una hora con la música de mierda!!!"
Y Nacho; el día que le falle el MUTE... pobre Nacho. Ya dije que éste hombre usa las palabras justas. Frases cortas, sencillas, elocuentes. El problema es que parece que los clientes no le entienden.
Hoy por ejemplo:
-Le regalamos 6 euros en llamadas durante 3 meses. -no parece que haya mucha ciencia en eso, pero la respuesta del cliente fué que se lo explicara bien que no se enteraba.
MUTE.
-Ah, bueno, pues si no te enteras, eso es un problema que tienes... FIN MUTE Que le regalamos...
Las perlas en el trabajo se coleccionan. Me han llamado "extranjera ignorante", "sudaca" y "farruca"; han pedido "hablar con un superior que tenga idea de lo que dice", "hablar con un hombre, que yo con las mujeres no me entiendo" (tu te lo pierdes, chaval); he oído a una mujer de más de 50 años LLORAR porque no le regalaban el móvil que le gustaba y no me resistí a llamarle al orden invitándole a comportarse como un ser adulto...
Lo peor del género humano se ve cuando trabajas en atención al cliente. Echo de menos las máquinas del cine. Tenían sus mañas, pero al menos no se quejaban tanto...
Abro paréntesis
"Me dijo que la mente puede calcular, pero que el espíritu anhela, y el corazón sabe lo que sabe."
De todos los libros hay una frase que se me queda. Esa se me quedó de "Cell".
No he vuelto a hablar con Sergio desde aquella noche que terminó tan mal. No me importaría llamar, pero me sienta fatal lo de tener que andar hablando en código por si hay testigos...
Hacía años que no me veía en una situación así. Generalmente elimino de mi vida a las personas complicadas. La vida es demasiado complicada ya de por sí para encima condimentarla con tonterías. Es decir, si quieres ver a alguien lo dices, y si no quieres también y todos tan contentos. Nunca entenderé esa especie de necesidad que tienen algunas personas (sobre todo hombres!!) de disfrazar las situaciones de cosas que no son. Dijo "somos grandes amigos". Si, claro, y por eso te andas escondiendo de tu mujer para verme, ¿no? Y por eso tengo que llamarte diciendo que llamo del Servicio de Atención al Cliente de O... y si puedes atender en éste momento mi llamada. Grandes amigos... si fuéramos grandes amigos me presentarías a tu familia e iríamos de picnic todos juntos. Pero bien sabemos que eso es una gran fantasía. Tan fantasía como los días que precedieron a la noche de noches.
Lo que más rabia me da es que yo no fuí pidiendo nada. Sabía que estabas casado antes de encontrarme contigo la primera vez y no es mi primera experiencia con tipos casados; sé lo que hay. Pero fuimos grandes amigos antes y pensé que eso podría seguir así. Las cosas se salieron de cauce por causa de ambos, no sólo mía.
A éstas alturas he aprendido algo de los hombres: no hay que esperar nada de ellos. Ni pedirles nada. Que den lo que quieran dar. Pero sin embargo hay algo que siempre espero...
"el espíritu anhela"
y es sinceridad. No prometas lo que no vas a cumplir. No prometas, es mejor así. Pero no. Siempre aparecen las promesas huecas, y una es tonta y se las cree, aunque se enciendan todas las luces de alarma cuando las oye y no cese de repetirse a una misma: "Cuidado. No confundas fantasía y realidad."
"La mente puede calcular..."
Así que yo sabía que nunca irás a Montevideo conmigo, que no te escaparás a Amsterdam conmigo por mi cupleaños, que no aprenderemos juntos a bailar el tango, que no ...
Pero supongo que en algún momento bajaré la guardia, o algo me sentará mal, o la excusa que ronde mi cabeza sonará convincente hasta para mí y volveré a llamarte, aunque luego me sienta peor...
