Antonio
El coche que iba delante frenó de golpe antes de entrar en la glorieta, y Sergio, fiel a su costumbre, empezó a proferir insultos. Según Sergio, cualquiera que conduzca dentro de los límites de velocidad o por el carril correcto lo hace expresamente para molestarle a él. Pero ésta vez, la razón del frenazo brusco surgió segundos después de delante del coche insultado: un precioso golden retreiver mojado, embarrado y con la cara cubierta de sangre nos miró miserablemente, asustado y jadeante. Sergio interrumpió los improperios, conectó las luces de emergencia y salió del coche llamando al perro. Le seguí enseguida. El animal, por suerte, no se veía malherido. Se nos acercó sin mucho insistir y se metió en el maletero del coche después de dudar solo dos segundos. El resto del trayecto hasta el Aeropuerto de Barajas lo hicimos planificando la estrategia a seguir, que consistía básicamente en que Sergio se llevara al perro al veterinario de urgencias en cuanto me dejara a mí frente al mostrador de pre-embarque de Pluna.
Me despedí de Sergio con una mezcla incómoda de añoranza prematura e inquietud por el animal atropellado que, tranquilo ya, esperaba en el coche para volver a la sierra.
Dos horas después mientras esperaba en la fila para subir al avión, llamé a Sergio para saber si al volver tendría que adoptar un segundo perro y me enteré de que no sería necesario: el veterinario leyó el chip de identificación y así supimos que el perro se llamaba Antonio y que su dueña llevaba todo el día buscándole. El golpe no era grave y aunque la naríz le sangraría aún unas horas más, un par de días de descanso y antibióticos le dejarían como nuevo.
Luego de enterarme de que en casa seguirían reinando Siriana, Kalee y Jessie sin compañía masculina de su especie, llamé a papá para cumplir con el ritual de decir "hasta mañana", porque sé que la anticipación de mis visitas esporádicas le hace ilusión; quizá tanta como la visita misma.
Luego subí al avión, me dormí pensando que éste viaje sería bastante distinto a los anteriores, (y dudando todavía si para bien o para mal) y me desperté al día siguiente dos horas antes de desembarcar en Montevideo.
Así empezó mi cuarta visita a Uruguay desde que vivo en España.
Me despedí de Sergio con una mezcla incómoda de añoranza prematura e inquietud por el animal atropellado que, tranquilo ya, esperaba en el coche para volver a la sierra.
Dos horas después mientras esperaba en la fila para subir al avión, llamé a Sergio para saber si al volver tendría que adoptar un segundo perro y me enteré de que no sería necesario: el veterinario leyó el chip de identificación y así supimos que el perro se llamaba Antonio y que su dueña llevaba todo el día buscándole. El golpe no era grave y aunque la naríz le sangraría aún unas horas más, un par de días de descanso y antibióticos le dejarían como nuevo.
Luego de enterarme de que en casa seguirían reinando Siriana, Kalee y Jessie sin compañía masculina de su especie, llamé a papá para cumplir con el ritual de decir "hasta mañana", porque sé que la anticipación de mis visitas esporádicas le hace ilusión; quizá tanta como la visita misma.
Luego subí al avión, me dormí pensando que éste viaje sería bastante distinto a los anteriores, (y dudando todavía si para bien o para mal) y me desperté al día siguiente dos horas antes de desembarcar en Montevideo.
Así empezó mi cuarta visita a Uruguay desde que vivo en España.
Ciudad de Locos Corazones
MASS MEDIA
De los medios de comunicacion
en este mundo tan codificado
con internet y otras navegaciones
yo sigo prefiriendo
el viejo beso artesanal
que desde siempre comunica tanto
Mario Benedetti
I
Llegar a Montevideo en una visita siempre me despierta la misma sensación: urgencia. Quiero retomar al mismo tiempo todos mis viejos rituales abandonados y reencontrar cada cara conocida, querida y extrañada.
La primera de éstas caras siempre es la de papá, claro, cuando salgo del área de desembarque del aeropuerto de Carrasco. Religiosamente me espera en la terminal y se echa a llorar cuando me abraza. Con cada visita tengo más tendencia a acompañarle en el llanto, pero enseguida se nos pasa.
Emprendemos entonces el primer ritual: viajar hasta el Centro con las maletas a cuestas en un autobús vetusto, ruidoso y atestado de gente.
En ese recorrido empiezo a ver de nuevo Montevideo; empiezo a preparar mentalmente la respuesta a lo que todos me preguntarán: "¿y? ¿cómo encontrás el país?".
Voy haciendo inventario de negocios que sobreviven a la crisis persistente...
-¡¡Todavía existe ese bazar!!
...de los que pasaron a la historia...
-¿¿Ahí no era El Palacio de la Música??
-Claro, pero se fundió.
...y de los que mutaron...
-¡¡¡No me digas que ese cine también es ahora una iglesia trucha!!!
En el trayecto, prolongado y cansino, voy observando y memorizando diferencias con lo que ví en la última visita e interrogando a papá acerca de cada cosa.
Todavía no me aclaro mucho respecto a lo que siento sobre éste viaje.
Llevaba meses deseando venir, conocer a Julieta y ver como estaba todo por aquí, pero algo que no puedo definir está velando el entusiasmo que me acompañó en las visitas anteriores.
Hace tiempo que dejé de leer compulsivamente los periódicos uruguayos por Internet, de intentar sintonizar alguna emisora que transmita por la red desde aquí y en general, de mantenerme al día de la realidad uruguaya.
En vez de eso, gracias a la maravilla de los sistemas de voIP, llamo casi todas las semanas a papá, le tiro de la lengua y escucho: si papá está en uno de sus días buenos, me cuenta las genialidades del gobierno para con los más desfavorecidos y la dinámica con la que se está recuperando el país "ahora que gobierna la izquierda".
Si es uno de sus días malos, me detalla cada uno de sus nuevos dolores y malestares y luego me suelta un catálogo de las quejas que sucita el hecho de que todas las jubilaciones suban menos la suya porque "ahora la cosa marcha, pero todo se va haciendo de a poco".
Ya sea que papá haya tenido un día de los buenos o uno de los otros, a lo que me cuenta le quito el iva, como se dice por acá, y de paso le aplico otro descuento de un 30% más o menos para así tener una idea aproximada de la realidad. En cuanto a los asuntos personales, contrasto versiones con Florencia, con la que también hablo una vez a la semana, amen de largas sesiones de messenger.
Por ésto, el viaje del aeropuerto al centro de ésta vez no dió para
mucho interrogatorio, porque poco había por preguntar.
La verdad es que temía un poco la llegada ésta vez. Me costó tanto como me dolió el prepararme para llegar a Montevideo y no al barrio Sur, donde vivía papá hasta hace dos años. Mi vieja habitación de soltera con vistas a la Rambla Sur y al faro de Punta Carretas ya no estaría allí esperándome con sus paredes lilas, los metros y metros de film de 35 mm colgando de los muebles y aquel olor a hogar. El piso fué vendido de mala manera cuando papá se enfermó y él vive ahora en lo que antes fué su peluquería, convenientemente reconvertido en vivienda.
Tampoco estarían a tiro de piedra los puntos de encuentro con mis amigos de toda la vida: la madre de Cecilia también vendió el piso de la Rambla y ya no vive en el barrio Sur; Roberto no aparecería inesperadamente a la vuelta de la esquina para verme bajar con
mi bicicleta oxidada y con Jessie para dar una vuelta por la Rambla como la segunda vez que vine; y ya no encontraría a Ramiro tras el escritorio de recepción de La Linterna Mágica, porque la crisis caló hondo también en Cinemateca y cerró la vieja sala del barrio. Ahora que lo pienso, quizás por ésto me siento así. Ya van para siete años desde que me fuí de Uruguay, y aquí la vida sigue, cambiante, como sigue allá en España para mí.
