Replay
Hace años Fernando pasó unos meses vendiendo libros puerta a puerta en un vano intento de "arrimar algún peso" en su casa. Algo que, desde el primer día, describió como una experiencia espantosa.
Pero todo en ésta vida deja algo rescatable y de aquella experiencia nos quedó Esteban... Ahora que lo pienso, no sé si lo de "rescatable" se aplica en éste caso, al menos en el estricto sentido en que quise expresarlo en la frase anterior. Seguro que si Fernando lee ésto me dirá que si algo necesita Esteban es que le rescaten, pero lo otro... Bueno. Ya hablaré de Esteban en otra ocasión porque ese personaje daría para un blog aparte.
Lo rescatable que, ésta vez sin segundos sentidos, nos dejó la experiencia de Fernando como vendedor de libros fué una novela del año 87 de un tal Ken Grimwood llamada "Replay" y que, según descubro ahora, se publicó en España con el título de "Volver a Empezar". Fer no consiguió venderle ese libro a nadie y un día le dió por leerlo él. Luego me lo pasó a mí, lo leí, me enamoré de la historia y se lo devolví. Cada tanto recordaba algún pasaje de ese libro, y lo lamenté al descubrir, cuando nos mudamos juntos, que Fernando lo había perdido.
El año pasado tuve que hacer tiempo en casa de Florencia y Damián en Buenos Aires esperando la hora de irme a Ezeiza a tomar mi vuelo de regreso a Madrid y vimos una película: "El Efecto Mariposa". Llegué a casa obsesionada con encontrar por algún sitio aquella vieja novela de Grimwood en la cual un tío moría una y otra vez, (algo parecido a lo que ocurría en la película) y luego de cada muerte "despertaba" de nuevo muchos años antes, con la posibilidad de repetir su historia pero conociendo cómo sería el mundo... y cómo sería él. Cuando parecía que había conseguido la vida perfecta, volvía a morir y empezaba otra vez.
Ultimamente empiezo a creer que no son necesarias fantasías ni utópicas regresiones en el tiempo para repetir una historia... y estoy empezando a creer que es cierto lo que decía siempre Pablo: cuidado con lo que deseas. Podría ocurrir.
A principios de mes "enganché" cinco días libres de un tirón y no se me ocurría a donde ir sin gastar mucho dinero, así que me puse a revolver en Internet y respondí a un anuncio en el cual dos chicos buscaban gente para compartir gastos de viaje y bajar hasta Cádiz.
A finales de septiembre de 2002 me dió por ver en vivo a La Oreja de Van Gogh. Desde mi llegada a España un mes antes no se oía otra cosa por las radios y ya me había picado la curiosidad. Aquella vez también revolví por Internet hasta averiguar donde tocaban. Al final del concierto no había trenes para volver a Madrid, así que pensé en irme temprano, buscar algún hotelucho barato donde pasar la noche y el lugar donde comprar una entrada. "Preguntando se llega a Roma", pensé al entrar en un negocio frente a la Estación de Renfe de Guadalajara para preguntar por ambos puntos. Y allí estaba Sergio. Desde ese día hasta que me casé, fuimos inseparables.
Por éstos días hizo un año desde que papá volvió a nacer. Fué antes de la Semana Santa del año pasado cuando cayó enfermo y estuvo ingresado casi dos meses. Florencia llevaba ya tres semanas en Montevideo y la cosa pintaba mal y para largo, así que me llamó para decirme que tenía que viajar como fuera.
Somos una familia dura de roer. Papá se recuperó despacio pero lo consiguió.
El día que cumplí 32 años me levanté a las 5:30 en casa de papá, mi ex-hogar, y me dí una ducha para depabilarme. Luego me fuí al hospital. Quería estar allí antes de que le despertaran con el desayuno. Me abrazó llorando y disculpándose por no darme un cumpleaños mejor. No le dije nada, pero el mejor regalo era en realidad poder recibir su saludo esa mañana. Semanas atrás Flor y yo creíamos que lo mejor era despedirse sin que él lo notara... A mediodía volví a casa a comer algo y aprovechando que estaba sola y no tenía que andar explicando el por qué de mis ataques de nostalgia, empecé a revisar varias cajas de cosas que sigo pendiente de traer a España. Mi mudanza intercontinental está aún lejos de completarse, pese a los años que llevo ya aquí. Entonces encontré una postal arrugada en el fondo de un cajón. La postal que le mandé a papá desde San Lorenzo de El Escorial el día que Sergio y yo pasamos allí festejando su cumpleaños número 20. Releí la nota que le escribí a papá aquella tarde y volví a dejar la postal donde estaba. No volví a abrir ese cajón el los días que pasé en Montevideo y para mí será siempre "el cajón fantasma".
Pero hace unas cuantas semanas volví a quedar con Sergio. Esta vez me dijo que buscara yo un sitio a mi gusto y no me molesté en dar vueltas. Me fuí directamente a San Lorenzo de El Escorial. Llevábamos un rato riéndonos de cualquier cosa cuando de repente Sergio se puso serio y me preguntó si siempre consigo lo que quiero. Le devolví la pregunta, pero ésta vez ninguno de los dos contestó. No he dejado de pensar en mi respuesta desde entonces.
Lo cierto es que al final no viajé a ningún sitio éste puente de Mayo. Me lo pasé en casa acomodando mi jardín y chateando por el messenger con Alex, el que publicó el anuncio en Internet que contesté hace semanas, justo el día en que firmé mi divorcio.
La semana pasada surgió espontáneamente la idea de hacer alguna escapada de un día y Alex me dijo que no conocía el Monasterio de El Escorial. Podría haberle contado alguna excusa para buscar otro sitio, pero no me salió ninguna y sin comerla ni beberla, ayer volví a visitar ese Monasterio, volví a comprar una entrada con tarjeta de estudiante mientras el chico que me acompañaba, (que otra vez, tiene 9 años menos que yo) lamentaba no disponer de una tarjeta similar para tener esos descuentos, volví a recorrer esos mil pasillos señoriales y decorados con tapices y frescos sin poder sacarme de la cabeza aquella visita del 2002.
Hoy revisé mi correo electrónico y encontré un mensaje de Alex. Dice que le gustó conocerme, que la visita fué agradable, que organizaremos otros viajes más en plan vacaciones...
Llegué a casa ayer de tarde y me eché la siesta. Soñé con Sergio y con un viaje que nunca hicimos y me desperté llorando y pensando que estoy perdiendo el tiempo, tirando de nuevo mi corazón a la basura y preguntándome que debería hacer ahora.
No he contestado el mail de Alex. Sé que no quiero nada de ésta historia más que lo que buscaba cuando contesté su anuncio de Internet: amigos para viajar.
Lo mismo que hace años cuando recién llegué a España y me fuí a ver aquel concierto...
