"El Arte De Lo Imposible"
I
-Es guapo, ¿no? -preguntó Eli.
-Pues la verdad es que sí. Para mí, claro está. -contesté.
-Ay, sí, claro... pero los hombres guapos son un problema. -me advirtió Eli mientras tecleaba en la base de datos el número de un cliente con tan poca prisa como interés.
-Uno muy grande... sobre todo si están casados... -suspiré rebuscando entre los papeles a ver a quien me tocaba llamar a continuación.
-Otro buzón de voz..., -soltó Eli asintiendo en mi dirección con la cabeza. -Sí, señor XX, le llamamos en relación a... ponerse en contacto con nosotros a través del .... la llamada es gratuita... lo antes posible... gracias...
La voz de mi compañera iba y venía en mi cabeza mientras el sistema emitía mi propia llamada. La nueva campaña resultó aún peor de lo que esperábamos una vez concluída la formación. Consistía en llamar a los clientes que piden cambiar de compañía para hacerles ofertas buscando que no se cambien... No tardamos ni medio día en confirmar sospechas: llamas a 50 o 60 clientes al día y sólo consigues hablar con 5 o 6. De esos, algunos no pueden atenderte, otros se enfadan cuando les dices para qué llamas y al igual tienes suerte con uno o dos al día y consigues encasquetarles la oferta. Un aburrimiento total.
Técnicamente, Eli llevaba casi dos meses en la campaña... pero tuvo una esguince de tobillo a los pocos días de empezar y estuvo tres semanas sin aparecer por el curro. Cuando se reintegró lo hizo en plena rehabilitación, con lo cual en lugar de entrar a las 9:00 llegaba a las 12:30 o más, se sentaba a mi lado y empezaba a dar vueltas por la plataforma reuniendo papeles, carpetas... luego olvidaba sus contraseñas de sistemas y por fin se conectaba sobre las 13:30. Y a las 16:00 a casita.
-Total, ésto a mí me importa un pito. -aclaró mientras tachaba de la lista al buzón en el que acabara de dejar el mensaje. -Esto es una porquería, mirá a éste. Ya le hemos llamado tropecientas veces y siempre salta el buzón... No sé para que le siguen llamando... Pero bueno. Si está acá, yo lo llamo. ¿Y entonces no lo has visto más?
En mi oreja sonaba el saludo de otro buzón de voz. Contesté a Eli mientras discurría la invitación a dejar mensaje...
-No, después de aquella vez no quiero ni llamar ni aparecer. Demasiado lío junto, fijáte que ahora estoy con la cabeza en ésto de las prácticas, lo del carnet de conducir, lo de Valencia... Joder con los buzones de los huevos... Buenos días éste es un mensaje para.....
-¡¡Ah!! ¿Al final te vas a Valencia?
-...estamos hasta las 22:00, gracias por su atención y buenos días. Sí, ya tengo todo arreglado. Me voy mañana al salir de acá y vuelvo el domingo de noche. El lunes, si todo sale bien, es mi último día acá por un tiempito...
-Sí, vas a ver que sale bien. La baja te la dan seguro. Pero, ¿y cómo vas a hacer para estirarla?
-Yo que sé... inventaré malestares. Siempre puedo llamar a Sergio, quedar con él un día en que sepa que va a dejarme plantada y pedir cita con el médico dos horas después. Así aparezco hecha polvo contándole lo mal que me trata la vida... O inventarme otro cólico nefrítico y contaminar la muestra de orina para que de positivo en infección bacteriana... Decirle que ya van tres veces que menstrúo en éste mes... o ninguna en los pasados tres...
-Bueno, por hoy ya está. -Eli recolectaba papeles, aunque aún quedaba una hora para terminar su turno... el mío acababa ya.
-¿Que hacés? ¿No salías a las cuatro?
-Si, vos andá para allí y comprá las entradas. Nos vemos en la puerta.
-Sí, eso si, pero ¿que pensás hacer de aquí a las cuatro?
Levantó del montón de papeles una tirita con cuatro o cinco números apuntados y la agitó en el aire:
-Llamar a éstos cuatro. -contestó.
La capacidad de Eli para poner en ridículo la ya de por sí ridícula campaña en la que estábamos nunca dejaría de sorprenderme... aunque no pudiera estar más de acuerdo con ella.
Me fuí a Plaza de Castilla a comprar las entradas para mi postergada visita a la exposición de la obra de M. C. Escher que terminaba pocos días después y esperé a Eli mientras intentaba, sin resultados, contactar con el Centro de Salud de Villalba.
II
Lo de llegar a las citas en hora o incluso antes es una costumbre que tengo. La tarde en que quedé con Bogu también llegué antes de la hora, pero con un propósito muy concreto: dar un poquito de cuerda a la inercia.
Llevo mucho tiempo pensando en Lorena. Eramos buenas amigas cuando las dos sobrevivíamos como inmigrantes ilegales; cuando yo me revolvía en dudas entre un Sergio y el otro; cuando la vida era superar el "hoy" sin pensar en que mañana tampoco tendríamos papeles.
Lorena vino a España desde Buenos Aires con su novio inglés, Ricardo.
Nos conocimos (como no) durante mis primeras semanas en régimen de supervivencia pura y dura, cuando repartíamos los famosos volantes publicitarios en parabrisas de la zona de Azca y Plaza de Castilla. Lorena y Ricardo vivían por allí, en un piso alquilado detrás de las Torres Kio. Ricardo tenía un buen empleo y nacionalidad de un país europeo, pero Lorena no. Subsistía sin papeles igual que yo y se negaba a casarse con Ricardo "solo por eso". Ambos planeaban la boda, pero más adelante, cuando pudieran reunir a toda la familia, ya fuera en Madrid o en Buenos Aires, para celebrarlo de forma tradicional. Yo, que por entonces ya tenía arreglado el matrimonio que resolvería mi enrevesada situación legal, no entendía mucho el asunto, pero una mañana Lorena me dejó claro que las sorpresas no se acaban nunca.