Mientras pudiera venir y encontrar todo como lo había dejado, el olvido no sería de obligado cumplimiento; ni el cambio irreversible, el compromiso de la emigración irrevocable. Esta vez todo parece haberse esfumado. Mi realidad actual de inmigrante extranjera está consolidada en el corazón de la gente que me conoce, en el mío y en todo lo cotidiano.
No obstante, algunas cosas (benditas sean) permanecen.
Papá vive en un local chico, ubicado sobre una calle espantosamente ruidosa donde yo no podría llegar a pegar ojo en toda la noche.
En su casa actual ya no se notan vestigios de la antigua peluquería donde trabajó tantos años. Sólo un par de espejos empañados con pegatinas de productos de estética. La transformación ha dado lugar a un piso espacioso para una persona; mi temor a que papá viviera incómodo aflojó bastante.
No obstante, convivir con papá, aunque solo sea durante unos días, puede llegar a ser altamente estresante para mi actual estado de ánimo. Conque antes de viajar había arreglado utilizar como dormitorio mi viejo y querido Instituto de Radiodifusión. Andrés me recogió con mis bártulos y me ayudó a instalarme nada más llegar al Centro.
Y aquí estoy ahora, a las 23:15, escribiendo mi blog en el
mismo lugar que albergó los momentos más felices y también los más duros de toda mi vida.
II
Nada más instalarme volví con papá a su casa y empecé a llamar a gente.
Andy por fin consiguió trabajo (empresa más que loable en éste país de vacas flacas) y cuenta con el privilegio de ganarse el pan haciendo lo que más le gusta: reina bajo el nombre de DJ Andy Sparks en Alexander, una disco de ambiente gay que abrió hace seis meses en los bajos del Palacio Salvo. Hablamos tres minutos; lo suficiente para que me apuntara en su lista de invitados para anoche y luego me fuí a la feria del barrio con papá.
Me reencontré con los viejos sabores de la infancia. Los dulces caseros, los higos en almíbar, los quesos picantes de acá, la fruta madurada en el árbol, las tortas fritas...
Y con los ruidos, los antiquísimos camiones que usan los feriantes para transportar la mercadería, el barullo insufrible de 18 de Julio atiborrado de autobuses y motos con el escape libre.
Después me arreglé y me fuí de fiesta por primera vez en 2 años.
Mis loc@s amig@s, como se llaman a sí mism@s, han evolucionado lo indecible en materia de maquillaje, vestuario y malas costumbres. En menos de cinco minutos me hallé rodeada de un heterogéneo grupo de personajes divertidos y llenos de energía y curiosidad por saber de mi vida en España.
En intachable respeto a la normativa anti-tabaco que rige en Uruguay, mil veces más sencilla y efectiva que la española, salimos todos afuera para que, quienes lo desearan, pudieran fumar tabaco. El resto nos pasamos un par de porros y un par de tragos y adentro de nuevo todo el mundo.
En éste tipo de discos no falta nunca el cuarto oscuro. Como su nombre lo indica, se trata de un hueco sin iluminación donde cada cual entra a su propio riesgo y sale como puede... o quiere. Para una chica, entrar ahí sola es de alto riesgo, así que pasé del asunto.
Mientras Nestor y compañía se dirigían allí alegremente, empecé a dar vueltas por la pista donde pinchaba Andy, estudiando a la multitud con ojos alucinados.
Me sentía flotando, contenta, confiada, a gusto, la música era perfecta y el ambiente multicolor.
Apareció de la nada. Era alto, de ojos oscuros y pelo por los hombros. Me dijo un piropo acerca del pendiente que llevo en la naríz. Intercambiamos frases. Después nos besamos, y por esos segundos la nube en la que flotaba me pareció más densa, elevándose sobre los flashes de luz y los hilos verdes que trazaba el laser por toda la sala. Largo, profundo, suave... perfecto. Olía a colonia fresca... Sonreímos y cada cual siguió su propia fiesta.
Nestor y los demás aparecieron justo cuando empezaba a bajar a tierra. A las cinco y media, ya con sueño y pocas ganas de bailar, volví a cruzarme con mi perfecto desconocido.
¿Llegó a decirme su nombre? Creo que sí. Creo que hasta le dije el mío.
Nada de mails, ni teléfonos ni direcciones. Sólo el primer recuerdo bonito de éste viaje.
Llegué al Instituto un rato después, y mientras el sol empezaba a entrar por las claraboyas de mi viejo nido, me dormí sintiendo cómo la incertidumbre que rodeaba a ésta visita se esfumaba de a poco, como la gloria del THC.
De los medios de comunicacion
en este mundo tan codificado
con internet y otras navegaciones
yo sigo prefiriendo
el viejo beso artesanal
que desde siempre comunica tanto
Mario Benedetti
I
Llegar a Montevideo en una visita siempre me despierta la misma sensación: urgencia. Quiero retomar al mismo tiempo todos mis viejos rituales abandonados y reencontrar cada cara conocida, querida y extrañada.
La primera de éstas caras siempre es la de papá, claro, cuando salgo del área de desembarque del aeropuerto de Carrasco. Religiosamente me espera en la terminal y se echa a llorar cuando me abraza. Con cada visita tengo más tendencia a acompañarle en el llanto, pero enseguida se nos pasa.
Emprendemos entonces el primer ritual: viajar hasta el Centro con las maletas a cuestas en un autobús vetusto, ruidoso y atestado de gente.
En ese recorrido empiezo a ver de nuevo Montevideo; empiezo a preparar mentalmente la respuesta a lo que todos me preguntarán: "¿y? ¿cómo encontrás el país?".
Voy haciendo inventario de negocios que sobreviven a la crisis persistente...
-¡¡Todavía existe ese bazar!!
...de los que pasaron a la historia...
-¿¿Ahí no era El Palacio de la Música??
-Claro, pero se fundió.
...y de los que mutaron...
-¡¡¡No me digas que ese cine también es ahora una iglesia trucha!!!
En el trayecto, prolongado y cansino, voy observando y memorizando diferencias con lo que ví en la última visita e interrogando a papá acerca de cada cosa.
Todavía no me aclaro mucho respecto a lo que siento sobre éste viaje.
Llevaba meses deseando venir, conocer a Julieta y ver como estaba todo por aquí, pero algo que no puedo definir está velando el entusiasmo que me acompañó en las visitas anteriores.
Hace tiempo que dejé de leer compulsivamente los periódicos uruguayos por Internet, de intentar sintonizar alguna emisora que transmita por la red desde aquí y en general, de mantenerme al día de la realidad uruguaya.
En vez de eso, gracias a la maravilla de los sistemas de voIP, llamo casi todas las semanas a papá, le tiro de la lengua y escucho: si papá está en uno de sus días buenos, me cuenta las genialidades del gobierno para con los más desfavorecidos y la dinámica con la que se está recuperando el país "ahora que gobierna la izquierda".
Si es uno de sus días malos, me detalla cada uno de sus nuevos dolores y malestares y luego me suelta un catálogo de las quejas que sucita el hecho de que todas las jubilaciones suban menos la suya porque "ahora la cosa marcha, pero todo se va haciendo de a poco".
Ya sea que papá haya tenido un día de los buenos o uno de los otros, a lo que me cuenta le quito el iva, como se dice por acá, y de paso le aplico otro descuento de un 30% más o menos para así tener una idea aproximada de la realidad. En cuanto a los asuntos personales, contrasto versiones con Florencia, con la que también hablo una vez a la semana, amen de largas sesiones de messenger.
Por ésto, el viaje del aeropuerto al centro de ésta vez no dió para
mucho interrogatorio, porque poco había por preguntar.
La verdad es que temía un poco la llegada ésta vez. Me costó tanto como me dolió el prepararme para llegar a Montevideo y no al barrio Sur, donde vivía papá hasta hace dos años. Mi vieja habitación de soltera con vistas a la Rambla Sur y al faro de Punta Carretas ya no estaría allí esperándome con sus paredes lilas, los metros y metros de film de 35 mm colgando de los muebles y aquel olor a hogar. El piso fué vendido de mala manera cuando papá se enfermó y él vive ahora en lo que antes fué su peluquería, convenientemente reconvertido en vivienda.