Si siempre consigo lo que quiero... si hubiera querido ser sincera con Sergio esa noche, en aquella habitación de hotel con vistas al Monasterio, le habría dicho que sí, que casi todas las cosas que he querido de verdad en ésta vida las he conseguido, pero que algunas han llegado en el momento inapropiado. También le habría dicho que no creo que nadie pueda afirmar que ha logrado el 100% de lo que se propone en la vida, pero que creo que el truco está en intentar tener claro lo que se busca, procurar que sean cosas razonables y no dejarse venir abajo cuando parece que el objetivo se aleja. El punto es, ¿cómo saber lo que quiero realmente? A veces me parece que tengo clarísimo lo que no quiero, y luego resulta que sí lo quería... Ya me estoy haciendo un lío. Sospecho que fué a ésta altura de mi razonamiento cuando le devolví la pregunta a Sergio dejando la suya sin responder.
Ahora publicaré éste artículo y mientras tanto pensaré qué le contesto a Alex. Que complicado... ¿¿Alguien puede decirme por qué tengo la molesta sensación de estar viviendo la aventura de Bill Murray en "Groundhog Day"??
Pero todo en ésta vida deja algo rescatable y de aquella experiencia nos quedó Esteban... Ahora que lo pienso, no sé si lo de "rescatable" se aplica en éste caso, al menos en el estricto sentido en que quise expresarlo en la frase anterior. Seguro que si Fernando lee ésto me dirá que si algo necesita Esteban es que le rescaten, pero lo otro... Bueno. Ya hablaré de Esteban en otra ocasión porque ese personaje daría para un blog aparte.
Lo rescatable que, ésta vez sin segundos sentidos, nos dejó la experiencia de Fernando como vendedor de libros fué una novela del año 87 de un tal Ken Grimwood llamada "Replay" y que, según descubro ahora, se publicó en España con el título de "Volver a Empezar". Fer no consiguió venderle ese libro a nadie y un día le dió por leerlo él. Luego me lo pasó a mí, lo leí, me enamoré de la historia y se lo devolví. Cada tanto recordaba algún pasaje de ese libro, y lo lamenté al descubrir, cuando nos mudamos juntos, que Fernando lo había perdido.
El año pasado tuve que hacer tiempo en casa de Florencia y Damián en Buenos Aires esperando la hora de irme a Ezeiza a tomar mi vuelo de regreso a Madrid y vimos una película: "El Efecto Mariposa". Llegué a casa obsesionada con encontrar por algún sitio aquella vieja novela de Grimwood en la cual un tío moría una y otra vez, (algo parecido a lo que ocurría en la película) y luego de cada muerte "despertaba" de nuevo muchos años antes, con la posibilidad de repetir su historia pero conociendo cómo sería el mundo... y cómo sería él. Cuando parecía que había conseguido la vida perfecta, volvía a morir y empezaba otra vez.
Ultimamente empiezo a creer que no son necesarias fantasías ni utópicas regresiones en el tiempo para repetir una historia... y estoy empezando a creer que es cierto lo que decía siempre Pablo: cuidado con lo que deseas. Podría ocurrir.
A principios de mes "enganché" cinco días libres de un tirón y no se me ocurría a donde ir sin gastar mucho dinero, así que me puse a revolver en Internet y respondí a un anuncio en el cual dos chicos buscaban gente para compartir gastos de viaje y bajar hasta Cádiz.
A finales de septiembre de 2002 me dió por ver en vivo a La Oreja de Van Gogh. Desde mi llegada a España un mes antes no se oía otra cosa por las radios y ya me había picado la curiosidad. Aquella vez también revolví por Internet hasta averiguar donde tocaban. Al final del concierto no había trenes para volver a Madrid, así que pensé en irme temprano, buscar algún hotelucho barato donde pasar la noche y el lugar donde comprar una entrada. "Preguntando se llega a Roma", pensé al entrar en un negocio frente a la Estación de Renfe de Guadalajara para preguntar por ambos puntos. Y allí estaba Sergio. Desde ese día hasta que me casé, fuimos inseparables.
Por éstos días hizo un año desde que papá volvió a nacer. Fué antes de la Semana Santa del año pasado cuando cayó enfermo y estuvo ingresado casi dos meses. Florencia llevaba ya tres semanas en Montevideo y la cosa pintaba mal y para largo, así que me llamó para decirme que tenía que viajar como fuera.
Somos una familia dura de roer. Papá se recuperó despacio pero lo consiguió.
El día que cumplí 32 años me levanté a las 5:30 en casa de papá, mi ex-hogar, y me dí una ducha para depabilarme. Luego me fuí al hospital. Quería estar allí antes de que le despertaran con el desayuno. Me abrazó llorando y disculpándose por no darme un cumpleaños mejor. No le dije nada, pero el mejor regalo era en realidad poder recibir su saludo esa mañana. Semanas atrás Flor y yo creíamos que lo mejor era despedirse sin que él lo notara... A mediodía volví a casa a comer algo y aprovechando que estaba sola y no tenía que andar explicando el por qué de mis ataques de nostalgia, empecé a revisar varias cajas de cosas que sigo pendiente de traer a España. Mi mudanza intercontinental está aún lejos de completarse, pese a los años que llevo ya aquí. Entonces encontré una postal arrugada en el fondo de un cajón. La postal que le mandé a papá desde San Lorenzo de El Escorial el día que Sergio y yo pasamos allí festejando su cumpleaños número 20. Releí la nota que le escribí a papá aquella tarde y volví a dejar la postal donde estaba. No volví a abrir ese cajón el los días que pasé en Montevideo y para mí será siempre "el cajón fantasma".
Pero hace unas cuantas semanas volví a quedar con Sergio. Esta vez me dijo que buscara yo un sitio a mi gusto y no me molesté en dar vueltas. Me fuí directamente a San Lorenzo de El Escorial. Llevábamos un rato riéndonos de cualquier cosa cuando de repente Sergio se puso serio y me preguntó si siempre consigo lo que quiero. Le devolví la pregunta, pero ésta vez ninguno de los dos contestó. No he dejado de pensar en mi respuesta desde entonces.
Lo cierto es que al final no viajé a ningún sitio éste puente de Mayo. Me lo pasé en casa acomodando mi jardín y chateando por el messenger con Alex, el que publicó el anuncio en Internet que contesté hace semanas, justo el día en que firmé mi divorcio.
La semana pasada surgió espontáneamente la idea de hacer alguna escapada de un día y Alex me dijo que no conocía el Monasterio de El Escorial. Podría haberle contado alguna excusa para buscar otro sitio, pero no me salió ninguna y sin comerla ni beberla, ayer volví a visitar ese Monasterio, volví a comprar una entrada con tarjeta de estudiante mientras el chico que me acompañaba, (que otra vez, tiene 9 años menos que yo) lamentaba no disponer de una tarjeta similar para tener esos descuentos, volví a recorrer esos mil pasillos señoriales y decorados con tapices y frescos sin poder sacarme de la cabeza aquella visita del 2002.