Laura no había vuelto a casa esa noche. Estaba en Guadalajara, en casa de Sergio, intentando hacerle entender los motivos por los cuales yo estaba, mientras tanto, en Chamberí, con mi futuro marido, hablando de bueyes perdidos la noche entera cuando en realidad hubiera querido estar con él y no precisamente de diálogos...
Según deduciría horas después, ninguno de los seis implicados (léase, Laura, Sergio, Sergio, Lorena, Ricardo y yo) dormimos esa noche.
A las seis y media de la mañana me quedé dormida y me desperté poco antes de las nueve. Sergio y yo saltamos como resortes y le pedí que me acercara al curro en la moto o no llegaba. Salimos zumbando por Ponzano hasta Raimundo Fernandez Villaverde y cuando pasabamos frente a la boca del Metro de Nuevos Ministerios divisé a Lorena con uno de los chicos nuevos, ambos con cara de no querer estar ahí, repartiendo volantes a los que salían del Metro. Sergio paró la moto y nos acercamos a saludar a Lorena, que hacía días que no venía a trabajar. Por ese motivo, aún no le había contado que ya tenía fijada la fecha de mi boda.
Le dí dos besos y un abrazo y con una sonrisa de oreja a oreja exclamé:
-¡Hola!! ¡Tantos días! ¡Me caso el 10 de enero!
Lorena sonrió, abrió un poco más los ojos y contestó:
-¡Estoy embarazada!
Por varios minutos pareció que había brotado una estatua con cara de estúpida enfrente al Rodilla de Nuevos Ministerios. No sabía que decirle, así que intenté recuperar el tono optimista del saludo, aunque no me salió con tantos bríos. En la cara de mi amiga había de todo. Alegría, resignación, angustia...
-¡Felicidades!. ¿Por eso no venías? ¿Cómo te sentís?
Lorena no se sentía bien. La situación estaba muy lejos de ser positiva y la tensión se anunciaba en su embarazo. Había sufrido pérdidas y no se sentía fuerte. No era habitual que nos mandaran a repartir al Metro, pero como yo no había aparecido esa mañana, la mandaron allí con el chico nuevo en vez de darle un plano como todos los días.
-Vámonos de aquí. -dije tomándola del brazo mientras ella guardaba en la mochila el fajo de papeles. Me despedí de Sergio y entonces me dí cuenta de que allí seguía como un pasmarote el chico nuevo. Me puse en plan jefe, le dije que siguiera repartiendo allí que ya avisaba yo en el gimnasio y me fuí con Lorena en busca de un plano. Teníamos que hablar y para eso necesitabamos escondernos en alguna plaza. El torbellino emocional era muy grande, y en esos casos mi tendencia siempre es a racionalizar. Me centré en los detalles prácticos mientras Lorena empezaba a moquear.
-¿Se lo has dicho a los del gimnasio?
Se los había dicho. Se habían mostrado comprensivos y por eso le habían enviado al Metro en vez de hacerle recorrer las calles poniendo la publicidad en los parabrisas. También le habían dicho que descansara cuando le hiciera falta.
-En realidad no tengo muchas ganas de repartir. -me dijo mientras entrábamos en el gimnasio.
-¿Quien dijo que repartiremos? -contesté bajito. -Vos dejáme a mí.
Nos dieron una zona. Nos fuimos a la explanada que hay detrás del Bingo Canoe y nos sentamos entre las columnas, donde no podían vernos si pasaban con el coche buscándonos.
Lorena me contó que hacía días que se sentía "rara". Se había negado a hacerse el test de embarazo, pero luego de la segunda falta no pudo dejarlo pasar más tiempo.
-No sé para qué lo hice... podría haberme ahorrado lo que me costó el test... si yo ya lo sabía. Ya lo sentía... no sé cómo explicarlo.
Se quedó mirando el suelo, con los ojos húmedos. Yo me quedé ahí, sentadas muy juntas, sin decir nada. De pronto me miró, sonrió de nuevo como lo había hecho antes en el Metro, con esa sonrisa triste.
-¿Qué te dijo Ricardo? ¿Se van a casar ahora?
Ricardo estaba más contento que unas pascuas. Al parecer llevaba tiempo queriendo niños y la noticia le había hecho muy felíz. Pero no quería casarse todavía. Seguía insistiendo en que la boda tenía que ser "en condiciones". Ninguno de los dos se planteaba el aborto.
Cuando Lorena me lo dijo, salió de nuevo la bestia racional de mí:
-¿¡Cómo!? Pero... Lorena, vos estás ilegal acá. ¡Y ahora vas a tener un hijo! No sé, me parece que eso es más importante que la fiesta de casamiento, ¿no? Viéndolo de fuera parece como si a él le diera lo mismo tu situación. ¿Has pensado cómo va a cambiarte ésto la vida? Vivís diciéndome que querés tener papeles para poder buscar trabajo en lo tuyo y dejar esta mierda de los volantes... y ahora ¿vas a tener un niño en éstas condiciones? ¿Y que pensás hacer? ¿Quedarte en casa limpiando pañales los próximos años mientras Ricardo triunfa y presume de familia? ¡¡No es justo, Lorena!! ¡También tenés derecho a pensar en vos!
Me quedé sin aire. Y paré. Y Lorena habló.
-Así que vas a casarte...
-Sí...
"¿Y a qué viene ésto ahora?" -pensé, entre la confusión y el miedo de lo que vendría a continuación.