Quien sabe, a lo mejor el golpe es tan gordo que me pone de nuevo el mundo en foco como debe ser, vuelve a dejarte entre paréntesis y como así es ésta puta vida, al igual en unos años volvemos a encontrarnos y la realidad cambió otra vez.
¿Era verdad tu deseo? ¿Le pedirías al genio empezar otra vez y sabiendo lo que ahora sabes, irías a buscarme?
"El corazón sabe lo que sabe."
Eso dicen...
De todos los libros hay una frase que se me queda. Esa se me quedó de "Cell".
No he vuelto a hablar con Sergio desde aquella noche que terminó tan mal. No me importaría llamar, pero me sienta fatal lo de tener que andar hablando en código por si hay testigos...
Hacía años que no me veía en una situación así. Generalmente elimino de mi vida a las personas complicadas. La vida es demasiado complicada ya de por sí para encima condimentarla con tonterías. Es decir, si quieres ver a alguien lo dices, y si no quieres también y todos tan contentos. Nunca entenderé esa especie de necesidad que tienen algunas personas (sobre todo hombres!!) de disfrazar las situaciones de cosas que no son. Dijo "somos grandes amigos". Si, claro, y por eso te andas escondiendo de tu mujer para verme, ¿no? Y por eso tengo que llamarte diciendo que llamo del Servicio de Atención al Cliente de O... y si puedes atender en éste momento mi llamada. Grandes amigos... si fuéramos grandes amigos me presentarías a tu familia e iríamos de picnic todos juntos. Pero bien sabemos que eso es una gran fantasía. Tan fantasía como los días que precedieron a la noche de noches.
Lo que más rabia me da es que yo no fuí pidiendo nada. Sabía que estabas casado antes de encontrarme contigo la primera vez y no es mi primera experiencia con tipos casados; sé lo que hay. Pero fuimos grandes amigos antes y pensé que eso podría seguir así. Las cosas se salieron de cauce por causa de ambos, no sólo mía.
A éstas alturas he aprendido algo de los hombres: no hay que esperar nada de ellos. Ni pedirles nada. Que den lo que quieran dar. Pero sin embargo hay algo que siempre espero...
"el espíritu anhela"
y es sinceridad. No prometas lo que no vas a cumplir. No prometas, es mejor así. Pero no. Siempre aparecen las promesas huecas, y una es tonta y se las cree, aunque se enciendan todas las luces de alarma cuando las oye y no cese de repetirse a una misma: "Cuidado. No confundas fantasía y realidad."
"La mente puede calcular..."
Así que yo sabía que nunca irás a Montevideo conmigo, que no te escaparás a Amsterdam conmigo por mi cupleaños, que no aprenderemos juntos a bailar el tango, que no ...
Pero supongo que en algún momento bajaré la guardia, o algo me sentará mal, o la excusa que ronde mi cabeza sonará convincente hasta para mí y volveré a llamarte, aunque luego me sienta peor...
Quien sabe, a lo mejor el golpe es tan gordo que me pone de nuevo el mundo en foco como debe ser, vuelve a dejarte entre paréntesis y como así es ésta puta vida, al igual en unos años volvemos a encontrarnos y la realidad cambió otra vez.
¿Era verdad tu deseo? ¿Le pedirías al genio empezar otra vez y sabiendo lo que ahora sabes, irías a buscarme?
"El corazón sabe lo que sabe."
Eso dicen...
Tiempo
El dichoso tiempo.
El dichoso tiempo que últimamente se empeña en ir en mi contra...
Estoy hiperactiva, hago miles de cosas a la vez y parece que ninguna llega a su fin... y mientras tanto siento que no me alcanza el tiempo para todo, que los días se terminan y quedaron otras mil cosas pendientes... o que las oportunidades llegan cuando ya no es el momento, el momento se escapó días atrás...