Hoy revisé mi correo electrónico y encontré un mensaje de Alex. Dice que le gustó conocerme, que la visita fué agradable, que organizaremos otros viajes más en plan vacaciones...
Llegué a casa ayer de tarde y me eché la siesta. Soñé con Sergio y con un viaje que nunca hicimos y me desperté llorando y pensando que estoy perdiendo el tiempo, tirando de nuevo mi corazón a la basura y preguntándome que debería hacer ahora.
No he contestado el mail de Alex. Sé que no quiero nada de ésta historia más que lo que buscaba cuando contesté su anuncio de Internet: amigos para viajar.
Lo mismo que hace años cuando recién llegué a España y me fuí a ver aquel concierto...
Si siempre consigo lo que quiero... si hubiera querido ser sincera con Sergio esa noche, en aquella habitación de hotel con vistas al Monasterio, le habría dicho que sí, que casi todas las cosas que he querido de verdad en ésta vida las he conseguido, pero que algunas han llegado en el momento inapropiado. También le habría dicho que no creo que nadie pueda afirmar que ha logrado el 100% de lo que se propone en la vida, pero que creo que el truco está en intentar tener claro lo que se busca, procurar que sean cosas razonables y no dejarse venir abajo cuando parece que el objetivo se aleja. El punto es, ¿cómo saber lo que quiero realmente? A veces me parece que tengo clarísimo lo que no quiero, y luego resulta que sí lo quería... Ya me estoy haciendo un lío. Sospecho que fué a ésta altura de mi razonamiento cuando le devolví la pregunta a Sergio dejando la suya sin responder.
Ahora publicaré éste artículo y mientras tanto pensaré qué le contesto a Alex. Que complicado... ¿¿Alguien puede decirme por qué tengo la molesta sensación de estar viviendo la aventura de Bill Murray en "Groundhog Day"??
Gajes del Oficio II
Gajes del Oficio II
Tal y como estaba planeado, hace ya siete semanas que comencé mis prácticas de Formación Profesional y dentro de otras tres, si todo sigue como va, tendré mi título.
También es muy probable que tenga un nuevo trabajo, con lo cual no tuve lo que se dice una verdadera despedida de mi anterior (bueno, técnicamente, actual) empresa empleadora.
Según me cuentan mis futuras ex-compañeras (técnicamente, ya ex-compañeras), no queda casi nadie de la antigua banda de la mesa del fondo por allí.
A Oscar le trasladaron a otra campaña y está buscando otro empleo para dejarla; Ale, mi compañera de mates y charletas de los sábados por la mañana, se largó luego de que la sentaran junto al jefazo para tenerla controlada bajo la acusación de haber insultado a un cliente... y así mil historias.
Sería muy triste volver allí y no encontrarme a todas esas caras, y ver a las que quedan largas por la incertidumbre de no saber cuánto más durará ese desastre en pié.
Así que llamo periódicamente a cada una, intercambio mails y espero verles a todos de nuevo pronto.
Mientras tanto, me voy integrando poco a poco a la plantilla de mis nuevos compañeros de trabajo. Me han ofrecido quedarme contratada cuando acaben las prácticas y aunque las condiciones en cuanto a salario y otros detalles son algo peores que en mi, técnicamente, aún actual empresa, creo que terminaré por aceptar.
Soy la única mujer en el Departamento Técnico. En la parte administrativa, todas son mujeres menos el director de la empresa. La mayoría son gente joven y/o de mente abierta.
Fiel a mi costumbre de llegar pronto, el primer día lo hice 20 minutos antes de la hora y fuí conociendo a mis compañeros a medida que, uno a uno, iban apareciendo con cara de lunes. El último en llegar fué el que tenía la llave, así que, ya presentados todos, nos condujeron a "los becarios" (Víctor y yo) escaleras arriba hablando alto para hacernos oír sobre el ruido de la lluvia torrencial en el techo de zinc.
La empresa está en un polígono industrial de Villalba, y según dicen, no pasaría una inspección técnica si alguna vez viniera. Para empezar, las ventanas no pueden abrirse. Para continuar, la Ley Antitabaco de Zapatitos no parece haber llegado allí, y por último, el taller está situado en una entreplanta donde según las ordenanzas, no pueden instalarse talleres. Y además tiene goteras.
Presidía el taller un cubo vacío de pintura con la inscripción "TP-23" como único indicativo de lo que alguna vez contuvo y que cumple, según descubrí enseguida, la función de atajar una gotera que da justo donde se van amontonando los equipos listos para envío. Con las horas fuimos descubriendo otros cubos estratégicamente situados bajo sus respectivas goteras y días después me tocó a mí personalmente ubicarlos cuando un chaparrón me sorprendió sola en el taller a la hora de la comida.
Hacia las dos de la tarde la mayoría se van a comer. Yo arreglé quedarme allí y reengancharme al trabajo a las tres a fin de poder marcharme a las seis y pillar mi tren a casa, si no tendría que esperar ya al de las ocho y veinte y no es plan. Asi que luego del trajín de la mañana al mediodía todo queda tranquilo y la actividad recomienza hacia las cuatro. Trabajar, lo que se dice trabajar, no es precisamente la actividad que se desarrolla el 100% de ese tiempo. Como en la mayoría de empresas españolas, el presentismo cuenta por encima de la productividad. Esta empresa ha descubierto el filón de aceptar estudiantes en prácticas que le vienen bien para sacar el trabajo que se acumula sin pagar un duro y además cobrar lo que por ello le paga la Seguridad Social. Eso trae como consecuencia una alta rotación de personal, ya que los que quedan contratados aprovechan allí unos meses para hacer experiencia y luego buscan otros horizontes más esperanzadores. Se trabaja cómodo, el horario es flexible y el personal agradable, pero el trabajo es monóntono donde los haya y quien tenga expectativas de no estancarse no puede quedarse mucho tiempo allí.
A la semana de empezar Victor y yo las prácticas, Roberto tomó otro camino. Era el más "veterano" de los técnicos que desarrollan nuestra actual actividad y además el que mejor controlaba el asunto, no solo a nivel técnico sino también a nivel humano, ya que manejaba con impecable mano izquierda el caótico método de trabajo del sector administrativo (léase, la esposa del jefe) y organizaba a los técnicos evitando, entre otras cosas, que cerraran como "listo para utilizar" equipos sin disco duro o sin placas de memoria o pasaran el 50% del tiempo navegando por Internet.
Ha pasado poco más de un mes desde que Rober se fué y empiezan a verse las consecuencias. Entre algunos factores logísticos fuera de control y los humanos descontrolados, aquello empieza a parecerse a un partido de fútbol sin árbitro. Cada cual hace lo que puede/quiere y de alguna milagrosa forma, algunos equipos se entregan a tiempo.
En medio del caos es fácil hacerse una reputación de persona trabajadora, lo cual procuro porque me interesa quedarme allí por un tiempo. Luego ya veré.