-Con Sergio.
-Sí, con Sergio.
-¿Y después?
-Me darán los papeles. Nos llevamos bien. Hemos decidido intentarlo. El me quiere... Es un buen chico.
Lorena me miró de frente.
-¿Y vos?
-Yo ya te dije, Lorena. Hace mucho que dejé de creer en eso que llaman "el amor". Si hasta suena tonto...Siempre es igual. Al principio todo es precioso y a los cuatro meses estoy tan aburrida que no sé donde meterme... me desespera la gente. Este chico es algo raro... supongo que por la falta de experiencia. Dice que está enamorado. Será cierto, una se enamora cuando no sabe lo que hay... una vez que aprendiste los palos que da eso no te enamoras más.
-¿No?
-Y... no.
-Vas a casarte con Sergio y te darán los papeles. Y después vas a quedarte con él aunque no estés enamorada porque él sí lo está. Es eso, ¿no?
-Más o menos...
-Y eso sí te parece justo. Eso es respetar tu derecho a pensar en vos, ¿no?
-Ay, Lorena, no compares por favor. Lo tuyo es distinto. Yo no voy a tener hijos con Sergio. Vos vas a tener un hijo con un tipo que parece que le da igual y no sos tan inocente como para no saber que cuando una tiene un hijo, sea en la situación que sea, una será la que tenga que apechugar con él en el futuro, como sea.
-También hay hombres como tu padre... o como Sergio.
-Son los menos. Cuando yo digo que no pensás en vos me refiero a tu futuro. Coincidirás conmigo en que no es el mejor momento para traer un hijo al mundo... Yo pienso en mí. Por eso voy a conseguir mis papeles para...
-¿Para qué? Para poder trabajar, claro.
-Trabajar, estudiar, dejar de ser una paria.
-¿Y Sergio?
Lorena ya me estaba sacando un poco de las casillas.
-¿¡Qué Sergio!?
-TU Sergio. Una se enamora aunque no quiera, Natalia. Eso no lo podés controlar.
-Me da igual. Vale, a lo mejor no se controla lo que sientas pero sí lo que hagas. Y lo que no voy a hacer es enrollarme en serio con un tipo que tiene 20 años y una hija de 1 porque es un disparate. A mí no me gustan los niños y ahí terminaría haciéndome cargo de dos por el precio de uno.
-¡Ah, claro! ¡Porque vas a casarte con uno que es muuuuy distinto! ¿Qué me decías que hacía antes de charlar contigo toda la noche? Ah, ya me acuerdo: jugar a la Play Station.
-¿Y qué hago entonces?
-Hacé lo que quieras. Yo no puedo decirte lo que tenés que hacer.
-¿Qué harías vos?
-Lo que estoy haciendo. Escuchar a mi corazón.
Fué la última vez que hablamos. Lorena dejó de ir al trabajo definitivamente y luego la campaña de reparto terminó. Yo me mudé a Alcalá de Henares, me robaron mi móvil y no volví a tener contacto con Lorena.
La tarde que quedé con Bogu, llegué media hora antes. Fuí hasta el edificio detrás de las Torres Kío donde vivía mi amiga. No recordaba su piso. Toqué en varios al azar, nadie respondió. Una señora me miraba discretamente desde la puerta del garaje. Me acerqué y le pregunté por Lorena y Ricardo.
-Vivía en el 4D. -Me dijo. -Yo soy del 4C, así que la conozco bien. Ya no están aquí. Sé que siguen viviendo en Madrid, pero fuera, por la zona de Tres Cantos, creo. Se casaron y tienen dos hijos. Su madre vino de Argentina cuando nació la primera. Están muy contentos. A veces vienen por aquí de visita.
Le dejé mi número de teléfono por si vuelve a verlos. Me alegré por ella. Y me fuí a encontrarme con Bogu mientras me taladraba la cabeza una vieja canción de Roxette que no escuchaba hacía años:
"Listen to your heart, before you tell him goodbye".
Han pasado varias semanas desde esa tarde. Aún no he tenido noticias de Lorena. Espero que su vecina cumpla y le de mi mensaje.
III
Eli apareció poco después de las 16:00 y contemplamos con paciencia las obras de Escher entre la aglomeración de personas que deambulaban por el Centro de Exposiciones del Canal de Isabel II. Charlamos un poco mientras me acompañaba a la estación de Chamartín y al día siguiente, nos despedimos en el trabajo por un tiempo. Ese jueves fuí al curro con mi maleta y desde allí a Valencia, donde me esperaban Maia y Marcel para pasar juntos los últimos días de la Semana Santa.
-Es guapo, ¿no? -preguntó Eli.
-Pues la verdad es que sí. Para mí, claro está. -contesté.
-Ay, sí, claro... pero los hombres guapos son un problema. -me advirtió Eli mientras tecleaba en la base de datos el número de un cliente con tan poca prisa como interés.
-Uno muy grande... sobre todo si están casados... -suspiré rebuscando entre los papeles a ver a quien me tocaba llamar a continuación.
-Otro buzón de voz..., -soltó Eli asintiendo en mi dirección con la cabeza. -Sí, señor XX, le llamamos en relación a... ponerse en contacto con nosotros a través del .... la llamada es gratuita... lo antes posible... gracias...
La voz de mi compañera iba y venía en mi cabeza mientras el sistema emitía mi propia llamada. La nueva campaña resultó aún peor de lo que esperábamos una vez concluída la formación. Consistía en llamar a los clientes que piden cambiar de compañía para hacerles ofertas buscando que no se cambien... No tardamos ni medio día en confirmar sospechas: llamas a 50 o 60 clientes al día y sólo consigues hablar con 5 o 6. De esos, algunos no pueden atenderte, otros se enfadan cuando les dices para qué llamas y al igual tienes suerte con uno o dos al día y consigues encasquetarles la oferta. Un aburrimiento total.
