Socios y sabuesos
Hace ya un tiempo que mi vida ha alcanzado una posición entre cómoda y desasosegada.
Después del divorcio, Sergio y yo tuvimos una temporada de reajuste emocional dificultada por el hecho de que seguíamos compartiendo casa.
Convivir con Sergio se tornó tan torturante que al final, pese al dolor de la pérdida, el divorcio fué un alivio. Todos los días leo las estadísticas en los periódicos acerca de cómo en España las mujeres cargamos con el fardo del trabajo en casa mientras los hombres se rascan allá abajo y presumen de familia. Las estadísticas, en mi caso, no fallaron.
Tengo que reconocer que Sergio fué generosísimo conmigo en el proceso de divorcio. Decidimos dividir en dos la parcela y que yo permaneciera en la casa mientras él, en su mitad de terreno, construiría la suya. Hasta que ésta fuera habitable, continuaría aquí.
Pero pese al divorcio, Sergio no entendió nunca que las tareas de mantenimiento de la casa tenían que hacerse a medias, y así fué como un día estallé. Harta de limpiar hasta dejarme la espalda y sin explicarme todavía cómo un ser humano es capáz de acumular tanta suciedad en tan poco tiempo, un día le dije que si no pensaba hacerse cargo de la limpieza a partes iguales, tendríamos que buscar otra solución. Se mudó entonces a lo que tenía consturído de su casa, que consiste básicamente en un garaje a medio transformar en vivienda.
Vivir en un lugar modesto, incluso en una obra, no tiene por qué significar vivir rodeado de basuras y mal olor, pero Sergio no sabe de buenas costumbres y así eligió vivir antes que seguir aquí en su habitación y ayudarme un poco con la casa.
Cuando conseguí por fin tranquilizar mi conciencia acerca de las condiciones de vida de Sergio, por fin empezamos a llevarnos bien. Cada tanto sube a casa a charlar o mirar alguna película, a veces salimos a cenar e incluso me ayuda con mis problemas logísticos. A mi vez, yo me sigo encargando de llevar al día las cuentas, repartir los gastos equitativamente y hacerle la colada ya que él no tiene lavarropas propio.
Poco a poco mi vida se fué serenando. Empecé a tomar el gusto a que las cosas estén hechas por mí y para mí y a sacar partido al trabajo que me da la casa a fin de minimizarlo y así tener tiempo de disfrutar realmente de la propiedad que siempre soñé.
Mi jardín es una preciosidad que no me canso de admirar. Los rosales florecen espléndidos cada año, hasta he obtenido alguna hortaliza de mi propia cosecha. Cuido mis animales, me cuido yo y, en general, puedo afirmar que estoy contenta con la vida que llevo.
A veces surge la contradicción y echo de menos tener a alguien cerca que comparta todo ésto, pero me consuelo pensando en cuánto me asustaría volver a convivir con alguien, volver a descubrir que eso no es para mí, y al final vuelvo a contentarme con mi vida de soltera.
Sergio, en cambio, me comentaba hace pocos días, hablando sobre ésto, que se siente perdido, desilusionado con la vida en general y "quemado" de vivir para trabajar y dormir, sin tiempo de disfrutar de nada.
Siriana y Kalee viven con él, y las pobres pasan horas y horas solas en su casa, encerradas porque nunca tiene tiempo de acondicionar las vallas del cercado a fin de que no escapen o no corran el peligro de que alguien con mala leche quiera tirarles veneno por las rejas. Siriana está tan gorda que ya no juega como antes, y no es porque coma mucho, sino por falta de ejercicio.
Yo intento sacarlas, estar con ellas cada vez que puedo, pero al final acabo encerrándolas de nuevo porque se vuelven incontrolables, no paran de ladrar y lanzarse contra las vallas cada vez que algo se mueve fuera, destrozan todo lo que encuentran o se pelean entre ellas.
No hay nada que me duela tanto como ver sufrir a un animal. No pueden defenderse, no pidieron que les tengas. Lo menos que puede hacer alguien que decidió tener una mascota es tratarle como es debido.