Así, mientras intento sacar los equipos atrasados (al menos los más atrasados) y aprender los vericuetos del funcionamiento del sistema de la empresa, mis compañeros rebuscan gangas en Ebay (empezaron con consolas portátiles y por alguna oscura derivación dialéctica terminaron buscando consoladores) o teléfonos móviles baratos con el engaña-pichangas del programa de puntos de Movistar. Al menos han tenido el tino de quitar los sonidos al ordenador que usan para eso porque si no, al galimatías de decenas de equipos musicales testeándose a la vez se sumaría el constante pitido de los amigos que se conectan al messenger y avisos de "tienes un correo nuevo".
Yo aprovecho mi horita de comida para esos menesteres pero el resto del tiempo procuro ser productiva. Estoy contenta con mi futuro nuevo trabajo y espero hacerlo bien.
TLT ya empezaba a parecer cosa del pasado (a falta simplemente de dar el preaviso correspondiente para dejar la empresa) cuando me llegó por correo certificado una carta amenazante de una empresa llamada Nexgrup, contratada a su vez por TLT y que se presenta ante los trabajadores de baja médica con los que contacta con la intención de "ayudarle a recuperarse lo antes posible", mientras que en su página web no se andan con tantos tapujos y ofrecen sus servicios a empresas como meros controladores de absentismo. Me conminan a presentarme en unos días ante una doctora de esa empresa para un reconocimiento médico y a aportar informes acerca de la dolencia que me impide trabajar, así que mañana me tocará de nuevo llamar a la abogada de Comisiones Obreras a ver si realmente tengo que atender a ese requerimiento. Y si es así, habrá que volver a ensayar la llantina, los estragos que supuestamente hace en mi vida mi desgracia matrinonial e incluso tomarme aunque sea un par de días los dichosos antidepresivos por si me hacen algún análisis de sangre. Da igual. En unos días entregaré mi renuncia y adiós muy buenas.
Pasar página y... Volver a Empezar.
Tal y como estaba planeado, hace ya siete semanas que comencé mis prácticas de Formación Profesional y dentro de otras tres, si todo sigue como va, tendré mi título.
También es muy probable que tenga un nuevo trabajo, con lo cual no tuve lo que se dice una verdadera despedida de mi anterior (bueno, técnicamente, actual) empresa empleadora.
Según me cuentan mis futuras ex-compañeras (técnicamente, ya ex-compañeras), no queda casi nadie de la antigua banda de la mesa del fondo por allí.
A Oscar le trasladaron a otra campaña y está buscando otro empleo para dejarla; Ale, mi compañera de mates y charletas de los sábados por la mañana, se largó luego de que la sentaran junto al jefazo para tenerla controlada bajo la acusación de haber insultado a un cliente... y así mil historias.
Sería muy triste volver allí y no encontrarme a todas esas caras, y ver a las que quedan largas por la incertidumbre de no saber cuánto más durará ese desastre en pié.
Así que llamo periódicamente a cada una, intercambio mails y espero verles a todos de nuevo pronto.
Mientras tanto, me voy integrando poco a poco a la plantilla de mis nuevos compañeros de trabajo. Me han ofrecido quedarme contratada cuando acaben las prácticas y aunque las condiciones en cuanto a salario y otros detalles son algo peores que en mi, técnicamente, aún actual empresa, creo que terminaré por aceptar.
Soy la única mujer en el Departamento Técnico. En la parte administrativa, todas son mujeres menos el director de la empresa. La mayoría son gente joven y/o de mente abierta.
Fiel a mi costumbre de llegar pronto, el primer día lo hice 20 minutos antes de la hora y fuí conociendo a mis compañeros a medida que, uno a uno, iban apareciendo con cara de lunes. El último en llegar fué el que tenía la llave, así que, ya presentados todos, nos condujeron a "los becarios" (Víctor y yo) escaleras arriba hablando alto para hacernos oír sobre el ruido de la lluvia torrencial en el techo de zinc.
La empresa está en un polígono industrial de Villalba, y según dicen, no pasaría una inspección técnica si alguna vez viniera. Para empezar, las ventanas no pueden abrirse. Para continuar, la Ley Antitabaco de Zapatitos no parece haber llegado allí, y por último, el taller está situado en una entreplanta donde según las ordenanzas, no pueden instalarse talleres. Y además tiene goteras.
Presidía el taller un cubo vacío de pintura con la inscripción "TP-23" como único indicativo de lo que alguna vez contuvo y que cumple, según descubrí enseguida, la función de atajar una gotera que da justo donde se van amontonando los equipos listos para envío. Con las horas fuimos descubriendo otros cubos estratégicamente situados bajo sus respectivas goteras y días después me tocó a mí personalmente ubicarlos cuando un chaparrón me sorprendió sola en el taller a la hora de la comida.
Hacia las dos de la tarde la mayoría se van a comer. Yo arreglé quedarme allí y reengancharme al trabajo a las tres a fin de poder marcharme a las seis y pillar mi tren a casa, si no tendría que esperar ya al de las ocho y veinte y no es plan. Asi que luego del trajín de la mañana al mediodía todo queda tranquilo y la actividad recomienza hacia las cuatro. Trabajar, lo que se dice trabajar, no es precisamente la actividad que se desarrolla el 100% de ese tiempo. Como en la mayoría de empresas españolas, el presentismo cuenta por encima de la productividad. Esta empresa ha descubierto el filón de aceptar estudiantes en prácticas que le vienen bien para sacar el trabajo que se acumula sin pagar un duro y además cobrar lo que por ello le paga la Seguridad Social. Eso trae como consecuencia una alta rotación de personal, ya que los que quedan contratados aprovechan allí unos meses para hacer experiencia y luego buscan otros horizontes más esperanzadores. Se trabaja cómodo, el horario es flexible y el personal agradable, pero el trabajo es monóntono donde los haya y quien tenga expectativas de no estancarse no puede quedarse mucho tiempo allí.
A la semana de empezar Victor y yo las prácticas, Roberto tomó otro camino. Era el más "veterano" de los técnicos que desarrollan nuestra actual actividad y además el que mejor controlaba el asunto, no solo a nivel técnico sino también a nivel humano, ya que manejaba con impecable mano izquierda el caótico método de trabajo del sector administrativo (léase, la esposa del jefe) y organizaba a los técnicos evitando, entre otras cosas, que cerraran como "listo para utilizar" equipos sin disco duro o sin placas de memoria o pasaran el 50% del tiempo navegando por Internet.
Ha pasado poco más de un mes desde que Rober se fué y empiezan a verse las consecuencias. Entre algunos factores logísticos fuera de control y los humanos descontrolados, aquello empieza a parecerse a un partido de fútbol sin árbitro. Cada cual hace lo que puede/quiere y de alguna milagrosa forma, algunos equipos se entregan a tiempo.