Tampoco estarían a tiro de piedra los puntos de encuentro con mis amigos de toda la vida: la madre de Cecilia también vendió el piso de la Rambla y ya no vive en el barrio Sur; Roberto no aparecería inesperadamente a la vuelta de la esquina para verme bajar con
mi bicicleta oxidada y con Jessie para dar una vuelta por la Rambla como la segunda vez que vine; y ya no encontraría a Ramiro tras el escritorio de recepción de La Linterna Mágica, porque la crisis caló hondo también en Cinemateca y cerró la vieja sala del barrio. Ahora que lo pienso, quizás por ésto me siento así. Ya van para siete años desde que me fuí de Uruguay, y aquí la vida sigue, cambiante, como sigue allá en España para mí.
Mientras pudiera venir y encontrar todo como lo había dejado, el olvido no sería de obligado cumplimiento; ni el cambio irreversible, el compromiso de la emigración irrevocable. Esta vez todo parece haberse esfumado. Mi realidad actual de inmigrante extranjera está consolidada en el corazón de la gente que me conoce, en el mío y en todo lo cotidiano.
No obstante, algunas cosas (benditas sean) permanecen.
Papá vive en un local chico, ubicado sobre una calle espantosamente ruidosa donde yo no podría llegar a pegar ojo en toda la noche.
En su casa actual ya no se notan vestigios de la antigua peluquería donde trabajó tantos años. Sólo un par de espejos empañados con pegatinas de productos de estética. La transformación ha dado lugar a un piso espacioso para una persona; mi temor a que papá viviera incómodo aflojó bastante.
No obstante, convivir con papá, aunque solo sea durante unos días, puede llegar a ser altamente estresante para mi actual estado de ánimo. Conque antes de viajar había arreglado utilizar como dormitorio mi viejo y querido Instituto de Radiodifusión. Andrés me recogió con mis bártulos y me ayudó a instalarme nada más llegar al Centro.
Y aquí estoy ahora, a las 23:15, escribiendo mi blog en el
mismo lugar que albergó los momentos más felices y también los más duros de toda mi vida.
II
Nada más instalarme volví con papá a su casa y empecé a llamar a gente.
Andy por fin consiguió trabajo (empresa más que loable en éste país de vacas flacas) y cuenta con el privilegio de ganarse el pan haciendo lo que más le gusta: reina bajo el nombre de DJ Andy Sparks en Alexander, una disco de ambiente gay que abrió hace seis meses en los bajos del Palacio Salvo. Hablamos tres minutos; lo suficiente para que me apuntara en su lista de invitados para anoche y luego me fuí a la feria del barrio con papá.
Me reencontré con los viejos sabores de la infancia. Los dulces caseros, los higos en almíbar, los quesos picantes de acá, la fruta madurada en el árbol, las tortas fritas...
Y con los ruidos, los antiquísimos camiones que usan los feriantes para transportar la mercadería, el barullo insufrible de 18 de Julio atiborrado de autobuses y motos con el escape libre.
Después me arreglé y me fuí de fiesta por primera vez en 2 años.
Mis loc@s amig@s, como se llaman a sí mism@s, han evolucionado lo indecible en materia de maquillaje, vestuario y malas costumbres. En menos de cinco minutos me hallé rodeada de un heterogéneo grupo de personajes divertidos y llenos de energía y curiosidad por saber de mi vida en España.
En intachable respeto a la normativa anti-tabaco que rige en Uruguay, mil veces más sencilla y efectiva que la española, salimos todos afuera para que, quienes lo desearan, pudieran fumar tabaco. El resto nos pasamos un par de porros y un par de tragos y adentro de nuevo todo el mundo.
En éste tipo de discos no falta nunca el cuarto oscuro. Como su nombre lo indica, se trata de un hueco sin iluminación donde cada cual entra a su propio riesgo y sale como puede... o quiere. Para una chica, entrar ahí sola es de alto riesgo, así que pasé del asunto.
Mientras Nestor y compañía se dirigían allí alegremente, empecé a dar vueltas por la pista donde pinchaba Andy, estudiando a la multitud con ojos alucinados.
Me sentía flotando, contenta, confiada, a gusto, la música era perfecta y el ambiente multicolor.
Apareció de la nada. Era alto, de ojos oscuros y pelo por los hombros. Me dijo un piropo acerca del pendiente que llevo en la naríz. Intercambiamos frases. Después nos besamos, y por esos segundos la nube en la que flotaba me pareció más densa, elevándose sobre los flashes de luz y los hilos verdes que trazaba el laser por toda la sala. Largo, profundo, suave... perfecto. Olía a colonia fresca... Sonreímos y cada cual siguió su propia fiesta.
Nestor y los demás aparecieron justo cuando empezaba a bajar a tierra. A las cinco y media, ya con sueño y pocas ganas de bailar, volví a cruzarme con mi perfecto desconocido.
¿Llegó a decirme su nombre? Creo que sí. Creo que hasta le dije el mío.
Nada de mails, ni teléfonos ni direcciones. Sólo el primer recuerdo bonito de éste viaje.
Llegué al Instituto un rato después, y mientras el sol empezaba a entrar por las claraboyas de mi viejo nido, me dormí sintiendo cómo la incertidumbre que rodeaba a ésta visita se esfumaba de a poco, como la gloria del THC.
Top Feria
Hace años que adopté la "religión" de pasarme por la feria de Tristán Narvaja los domingos a media mañana y cotillear entre las curiosidades que se ven por allí.
Cuando vine a Montevideo con Sergio, recién casada, papá y yo no resistimos la tentación de llevar al pobre visitante a nuestra excursión dominical. Sin malicia alguna, se nos olvidó avisarle lo que podría llegar a ver allí, limitándonos a responderle, cuando preguntó, que "ahí hay de todo".
Sergio sobrevivió a su primer paseo por la feria con un asombro que le dura hasta el día de hoy.
-Pero ¡¿alguien realmente compra esas cosas?! -preguntaba con la boca tan abierta como los ojos.
La respuesta de papá fué la misma que, ésta mañana, escuché a un señor al pasar:
-Yyyy... si está ahí es porque alguien lo compra.
La mescolanza de fierros oxidados, piezas de máquinas que fueron algo alguna vez, ropa o zapatos usados, electrodomésticos antiquísimos, animalitos de compañía o de granja y comestibles traídos de Brasil de contrabando es embutida domingo a domingo en destartalados carromatos y llevada a la feria para intentar ser vendida. De la capacidad de esos vehículos para desplazarse por sus propios medios no pudimos convencer a Sergio hasta que vió con sus propios ojos a uno de ellos emprender viaje.
Esa vez yo llevaba muy poco tiempo en España y ni mis ojos ni mi mentalidad estaban aún del todo afinados al paisaje del Primer Mundo; no notaba las diferencias y por tanto no entendía el asombro desmesurado de Sergio.
Con cada visita a Uruguay y cada reencuentro con la feria, le comprendo más.
Otra señal de que el tiempo pasa y mi nueva realidad se afianza un poquito cada día.
Ayer de mañana no pensaba perderme mi oficio dominical por nada del mundo, así que, con dos horas de sueño encima después de la juerga con l@s loc@s, volví a casa de papá para limpiarme los restos de maquillaje, cambiarme de ropa y cargar las pilas de la cámara de fotos.
La realidad montevideana ha cambiado para mal en cuanto a seguridad ciudadana desde que yo emigré. De unos años a ésta parte ha surgido un fenómeno social que, según todo el mundo, es un peligro: los "planchas". Según entendí, se trata de jóvenes o niños de bajos recursos que amparados en su minoría de edad, cometen toda clase de robos y hurtos, muchos con violencia o armas de por medio, con el fin de conseguir dinero para comprar pasta base de cocaína, la droga de moda. Se les reconoce por su vestimenta particular, por el hecho de que van siempre en grupo y, según Luis, también por su jerga.