Ayer me dijeron en el curro que me cambian de campaña. En la nueva tendré que trabajar hasta las 16:00 tres días a la semana, los otros dos hasta las 15:00 y ya no curraré los sábados. Algo con lo que todo el mundo festeja menos yo. Si pudiera currar los sábados como ahora, no tendría que salir a las 16:00 y por lo tanto no vería comprometidas de nuevo mis dichosas prácticas de la FP que empiezan en 20 días. Lo he intentado todo, negociar, presionar, rogar... nada. "No se puede" es lo único que responden. Hoy hablé con una abogada de Comisiones Obreras. Los cabrones de mierda tienen la sartén por el mango. Lo hacen todo dentro del marco legal, aunque sea por poco, y no hay de qué agarrarse. Pero a cabrón cabrón y medio, así que no me quedará otra que explotar al máximo mi escoliosis lumbar y la espantosa depresión en la que me tiene sumida mi divorcio, mi precaria situación laboral y otras tantas desgracias que pueblan mi vida y tirarme de baja médica los tres meses que duran las prácticas. Ya veré como me lo monto pero ¡¡¡por mis santos ovarios que esas prácticas las hago ésta vez!!!
Ya está. Ya me desahogué.
El dichoso tiempo que últimamente se empeña en ir en mi contra...
Estoy hiperactiva, hago miles de cosas a la vez y parece que ninguna llega a su fin... y mientras tanto siento que no me alcanza el tiempo para todo, que los días se terminan y quedaron otras mil cosas pendientes... o que las oportunidades llegan cuando ya no es el momento, el momento se escapó días atrás...
Ayer me dijeron en el curro que me cambian de campaña. En la nueva tendré que trabajar hasta las 16:00 tres días a la semana, los otros dos hasta las 15:00 y ya no curraré los sábados. Algo con lo que todo el mundo festeja menos yo. Si pudiera currar los sábados como ahora, no tendría que salir a las 16:00 y por lo tanto no vería comprometidas de nuevo mis dichosas prácticas de la FP que empiezan en 20 días. Lo he intentado todo, negociar, presionar, rogar... nada. "No se puede" es lo único que responden. Hoy hablé con una abogada de Comisiones Obreras. Los cabrones de mierda tienen la sartén por el mango. Lo hacen todo dentro del marco legal, aunque sea por poco, y no hay de qué agarrarse. Pero a cabrón cabrón y medio, así que no me quedará otra que explotar al máximo mi escoliosis lumbar y la espantosa depresión en la que me tiene sumida mi divorcio, mi precaria situación laboral y otras tantas desgracias que pueblan mi vida y tirarme de baja médica los tres meses que duran las prácticas. Ya veré como me lo monto pero ¡¡¡por mis santos ovarios que esas prácticas las hago ésta vez!!!
Ya está. Ya me desahogué.
Incapacidad temporal
Ahora sí que no tengo como echarme para atrás. Ayer tenía tanta rabia con el asunto de las prácticas y las no prácticas que en el impulso envié un mail a mi tutora diciéndole que, visto lo visto (que no hay "tu tía" en mi empresa), mejor consultara si podía ponerme en prácticas a jornada completa. Vamos, que puestos a tirarme de baja los meses que duran las susodichas, mejor quitármelas de una vez. No esperaba que me contestara que sí, pero ésta mañana recibí un mensaje indicando que ya está confirmado: las prácticas a 8 horas diarias a partir del 10 de Abril.
Con lo cual ahora no me queda otra que ensayar muy bien lo que voy a contar al médico para que me de la dichosa baja. Se supone que soy una experta en éstas lides, pero... ¡¡detesto mentir!! Una cosa es inventarse un dolor para faltar al curro dos días, pero ésto es estirar una serie de males durante dos meses y medio.
En teoría no puede ser muy difícil, a juzgar por los varios casos de gente que lleva con la famosa baja por depresión años y años y suma y sigue y nunca les pescan que conozco desde que trabajo en ésto. ¡¡¡Si cuando yo era supervisora había una que venía ella misma, en pleno verano, con el bañador a la vista, a entregar la baja por depresión!!!