En medio del caos es fácil hacerse una reputación de persona trabajadora, lo cual procuro porque me interesa quedarme allí por un tiempo. Luego ya veré.
Así, mientras intento sacar los equipos atrasados (al menos los más atrasados) y aprender los vericuetos del funcionamiento del sistema de la empresa, mis compañeros rebuscan gangas en Ebay (empezaron con consolas portátiles y por alguna oscura derivación dialéctica terminaron buscando consoladores) o teléfonos móviles baratos con el engaña-pichangas del programa de puntos de Movistar. Al menos han tenido el tino de quitar los sonidos al ordenador que usan para eso porque si no, al galimatías de decenas de equipos musicales testeándose a la vez se sumaría el constante pitido de los amigos que se conectan al messenger y avisos de "tienes un correo nuevo".
Yo aprovecho mi horita de comida para esos menesteres pero el resto del tiempo procuro ser productiva. Estoy contenta con mi futuro nuevo trabajo y espero hacerlo bien.
TLT ya empezaba a parecer cosa del pasado (a falta simplemente de dar el preaviso correspondiente para dejar la empresa) cuando me llegó por correo certificado una carta amenazante de una empresa llamada Nexgrup, contratada a su vez por TLT y que se presenta ante los trabajadores de baja médica con los que contacta con la intención de "ayudarle a recuperarse lo antes posible", mientras que en su página web no se andan con tantos tapujos y ofrecen sus servicios a empresas como meros controladores de absentismo. Me conminan a presentarme en unos días ante una doctora de esa empresa para un reconocimiento médico y a aportar informes acerca de la dolencia que me impide trabajar, así que mañana me tocará de nuevo llamar a la abogada de Comisiones Obreras a ver si realmente tengo que atender a ese requerimiento. Y si es así, habrá que volver a ensayar la llantina, los estragos que supuestamente hace en mi vida mi desgracia matrinonial e incluso tomarme aunque sea un par de días los dichosos antidepresivos por si me hacen algún análisis de sangre. Da igual. En unos días entregaré mi renuncia y adiós muy buenas.
Pasar página y... Volver a Empezar.
Etiquetas: nexgrup
Nacidos para Correr
El otro día me tocó por primera vez ir a instalar un equipo para un cliente in situ. Me enviaron con Miguel, y tuvimos que hacer un viajecillo de una media hora para ir y otra media para volver, lo cual dió tiempo a charlar un rato.
Ya estoy acostumbrada a que, en éstas conversaciones iniciales, la gente me pregunte por mi experiencia como inmigrante. Generalmente sienten curiosidad por saber por qué viniste, por qué aquí y no a otro sitio, algunos incluso preguntan cómo era tu país.
Pero la costumbre de relatar mis aventuras no me aburre, siempre aparece algo nuevo que contar. Confieso que a veces me ofende un poco. Depende de quien pregunte. Pero no fué el caso con Miguel ni tampoco, días después, con Alex en nuestra memorable excursión por San Lorenzo.
También se ha dado el caso contrario: cuando he ido de visita a Uruguay la gente pregunta por mi vida acá. Esta parte es la más espinosa. Lo ha sido hasta ahora, por lo menos, y la verdad es que no sé si estoy todavía preparada para hablar de ésto, si encontraré las palabras. Al menos lo intentaré. Tampoco sé si la próxima vez que vaya mi relato será distinto, si lograré abrir finalmente el corazón. Supongo que sí. Al menos Luis ya conoce la cara verdadera de la moneda, y papá, y Flor... Ellos no necesitan que les cuente más.
Hoy fué jornada electoral. La verdad es que la política en éste país no me parece política para nada. Más bien la veo como una mezcla de circo mediático y enrevesados intereses económicos.
En Uruguay en cambio la veía como un circo en toda regla, inereses económicos hasta donde daba (no se puede decir que allí haya mucho pastel que repartir, comparado con España, claro) y una débil fuente de esperanza para los eternos desesperados ciudadanos que aún creen que "ésto va a cambiar".
Cuando pienso en Uruguay, en lo que viví allí, en lo que viven hoy mis amigos, siempre me viene a la cabeza una escena de la película "Martín H" en la que Martín, padre (Federico Luppi) le dice a Martín, hijo (Juan Diego Botto), ante la idea de que el hijo decida quedarse en España "eso no es un país, es una trampa". Se refiere a Argentina, pero para el caso, puede aplicarse también a Uruguay. También le explica que la trampa consiste en que se pasan la vida vendiéndole a la gente que eso va a cambiar, y que los interpelados verán el cambio y se beneficiarán de él. La verdad es que yo en el fondo también creo que algún día en Uruguay se podrá vivir mejor, pero hace años que me dí cuenta de que no será en un futuro próximo y me sentí ante la opción de dejar que mi juventud pasara mientras esperaba ese cambio o salir a buscarme la vida fuera. Bien dicen que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde, o en mi caso, hasta que se deja atrás.
Recién al estar lejos me dí cuenta de que había cosas buenas allí, y de que hay cosas de Montevideo que siempre echaré de menos. Cosas chiquitas, del día a día, lugares, gente... que sumadas hacen una bola de recuerdos que cada tanto hace bien dejar que afloren. Ahora, por ejemplo, tengo en el fondo de escritorio del PC una foto de la Plaza Independencia. Hasta hace dos semanas tenía el Monasterio de El Escorial.
Papá siempre nos dió, desde chicas, dos consejos: el primero que nos consideráramos "ciudadanas del mundo". Siempre nos decía eso cuando hablábamos de sus viajes, y de las cosas que había visto fuera. Era un buen consejo, aún lo aplico. Pero ahora sé que una cosa es ser turista y otra muy distinta ser inmigrante. El turista sale fuera y es bienvenido. Cuando vuelve a casa, es un triunfador. El inmigrante ve muchas puertas cerrarse en sus narices y volver a casa sería el fracaso. Hay que entender lo de "ciudadanos del mundo" según lo decía papá, claro.
Yo nací en Montevideo, pero pasé los primeros años de mi vida en un horrible pueblo del departamento de Canelones llamado Soca. De allí era mi madre, y según tengo entendido, cuando se casó con papá tenía sus ventajas vivir allí. Ventajas que se esfumaron (o más bien nunca fueron tales) a poco de instalarse ellos, según descubrió papá.
De aquellos años recuerdo la casa, el salón era enorme y tenía dos niveles. En el de abajo papá montaba un descomunal Belén (allá le llamábamos "El Pesebre") en cada Navidad. En el de arriba estaba el anticuado aparato de música de papá, con radio y platina de discos en un mueble de madera. Siempre lo dejaban desconectado porque yo tenía una curiosidad enfermiza por el aparato y me encantaba meterme detrás a investigarlo por dentro. Empezó esa obsesión cuando una vez estuvo estropeado y un técnico vino a repararlo dejando la tapa posterior sin atornillar. Yo imaginaba que aquella máquina estaba llena de personitas que hablaban o cantaban y hacía mil y una triquiñuelas para intentar descubrirlas. No es tan extraño que terminara trabajando varios años como operadora de sonido, unos cuantos meses proyectando películas en cines y ahora trabaje reparando ordenadores...