Técnicamente, Eli llevaba casi dos meses en la campaña... pero tuvo una esguince de tobillo a los pocos días de empezar y estuvo tres semanas sin aparecer por el curro. Cuando se reintegró lo hizo en plena rehabilitación, con lo cual en lugar de entrar a las 9:00 llegaba a las 12:30 o más, se sentaba a mi lado y empezaba a dar vueltas por la plataforma reuniendo papeles, carpetas... luego olvidaba sus contraseñas de sistemas y por fin se conectaba sobre las 13:30. Y a las 16:00 a casita.
-Total, ésto a mí me importa un pito. -aclaró mientras tachaba de la lista al buzón en el que acabara de dejar el mensaje. -Esto es una porquería, mirá a éste. Ya le hemos llamado tropecientas veces y siempre salta el buzón... No sé para que le siguen llamando... Pero bueno. Si está acá, yo lo llamo. ¿Y entonces no lo has visto más?
En mi oreja sonaba el saludo de otro buzón de voz. Contesté a Eli mientras discurría la invitación a dejar mensaje...
-No, después de aquella vez no quiero ni llamar ni aparecer. Demasiado lío junto, fijáte que ahora estoy con la cabeza en ésto de las prácticas, lo del carnet de conducir, lo de Valencia... Joder con los buzones de los huevos... Buenos días éste es un mensaje para.....
-¡¡Ah!! ¿Al final te vas a Valencia?
-...estamos hasta las 22:00, gracias por su atención y buenos días. Sí, ya tengo todo arreglado. Me voy mañana al salir de acá y vuelvo el domingo de noche. El lunes, si todo sale bien, es mi último día acá por un tiempito...
-Sí, vas a ver que sale bien. La baja te la dan seguro. Pero, ¿y cómo vas a hacer para estirarla?
-Yo que sé... inventaré malestares. Siempre puedo llamar a Sergio, quedar con él un día en que sepa que va a dejarme plantada y pedir cita con el médico dos horas después. Así aparezco hecha polvo contándole lo mal que me trata la vida... O inventarme otro cólico nefrítico y contaminar la muestra de orina para que de positivo en infección bacteriana... Decirle que ya van tres veces que menstrúo en éste mes... o ninguna en los pasados tres...
-Bueno, por hoy ya está. -Eli recolectaba papeles, aunque aún quedaba una hora para terminar su turno... el mío acababa ya.
-¿Que hacés? ¿No salías a las cuatro?
-Si, vos andá para allí y comprá las entradas. Nos vemos en la puerta.
-Sí, eso si, pero ¿que pensás hacer de aquí a las cuatro?
Levantó del montón de papeles una tirita con cuatro o cinco números apuntados y la agitó en el aire:
-Llamar a éstos cuatro. -contestó.
La capacidad de Eli para poner en ridículo la ya de por sí ridícula campaña en la que estábamos nunca dejaría de sorprenderme... aunque no pudiera estar más de acuerdo con ella.
Me fuí a Plaza de Castilla a comprar las entradas para mi postergada visita a la exposición de la obra de M. C. Escher que terminaba pocos días después y esperé a Eli mientras intentaba, sin resultados, contactar con el Centro de Salud de Villalba.
II
Lo de llegar a las citas en hora o incluso antes es una costumbre que tengo. La tarde en que quedé con Bogu también llegué antes de la hora, pero con un propósito muy concreto: dar un poquito de cuerda a la inercia.
Llevo mucho tiempo pensando en Lorena. Eramos buenas amigas cuando las dos sobrevivíamos como inmigrantes ilegales; cuando yo me revolvía en dudas entre un Sergio y el otro; cuando la vida era superar el "hoy" sin pensar en que mañana tampoco tendríamos papeles.
Lorena vino a España desde Buenos Aires con su novio inglés, Ricardo.
Nos conocimos (como no) durante mis primeras semanas en régimen de supervivencia pura y dura, cuando repartíamos los famosos volantes publicitarios en parabrisas de la zona de Azca y Plaza de Castilla. Lorena y Ricardo vivían por allí, en un piso alquilado detrás de las Torres Kio. Ricardo tenía un buen empleo y nacionalidad de un país europeo, pero Lorena no. Subsistía sin papeles igual que yo y se negaba a casarse con Ricardo "solo por eso". Ambos planeaban la boda, pero más adelante, cuando pudieran reunir a toda la familia, ya fuera en Madrid o en Buenos Aires, para celebrarlo de forma tradicional. Yo, que por entonces ya tenía arreglado el matrimonio que resolvería mi enrevesada situación legal, no entendía mucho el asunto, pero una mañana Lorena me dejó claro que las sorpresas no se acaban nunca.
Laura no había vuelto a casa esa noche. Estaba en Guadalajara, en casa de Sergio, intentando hacerle entender los motivos por los cuales yo estaba, mientras tanto, en Chamberí, con mi futuro marido, hablando de bueyes perdidos la noche entera cuando en realidad hubiera querido estar con él y no precisamente de diálogos...
Según deduciría horas después, ninguno de los seis implicados (léase, Laura, Sergio, Sergio, Lorena, Ricardo y yo) dormimos esa noche.
A las seis y media de la mañana me quedé dormida y me desperté poco antes de las nueve. Sergio y yo saltamos como resortes y le pedí que me acercara al curro en la moto o no llegaba. Salimos zumbando por Ponzano hasta Raimundo Fernandez Villaverde y cuando pasabamos frente a la boca del Metro de Nuevos Ministerios divisé a Lorena con uno de los chicos nuevos, ambos con cara de no querer estar ahí, repartiendo volantes a los que salían del Metro. Sergio paró la moto y nos acercamos a saludar a Lorena, que hacía días que no venía a trabajar. Por ese motivo, aún no le había contado que ya tenía fijada la fecha de mi boda.