Pero uno de los ejercicios de diciplina que más me cuesta y que intento practicar a conciencia es el de dejar de hacerme cargo de situaciones que no son mi responsabilidad. Toda mi vida he estado cargando con fardos ajenos. He llorado ríos preguntándome por qué me tocó a mí lidiar con el alcoholismo de mi madre, la debilidad de carácter de mi padre, su enfermedad y su casi ruina económica, el egoísmo de todas y cada una de las personas que fueron mi pareja y por último, de Sergio; la falta de tacto de todos, la falta de aprecio y reconocimiento hacia mí. Siempre dí. Nunca sentí que recibía. Cuando me casé con Sergio me juré a mí misma que era el último intento. Que si ésto fallaba, no volvería a poner mi vida, mi energía y mi esfuerzo al servicio de nadie más. Me aferro otra vez a esa canción de OBK que dice "que cada cual aguante su cruz".
Sergio hace tiempo que perdió de vista las prioridades. A fin de pagarse caprichos que no necesita, se ve ahora obligado a trabajar cada vez más horas para cubrir las cuentas. Tiene todo lo que quiere, y no tiene tiempo para disfrutarlo. Es lógico que se sienta como dice, harto, quemado, cansado, infelíz. Pero yo no voy a cargar con esa cruz. Ni siquiera por Siriana y Kalee. Las adoro. Son una luz en mi corazón, y si rezo para que no llegue el día en que realmente estén sufriendo lo insufrible, es porque entonces, otra vez, me consta que cedería y volvería a tomar sobre mis hombros el fardo ajeno.
Mientras tanto, intento no facilitarle a Sergio ninguna comodidad que exceda las propias de un intercambio de favores entre dos buenos amigos. Si me pide que cuide de las perras para ir de viaje o salir, lo hago con gusto. También él lo hace por mí. Pero hasta ahí llegamos.
Cuando me dijo cómo se sentía, me refrené de responderle que yo en cambio estoy contenta, satisfecha de mí misma y de la vida que llevo. Me va bien en mi trabajo, hago lo que me gusta y cuando termino, me voy a casa y disfruto de mi casa y mi entorno. Tengo amigos, amigas, gente a la que voy conociendo poco a poco, y a mi gente de Uruguay, que cuenta los días hasta volver a verme. No vivo agobiada por la falta de dinero; hay meses en los que incluso puedo ahorrar algo.
Me ha costado toda la vida y siete largos años de inmigrante el llegar a ésto, y sigo intentando mantener en mente día a día el esfuerzo realizado y disfrutar la recompensa.
Sin embargo, la perfección no existe... y ésta perra vida no se abstiene de recordártelo.
En mi adolescencia, mi habitación del piso en Montevideo estaba cubierta de suelo a techo con carteles, entradas a conciertos y discos de vinilo de todo tamaño y color. Uno de mis posters favoritos mostraba un chimpancé con una cara digna de la frase impresa abajo: "el día en que encontré todas las respuestas de la vida, me cambiaron todas las preguntas".
Y yo me pregunto ahora...
Después del divorcio, Sergio y yo tuvimos una temporada de reajuste emocional dificultada por el hecho de que seguíamos compartiendo casa.
Convivir con Sergio se tornó tan torturante que al final, pese al dolor de la pérdida, el divorcio fué un alivio. Todos los días leo las estadísticas en los periódicos acerca de cómo en España las mujeres cargamos con el fardo del trabajo en casa mientras los hombres se rascan allá abajo y presumen de familia. Las estadísticas, en mi caso, no fallaron.
Tengo que reconocer que Sergio fué generosísimo conmigo en el proceso de divorcio. Decidimos dividir en dos la parcela y que yo permaneciera en la casa mientras él, en su mitad de terreno, construiría la suya. Hasta que ésta fuera habitable, continuaría aquí.
Pero pese al divorcio, Sergio no entendió nunca que las tareas de mantenimiento de la casa tenían que hacerse a medias, y así fué como un día estallé. Harta de limpiar hasta dejarme la espalda y sin explicarme todavía cómo un ser humano es capáz de acumular tanta suciedad en tan poco tiempo, un día le dije que si no pensaba hacerse cargo de la limpieza a partes iguales, tendríamos que buscar otra solución. Se mudó entonces a lo que tenía consturído de su casa, que consiste básicamente en un garaje a medio transformar en vivienda.
Vivir en un lugar modesto, incluso en una obra, no tiene por qué significar vivir rodeado de basuras y mal olor, pero Sergio no sabe de buenas costumbres y así eligió vivir antes que seguir aquí en su habitación y ayudarme un poco con la casa.