No tengo más recuerdos de mis años infantiles en Soca, salvo ese, mi perra Linda, una gata cuyo nombre no recuerdo ya y la costumbre de llevar a casa los bolsillos llenos de escarabajos para espanto de mamá.
Pero volviendo al tema, Soca era lo que bien dicen, pueblo chico, infierno grande. Hasta hace cinco años gobernado por la extrema derecha, el departamento de Canelones (y Soca en particular) era una cuna de fachas. Incluídos la mayoría de los familiares de mamá.
Pero hubo excepciones. Durante la época de la dictadura militar varias primas de mamá tuvieron que exiliarse en Europa para escapar del régimen. Incluso una no lo consiguió y aguantó como pudo el infierno de la detención y los interrogatorios (claro eufemismo para torturas, obviamente) para arrastrar las consecuencias el resto de su vida. Los demás se instalaron en Francia, en un pueblo de montaña cercano a la frontera con Suiza llamado Annecy.
Papá les visitó por primera vez en 1980 y entonces empezaron sus relatos ensoñadores de las maravillas que había en Europa. Yo conocí el viejo continente en 1994 y a mis primas de Francia. Hace un par de semanas estuvieron de visita en Madrid y nos encontramos. Las experiencas de papá (y mías) como turista no pueden compararse con la nostalgia del exilio o la incertidumbre de la inmigración ilegal, y eso papá lo sabe de oídas, pero no por haberlo vivido.
Cuando estaba "atrapada" en Uruguay (así me sentía), nunca tuve claro qué opinaba sobre los que no soñaban con emigrar. Quienes crecimos en la dictadura fuimos educados, bien en la cultura de que "triunfar se triunfa afuera" o bien en la de "antes que huír, hay que quedarse a luchar por lo nuestro". Yo entré en el primer grupo y sobre los del otro a veces me parecían valientes Quijotes luchando contra los molinos de viento y otras eternos ilusos. Sigo pensando igual.
Sobre mí misma pesaba el sentimiento de culpa por no ser lo bastante atrevida como para dar el paso que, según lo aprendido desde siempre, me convertiría en una triunfadora. Ahora sé que lo de triunfar es relativo. Se triunfa para uno mismo, no para los demás. Lo que los demás vean será lo que quieran ver, más allá de la imagen que uno proyecte de su aventura.
El otro consejo de papá era "no hagas nunca nada de lo que después te vayas a arrepentir". Algo en lo que siempre pienso cuando tengo que tomar una decisión difícil, y podría decir que hasta poco después de mi venida a España no tuve secretos inconfesables. Creo que la primera vez que hice algo sabiendo que me arrepentiría después fué cuando decidí continuar con mi matrimonio a pesar de no estar enamorada. Una farsa lleva a otra farsa y así, cada vez que hablaba o escribía o visitaba a mis amigos de Uruguay todo eran anécdotas agradables, lo bien que nos iba juntos, la suerte que había tenido en España... La realidad era bien distinta y el sentimiento de estar mintiendo a quienes más quería terminó por espaciar cada vez más los emails y las llamadas. En mi última visita el año pasado, Fernando se dió cuenta de que algo no iba como yo contaba. Todavía no le he dicho que mi matrimonio se acabó. A lo mejor alguien se lo ha contado ya. Pero junto con esa, hay varias conversaciones pendientes para la próxima visita, y me pregunto si tendré el valor suficiente para enfrentarme a la gente que siempre confió en mí y decirles, sin tapujos, que éstos seis años les estuve mintiendo a la cara, que la vida en España no era un lecho de rosas y mi matrimonio menos aún. Sé que lo comprenderán, pero empiezo a sospechar que, aunque no termine volviendo a Uruguay, el fracaso se insinuará en más de una cabeza pensante... o quizás sólo en la mía. Lo mismo pensaba hace un par de meses cuando me decidí a llamar a Sergio de nuevo después de tantos años. Tal vez ese fué mi ensayo para lo que vendrá cuando vuelva a visitar Uruguay. Siempre veo el vaso medio vacío... lo más probable es que, después de tanto desasosiego, la mayoría terminen diciéndome lo mismo que me dijo Sergio aquella tarde: "Hiciste lo que te pareció correcto. Ya está." Ahí se vé quien te quiso y quien no.
Hoy voté por primera vez como ciudadana española. Me resulta raro lo de que no sea obligatorio ir a votar, como en Uruguay; el que mucha gente pase olímpicamente del asunto como si el gobierno no fuera para ellos; lo de elegir las papeletas a la vista de los que anden por ahí (en Uruguay el voto es secreto, se hace a solas en una habitación como un ritual sagrado), que los sobres no estén numerados y que en algunas mesas no sea el propio elector quien lo introduce en la urna sino el presidente de mesa. Pero me hizo ilusión votar , no porque un papel diga que soy española, sino por lo que despierta el poder elegir, opinar, identificarse con alguna idea (voté por un partido minoritario). Hace un par de años, cuando fueron las elecciones en Uruguay, no pude ir a votar. Los uruguayos no podemos votar fuera del país, ni por correo ni en los Consulados. Me acuerdo que Fernando pasaba de ir a votar, siempre decía que iba por no pagar la multa pero que votaría en blanco o nulo. Sin embargo, esa tarde en que más de medio Uruguay depositó su confianza en el Encuentro Progresista pareció que todo el país se volvía a emborrachar de esperanza. Fernando me llamó esa tarde, todavía no había empezado el escrutinio de votos pero ya se sabía por los sondeos que se había terminado, al menos por cinco años, el viejo lastre facha de los partidos que apoyaron el golpe de estado y la dictadura hace 30 años y que se dedicaron a saquear lo poco que quedaba, material y no tanto, en los quince años posteriores al régimen. Escuché el mensaje de Fer en mi contestador y lloré. Lloré recordando los primeros años de la década de los 80, cuando mamá nos mandaba al colegio sin olvidarse nunca de recordarnos que no mencionáramos nada de política allí (todavía había miedo de manifestar ideas); o unos años después, cuando papá me llevaba a los actos de la campaña electoral del 84/85... Nos sabíamos todas las cantinelas, las consignas, las canciones de protesta...
No sé si volveré a hablar alguna vez de "mi país". No es probable que regrese para quedarme tampoco. Como siempre digo, volver a Montevideo sería empezar a echar de menos España, además de ser una inmigrante en mi propia tierra... Si hasta me suena raro cuando, refiriéndose a Uruguay, alguien me pregunta por ese lugar con sentido de pertenencia. Irónicamente, y no en el sentido de los viejos consejos de papá, acabé por ser una "ciudadana del mundo", o más bien, una ciudadana de ninguna parte.
