veintitres
de como recuperar mi suerte
Sindicación
 
Otra vez, Avril
"La destrucción total toma su tiempo.
Uno se llega a acostumbrar.
Quedan solo pintadas las paredes,
y mil cosas para llorar.
Una pintura se borra,
lo otro no se borra más."

Los Estómagos



I

Conocí éste lugar, a sus almas directivas, Any y Andrés, y también a Fernando, hace ya 21 años.
Yo tenía 13 por entonces, y la crisis que acabaría con mi familia poco más tarde ya había empezado a gestarse, imparable.
Siempre amante de la música y pegada a la radio, escuché un día el anuncio de éste lugar, donde daban cursos para Operadores de Radiodifusión y Técnicos de Sonido y me acerqué para informarme.
El Instituto lleva casi 30 años funcionando. Hablábamos de todo ésto el otro día, Any y yo, y ella me decía que en todo éste tiempo, son muy pocos los alumnos de los cuales recuerda el día de la inscripción; la primera vez que los vió. Yo soy una de ellas.
Me entusiasmé con los cursos, me convertí con el tiempo en la instructora más joven que pasó por aquí y Andrés y Any se convirtieron en mis mentores y en una suerte de "padres adoptivos" cuando en casa las cosas se pusieron imposibles.
Tenía 14 años cuando mi madre decidió "vivir su vida" y nos dejó a Flor y a mí con papá en medio del caos. Papá hizo lo que pudo, Flor se retrajo en sí misma y yo me refugié en el Instituto y su gente, en mis cursos, mis alumnos, las actividades de éste lugar.
Mis primeros amores juveniles me encontraron aquí, con gente de aquí. Los dolores que trajeron, también. La maduréz que aportaron, compartida y aconsejada siempre con la sabiduría de Any y la buena voluntad de Andrés, perdura hasta hoy.
Las primeras experiencias laborales importantes, que empezaron como profesora de aquí y culminaron con mi carrera frustrada de funcionaria de la Radiodifusión Pública, fueron recomendadas y respaldadas por el Instituto.
Los primeros errores de la vida adulta, los amigos de toda la vida, las fiestas, mis ideas políticas y mi primer ejercicio de ciudadanía en una Elección Nacional, mi vocación técnica... todo nació aquí, creció aquí y seguramente sigue rondando por aquí como el Fantasma de Canterville.
Fernando tenía unos años mas que yo cuando venía a mis clases. Eramos inseparables. El venía de Minas, yo sufría Montevideo. Nos acompañamos en todo. Se enamoró de mí cuando yo era niña todavía; el adolescente ya.
Se me declaró una tarde, al acompañarme a casa, sentados en el escalón de entrada del viejo Manzanares que había detrás de la Intendencia. Le dije que sólo amigos. Lo aceptó; no se rindió.
Le llevó años conseguirlo. Nos fuimos a vivir juntos cuando yo tenía 23 años. 23, claro, ni uno más, ni uno menos.
Me regaló a Jessie cuando cumplí 24, a medias con otro amigo.

En todo idilio surgen problemas alguna vez, y así llegó un día en que la mala influencia de gente de mala fé minó mi relación con Andrés. Dejé mi puesto en el Instituto convencida de que era lo mejor, y de que el tiempo me daría la razón. Me la dió.

Fernando y yo nos separamos un par de años después de estar viviendo juntos; y vine a volcar mi aflicción al Instituto, como siempre. No hizo falta aclarar los viejos puntos oscuros del pasado. Todos teníamos claro que, como fuera, la amistad seguía. Con Fernando, igual.
Rehizo su vida, rehice la mía.
Fernando no sabía que yo iba a emigrar cuando volvimos a estar juntos. Se lo conté poco antes del viaje, cuando lo comuniqué a todos.
Las últimas semanas, cada momento era una despedida. Las primeras en España, cada carta una promesa de reencuentro.
Cada visita mía a Uruguay, una fiesta.
Hasta ésta.