Lo peor es que me atacan los cargos de conciencia. ¡¡Se supone que una no hace éstas cosas!! Somos adultos y responsables, pero como dicen por Uruguay, la necesidad tiene cara de hereje. Si no hago las prácticas ya puedo olvidarme de conseguir un empleo decente cuando éstos por fin nos manden al paro luego de haber dado por saco un año entero... Voy a cumplir 33 y ya se sabe: para las empresas los 35 es el límite.
Me voy preparando desde ya para mi actuación magistral cuando llegue el momento.
El viernes pasado estuve con Bogusia tomando café en un hotel de Plaza de Castilla. Al final será cierto lo del principio de inercia: pones en movimiento algo y tiende a seguirse moviendo. En Física está demostrado, pero empiezo a creer que puede extrapolarse a otros órdenes de la vida.
Bogu me estuvo contando sobre la gente de mi antiguo trabajo. La mayoría siguen allí y ella es ahora representante sindical. ¡Ya me gustaría a mí ocupar ese puesto! Me lo pasaría de perlas sacando al sol los trapos sucios de las empresas para defender a los curritos de a pié como una...
Lo cierto es que hablamos de Maribel, una antigua compañera a quien una vez le regalé dos cobayas que habían nacido en casa, para sus hijos. Según ella, había tenido de éstos animales toda su vida y los adoraba, pero le advertí que podían producir alergia. Al menos a mí me pasa (y confieso que ha sido una de mis argucias para coneguir bajas médicas: limpiar la jaula de las cobayas y en pleno ataque de alergia correr al Centro de Salud. No falla.) Pero volviendo al tema, la que aquel día tuvo que irse del curro de prisa y corriendo fué la pobre Maribel. Presa de la incredulidad y la histamina, voló al hospital... y luego se tiró de baja un mes.
Cuando volvió me contó que tuvieron que regalar las cobayas a un pariente porque su presencia en la casa no era compatible con la de Maribel. Los niños, de duelo.
El jueves pasado, en un último intento de resolver por una vía más ética el problema que me generó mi cambio de horario, pedí cita en la asesoría jurídica de Comisiones Obreras. El viernes me personé en la oficina cercana a Atocha bastante antes de la hora acordada y mientras hablaba por teléfono una pareja con dos niños entró en la sala de espera. Mientras el padre intentaba que los pequeños no hicieran confetti con los diversos folletos que poblaban la mesa, la madre me observaba con atención. En cuanto terminé la llamada se acercó. Era Maribel. Me contó que (ésta vez) lleva de baja varios meses y ha tenido que pasar ya por el tribunal médico para que le reconozcan incapacidad permanente, pero se la denegaron. Ahora está en trámites de apelar la sentencia. Le dejé mis números de teléfono para que contactemos y vengan algún fin de semana a comer a casa. Luego me llamaron a mi propia cita donde la abogada me informó que no hay por donde agarrar a mis jefes ya que se mueven en el marco de la legalidad. Presionan, está claro, pero no llegan a pasarse lo bastante como para ameritar una denuncia. Así que hoy cancelé mis vacaciones de Mayo y pedí que me las pasen a Junio (la última semana de prácticas) y recabé la asesoría especializada de Gema para planificar mis movimientos durante las 10 semanas que tengo que estar espantosamente deprimida. Espero que cuele... ¡no quiero ni pensar con qué cara me enfrentaré a mi tutora si no puedo presentarme a la FCT!
Pero como bien dije en otra ocasíón, cuando las cosas no tienen arreglo pues no lo tienen, así que mejor tomarse ésto con calma y dejar de pensar en el asunto.
Con lo cual ahora no me queda otra que ensayar muy bien lo que voy a contar al médico para que me de la dichosa baja. Se supone que soy una experta en éstas lides, pero... ¡¡detesto mentir!! Una cosa es inventarse un dolor para faltar al curro dos días, pero ésto es estirar una serie de males durante dos meses y medio.