Cuando conseguí por fin tranquilizar mi conciencia acerca de las condiciones de vida de Sergio, por fin empezamos a llevarnos bien. Cada tanto sube a casa a charlar o mirar alguna película, a veces salimos a cenar e incluso me ayuda con mis problemas logísticos. A mi vez, yo me sigo encargando de llevar al día las cuentas, repartir los gastos equitativamente y hacerle la colada ya que él no tiene lavarropas propio.
Poco a poco mi vida se fué serenando. Empecé a tomar el gusto a que las cosas estén hechas por mí y para mí y a sacar partido al trabajo que me da la casa a fin de minimizarlo y así tener tiempo de disfrutar realmente de la propiedad que siempre soñé.
Mi jardín es una preciosidad que no me canso de admirar. Los rosales florecen espléndidos cada año, hasta he obtenido alguna hortaliza de mi propia cosecha. Cuido mis animales, me cuido yo y, en general, puedo afirmar que estoy contenta con la vida que llevo.
A veces surge la contradicción y echo de menos tener a alguien cerca que comparta todo ésto, pero me consuelo pensando en cuánto me asustaría volver a convivir con alguien, volver a descubrir que eso no es para mí, y al final vuelvo a contentarme con mi vida de soltera.
Sergio, en cambio, me comentaba hace pocos días, hablando sobre ésto, que se siente perdido, desilusionado con la vida en general y "quemado" de vivir para trabajar y dormir, sin tiempo de disfrutar de nada.
Siriana y Kalee viven con él, y las pobres pasan horas y horas solas en su casa, encerradas porque nunca tiene tiempo de acondicionar las vallas del cercado a fin de que no escapen o no corran el peligro de que alguien con mala leche quiera tirarles veneno por las rejas. Siriana está tan gorda que ya no juega como antes, y no es porque coma mucho, sino por falta de ejercicio.
Yo intento sacarlas, estar con ellas cada vez que puedo, pero al final acabo encerrándolas de nuevo porque se vuelven incontrolables, no paran de ladrar y lanzarse contra las vallas cada vez que algo se mueve fuera, destrozan todo lo que encuentran o se pelean entre ellas.
No hay nada que me duela tanto como ver sufrir a un animal. No pueden defenderse, no pidieron que les tengas. Lo menos que puede hacer alguien que decidió tener una mascota es tratarle como es debido.
Pero uno de los ejercicios de diciplina que más me cuesta y que intento practicar a conciencia es el de dejar de hacerme cargo de situaciones que no son mi responsabilidad. Toda mi vida he estado cargando con fardos ajenos. He llorado ríos preguntándome por qué me tocó a mí lidiar con el alcoholismo de mi madre, la debilidad de carácter de mi padre, su enfermedad y su casi ruina económica, el egoísmo de todas y cada una de las personas que fueron mi pareja y por último, de Sergio; la falta de tacto de todos, la falta de aprecio y reconocimiento hacia mí. Siempre dí. Nunca sentí que recibía. Cuando me casé con Sergio me juré a mí misma que era el último intento. Que si ésto fallaba, no volvería a poner mi vida, mi energía y mi esfuerzo al servicio de nadie más. Me aferro otra vez a esa canción de OBK que dice "que cada cual aguante su cruz".
Sergio hace tiempo que perdió de vista las prioridades. A fin de pagarse caprichos que no necesita, se ve ahora obligado a trabajar cada vez más horas para cubrir las cuentas. Tiene todo lo que quiere, y no tiene tiempo para disfrutarlo. Es lógico que se sienta como dice, harto, quemado, cansado, infelíz. Pero yo no voy a cargar con esa cruz. Ni siquiera por Siriana y Kalee. Las adoro. Son una luz en mi corazón, y si rezo para que no llegue el día en que realmente estén sufriendo lo insufrible, es porque entonces, otra vez, me consta que cedería y volvería a tomar sobre mis hombros el fardo ajeno.
Mientras tanto, intento no facilitarle a Sergio ninguna comodidad que exceda las propias de un intercambio de favores entre dos buenos amigos. Si me pide que cuide de las perras para ir de viaje o salir, lo hago con gusto. También él lo hace por mí. Pero hasta ahí llegamos.