Llevaba menos de dos días en Uruguay cuando Luis y papá ya se habían encargado de meterme el miedo en el cuerpo respecto a los planchas".
-No lleves nada encima, ni dinero, ni móviles, ni joyas, y no vayas mostrando esa cámara por todos lados. -aleccionó papá cuando salíamos para la feria.
-Te roban en segundos sin que te des cuenta. A mí me amenazaron con un cuchillo unos pibes de 12 años con los brazos llenos de cortes. Si están duros de pasta base, no les importa nada, te matan por 20 pesos. -los describió Luis.
Según me aclaró, tanto el nombre de éstos personajes como el asunto de los cortes en los brazos son de origen carcelario. Todos han pasado por la cárcel, y al ficharlos les hacen una foto con una pizarra llena de números a la que llaman "plancha". Esta es la versión de Luis. La de papá...
-...claro, antes les ponían colchones, pero los prendían fuego para protestar, ¡¡hacían cualquier cosa!! Ahora directamente los hacen dormir en una plancha de hormigón pegada a la pared. ¡¡¡Por eso se llaman "planchas"!!!
Los cortes en los brazos, según Luis, son una práctica que hacen en la cárcel para demostrar "quien es más macho". Se hacen cortes profundos en el músculo de los brazos con un cristal afilado a ver quien aguanta más cortes. Es una especie de derecho de piso que les da estatus cuando salen de allí.
Quitando el IVA y el descuento a los cuentos de papá y de Luis, consulté a Gabriel acerca de ésto.
-Mucho de eso son cosas de los informativos. No interesa que la gente conozca la realidad. Mejor que se queden en casa mirando la tele y no piensen. No te olvides que es año de campaña electoral. ¡¡Si hacés caso a todo lo que dicen en el informativo salís a la calle con una escopeta!! Los "planchas" de ahora son los "terrajas" de antes.
Con "planchas" o sin ellos, hice miles de fotos de la feria, sus personajes y sus vehículos. Papá parecía tener ojos en la nuca para detectar ladrones por todas partes cada vez que yo intentaba hacer una foto, pero al final conseguí mi colección y volvimos a casa sin ningún incidente. ¡¡Cuando edite todo ese material en un vídeo, no quiero perderme la cara de Sergio!!
Terminamos el recorrido comprando el almuerzo de papá a un señor que, sin reparo alguno, vendía asado y chorizos recién cocinados en una parrilla clandestina.
Siempre me voy con pena de la feria. Con ganas de volver y con el consuelo de pensar que si vuelvo en dos o tres años a recorrer las calles atestadas de gente y puestos de venta callejera tal vez lo haga en compañía de Sergio, más preparado ya; y que encontraremos los mismos fierros retorcidos, quizá algo más oxidados, las mismas radios antiguas que todavía no encontraron comprador, las mismas mascotas pero de una sexta o séptima generación...
Mientras tanto, en la sierra de Madrid reina, plácida e ignorante de que ha viajado más que muchos, mi Jessie, adquirida en la feria de Tristán Narvaja hace casi 12 años.
Cuando vine a Montevideo con Sergio, recién casada, papá y yo no resistimos la tentación de llevar al pobre visitante a nuestra excursión dominical. Sin malicia alguna, se nos olvidó avisarle lo que podría llegar a ver allí, limitándonos a responderle, cuando preguntó, que "ahí hay de todo".
Sergio sobrevivió a su primer paseo por la feria con un asombro que le dura hasta el día de hoy.
-Pero ¡¿alguien realmente compra esas cosas?! -preguntaba con la boca tan abierta como los ojos.
La respuesta de papá fué la misma que, ésta mañana, escuché a un señor al pasar:
-Yyyy... si está ahí es porque alguien lo compra.
La mescolanza de fierros oxidados, piezas de máquinas que fueron algo alguna vez, ropa o zapatos usados, electrodomésticos antiquísimos, animalitos de compañía o de granja y comestibles traídos de Brasil de contrabando es embutida domingo a domingo en destartalados carromatos y llevada a la feria para intentar ser vendida. De la capacidad de esos vehículos para desplazarse por sus propios medios no pudimos convencer a Sergio hasta que vió con sus propios ojos a uno de ellos emprender viaje.
Esa vez yo llevaba muy poco tiempo en España y ni mis ojos ni mi mentalidad estaban aún del todo afinados al paisaje del Primer Mundo; no notaba las diferencias y por tanto no entendía el asombro desmesurado de Sergio.
Con cada visita a Uruguay y cada reencuentro con la feria, le comprendo más.
Otra señal de que el tiempo pasa y mi nueva realidad se afianza un poquito cada día.
Ayer de mañana no pensaba perderme mi oficio dominical por nada del mundo, así que, con dos horas de sueño encima después de la juerga con l@s loc@s, volví a casa de papá para limpiarme los restos de maquillaje, cambiarme de ropa y cargar las pilas de la cámara de fotos.
La realidad montevideana ha cambiado para mal en cuanto a seguridad ciudadana desde que yo emigré. De unos años a ésta parte ha surgido un fenómeno social que, según todo el mundo, es un peligro: los "planchas". Según entendí, se trata de jóvenes o niños de bajos recursos que amparados en su minoría de edad, cometen toda clase de robos y hurtos, muchos con violencia o armas de por medio, con el fin de conseguir dinero para comprar pasta base de cocaína, la droga de moda. Se les reconoce por su vestimenta particular, por el hecho de que van siempre en grupo y, según Luis, también por su jerga.
Llevaba menos de dos días en Uruguay cuando Luis y papá ya se habían encargado de meterme el miedo en el cuerpo respecto a los planchas".
-No lleves nada encima, ni dinero, ni móviles, ni joyas, y no vayas mostrando esa cámara por todos lados. -aleccionó papá cuando salíamos para la feria.
-Te roban en segundos sin que te des cuenta. A mí me amenazaron con un cuchillo unos pibes de 12 años con los brazos llenos de cortes. Si están duros de pasta base, no les importa nada, te matan por 20 pesos. -los describió Luis.
Según me aclaró, tanto el nombre de éstos personajes como el asunto de los cortes en los brazos son de origen carcelario. Todos han pasado por la cárcel, y al ficharlos les hacen una foto con una pizarra llena de números a la que llaman "plancha". Esta es la versión de Luis. La de papá...
-...claro, antes les ponían colchones, pero los prendían fuego para protestar, ¡¡hacían cualquier cosa!! Ahora directamente los hacen dormir en una plancha de hormigón pegada a la pared. ¡¡¡Por eso se llaman "planchas"!!!
Los cortes en los brazos, según Luis, son una práctica que hacen en la cárcel para demostrar "quien es más macho". Se hacen cortes profundos en el músculo de los brazos con un cristal afilado a ver quien aguanta más cortes. Es una especie de derecho de piso que les da estatus cuando salen de allí.
Quitando el IVA y el descuento a los cuentos de papá y de Luis, consulté a Gabriel acerca de ésto.
-Mucho de eso son cosas de los informativos. No interesa que la gente conozca la realidad. Mejor que se queden en casa mirando la tele y no piensen. No te olvides que es año de campaña electoral. ¡¡Si hacés caso a todo lo que dicen en el informativo salís a la calle con una escopeta!! Los "planchas" de ahora son los "terrajas" de antes.
Con "planchas" o sin ellos, hice miles de fotos de la feria, sus personajes y sus vehículos. Papá parecía tener ojos en la nuca para detectar ladrones por todas partes cada vez que yo intentaba hacer una foto, pero al final conseguí mi colección y volvimos a casa sin ningún incidente. ¡¡Cuando edite todo ese material en un vídeo, no quiero perderme la cara de Sergio!!