En teoría no puede ser muy difícil, a juzgar por los varios casos de gente que lleva con la famosa baja por depresión años y años y suma y sigue y nunca les pescan que conozco desde que trabajo en ésto. ¡¡¡Si cuando yo era supervisora había una que venía ella misma, en pleno verano, con el bañador a la vista, a entregar la baja por depresión!!!
Lo peor es que me atacan los cargos de conciencia. ¡¡Se supone que una no hace éstas cosas!! Somos adultos y responsables, pero como dicen por Uruguay, la necesidad tiene cara de hereje. Si no hago las prácticas ya puedo olvidarme de conseguir un empleo decente cuando éstos por fin nos manden al paro luego de haber dado por saco un año entero... Voy a cumplir 33 y ya se sabe: para las empresas los 35 es el límite.
Me voy preparando desde ya para mi actuación magistral cuando llegue el momento.
El viernes pasado estuve con Bogusia tomando café en un hotel de Plaza de Castilla. Al final será cierto lo del principio de inercia: pones en movimiento algo y tiende a seguirse moviendo. En Física está demostrado, pero empiezo a creer que puede extrapolarse a otros órdenes de la vida.
Bogu me estuvo contando sobre la gente de mi antiguo trabajo. La mayoría siguen allí y ella es ahora representante sindical. ¡Ya me gustaría a mí ocupar ese puesto! Me lo pasaría de perlas sacando al sol los trapos sucios de las empresas para defender a los curritos de a pié como una...
Lo cierto es que hablamos de Maribel, una antigua compañera a quien una vez le regalé dos cobayas que habían nacido en casa, para sus hijos. Según ella, había tenido de éstos animales toda su vida y los adoraba, pero le advertí que podían producir alergia. Al menos a mí me pasa (y confieso que ha sido una de mis argucias para coneguir bajas médicas: limpiar la jaula de las cobayas y en pleno ataque de alergia correr al Centro de Salud. No falla.) Pero volviendo al tema, la que aquel día tuvo que irse del curro de prisa y corriendo fué la pobre Maribel. Presa de la incredulidad y la histamina, voló al hospital... y luego se tiró de baja un mes.
Cuando volvió me contó que tuvieron que regalar las cobayas a un pariente porque su presencia en la casa no era compatible con la de Maribel. Los niños, de duelo.
El jueves pasado, en un último intento de resolver por una vía más ética el problema que me generó mi cambio de horario, pedí cita en la asesoría jurídica de Comisiones Obreras. El viernes me personé en la oficina cercana a Atocha bastante antes de la hora acordada y mientras hablaba por teléfono una pareja con dos niños entró en la sala de espera. Mientras el padre intentaba que los pequeños no hicieran confetti con los diversos folletos que poblaban la mesa, la madre me observaba con atención. En cuanto terminé la llamada se acercó. Era Maribel. Me contó que (ésta vez) lleva de baja varios meses y ha tenido que pasar ya por el tribunal médico para que le reconozcan incapacidad permanente, pero se la denegaron. Ahora está en trámites de apelar la sentencia. Le dejé mis números de teléfono para que contactemos y vengan algún fin de semana a comer a casa. Luego me llamaron a mi propia cita donde la abogada me informó que no hay por donde agarrar a mis jefes ya que se mueven en el marco de la legalidad. Presionan, está claro, pero no llegan a pasarse lo bastante como para ameritar una denuncia. Así que hoy cancelé mis vacaciones de Mayo y pedí que me las pasen a Junio (la última semana de prácticas) y recabé la asesoría especializada de Gema para planificar mis movimientos durante las 10 semanas que tengo que estar espantosamente deprimida. Espero que cuele... ¡no quiero ni pensar con qué cara me enfrentaré a mi tutora si no puedo presentarme a la FCT!
Pero como bien dije en otra ocasíón, cuando las cosas no tienen arreglo pues no lo tienen, así que mejor tomarse ésto con calma y dejar de pensar en el asunto.