Cuando me dijo cómo se sentía, me refrené de responderle que yo en cambio estoy contenta, satisfecha de mí misma y de la vida que llevo. Me va bien en mi trabajo, hago lo que me gusta y cuando termino, me voy a casa y disfruto de mi casa y mi entorno. Tengo amigos, amigas, gente a la que voy conociendo poco a poco, y a mi gente de Uruguay, que cuenta los días hasta volver a verme. No vivo agobiada por la falta de dinero; hay meses en los que incluso puedo ahorrar algo.
Me ha costado toda la vida y siete largos años de inmigrante el llegar a ésto, y sigo intentando mantener en mente día a día el esfuerzo realizado y disfrutar la recompensa.
Sin embargo, la perfección no existe... y ésta perra vida no se abstiene de recordártelo.
En mi adolescencia, mi habitación del piso en Montevideo estaba cubierta de suelo a techo con carteles, entradas a conciertos y discos de vinilo de todo tamaño y color. Uno de mis posters favoritos mostraba un chimpancé con una cara digna de la frase impresa abajo: "el día en que encontré todas las respuestas de la vida, me cambiaron todas las preguntas".
Y yo me pregunto ahora...
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... ¿Que tienen en común los virus informáticos, el del SIDA, la burocracia inclemente y aprobar el exámen de aptitud para el permiso de conducir al noveno intento? Que, respecto a todos ellos, la mayoría hemos pensado alguna vez "ESO, a MI, no me va a pasar".
Amo mi trabajo, me llevo genial con mis compañeros, aprendo cosas nuevas todos los días y trabajo con la libertad de dar rienda suelta a la curiosidad por aprender. Llevo bastante bien a mi jefe, pese a que tiene un carácter bastante difícil y actitud marcial. Llevaba pocos meses en la empresa cuando me ascendieron a un puesto de encargada que no me tomo demasiado en serio, pero que disfruto por lo cómodo y porque me reporta un poco más de dinero al mes.
He hecho nuevos amigos. Vecinas amantes de los animales y los porros, gente con inquietudes comunes, compañeros de trabajo que gustan de salir a la montaña o compartir ratos juntos.
En octubre conocí al que meses después llamaría "mi nuevo mejor amigo". Mis compañeros, Iván y Miguel, llevaban días planeando una acampada en el Pirineo de Huesca para realizar un ascenso a pié hasta Collado de Bujaruelo, y me invitaron a participar. Así pasé un fin de semana de ensueño y ejercicio en compañía de ellos y sus novias. No me importó ser la única desparejada del grupo; me hice amiga de todos y todas y tan contenta.
Lamentablemente, mi escoliosis se manifestó luego de la caminata de siete horas montaña arriba y luego abajo, y no habría podido pasar la segunda noche de la aventura en la tienda de campaña a -10 grados ni tomando un cubo de relajantes musculares. Así que me acomodé para pasar la noche en el coche de Iván y desperté a la mañana siguiente como nueva.
Por entonces ya rondaba mi cabeza el gusanillo de la inquietud: había aprobado en mayo el exámen teórico del permiso de conducir y desde entonces daba clases prácticas dos veces a la semana en Madrid. La inquietud nacía en el hecho de pensar que aquello ya se estaba dilatando demasiado y en las molestias que me estaba suponiendo. Bajar a Madrid para dar clase me obligaba a pasar la noche en casa de Laura por la falta de transporte hasta mi pueblo a esas horas. Pasar la noche en casa de Laura significaba molestarle a ella y a Pepe, que por mucha buena voluntad que le echaran al asunto, también tenían sus propias vidas que vivir. Sé que Laura y Pepe comprendían mejor que nadie mi situación: Laura llevaba todavía la chapa con la "L" de conductor novel luego de haber aprobado el exámen, meses atrás... al octavo intento.
En aquel viaje al Norte con Iván y Ruth envidié, de nuevo y sanamente, la libertad de la que disfrutan quienes pueden ir de camping a la montaña sin tener que controlar el peso que llevan en la mochila por saber que luego tendrán que cargarla a espaldas; la comodidad de poder desplazarse a donde sea sin esperar trenes; el gusto que me habría dado poder llevarme a Jessie o a Siri conmigo a esa excursión, lo bien que se lo habrían pasado mis peludillas en la montaña.
"Ya llegará" -pensaba.