Le dí dos besos y un abrazo y con una sonrisa de oreja a oreja exclamé:
-¡Hola!! ¡Tantos días! ¡Me caso el 10 de enero!
Lorena sonrió, abrió un poco más los ojos y contestó:
-¡Estoy embarazada!
Por varios minutos pareció que había brotado una estatua con cara de estúpida enfrente al Rodilla de Nuevos Ministerios. No sabía que decirle, así que intenté recuperar el tono optimista del saludo, aunque no me salió con tantos bríos. En la cara de mi amiga había de todo. Alegría, resignación, angustia...
-¡Felicidades!. ¿Por eso no venías? ¿Cómo te sentís?
Lorena no se sentía bien. La situación estaba muy lejos de ser positiva y la tensión se anunciaba en su embarazo. Había sufrido pérdidas y no se sentía fuerte. No era habitual que nos mandaran a repartir al Metro, pero como yo no había aparecido esa mañana, la mandaron allí con el chico nuevo en vez de darle un plano como todos los días.
-Vámonos de aquí. -dije tomándola del brazo mientras ella guardaba en la mochila el fajo de papeles. Me despedí de Sergio y entonces me dí cuenta de que allí seguía como un pasmarote el chico nuevo. Me puse en plan jefe, le dije que siguiera repartiendo allí que ya avisaba yo en el gimnasio y me fuí con Lorena en busca de un plano. Teníamos que hablar y para eso necesitabamos escondernos en alguna plaza. El torbellino emocional era muy grande, y en esos casos mi tendencia siempre es a racionalizar. Me centré en los detalles prácticos mientras Lorena empezaba a moquear.
-¿Se lo has dicho a los del gimnasio?
Se los había dicho. Se habían mostrado comprensivos y por eso le habían enviado al Metro en vez de hacerle recorrer las calles poniendo la publicidad en los parabrisas. También le habían dicho que descansara cuando le hiciera falta.
-En realidad no tengo muchas ganas de repartir. -me dijo mientras entrábamos en el gimnasio.
-¿Quien dijo que repartiremos? -contesté bajito. -Vos dejáme a mí.
Nos dieron una zona. Nos fuimos a la explanada que hay detrás del Bingo Canoe y nos sentamos entre las columnas, donde no podían vernos si pasaban con el coche buscándonos.
Lorena me contó que hacía días que se sentía "rara". Se había negado a hacerse el test de embarazo, pero luego de la segunda falta no pudo dejarlo pasar más tiempo.
-No sé para qué lo hice... podría haberme ahorrado lo que me costó el test... si yo ya lo sabía. Ya lo sentía... no sé cómo explicarlo.
Se quedó mirando el suelo, con los ojos húmedos. Yo me quedé ahí, sentadas muy juntas, sin decir nada. De pronto me miró, sonrió de nuevo como lo había hecho antes en el Metro, con esa sonrisa triste.
-¿Qué te dijo Ricardo? ¿Se van a casar ahora?
Ricardo estaba más contento que unas pascuas. Al parecer llevaba tiempo queriendo niños y la noticia le había hecho muy felíz. Pero no quería casarse todavía. Seguía insistiendo en que la boda tenía que ser "en condiciones". Ninguno de los dos se planteaba el aborto.
Cuando Lorena me lo dijo, salió de nuevo la bestia racional de mí:
-¿¡Cómo!? Pero... Lorena, vos estás ilegal acá. ¡Y ahora vas a tener un hijo! No sé, me parece que eso es más importante que la fiesta de casamiento, ¿no? Viéndolo de fuera parece como si a él le diera lo mismo tu situación. ¿Has pensado cómo va a cambiarte ésto la vida? Vivís diciéndome que querés tener papeles para poder buscar trabajo en lo tuyo y dejar esta mierda de los volantes... y ahora ¿vas a tener un niño en éstas condiciones? ¿Y que pensás hacer? ¿Quedarte en casa limpiando pañales los próximos años mientras Ricardo triunfa y presume de familia? ¡¡No es justo, Lorena!! ¡También tenés derecho a pensar en vos!
Me quedé sin aire. Y paré. Y Lorena habló.
-Así que vas a casarte...
-Sí...
"¿Y a qué viene ésto ahora?" -pensé, entre la confusión y el miedo de lo que vendría a continuación.
-Con Sergio.
-Sí, con Sergio.
-¿Y después?
-Me darán los papeles. Nos llevamos bien. Hemos decidido intentarlo. El me quiere... Es un buen chico.
Lorena me miró de frente.
-¿Y vos?
-Yo ya te dije, Lorena. Hace mucho que dejé de creer en eso que llaman "el amor". Si hasta suena tonto...Siempre es igual. Al principio todo es precioso y a los cuatro meses estoy tan aburrida que no sé donde meterme... me desespera la gente. Este chico es algo raro... supongo que por la falta de experiencia. Dice que está enamorado. Será cierto, una se enamora cuando no sabe lo que hay... una vez que aprendiste los palos que da eso no te enamoras más.
-¿No?
-Y... no.
-Vas a casarte con Sergio y te darán los papeles. Y después vas a quedarte con él aunque no estés enamorada porque él sí lo está. Es eso, ¿no?
-Más o menos...
-Y eso sí te parece justo. Eso es respetar tu derecho a pensar en vos, ¿no?
-Ay, Lorena, no compares por favor. Lo tuyo es distinto. Yo no voy a tener hijos con Sergio. Vos vas a tener un hijo con un tipo que parece que le da igual y no sos tan inocente como para no saber que cuando una tiene un hijo, sea en la situación que sea, una será la que tenga que apechugar con él en el futuro, como sea.