Terminamos el recorrido comprando el almuerzo de papá a un señor que, sin reparo alguno, vendía asado y chorizos recién cocinados en una parrilla clandestina.
Siempre me voy con pena de la feria. Con ganas de volver y con el consuelo de pensar que si vuelvo en dos o tres años a recorrer las calles atestadas de gente y puestos de venta callejera tal vez lo haga en compañía de Sergio, más preparado ya; y que encontraremos los mismos fierros retorcidos, quizá algo más oxidados, las mismas radios antiguas que todavía no encontraron comprador, las mismas mascotas pero de una sexta o séptima generación...
Mientras tanto, en la sierra de Madrid reina, plácida e ignorante de que ha viajado más que muchos, mi Jessie, adquirida en la feria de Tristán Narvaja hace casi 12 años.
Julieta
¡Por fin llegó el día!
Te esperamos 10 años; te soñamos con locura, con dolor, con ilusión. Mil historias han pasado en éste tiempo, el que te tomaste para llegar hasta nosotros.
Tu mamá me dijo los otros días "Por algo se hizo esperar".
Flor siempre confió, aunque a veces la esperanza flaqueara un poco.
Me daba un poquito de miedo conocerte, porque yo no soy una sentimental de los niños. No sé tratarlos, ni hablarles... me siento ridícula ante tanta dosis de inocencia.
Sin embargo, contigo fué natural. Tenerte en brazos, jugar contigo, vigilar que no hicieras alguna picardía, darte de comer... hacerte miles de fotos.
¿Te acordarás de mí cuando vaya a verte de nuevo? ¿Cuántos años pasarán?
Cuando vuelva a mirar de cerca tus ojazos celestes ya caminarás, hablarás y a lo mejor tendrás hermanos.
Ojalá te vuelva a ver antes.
Mientras tanto, juega, vive, alborota y aprende. Sigue alegrando el día a todos los que se cruzan contigo y haciendo felices a tus papis, que te esperaron pacientemente todos éstos años. Estoy segura de que, traiga lo que traiga la vida, no les defraudarás.
Un abrazo de tu tía de lejos.
Te esperamos 10 años; te soñamos con locura, con dolor, con ilusión. Mil historias han pasado en éste tiempo, el que te tomaste para llegar hasta nosotros.
Tu mamá me dijo los otros días "Por algo se hizo esperar".
Flor siempre confió, aunque a veces la esperanza flaqueara un poco.
Me daba un poquito de miedo conocerte, porque yo no soy una sentimental de los niños. No sé tratarlos, ni hablarles... me siento ridícula ante tanta dosis de inocencia.
Sin embargo, contigo fué natural. Tenerte en brazos, jugar contigo, vigilar que no hicieras alguna picardía, darte de comer... hacerte miles de fotos.
¿Te acordarás de mí cuando vaya a verte de nuevo? ¿Cuántos años pasarán?
Cuando vuelva a mirar de cerca tus ojazos celestes ya caminarás, hablarás y a lo mejor tendrás hermanos.
Ojalá te vuelva a ver antes.
Mientras tanto, juega, vive, alborota y aprende. Sigue alegrando el día a todos los que se cruzan contigo y haciendo felices a tus papis, que te esperaron pacientemente todos éstos años. Estoy segura de que, traiga lo que traiga la vida, no les defraudarás.
Un abrazo de tu tía de lejos.
Una alegría
Siempre me da por releer los libros. Cuando ha pasado algún tiempo desde que los leí por última vez.
Con los viajes largos suele coincidir alguna relectura, y nunca mejor dicho, porque uso los libros para amontonar dentro los cientos de papelitos que, inevitablemente, aparecen al viajar. Así, en cada viaje largo releo el libro... y la historia del viaje anterior en forma de viejas tarjetas de embarque, billetes de trenes, autobuses y metro de ciudades ajenas, apuntes, planos... Algunos de mis libros están forrados con planos de ciudades que visité.
Curiosamente, no me da por empezar libros nuevos al viajar. Es como si quisiera llevarme conmigo a donde vaya algo conocido, siempre esperando que lo nuevo por conocer esté a la vuelta de la esquina.
Florencia me presentó a Leo casi al final de la fiesta de bautismo de Julieta y la verdad es que la presentación sobró. Hacía ya rato que veníamos tirándonos los tejos y solo faltaba el intercambio final de números de teléfono, que luego de la intervención descarada de Flor, no tardó ni dos minutos en llegar.
La verdad es que siempre he sido tremendamente despistada a la hora de darme cuenta cuando alguien se interesa por mí y seguramente bastante torpe para enfrentar éstas situaciones, pero eso tendrán que juzgarlo otros. En todo caso, hasta que Dani no apareció esa noche por casa de Flor a comentar los pormenores de la fiesta, no entendí del todo por qué ella y Damián insistían tanto en decirme a cada rato: "es ideal para vos!!!"
-Yo te soy sincera, -decía Flor, mirándome de reojo cada pocos segundos -hasta el último minuto nosotros dudamos de que ese tipo fuera a aparecer. Ya nos veíamos con los invitados en la fiesta y sin nada de comer. Pero la verdad...
-El tipo será un zumbado pero se portó joya. -completó Damián.
-A mí me pareció un cagada todo lo que hizo. -se quejó Dani.
Cada cual tenía su teoría. La de Dani, que el tipo había tratado mal a todo el mundo. La mía, que Dani se había metido un par de veces donde nadie lo había llamado (o sea, en la barra de bebidas) y finalmente había sido necesario ponerlo en su sitio; y la de papá, que el tipo en cuestión había tratado mucho más cariñosamente a la esposa de Dani que al propio Dani... y éste se había dado cuenta.
Como sea, la luz de alarma giraba cada vez más brillante en mi cabeza mientras Flor proseguía con su relato:
-Lo contratamos por la revista del cable. ¡¡Yo no podía creer la entrevista que nos hizo para preparar todo!! No tiene agenda, apunta todo en papelitos sueltos y lleva una bolsa llena de esos papelitos. Cada vez que necesita un dato, revuelve ahí ¡¡¡y lo encuentra!!! No tiene teléfono móvil. Es anti-móviles. No sabe lo que es el correo electrónico y siempre nos llamaba a horas horribles, con Julieta ya dormida... Menos mal que Ester lo conoce y nos pudo dar referencias... la verdad es que cumplió todo lo pactado a rajatabla. Yo no me lo esperaba...
A esas alturas mi cara debía de ser un poema porque Damián ya no miraba de reojo ni disimulaba las risitas. Tampoco se aguantó de hacer su aporte y sacó al tapete otro punto candente:
-Le compró a un tipo un coche hecho pelota por tres lucas... sí, creo que me dijo que fueron tres lucas. ¡¡Pero no le funciona nada!! Lo tuvo que llevar al mecánico para hacerlo todo de nuevo!!!... embrague... no arrancaba... bueno, no lo viste?! Estaba parado en la puerta del salón ésta mañana!!
-No me digas que era ese coche negro...
Nunca sabré cómo se las arregla Florencia para decir cosas así con una cara tan seria.
-¡¡¡Ese mismo!!!
Los comentarios siguieron durante cinco o seis minutos más, hasta que, harta de que todos (menos Damián) me miraran de reojo, pregunté alguna estupidéz como para demostrar un justo y calculado desinterés. Florencia, seria como una tumba, volvió a soltarme la frase que llevaba oyendo todo el día:
-Ya te dije, es perfecto para vos.
-¡¿Y no podías haberme avisado todo eso antes de que yo quedara con él para el lunes?! -ya me habían irritado del todo.