Sin embargo, pequé de ilusa. La autoescuela en Madrid era mucho más económica que en la Sierra, donde gracias a un pacto encubierto entre la mayoría de ellas, no se encuentra ninguna que cobre menos que las demás. Coinciden hasta en los céntimos. Y claro, cobran el doble casi que en Madrid, donde hay más competencia y por tanto no hacen éstos chanchullos. En cambio, hacen otros, y no sé qué es peor.
Llevaba casi 40 clases soportando atascos en plena hora punta o dando vueltas por la zona de El Pardo, donde con suerte te topas con una liebre y casi nunca con tráfico, cuando junté valor y decidí ir a exámen. Segundo craso error. El primero fué pensar que por irme a Madrid, donde cobraban poco, acabaría gastando menos. El negocio de éstas autoescuelas "baratas" no es pactar los precios con otras, sino que suspendas... y suspendas... y suspendas... y suma y sigue.
Decidí cambiar de autoescuela bajo el (nuevamente iluso) razonamiento de que "lo grueso ya lo tengo aprendido y ahora tengo que perfeccionarlo. No será para tanto". Encontré por recomendación de un vecino una academia que no está metida en el pacto de precios y todavía los mantiene algo razonables y allí fuí. Noté el cambio enseguida. Por fin empecé a aprender a conducir. Pero a esas alturas mi autoestima, ya de por sí frágil, estaba por los suelos.
Cuando ya faltaba poco para cumplirse un año desde que empecé con la negra idea de obtener el permiso de conducir, había suspendido dos veces el exámen práctico y estaba mitad harta, mitad desesperada.
33 años sin haber tocado los mandos de un coche ni por curiosidad y de pronto, de un día para el otro, poder conducir se convirtió en una necesidad condicionante en mi vida.
Empecé la aventura con una suma modesta pero nada despreciable depositada en el banco, pero para cuando suspendí por tercera vez, todo ese dinero se había esfumado ya.
En un alarde de optimismo que creo que jamás tuve en la vida, decidí comprar un coche para, aunque fuera por los caminos de vacas de éste pueblo, practicar un poco y soltarme en la conducción. Pedí un préstamo al banco algo superior a lo que pensaba invertir en el coche, reservando el resto para intentar un tercer exámen. Por supuesto, volví a suspender.
Eso sí, ahora tengo a "mi nuevo mejor amigo", la vieja y querida ranchera de Iván y Ruth donde pasé aquella noche memorable en el Pirineo de Huesca, descansando tranquilamente bajo el pinar de El Pimpollar... llevándose mi otrora delicioso dinero sobrante de fin de mes en forma de impuestos, seguro y combustible. Diésel. Que, cómo no, tuvo que subir de precio más que la gasolina ¡¡cuando yo decidí comprar un coche diésel!! Porque así soy yo: intento hacer todo lo mejor posible. Mi coche tiene su seguro al día, sus revisiones al día, su preciosa pegatina cuyo número creí que me traería suerte (cuarto error, ¿o iban cinco?), en fin. todo correctísimo. Todo salvo que yo no tengo permiso de conducir. Detallito...
Ahora ya no estoy medio desesperada. Estoy desesperada del todo y con los nervios a punto de estallar.
Esta situación se ha vuelto la peor pesadilla de mi vida. Ni siquiera la incertidumbre de la inmigración ilegal se compara con ésto. Saber que te están robando, sangrando viva, y no poder hacer nada para salir del asunto bien parada me quita el sueño y la alegría. Pienso en las cosas que la vida me ha puesto por delante (y me sigue poniendo) y que siempre he salido adelante, siempre conseguí ganar la partida y luego lo comparo con ésta sensación de impotencia absoluta y me echo a llorar sin contención alguna.
El sistema es tan diabólico que, si una vez llegados al punto en el que estoy ahora decides dejarlo, pierdes todo el dinero que ya pagaste y cuando quieras empezar de nuevo lo haces desde cero. Si, en cambio, decides seguir, tendrás que seguir pagando sumas astronómicas sin saber a ciencia cierta hasta cuando durará el martirio. Si por lo menos se tratara de algo accesible, se podría seguir haciendo el esfuerzo, pero estamos hablando de que me toca pagar casi un sueldo entero para poder presentarme por quinta vez al exámen, entre clases obligatorias y tasas a la DGT. Y mientras tanto, aquí sigo, enterrada en un pueblo que solo tiene 8 trenes diarios entre semana y el fin de semana, 3, dependiendo de Sergio para las cosas más básicas o de algún vecino bien intencionado si llego a perder el tren que me lleva al trabajo, sin poder atender emergencias... en síntesis, sin autonomía.