-También hay hombres como tu padre... o como Sergio.
-Son los menos. Cuando yo digo que no pensás en vos me refiero a tu futuro. Coincidirás conmigo en que no es el mejor momento para traer un hijo al mundo... Yo pienso en mí. Por eso voy a conseguir mis papeles para...
-¿Para qué? Para poder trabajar, claro.
-Trabajar, estudiar, dejar de ser una paria.
-¿Y Sergio?
Lorena ya me estaba sacando un poco de las casillas.
-¿¡Qué Sergio!?
-TU Sergio. Una se enamora aunque no quiera, Natalia. Eso no lo podés controlar.
-Me da igual. Vale, a lo mejor no se controla lo que sientas pero sí lo que hagas. Y lo que no voy a hacer es enrollarme en serio con un tipo que tiene 20 años y una hija de 1 porque es un disparate. A mí no me gustan los niños y ahí terminaría haciéndome cargo de dos por el precio de uno.
-¡Ah, claro! ¡Porque vas a casarte con uno que es muuuuy distinto! ¿Qué me decías que hacía antes de charlar contigo toda la noche? Ah, ya me acuerdo: jugar a la Play Station.
-¿Y qué hago entonces?
-Hacé lo que quieras. Yo no puedo decirte lo que tenés que hacer.
-¿Qué harías vos?
-Lo que estoy haciendo. Escuchar a mi corazón.
Fué la última vez que hablamos. Lorena dejó de ir al trabajo definitivamente y luego la campaña de reparto terminó. Yo me mudé a Alcalá de Henares, me robaron mi móvil y no volví a tener contacto con Lorena.
La tarde que quedé con Bogu, llegué media hora antes. Fuí hasta el edificio detrás de las Torres Kío donde vivía mi amiga. No recordaba su piso. Toqué en varios al azar, nadie respondió. Una señora me miraba discretamente desde la puerta del garaje. Me acerqué y le pregunté por Lorena y Ricardo.
-Vivía en el 4D. -Me dijo. -Yo soy del 4C, así que la conozco bien. Ya no están aquí. Sé que siguen viviendo en Madrid, pero fuera, por la zona de Tres Cantos, creo. Se casaron y tienen dos hijos. Su madre vino de Argentina cuando nació la primera. Están muy contentos. A veces vienen por aquí de visita.
Le dejé mi número de teléfono por si vuelve a verlos. Me alegré por ella. Y me fuí a encontrarme con Bogu mientras me taladraba la cabeza una vieja canción de Roxette que no escuchaba hacía años:
"Listen to your heart, before you tell him goodbye".
Han pasado varias semanas desde esa tarde. Aún no he tenido noticias de Lorena. Espero que su vecina cumpla y le de mi mensaje.
III
Eli apareció poco después de las 16:00 y contemplamos con paciencia las obras de Escher entre la aglomeración de personas que deambulaban por el Centro de Exposiciones del Canal de Isabel II. Charlamos un poco mientras me acompañaba a la estación de Chamartín y al día siguiente, nos despedimos en el trabajo por un tiempo. Ese jueves fuí al curro con mi maleta y desde allí a Valencia, donde me esperaban Maia y Marcel para pasar juntos los últimos días de la Semana Santa.
Pasados Por Agua
Dicen que todo empieza como termina. Es cierto... aunque todo deja sus recuerdos, sus enseñanzas, sus sinsabores, sus buenos ratos... Siempre es igual: aguantas el chaparrón, lo das todo por salir adelante pensando, como dice Florencia, que una vez que tocas fondo ya no queda otra dirección que hacia arriba. Intentas salir del marrón con alguna enseñanza al menos, para sentirte menos inútil, menos insustancial, menos perdida...
Esta mañana llovía en toda la sierra. A cántaros.
El 10 de enero de 2002 también llovía.
Me levanté a las 6:30; Sergio también. Mientras salíamos al pasillo de
casa de Nuria en pijama y con los ojos pegados por el sueño, oí a Laura canturrear alegremente en el baño algo de los Mojinos Escozios acerca de un niño que pegaba los mocos en la pared...
Tomamos café como todos los días, me vestí, nos arreglamos más que a diario y partimos hacia Madrid. Autobús, tren de Cercanías y el Metro. Laura se dedicó a documentarlo todo con la cámara de video de Nuria.
En la estación de Metro de Sol compré unos pendientes. Algo nuevo. Lo prestado era el perfume de Laura. Lo usado, mis enseres de maquillaje. Lo azul... no lo recuerdo ya. Mientras esperábamos a la familia en la Plaza Mayor, leí mi horóscopo del día. "Posibilidad de un arreglo muy provechoso".
El funcionario que tenía que oficiar la ceremonia llegó tarde hablando
acerca de un atasco.
Dijimos "sí, quiero". Nos leyó un poema de amor. Nos hicimos fotos, lo festejamos... Mientras la familia nos arrojaba arroz y rosas, el funcionario daba vueltas ridículamente por la Plaza Mayor en un trineo tirado por perros. Algo relacionado con la carrera transpirenaica que empezaba días después...
No teníamos anillos de boda. En lugar de eso nos pusimos un pendiente en la lengua que aún llevo. Sergio se lo quitó hace años...
Esta mañana llovía en toda la sierra. A cántaros.
A las 9:15 llegamos al Juzgado de San Lorenzo de El Escorial y firmamos el divorcio. En 20 días más o menos estrenaré mi tercer estado civil.