Cuando por fin se fué Dani y tuve tiempo para reflexionar en calma, mi habitual sentido de la aventura se impuso nuevamente. Dejando de la do el que todo el mundo me asociara con bichos raros, ¿que importaba que el tipo fuera un zumbado, no tuviera móvil ni agenda y se moviera en un coche hecho polvo? Nada de eso le haría una mala persona. Yo tengo un coche y no tengo carnet de conducir, vivo en una aldea en medio de la nada rodeada de vacas y aunque trabajé cuatro años vendiendo móviles, el mío lo uso sólo como despertador. Y ya puestos, mi sistema para recordar las cosas no difiere mucho del de Leo... por cierto, ¿cuándo habrá sido la última vez que tiré a la basura los cientos de papelitos con apuntes que abarrotan mi cartera, o me decidí a pasarlos en limpio en el ordenador? Justo antes de venir de España me tocaba hacer la declaración de la renta y me puse a buscar el pepelerío que se necesita para eso... ¡¡y encontré todos los papeles de los dos ejercicios anteriores antes de ubicar los correspondientes al 2007!! No dije nada de todo eso a Flor y Dami ni a papá. Me limité a resumirlo en una sola frase:
-Lo peor que puede pasarme es acabar en un baile de cumbias. ¡¡Y si viene a buscarme en ese coche que ustedes dicen, le pediré que me deje conducirlo para tener algo nuevo que contar cuando llegue a Madrid!!
Pero no pasó lo peor ni tampoco lo otro. En lugar de un baile de cumbias, acabé en una casa indescriptiblemente desordenada en una población cercana a San Miguel cuyo nombre nunca me quedó del todo claro mirando una película de suspenso en una tele y el programa de Marcelo Tinelli en otra mientras Leo me preparaba la cena. Y no tuve el honor de conducir su coche. Él tampoco, ya que el aludido vehículo se dió por vencido del todo después de la fiesta de bautismo y para el lunes ya estaba descansando de nuevo en el taller mecánico.
----------------
Basta de vueltas.
Con ésta ya van dos noches que me siento frente al bloc de notas en blanco pensando qué escribir sobre Leo. Preguntándome por qué me fuí de su casa a la mañana siguiente sin contestarle cómo se hace para adorar a las mujeres, sin contestarle por qué decía que no debería haber ido esa noche a esa cita... Sin decirle que no quería irme sin más... más de sus risas, sus historias delirantes, o no, sus besos que más que a nada, me supieron a pocos, los mimos simpáticos de su perrillo desmelenado... ¿A quien se le ocurre llamarle a su perro Sadam Hussein? A alguien joven, fresco, de ideas curiosas, de vida bohemia, de amores efímeros, y esa noche, claro está, de algerías incompletas... A alguien perfecto para mí.
No sabía que decirle, así que no le dije nada. Solo pregunté "¿te voy a ver de nuevo alguna vez?" El tampoco contestó. Me hizo apuntarle mis datos en un papelito. Otro más para la colección, supongo.
Le pedí que me dejara en la parada del autobús sin despedidas ni historias. No me hizo caso.
Cuando, dentro de meses o años abra de nuevo esa aburrida historia policial ambientada en la Inglaterra victoriana, encontraré un papel arrugado, publicidad de una autoescuela de una población del extrarradio de Buenos Aires que, al dorso, tiene apuntado un número de teléfono desprolijo y dos palabras que invitan, urgentes: "Leo, 24 hs".
Con los viajes largos suele coincidir alguna relectura, y nunca mejor dicho, porque uso los libros para amontonar dentro los cientos de papelitos que, inevitablemente, aparecen al viajar. Así, en cada viaje largo releo el libro... y la historia del viaje anterior en forma de viejas tarjetas de embarque, billetes de trenes, autobuses y metro de ciudades ajenas, apuntes, planos... Algunos de mis libros están forrados con planos de ciudades que visité.
Curiosamente, no me da por empezar libros nuevos al viajar. Es como si quisiera llevarme conmigo a donde vaya algo conocido, siempre esperando que lo nuevo por conocer esté a la vuelta de la esquina.
Florencia me presentó a Leo casi al final de la fiesta de bautismo de Julieta y la verdad es que la presentación sobró. Hacía ya rato que veníamos tirándonos los tejos y solo faltaba el intercambio final de números de teléfono, que luego de la intervención descarada de Flor, no tardó ni dos minutos en llegar.
La verdad es que siempre he sido tremendamente despistada a la hora de darme cuenta cuando alguien se interesa por mí y seguramente bastante torpe para enfrentar éstas situaciones, pero eso tendrán que juzgarlo otros. En todo caso, hasta que Dani no apareció esa noche por casa de Flor a comentar los pormenores de la fiesta, no entendí del todo por qué ella y Damián insistían tanto en decirme a cada rato: "es ideal para vos!!!"
-Yo te soy sincera, -decía Flor, mirándome de reojo cada pocos segundos -hasta el último minuto nosotros dudamos de que ese tipo fuera a aparecer. Ya nos veíamos con los invitados en la fiesta y sin nada de comer. Pero la verdad...
-El tipo será un zumbado pero se portó joya. -completó Damián.
-A mí me pareció un cagada todo lo que hizo. -se quejó Dani.
Cada cual tenía su teoría. La de Dani, que el tipo había tratado mal a todo el mundo. La mía, que Dani se había metido un par de veces donde nadie lo había llamado (o sea, en la barra de bebidas) y finalmente había sido necesario ponerlo en su sitio; y la de papá, que el tipo en cuestión había tratado mucho más cariñosamente a la esposa de Dani que al propio Dani... y éste se había dado cuenta.
Como sea, la luz de alarma giraba cada vez más brillante en mi cabeza mientras Flor proseguía con su relato:
-Lo contratamos por la revista del cable. ¡¡Yo no podía creer la entrevista que nos hizo para preparar todo!! No tiene agenda, apunta todo en papelitos sueltos y lleva una bolsa llena de esos papelitos. Cada vez que necesita un dato, revuelve ahí ¡¡¡y lo encuentra!!! No tiene teléfono móvil. Es anti-móviles. No sabe lo que es el correo electrónico y siempre nos llamaba a horas horribles, con Julieta ya dormida... Menos mal que Ester lo conoce y nos pudo dar referencias... la verdad es que cumplió todo lo pactado a rajatabla. Yo no me lo esperaba...
A esas alturas mi cara debía de ser un poema porque Damián ya no miraba de reojo ni disimulaba las risitas. Tampoco se aguantó de hacer su aporte y sacó al tapete otro punto candente:
-Le compró a un tipo un coche hecho pelota por tres lucas... sí, creo que me dijo que fueron tres lucas. ¡¡Pero no le funciona nada!! Lo tuvo que llevar al mecánico para hacerlo todo de nuevo!!!... embrague... no arrancaba... bueno, no lo viste?! Estaba parado en la puerta del salón ésta mañana!!
-No me digas que era ese coche negro...
Nunca sabré cómo se las arregla Florencia para decir cosas así con una cara tan seria.
-¡¡¡Ese mismo!!!
Los comentarios siguieron durante cinco o seis minutos más, hasta que, harta de que todos (menos Damián) me miraran de reojo, pregunté alguna estupidéz como para demostrar un justo y calculado desinterés. Florencia, seria como una tumba, volvió a soltarme la frase que llevaba oyendo todo el día:
-Ya te dije, es perfecto para vos.
-¡¿Y no podías haberme avisado todo eso antes de que yo quedara con él para el lunes?! -ya me habían irritado del todo.
Cuando por fin se fué Dani y tuve tiempo para reflexionar en calma, mi habitual sentido de la aventura se impuso nuevamente. Dejando de la do el que todo el mundo me asociara con bichos raros, ¿que importaba que el tipo fuera un zumbado, no tuviera móvil ni agenda y se moviera en un coche hecho polvo? Nada de eso le haría una mala persona. Yo tengo un coche y no tengo carnet de conducir, vivo en una aldea en medio de la nada rodeada de vacas y aunque trabajé cuatro años vendiendo móviles, el mío lo uso sólo como despertador. Y ya puestos, mi sistema para recordar las cosas no difiere mucho del de Leo... por cierto, ¿cuándo habrá sido la última vez que tiré a la basura los cientos de papelitos con apuntes que abarrotan mi cartera, o me decidí a pasarlos en limpio en el ordenador? Justo antes de venir de España me tocaba hacer la declaración de la renta y me puse a buscar el pepelerío que se necesita para eso... ¡¡y encontré todos los papeles de los dos ejercicios anteriores antes de ubicar los correspondientes al 2007!! No dije nada de todo eso a Flor y Dami ni a papá. Me limité a resumirlo en una sola frase:
-Lo peor que puede pasarme es acabar en un baile de cumbias. ¡¡Y si viene a buscarme en ese coche que ustedes dicen, le pediré que me deje conducirlo para tener algo nuevo que contar cuando llegue a Madrid!!