La semana pasada me llamó Teresa. Me dijo que en Francia, en los alrededores de París, puedo conseguir fácilmente trabajo como Informática si hablo el idioma. Desde que empezó mi proceso de divorcio le voy dando vueltas a la idea de cambiar de aires. Por ahora muchas cosas me retienen aquí; objetivos vigentes, mi casa, mis perras... pero algo me dice que necesito distancia para volver a ver las cosas en foco y no voy a lograrlo permaneciendo aquí, donde la realidad que hace poco dejé sigue patente, vital... París, Londres, Berlín, cualquier sitio estaría bien. Por un tiempo. Otro idioma, otra gente, sobrevivir otra vez a partir de cero, salir del ostracismo, de la comodidad... volver a sentir que la vida es algo más que levantarse, ir al curro, volver a casa, acostarse... echar de menos lo que dejaste atrás. A lo mejor a fuerza de desarraigo tras desarraigo la nostalgia desaparece, o se vuelve como una droga, que para sentir sus efectos cada vez se necesiten dosis mayores, hasta que al final no tenga efecto en absoluto. Huída geográfica, diría un psicólogo. Pero si funciona, ¿por qué no? De momento, la semilla germina. Ya veremos.
Ya estoy acostumbrada a que, en éstas conversaciones iniciales, la gente me pregunte por mi experiencia como inmigrante. Generalmente sienten curiosidad por saber por qué viniste, por qué aquí y no a otro sitio, algunos incluso preguntan cómo era tu país.
Pero la costumbre de relatar mis aventuras no me aburre, siempre aparece algo nuevo que contar. Confieso que a veces me ofende un poco. Depende de quien pregunte. Pero no fué el caso con Miguel ni tampoco, días después, con Alex en nuestra memorable excursión por San Lorenzo.
También se ha dado el caso contrario: cuando he ido de visita a Uruguay la gente pregunta por mi vida acá. Esta parte es la más espinosa. Lo ha sido hasta ahora, por lo menos, y la verdad es que no sé si estoy todavía preparada para hablar de ésto, si encontraré las palabras. Al menos lo intentaré. Tampoco sé si la próxima vez que vaya mi relato será distinto, si lograré abrir finalmente el corazón. Supongo que sí. Al menos Luis ya conoce la cara verdadera de la moneda, y papá, y Flor... Ellos no necesitan que les cuente más.
Hoy fué jornada electoral. La verdad es que la política en éste país no me parece política para nada. Más bien la veo como una mezcla de circo mediático y enrevesados intereses económicos.
En Uruguay en cambio la veía como un circo en toda regla, inereses económicos hasta donde daba (no se puede decir que allí haya mucho pastel que repartir, comparado con España, claro) y una débil fuente de esperanza para los eternos desesperados ciudadanos que aún creen que "ésto va a cambiar".
Cuando pienso en Uruguay, en lo que viví allí, en lo que viven hoy mis amigos, siempre me viene a la cabeza una escena de la película "Martín H" en la que Martín, padre (Federico Luppi) le dice a Martín, hijo (Juan Diego Botto), ante la idea de que el hijo decida quedarse en España "eso no es un país, es una trampa". Se refiere a Argentina, pero para el caso, puede aplicarse también a Uruguay. También le explica que la trampa consiste en que se pasan la vida vendiéndole a la gente que eso va a cambiar, y que los interpelados verán el cambio y se beneficiarán de él. La verdad es que yo en el fondo también creo que algún día en Uruguay se podrá vivir mejor, pero hace años que me dí cuenta de que no será en un futuro próximo y me sentí ante la opción de dejar que mi juventud pasara mientras esperaba ese cambio o salir a buscarme la vida fuera. Bien dicen que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde, o en mi caso, hasta que se deja atrás.
Recién al estar lejos me dí cuenta de que había cosas buenas allí, y de que hay cosas de Montevideo que siempre echaré de menos. Cosas chiquitas, del día a día, lugares, gente... que sumadas hacen una bola de recuerdos que cada tanto hace bien dejar que afloren. Ahora, por ejemplo, tengo en el fondo de escritorio del PC una foto de la Plaza Independencia. Hasta hace dos semanas tenía el Monasterio de El Escorial.
Papá siempre nos dió, desde chicas, dos consejos: el primero que nos consideráramos "ciudadanas del mundo". Siempre nos decía eso cuando hablábamos de sus viajes, y de las cosas que había visto fuera. Era un buen consejo, aún lo aplico. Pero ahora sé que una cosa es ser turista y otra muy distinta ser inmigrante. El turista sale fuera y es bienvenido. Cuando vuelve a casa, es un triunfador. El inmigrante ve muchas puertas cerrarse en sus narices y volver a casa sería el fracaso. Hay que entender lo de "ciudadanos del mundo" según lo decía papá, claro.
Yo nací en Montevideo, pero pasé los primeros años de mi vida en un horrible pueblo del departamento de Canelones llamado Soca. De allí era mi madre, y según tengo entendido, cuando se casó con papá tenía sus ventajas vivir allí. Ventajas que se esfumaron (o más bien nunca fueron tales) a poco de instalarse ellos, según descubrió papá.
De aquellos años recuerdo la casa, el salón era enorme y tenía dos niveles. En el de abajo papá montaba un descomunal Belén (allá le llamábamos "El Pesebre") en cada Navidad. En el de arriba estaba el anticuado aparato de música de papá, con radio y platina de discos en un mueble de madera. Siempre lo dejaban desconectado porque yo tenía una curiosidad enfermiza por el aparato y me encantaba meterme detrás a investigarlo por dentro. Empezó esa obsesión cuando una vez estuvo estropeado y un técnico vino a repararlo dejando la tapa posterior sin atornillar. Yo imaginaba que aquella máquina estaba llena de personitas que hablaban o cantaban y hacía mil y una triquiñuelas para intentar descubrirlas. No es tan extraño que terminara trabajando varios años como operadora de sonido, unos cuantos meses proyectando películas en cines y ahora trabaje reparando ordenadores...
No tengo más recuerdos de mis años infantiles en Soca, salvo ese, mi perra Linda, una gata cuyo nombre no recuerdo ya y la costumbre de llevar a casa los bolsillos llenos de escarabajos para espanto de mamá.
Pero volviendo al tema, Soca era lo que bien dicen, pueblo chico, infierno grande. Hasta hace cinco años gobernado por la extrema derecha, el departamento de Canelones (y Soca en particular) era una cuna de fachas. Incluídos la mayoría de los familiares de mamá.
Pero hubo excepciones. Durante la época de la dictadura militar varias primas de mamá tuvieron que exiliarse en Europa para escapar del régimen. Incluso una no lo consiguió y aguantó como pudo el infierno de la detención y los interrogatorios (claro eufemismo para torturas, obviamente) para arrastrar las consecuencias el resto de su vida. Los demás se instalaron en Francia, en un pueblo de montaña cercano a la frontera con Suiza llamado Annecy.