De vuelta a Villalba me acordé de mil imágenes de los seis años que pasé casada con Sergio. Como fotos que desfilan por la cabeza aunque no quieras verlas... Nuestro primer piso, vacío, con sus paredes pintadas de aquel color salmón espantoso... nosotros mismos manchados de pintura el día que pusimos manos a la obra para arreglarlo... las paredes roídas por Siriana cuando era cachorra, luego los hamsters... ¿cuantos fueron? ¿cuatro? ¿ocho? A veces se escapaban y yo me deshacía de risa mientras Sergio los buscaba por todas partes como un poseso, nuestro escorpión blanco, que pasó muerto una semana en su terrario mientras ninguno de los dos se atrevía a meter allí la mano para sacarlo dudando que efectivamente, estuviese muerto...
Y de pronto los buenos ratos empezaron a diluírse, cada vez eran menos, cada vez más cortos. Una vez Gabriel me dijo que una relación amorosa es como una balanza: de un lado los buenos momentos, del otro los malos. Cuando llega el día en que los malos ratos inclinan la balanza hacia su lado, es difícil que vuelva al equilibrio... o al lado contrario. Decía Gabriel que el truco era darse cuenta de que había llegado el momento de replantearse la relación. Y ahí, o decidías dejarlo y seguir de buenas como amigos o podías aceptar una falsa realidad y sufrir mucho más mientras durara y después.
Un día me dí cuenta de que Sergio estaba harto de mí. En algunos momentos tengo que confesar que a mí también me superaban algunas situaciones. No estuve enamorada realmente de él, pero éramos compinches, nos llevábamos bien... Nos ganó el hastío.
Aquella vez cuando le dije a Lorena que ya no creía en el amor, era cierto. Estaba tan cansada de la misma vieja historia... conoces a alguien, empiezas a descubrir cosas en común, te entusiasmas, al principio todo es pasión. Luego empiezan los desencuentros, las negativas, el aburrimiento. A los pocos meses ya me parece que sigo porque no tengo nada mejor que hacer. Las luces de alarma saltan, para no apagarse más, cuando de pronto me sorprendo a mí misma preguntándome ¿qué estoy haciendo aquí? Los últimos años con Sergio me hice muchas veces esa pregunta. Demasiadas como para seguirme creyendo el cuento... y sin embargo hoy, volviendo del Juzgado, la pena me volvió a ganar la partida.
Llegué empapada al trabajo, con la música a todo volúmen en el MP3. Techno del duro, del que aturde, del que no deja pensar.
Llego y soy un torbellino de actividad; no paro ni un segundo. Tengo que compensar las horas de retraso.
Un rato después afloja la lluvia. A las dos todos se van a comer. Me quedo en el taller sola, en compañía del zumbido de fondo de los 60 o 70 equipos que están probándose y las gotitas de lluvia fina que golpean el techo de la nave industrial, la música de tres o cuatro equipos que suenan bajito, mezclando canciones que no tienen nada que ver...
No tengo ganas de comer, ni de escribir, ni de pensar...
No me gusta lo de copiar material ajeno, pero hoy se coló en el batiburrillo de equipos musicales en pruebas una canción que pareció encajar con todo ésto... ¿casualidad? A lo mejor.
"Ella le pidió que la llevara al fin de mundo,
él puso a su nombre todas las olas del mar.
Se miraron un segundo
como dos desconocidos.
Todas las ciudades eran pocas a sus ojos,
ella quiso barcos y él no supo qué pescar.
Y al final números rojos
en la cuenta del olvido,
y hubo tanto ruido
que al final llegó el final.
Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final
por fin el fin.
Tanto ruido y al final...
Hubo un accidente, se perdieron las postales,
quiso Carnavales y encontró fatalidad.
Porque todos los finales
son el mismo repetido
y con tanto ruido
no escucharon el final.
Descubrieron que los besos no sabían a nada,
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Se borraron las pisadas,
se apagaron los latidos,
y con tanto ruido
no se oyó el ruido del mar.
Mucho, mucho ruido,
ruido de tijeras,
ruido de escaleras
que se acaban por bajar.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido.
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final
la soledad.
Ruido de tenazas,
ruido de estaciones,
ruido de amenazas,
ruido de escorpiones.
Tanto, tanto ruido.
Ruido de abogados,
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.
Ruido platos rotos,
ruido años perdidos,
ruido viejas fotos,
ruido empedernido.
Ruido de cristales,
ruido de gemidos,
ruidos animales,
contagioso ruido.
Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
silencioso ruido.
Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
ruido del pasado,
desgastado ruido.
Ruido de conjuros,
ruido malnacido,
ruido tan oscuro
puro y duro ruido.
Ruido, ¿qué me has hecho?,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido, ¿a qué has venido?.
Ruidos como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido.
Ruido de frenazos,
ruido sin sentido,
ruido de arañazos,
ruido, ruido, ruido."
Joaquín Sabina
Esta mañana llovía en toda la sierra. A cántaros.
El 10 de enero de 2002 también llovía.
Me levanté a las 6:30; Sergio también. Mientras salíamos al pasillo de
casa de Nuria en pijama y con los ojos pegados por el sueño, oí a Laura canturrear alegremente en el baño algo de los Mojinos Escozios acerca de un niño que pegaba los mocos en la pared...
Tomamos café como todos los días, me vestí, nos arreglamos más que a diario y partimos hacia Madrid. Autobús, tren de Cercanías y el Metro. Laura se dedicó a documentarlo todo con la cámara de video de Nuria.
En la estación de Metro de Sol compré unos pendientes. Algo nuevo. Lo prestado era el perfume de Laura. Lo usado, mis enseres de maquillaje. Lo azul... no lo recuerdo ya. Mientras esperábamos a la familia en la Plaza Mayor, leí mi horóscopo del día. "Posibilidad de un arreglo muy provechoso".