Pero no pasó lo peor ni tampoco lo otro. En lugar de un baile de cumbias, acabé en una casa indescriptiblemente desordenada en una población cercana a San Miguel cuyo nombre nunca me quedó del todo claro mirando una película de suspenso en una tele y el programa de Marcelo Tinelli en otra mientras Leo me preparaba la cena. Y no tuve el honor de conducir su coche. Él tampoco, ya que el aludido vehículo se dió por vencido del todo después de la fiesta de bautismo y para el lunes ya estaba descansando de nuevo en el taller mecánico.
----------------
Basta de vueltas.
Con ésta ya van dos noches que me siento frente al bloc de notas en blanco pensando qué escribir sobre Leo. Preguntándome por qué me fuí de su casa a la mañana siguiente sin contestarle cómo se hace para adorar a las mujeres, sin contestarle por qué decía que no debería haber ido esa noche a esa cita... Sin decirle que no quería irme sin más... más de sus risas, sus historias delirantes, o no, sus besos que más que a nada, me supieron a pocos, los mimos simpáticos de su perrillo desmelenado... ¿A quien se le ocurre llamarle a su perro Sadam Hussein? A alguien joven, fresco, de ideas curiosas, de vida bohemia, de amores efímeros, y esa noche, claro está, de algerías incompletas... A alguien perfecto para mí.
No sabía que decirle, así que no le dije nada. Solo pregunté "¿te voy a ver de nuevo alguna vez?" El tampoco contestó. Me hizo apuntarle mis datos en un papelito. Otro más para la colección, supongo.
Le pedí que me dejara en la parada del autobús sin despedidas ni historias. No me hizo caso.
Cuando, dentro de meses o años abra de nuevo esa aburrida historia policial ambientada en la Inglaterra victoriana, encontraré un papel arrugado, publicidad de una autoescuela de una población del extrarradio de Buenos Aires que, al dorso, tiene apuntado un número de teléfono desprolijo y dos palabras que invitan, urgentes: "Leo, 24 hs".
En la niebla
Algunas cosas no se ven con los ojos.
Por culpa de un accidente laboral de hace meses, casi no toleraba la lente de contacto del ojo derecho, así que, aprovechando mi visita en Montevideo, decidí ir a ver a la oftalmóloga que hace años me recetó mis primeras lentes de contacto.
Así fué como tuve que pasar un día entero sin lentillas para que luego las mediciones que tenía que hacerme la doctora fueran exactas.
Con cinco dioptrías y media de miopía y algo de astigmatismo, estar sin lentillas es prácticamente incapacitante. Habría sido más fácil de tener unas gafas comunes para salir del paso, pero resulta que no las tenía.
Así que me recluí ese día en casa de papá para aguantar estoicamente la situación y de paso abrir un poco más el resto de sentidos a ver si captaba igualmente mi entorno.
Lo que capté fué que el Uruguay que todos soñaron cuando ganó el gobierno de izquierdas está tardando mucho en materializarse y no parece que ésto esté ocurriendo en igualdad de condiciones para todos.
Así, mientras los que antes del Plan de Emergencia vivían en la miseria extrema usan ahora dinero cedido por el gobierno para comprarse teléfonos móviles y ordenadores (pero siguen sin trabajar porque así se está mejor), la clase trabajadora que hace siete años todavía podía sobrevivir gracias a su trabajo, hoy ya no puede más. Los impuestos se llevan casi el 50% de su entrada, los precios de los alimentos y bienes de consumo en general superan en algunos casos a los que yo pago en España por el mismo artículo y los salarios medios rondan los 150 euros... para los afortunados que tienen salario.
Me dí cuenta en mi día en la niebla de que mis amigos tienen que hacer listas de lo que van a comprar en el mes para decidir qué se quitan a fin de que les llegue el dinero; de que mi padre mide casi con una regla cada porción de alimento que come para que le quede para otra comida; de que mi viejo Instituto de Radiodifusión ya casi no tiene alumnos y se mantiene abierto de milagro; de que la gente te da su número de móvil en vez del de casa porque el teléfono de casa lo tuvieron que dar de baja por no poder pagarlo, y el móvil lo cargan con saldo cada seis meses, con lo cual tienes que llamarles tú y cuesta la llamada a un móvil 1 euro por minuto; que hay que bañarse con agua tibia y en 5 minutos porque si no no hay quien pague la factura de la luz...
Me dí cuenta de que mientras los políticos de turno hablan durante 12 horas seguidas en el Parlamento acerca del nuevo IRPF y de cómo los ciudadanos "tienen que acostumbrarse a la idea de que hay que pagar impuestos", no se dan cuenta de que la gente no puede más; de que los precios suben cada día, los salarios bajan o se quedan estancados si hay suerte y los puestos de trabajo son cada vez menos y más precarios. "Baja el desempleo", dicen en las noticias. A continuación, "éste mes ha crecido en un x% el número de ciudadanos que abandonan el país". Casualmente, la cifra porcentual coincide bastante en ambas noticias...
Con la receta en mano y papá de compañía, recorro tres ópticas para averiguar cuánto me cuestan mis gafas. Lo más sencillo y barato posible. En la primera, me dicen que 1590 pesos; en la segunda que 890 y en la tercera, que 540. Ahí las encargo y hasta hoy me pregunto por qué, ya que no se puede arreglar a corto plazo el mercado laboral, no se establecen regulaciones de los precios al consumo; por qué tienen los comerciantes la libertad de cobrar lo que les venga en gana incluso en los productos más básicos...; por qué en un país ganadero y agrícola como éste, donde hay unas 30 vacas por cada habitante, cuesta un litro de leche de pésima calidad lo mismo que se paga en España por la leche entera, sin cortes; el queso es prohibitivo para la mayoría y el gobierno pretende vender con precio regulado el arroz que yo compraba hace siete años para alimentar a los perros ¡¡para consumo de las personas!!
Luego vamos a Buenos Aires, donde la realidad económica siempre supera a la ficción y aún así encuentro que Flor y Damián las pasan canutas pero consiguen superar el mes a mes y criar a Julieta sin tener que pasar privaciones. Todo el mundo me dice que la bonanza argentina tocará fin muy pronto, pero por lo menos por ahora, van tirando. Luego de la crisis del 2002 los salarios se han casi cuadruplicado y los precios se mantienen relativamente estables. La gente puede respirar.
Vuelvo a Montevideo y empiezo a replantearme cosas.