Papá les visitó por primera vez en 1980 y entonces empezaron sus relatos ensoñadores de las maravillas que había en Europa. Yo conocí el viejo continente en 1994 y a mis primas de Francia. Hace un par de semanas estuvieron de visita en Madrid y nos encontramos. Las experiencas de papá (y mías) como turista no pueden compararse con la nostalgia del exilio o la incertidumbre de la inmigración ilegal, y eso papá lo sabe de oídas, pero no por haberlo vivido.
Cuando estaba "atrapada" en Uruguay (así me sentía), nunca tuve claro qué opinaba sobre los que no soñaban con emigrar. Quienes crecimos en la dictadura fuimos educados, bien en la cultura de que "triunfar se triunfa afuera" o bien en la de "antes que huír, hay que quedarse a luchar por lo nuestro". Yo entré en el primer grupo y sobre los del otro a veces me parecían valientes Quijotes luchando contra los molinos de viento y otras eternos ilusos. Sigo pensando igual.
Sobre mí misma pesaba el sentimiento de culpa por no ser lo bastante atrevida como para dar el paso que, según lo aprendido desde siempre, me convertiría en una triunfadora. Ahora sé que lo de triunfar es relativo. Se triunfa para uno mismo, no para los demás. Lo que los demás vean será lo que quieran ver, más allá de la imagen que uno proyecte de su aventura.
El otro consejo de papá era "no hagas nunca nada de lo que después te vayas a arrepentir". Algo en lo que siempre pienso cuando tengo que tomar una decisión difícil, y podría decir que hasta poco después de mi venida a España no tuve secretos inconfesables. Creo que la primera vez que hice algo sabiendo que me arrepentiría después fué cuando decidí continuar con mi matrimonio a pesar de no estar enamorada. Una farsa lleva a otra farsa y así, cada vez que hablaba o escribía o visitaba a mis amigos de Uruguay todo eran anécdotas agradables, lo bien que nos iba juntos, la suerte que había tenido en España... La realidad era bien distinta y el sentimiento de estar mintiendo a quienes más quería terminó por espaciar cada vez más los emails y las llamadas. En mi última visita el año pasado, Fernando se dió cuenta de que algo no iba como yo contaba. Todavía no le he dicho que mi matrimonio se acabó. A lo mejor alguien se lo ha contado ya. Pero junto con esa, hay varias conversaciones pendientes para la próxima visita, y me pregunto si tendré el valor suficiente para enfrentarme a la gente que siempre confió en mí y decirles, sin tapujos, que éstos seis años les estuve mintiendo a la cara, que la vida en España no era un lecho de rosas y mi matrimonio menos aún. Sé que lo comprenderán, pero empiezo a sospechar que, aunque no termine volviendo a Uruguay, el fracaso se insinuará en más de una cabeza pensante... o quizás sólo en la mía. Lo mismo pensaba hace un par de meses cuando me decidí a llamar a Sergio de nuevo después de tantos años. Tal vez ese fué mi ensayo para lo que vendrá cuando vuelva a visitar Uruguay. Siempre veo el vaso medio vacío... lo más probable es que, después de tanto desasosiego, la mayoría terminen diciéndome lo mismo que me dijo Sergio aquella tarde: "Hiciste lo que te pareció correcto. Ya está." Ahí se vé quien te quiso y quien no.
Hoy voté por primera vez como ciudadana española. Me resulta raro lo de que no sea obligatorio ir a votar, como en Uruguay; el que mucha gente pase olímpicamente del asunto como si el gobierno no fuera para ellos; lo de elegir las papeletas a la vista de los que anden por ahí (en Uruguay el voto es secreto, se hace a solas en una habitación como un ritual sagrado), que los sobres no estén numerados y que en algunas mesas no sea el propio elector quien lo introduce en la urna sino el presidente de mesa. Pero me hizo ilusión votar , no porque un papel diga que soy española, sino por lo que despierta el poder elegir, opinar, identificarse con alguna idea (voté por un partido minoritario). Hace un par de años, cuando fueron las elecciones en Uruguay, no pude ir a votar. Los uruguayos no podemos votar fuera del país, ni por correo ni en los Consulados. Me acuerdo que Fernando pasaba de ir a votar, siempre decía que iba por no pagar la multa pero que votaría en blanco o nulo. Sin embargo, esa tarde en que más de medio Uruguay depositó su confianza en el Encuentro Progresista pareció que todo el país se volvía a emborrachar de esperanza. Fernando me llamó esa tarde, todavía no había empezado el escrutinio de votos pero ya se sabía por los sondeos que se había terminado, al menos por cinco años, el viejo lastre facha de los partidos que apoyaron el golpe de estado y la dictadura hace 30 años y que se dedicaron a saquear lo poco que quedaba, material y no tanto, en los quince años posteriores al régimen. Escuché el mensaje de Fer en mi contestador y lloré. Lloré recordando los primeros años de la década de los 80, cuando mamá nos mandaba al colegio sin olvidarse nunca de recordarnos que no mencionáramos nada de política allí (todavía había miedo de manifestar ideas); o unos años después, cuando papá me llevaba a los actos de la campaña electoral del 84/85... Nos sabíamos todas las cantinelas, las consignas, las canciones de protesta...
No sé si volveré a hablar alguna vez de "mi país". No es probable que regrese para quedarme tampoco. Como siempre digo, volver a Montevideo sería empezar a echar de menos España, además de ser una inmigrante en mi propia tierra... Si hasta me suena raro cuando, refiriéndose a Uruguay, alguien me pregunta por ese lugar con sentido de pertenencia. Irónicamente, y no en el sentido de los viejos consejos de papá, acabé por ser una "ciudadana del mundo", o más bien, una ciudadana de ninguna parte.
La semana pasada me llamó Teresa. Me dijo que en Francia, en los alrededores de París, puedo conseguir fácilmente trabajo como Informática si hablo el idioma. Desde que empezó mi proceso de divorcio le voy dando vueltas a la idea de cambiar de aires. Por ahora muchas cosas me retienen aquí; objetivos vigentes, mi casa, mis perras... pero algo me dice que necesito distancia para volver a ver las cosas en foco y no voy a lograrlo permaneciendo aquí, donde la realidad que hace poco dejé sigue patente, vital... París, Londres, Berlín, cualquier sitio estaría bien. Por un tiempo. Otro idioma, otra gente, sobrevivir otra vez a partir de cero, salir del ostracismo, de la comodidad... volver a sentir que la vida es algo más que levantarse, ir al curro, volver a casa, acostarse... echar de menos lo que dejaste atrás. A lo mejor a fuerza de desarraigo tras desarraigo la nostalgia desaparece, o se vuelve como una droga, que para sentir sus efectos cada vez se necesiten dosis mayores, hasta que al final no tenga efecto en absoluto. Huída geográfica, diría un psicólogo. Pero si funciona, ¿por qué no? De momento, la semilla germina. Ya veremos.
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