El funcionario que tenía que oficiar la ceremonia llegó tarde hablando
acerca de un atasco.
Dijimos "sí, quiero". Nos leyó un poema de amor. Nos hicimos fotos, lo festejamos... Mientras la familia nos arrojaba arroz y rosas, el funcionario daba vueltas ridículamente por la Plaza Mayor en un trineo tirado por perros. Algo relacionado con la carrera transpirenaica que empezaba días después...
No teníamos anillos de boda. En lugar de eso nos pusimos un pendiente en la lengua que aún llevo. Sergio se lo quitó hace años...
Esta mañana llovía en toda la sierra. A cántaros.
A las 9:15 llegamos al Juzgado de San Lorenzo de El Escorial y firmamos el divorcio. En 20 días más o menos estrenaré mi tercer estado civil.
De vuelta a Villalba me acordé de mil imágenes de los seis años que pasé casada con Sergio. Como fotos que desfilan por la cabeza aunque no quieras verlas... Nuestro primer piso, vacío, con sus paredes pintadas de aquel color salmón espantoso... nosotros mismos manchados de pintura el día que pusimos manos a la obra para arreglarlo... las paredes roídas por Siriana cuando era cachorra, luego los hamsters... ¿cuantos fueron? ¿cuatro? ¿ocho? A veces se escapaban y yo me deshacía de risa mientras Sergio los buscaba por todas partes como un poseso, nuestro escorpión blanco, que pasó muerto una semana en su terrario mientras ninguno de los dos se atrevía a meter allí la mano para sacarlo dudando que efectivamente, estuviese muerto...
Y de pronto los buenos ratos empezaron a diluírse, cada vez eran menos, cada vez más cortos. Una vez Gabriel me dijo que una relación amorosa es como una balanza: de un lado los buenos momentos, del otro los malos. Cuando llega el día en que los malos ratos inclinan la balanza hacia su lado, es difícil que vuelva al equilibrio... o al lado contrario. Decía Gabriel que el truco era darse cuenta de que había llegado el momento de replantearse la relación. Y ahí, o decidías dejarlo y seguir de buenas como amigos o podías aceptar una falsa realidad y sufrir mucho más mientras durara y después.
Un día me dí cuenta de que Sergio estaba harto de mí. En algunos momentos tengo que confesar que a mí también me superaban algunas situaciones. No estuve enamorada realmente de él, pero éramos compinches, nos llevábamos bien... Nos ganó el hastío.
Aquella vez cuando le dije a Lorena que ya no creía en el amor, era cierto. Estaba tan cansada de la misma vieja historia... conoces a alguien, empiezas a descubrir cosas en común, te entusiasmas, al principio todo es pasión. Luego empiezan los desencuentros, las negativas, el aburrimiento. A los pocos meses ya me parece que sigo porque no tengo nada mejor que hacer. Las luces de alarma saltan, para no apagarse más, cuando de pronto me sorprendo a mí misma preguntándome ¿qué estoy haciendo aquí? Los últimos años con Sergio me hice muchas veces esa pregunta. Demasiadas como para seguirme creyendo el cuento... y sin embargo hoy, volviendo del Juzgado, la pena me volvió a ganar la partida.
Llegué empapada al trabajo, con la música a todo volúmen en el MP3. Techno del duro, del que aturde, del que no deja pensar.
Llego y soy un torbellino de actividad; no paro ni un segundo. Tengo que compensar las horas de retraso.
Un rato después afloja la lluvia. A las dos todos se van a comer. Me quedo en el taller sola, en compañía del zumbido de fondo de los 60 o 70 equipos que están probándose y las gotitas de lluvia fina que golpean el techo de la nave industrial, la música de tres o cuatro equipos que suenan bajito, mezclando canciones que no tienen nada que ver...
No tengo ganas de comer, ni de escribir, ni de pensar...
No me gusta lo de copiar material ajeno, pero hoy se coló en el batiburrillo de equipos musicales en pruebas una canción que pareció encajar con todo ésto... ¿casualidad? A lo mejor.
"Ella le pidió que la llevara al fin de mundo,
él puso a su nombre todas las olas del mar.
Se miraron un segundo
como dos desconocidos.
Todas las ciudades eran pocas a sus ojos,
ella quiso barcos y él no supo qué pescar.
Y al final números rojos
en la cuenta del olvido,
y hubo tanto ruido
que al final llegó el final.
Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final
por fin el fin.
Tanto ruido y al final...
Hubo un accidente, se perdieron las postales,
quiso Carnavales y encontró fatalidad.
Porque todos los finales
son el mismo repetido
y con tanto ruido
no escucharon el final.
Descubrieron que los besos no sabían a nada,
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Se borraron las pisadas,
se apagaron los latidos,
y con tanto ruido
no se oyó el ruido del mar.
Mucho, mucho ruido,
ruido de tijeras,
ruido de escaleras
que se acaban por bajar.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido.
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final
la soledad.
Ruido de tenazas,
ruido de estaciones,
ruido de amenazas,
ruido de escorpiones.
Tanto, tanto ruido.
Ruido de abogados,
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.
Ruido platos rotos,
ruido años perdidos,
ruido viejas fotos,
ruido empedernido.
Ruido de cristales,
ruido de gemidos,
ruidos animales,
contagioso ruido.
Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
silencioso ruido.
Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
ruido del pasado,
desgastado ruido.
Ruido de conjuros,
ruido malnacido,
ruido tan oscuro
puro y duro ruido.
Ruido, ¿qué me has hecho?,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido, ¿a qué has venido?.
Ruidos como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido.
Ruido de frenazos,
ruido sin sentido,
ruido de arañazos,
ruido, ruido, ruido."
Joaquín Sabina
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