Llevo más de un año intentando sacarme el carnet de conducir en España. Ilusa de mí, y conociendo el paño por gente que acaba de vivirlo, empecé pensando que si hacía bien las cosas no me dejaría una fortuna y todos mis nervios en esa empresa pero como y dije, fué una ilusión. Un año, 2500 euros y cuatro exámenes suspendidos por estupideces. Y a renovar expediente, a pagar 800 euros más cada mes por clases obligatorias, a amargarme la vida otro poco... Después del cuarto suspenso decidí dejarlo por un tiempo hasta aclarar mis ideas. Temo que se han aclarado del todo. No puedo dejar que mi padre pase privaciones en Uruguay mientras yo sigo regalando el fruto de mi trabajo a la Dirección General de Tráfico. A veces en la vida hay que tomar decisiones que no resultan cómodas, y creo que me ha tocado. El lío mental está volviendo. Estando acá y tras varias semanas con la cabeza alejada de la rutina de España soy consciente de que la objetividad está algo nublada, pero habrá que decidir. Está claro que no puedo seguir costeando el proceso para obtener el carnet, así que no tiene sentido conservar mi coche. Si lo vendo, perderé dinero y tendré que seguir pagando el préstamo con el que lo compré... y seguiré dependiendo de Sergio o de los vecinos caritiativos hasta para lo más mínimo. En el pueblo donde vivo, el transporte público escasea. ¿Como voy a hacer, si no llego a fin de mes casi nunca, para cubrir mis cuentas y enviar a papá algo de comida todos los meses?? En momentos así quiero hablar con Sergio. Luego me arrepiento; ya sé que me dirá que pida préstamos o saque dinero de tarjetas que luego no podré pagar y la frustración posterior a la charla será peor que la actual, pero sucede que Sergio es el único español que conozco capáz de entender y sobre todo creerme lo que está pasando aquí. Y a lo mejor me llevo la sorpresa y se le ocurre algo que yo no haya pensado todavía...
También podría aplicar una solución que ví estampada ayer en un graffiti: "Carestía y miseria: cambio Ford del 29 por colita de cuadril". ¿Cuántas colitas de cuadril me darán por un Opel Astra del 2000 y con el embrague hecho polvo?!? ...
Por culpa de un accidente laboral de hace meses, casi no toleraba la lente de contacto del ojo derecho, así que, aprovechando mi visita en Montevideo, decidí ir a ver a la oftalmóloga que hace años me recetó mis primeras lentes de contacto.
Así fué como tuve que pasar un día entero sin lentillas para que luego las mediciones que tenía que hacerme la doctora fueran exactas.
Con cinco dioptrías y media de miopía y algo de astigmatismo, estar sin lentillas es prácticamente incapacitante. Habría sido más fácil de tener unas gafas comunes para salir del paso, pero resulta que no las tenía.
Así que me recluí ese día en casa de papá para aguantar estoicamente la situación y de paso abrir un poco más el resto de sentidos a ver si captaba igualmente mi entorno.
Lo que capté fué que el Uruguay que todos soñaron cuando ganó el gobierno de izquierdas está tardando mucho en materializarse y no parece que ésto esté ocurriendo en igualdad de condiciones para todos.
Así, mientras los que antes del Plan de Emergencia vivían en la miseria extrema usan ahora dinero cedido por el gobierno para comprarse teléfonos móviles y ordenadores (pero siguen sin trabajar porque así se está mejor), la clase trabajadora que hace siete años todavía podía sobrevivir gracias a su trabajo, hoy ya no puede más. Los impuestos se llevan casi el 50% de su entrada, los precios de los alimentos y bienes de consumo en general superan en algunos casos a los que yo pago en España por el mismo artículo y los salarios medios rondan los 150 euros... para los afortunados que tienen salario.
Me dí cuenta en mi día en la niebla de que mis amigos tienen que hacer listas de lo que van a comprar en el mes para decidir qué se quitan a fin de que les llegue el dinero; de que mi padre mide casi con una regla cada porción de alimento que come para que le quede para otra comida; de que mi viejo Instituto de Radiodifusión ya casi no tiene alumnos y se mantiene abierto de milagro; de que la gente te da su número de móvil en vez del de casa porque el teléfono de casa lo tuvieron que dar de baja por no poder pagarlo, y el móvil lo cargan con saldo cada seis meses, con lo cual tienes que llamarles tú y cuesta la llamada a un móvil 1 euro por minuto; que hay que bañarse con agua tibia y en 5 minutos porque si no no hay quien pague la factura de la luz...
Me dí cuenta de que mientras los políticos de turno hablan durante 12 horas seguidas en el Parlamento acerca del nuevo IRPF y de cómo los ciudadanos "tienen que acostumbrarse a la idea de que hay que pagar impuestos", no se dan cuenta de que la gente no puede más; de que los precios suben cada día, los salarios bajan o se quedan estancados si hay suerte y los puestos de trabajo son cada vez menos y más precarios. "Baja el desempleo", dicen en las noticias. A continuación, "éste mes ha crecido en un x% el número de ciudadanos que abandonan el país". Casualmente, la cifra porcentual coincide bastante en ambas noticias...
Con la receta en mano y papá de compañía, recorro tres ópticas para averiguar cuánto me cuestan mis gafas. Lo más sencillo y barato posible. En la primera, me dicen que 1590 pesos; en la segunda que 890 y en la tercera, que 540. Ahí las encargo y hasta hoy me pregunto por qué, ya que no se puede arreglar a corto plazo el mercado laboral, no se establecen regulaciones de los precios al consumo; por qué tienen los comerciantes la libertad de cobrar lo que les venga en gana incluso en los productos más básicos...; por qué en un país ganadero y agrícola como éste, donde hay unas 30 vacas por cada habitante, cuesta un litro de leche de pésima calidad lo mismo que se paga en España por la leche entera, sin cortes; el queso es prohibitivo para la mayoría y el gobierno pretende vender con precio regulado el arroz que yo compraba hace siete años para alimentar a los perros ¡¡para consumo de las personas!!
Luego vamos a Buenos Aires, donde la realidad económica siempre supera a la ficción y aún así encuentro que Flor y Damián las pasan canutas pero consiguen superar el mes a mes y criar a Julieta sin tener que pasar privaciones. Todo el mundo me dice que la bonanza argentina tocará fin muy pronto, pero por lo menos por ahora, van tirando. Luego de la crisis del 2002 los salarios se han casi cuadruplicado y los precios se mantienen relativamente estables. La gente puede respirar.
Vuelvo a Montevideo y empiezo a replantearme cosas.
Llevo más de un año intentando sacarme el carnet de conducir en España. Ilusa de mí, y conociendo el paño por gente que acaba de vivirlo, empecé pensando que si hacía bien las cosas no me dejaría una fortuna y todos mis nervios en esa empresa pero como y dije, fué una ilusión. Un año, 2500 euros y cuatro exámenes suspendidos por estupideces. Y a renovar expediente, a pagar 800 euros más cada mes por clases obligatorias, a amargarme la vida otro poco... Después del cuarto suspenso decidí dejarlo por un tiempo hasta aclarar mis ideas. Temo que se han aclarado del todo. No puedo dejar que mi padre pase privaciones en Uruguay mientras yo sigo regalando el fruto de mi trabajo a la Dirección General de Tráfico. A veces en la vida hay que tomar decisiones que no resultan cómodas, y creo que me ha tocado. El lío mental está volviendo. Estando acá y tras varias semanas con la cabeza alejada de la rutina de España soy consciente de que la objetividad está algo nublada, pero habrá que decidir. Está claro que no puedo seguir costeando el proceso para obtener el carnet, así que no tiene sentido conservar mi coche. Si lo vendo, perderé dinero y tendré que seguir pagando el préstamo con el que lo compré... y seguiré dependiendo de Sergio o de los vecinos caritiativos hasta para lo más mínimo. En el pueblo donde vivo, el transporte público escasea. ¿Como voy a hacer, si no llego a fin de mes casi nunca, para cubrir mis cuentas y enviar a papá algo de comida todos los meses?? En momentos así quiero hablar con Sergio. Luego me arrepiento; ya sé que me dirá que pida préstamos o saque dinero de tarjetas que luego no podré pagar y la frustración posterior a la charla será peor que la actual, pero sucede que Sergio es el único español que conozco capáz de entender y sobre todo creerme lo que está pasando aquí. Y a lo mejor me llevo la sorpresa y se le ocurre algo que yo no haya pensado todavía...
También podría aplicar una solución que ví estampada ayer en un graffiti: "Carestía y miseria: cambio Ford del 29 por colita de cuadril". ¿Cuántas colitas de cuadril me darán por un Opel Astra del 2000 y con el embrague hecho polvo?!? ...