Al final la razón se impuso y decidí dejar aparcado el nubarrón de la autoescuela hasta que mi cabeza se despejara un poco. Volví a concentrarme en el trabajo y a disfrutar de mi ranchera en el camino de casa a la estación del tren y viceversa. Y mientras tanto, que ya es hora, de planear mi próximo viaje a Uruguay; que ya está bien de dejarme hasta el último duro en ésta desesperante misión y conocer a mi sobrinita, que ya va para diez meses y yo acá siguiendo su desarrollo en fotos recibidas por email.
Amo mi trabajo, me llevo genial con mis compañeros, aprendo cosas nuevas todos los días y trabajo con la libertad de dar rienda suelta a la curiosidad por aprender. Llevo bastante bien a mi jefe, pese a que tiene un carácter bastante difícil y actitud marcial. Llevaba pocos meses en la empresa cuando me ascendieron a un puesto de encargada que no me tomo demasiado en serio, pero que disfruto por lo cómodo y porque me reporta un poco más de dinero al mes.
He hecho nuevos amigos. Vecinas amantes de los animales y los porros, gente con inquietudes comunes, compañeros de trabajo que gustan de salir a la montaña o compartir ratos juntos.
En octubre conocí al que meses después llamaría "mi nuevo mejor amigo". Mis compañeros, Iván y Miguel, llevaban días planeando una acampada en el Pirineo de Huesca para realizar un ascenso a pié hasta Collado de Bujaruelo, y me invitaron a participar. Así pasé un fin de semana de ensueño y ejercicio en compañía de ellos y sus novias. No me importó ser la única desparejada del grupo; me hice amiga de todos y todas y tan contenta.
Lamentablemente, mi escoliosis se manifestó luego de la caminata de siete horas montaña arriba y luego abajo, y no habría podido pasar la segunda noche de la aventura en la tienda de campaña a -10 grados ni tomando un cubo de relajantes musculares. Así que me acomodé para pasar la noche en el coche de Iván y desperté a la mañana siguiente como nueva.
Por entonces ya rondaba mi cabeza el gusanillo de la inquietud: había aprobado en mayo el exámen teórico del permiso de conducir y desde entonces daba clases prácticas dos veces a la semana en Madrid. La inquietud nacía en el hecho de pensar que aquello ya se estaba dilatando demasiado y en las molestias que me estaba suponiendo. Bajar a Madrid para dar clase me obligaba a pasar la noche en casa de Laura por la falta de transporte hasta mi pueblo a esas horas. Pasar la noche en casa de Laura significaba molestarle a ella y a Pepe, que por mucha buena voluntad que le echaran al asunto, también tenían sus propias vidas que vivir. Sé que Laura y Pepe comprendían mejor que nadie mi situación: Laura llevaba todavía la chapa con la "L" de conductor novel luego de haber aprobado el exámen, meses atrás... al octavo intento.
En aquel viaje al Norte con Iván y Ruth envidié, de nuevo y sanamente, la libertad de la que disfrutan quienes pueden ir de camping a la montaña sin tener que controlar el peso que llevan en la mochila por saber que luego tendrán que cargarla a espaldas; la comodidad de poder desplazarse a donde sea sin esperar trenes; el gusto que me habría dado poder llevarme a Jessie o a Siri conmigo a esa excursión, lo bien que se lo habrían pasado mis peludillas en la montaña.
"Ya llegará" -pensaba.
Sin embargo, pequé de ilusa. La autoescuela en Madrid era mucho más económica que en la Sierra, donde gracias a un pacto encubierto entre la mayoría de ellas, no se encuentra ninguna que cobre menos que las demás. Coinciden hasta en los céntimos. Y claro, cobran el doble casi que en Madrid, donde hay más competencia y por tanto no hacen éstos chanchullos. En cambio, hacen otros, y no sé qué es peor.
Llevaba casi 40 clases soportando atascos en plena hora punta o dando vueltas por la zona de El Pardo, donde con suerte te topas con una liebre y casi nunca con tráfico, cuando junté valor y decidí ir a exámen. Segundo craso error. El primero fué pensar que por irme a Madrid, donde cobraban poco, acabaría gastando menos. El negocio de éstas autoescuelas "baratas" no es pactar los precios con otras, sino que suspendas... y suspendas... y suspendas... y suma y sigue.
Decidí cambiar de autoescuela bajo el (nuevamente iluso) razonamiento de que "lo grueso ya lo tengo aprendido y ahora tengo que perfeccionarlo. No será para tanto". Encontré por recomendación de un vecino una academia que no está metida en el pacto de precios y todavía los mantiene algo razonables y allí fuí. Noté el cambio enseguida. Por fin empecé a aprender a conducir. Pero a esas alturas mi autoestima, ya de por sí frágil, estaba por los suelos.
Cuando ya faltaba poco para cumplirse un año desde que empecé con la negra idea de obtener el permiso de conducir, había suspendido dos veces el exámen práctico y estaba mitad harta, mitad desesperada.
33 años sin haber tocado los mandos de un coche ni por curiosidad y de pronto, de un día para el otro, poder conducir se convirtió en una necesidad condicionante en mi vida.
Empecé la aventura con una suma modesta pero nada despreciable depositada en el banco, pero para cuando suspendí por tercera vez, todo ese dinero se había esfumado ya.
En un alarde de optimismo que creo que jamás tuve en la vida, decidí comprar un coche para, aunque fuera por los caminos de vacas de éste pueblo, practicar un poco y soltarme en la conducción. Pedí un préstamo al banco algo superior a lo que pensaba invertir en el coche, reservando el resto para intentar un tercer exámen. Por supuesto, volví a suspender.
Eso sí, ahora tengo a "mi nuevo mejor amigo", la vieja y querida ranchera de Iván y Ruth donde pasé aquella noche memorable en el Pirineo de Huesca, descansando tranquilamente bajo el pinar de El Pimpollar... llevándose mi otrora delicioso dinero sobrante de fin de mes en forma de impuestos, seguro y combustible. Diésel. Que, cómo no, tuvo que subir de precio más que la gasolina ¡¡cuando yo decidí comprar un coche diésel!! Porque así soy yo: intento hacer todo lo mejor posible. Mi coche tiene su seguro al día, sus revisiones al día, su preciosa pegatina cuyo número creí que me traería suerte (cuarto error, ¿o iban cinco?), en fin. todo correctísimo. Todo salvo que yo no tengo permiso de conducir. Detallito...
Ahora ya no estoy medio desesperada. Estoy desesperada del todo y con los nervios a punto de estallar.
Esta situación se ha vuelto la peor pesadilla de mi vida. Ni siquiera la incertidumbre de la inmigración ilegal se compara con ésto. Saber que te están robando, sangrando viva, y no poder hacer nada para salir del asunto bien parada me quita el sueño y la alegría. Pienso en las cosas que la vida me ha puesto por delante (y me sigue poniendo) y que siempre he salido adelante, siempre conseguí ganar la partida y luego lo comparo con ésta sensación de impotencia absoluta y me echo a llorar sin contención alguna.
El sistema es tan diabólico que, si una vez llegados al punto en el que estoy ahora decides dejarlo, pierdes todo el dinero que ya pagaste y cuando quieras empezar de nuevo lo haces desde cero. Si, en cambio, decides seguir, tendrás que seguir pagando sumas astronómicas sin saber a ciencia cierta hasta cuando durará el martirio. Si por lo menos se tratara de algo accesible, se podría seguir haciendo el esfuerzo, pero estamos hablando de que me toca pagar casi un sueldo entero para poder presentarme por quinta vez al exámen, entre clases obligatorias y tasas a la DGT. Y mientras tanto, aquí sigo, enterrada en un pueblo que solo tiene 8 trenes diarios entre semana y el fin de semana, 3, dependiendo de Sergio para las cosas más básicas o de algún vecino bien intencionado si llego a perder el tren que me lleva al trabajo, sin poder atender emergencias... en síntesis, sin autonomía.
Al final la razón se impuso y decidí dejar aparcado el nubarrón de la autoescuela hasta que mi cabeza se despejara un poco. Volví a concentrarme en el trabajo y a disfrutar de mi ranchera en el camino de casa a la estación del tren y viceversa. Y mientras tanto, que ya es hora, de planear mi próximo viaje a Uruguay; que ya está bien de dejarme hasta el último duro en ésta desesperante misión y conocer a mi sobrinita, que ya va para diez meses y yo acá siguiendo su desarrollo en fotos recibidas por email.