II

Hace dos años que supe de tu vida por última vez. Conocí tu casa, a tu nueva pareja.
Me abriste un poco tus ventanas, pero no del todo. No como antes.
Y no volviste a contestar los mails, no preguntaste cómo me sentía cuando supiste de mi divorcio, aunque me lo habías anunciado cuando nos vimos, meses antes.
"No te veo felíz", me dijiste. Te diste cuenta de que nada marchaba como yo lo contaba, sin más.
Dejaste el puesto en Cinemateca que te había conseguido yo en mi segunda visita. Dejaste de ver a los amigos comunes, de llamar a todo el mundo.
Estabas enamorado de nuevo. Lo entendí, pero ¿era motivo para olvidarte de todo?
Supongo que sí. Ojalá valga la pena.

III

Cuatro días antes de irme de Uruguay, llamé al Sodre con cualquier excusa y contestó Fernando. Parecía el de siempre, y un extraño a la vez.
No podía irme sin preguntarle al menos qué pasó. Me dijo que hoy vendría a verme.

Por varias horas me enterré en el depósito de cachivaches de Andrés, donde tiene guardado todo lo que papá no pudo llevarse a su nueva casa, haciendo montones de cosas para tirar, para guardar y para trasladar a España.
Y esperando.
Pero Fernando no vino.

Escribo ésto sintiéndolo como una despedida que nunca esperé. Venir a Montevideo y no ver a Fer es como morir un poco.
Me voy deseando que, al igual que aquellos años en que estuve alejada del binomio Any-Andrés por un motivo estúpido, éste también sea un paréntesis que el tiempo se encargue de cerrar.
 
¿Que hay de nuevo, viejo?
Hace unos cuantos días llamé a Sergio desde Buenos Aires para ver como andaba todo por aquí. Por allá todo iba bien, la visita transcurría alegremente y Julieta era un encanto. La expectativa frente a mi cita pendiente con Leo me tenía en ascuas y sólo enturbiaba un poco las cosas la actitud de papá. De alguna forma siempre se las arregla para derivar cualquier situación hacia un análisis de su desastrosa economía y esa mañana me había tocado ponerle en su sitio antes de que hiciera estallar los nervios de Damián.
Así que cuando Sergio me atendió el teléfono y preguntó como estaba pasándolo, le bastó mi tono, y no lo que dije para preguntar, algo alarmado:

-¿Te pasa algo?

Le hice un comentario al pasar sobre que papá tenía un día malo y le pregunté cómo iba todo en casa.

-Bueno... hay una sorpresa. -contestó, creando misterio.

En menos de un segundo mil razonamientos rondaron mi cabeza: nos volvió a citar Hacienda por alguna declaración mal hecha, se cayó una rama de pino en el techo de casa, alguna perra se comió algo incomestible y está mala, se volvió a escapar la tortuga, una vaca se comió mi jardín... o mi jardín murió por completo sin intervención bovina, solo con la de Sergio... o bien...

-... son preciosos, te van a gustar! -terminaba Sergio su frase.

-¿Que dijiste? ¡¡¿Conejos?!! Pero Sergio, ¡¡yo soy alérgica a los conejos!!

-...

-¡Por lo menos decíme que son los dos del mismo sexo!

-No, uno es macho y la otra hembra. -contestó alegremente. Y se lanzó a una descripción pormenorizada de los nuevos roedores.

-¡¡¿Cómo no se te ocurrió preguntarme antes?!! -grité. A esas alturas, los que hablaban en las cabinas vecinas miraban hacia la mía sin disimular. -¡¡Yo no puedo tener esos animales, dan un trabajo tremendo...

Sergio no me escuchaba. Seguía compenetrado en su análisis positivo de la situación:

-...comen como pirañas. Y mean...

-...y paren cada dos meses!!! Lo más probable es que la coneja ya esté preñada...

-¡Ah! ¡Seguramente! -La alegría de Sergio no tenía límites. Su suerte tampoco. Suerte de que yo estuviera a 15000 km de él y su cuello. -¡Se pasan todo el día follando!

Me intenté calmar y tomarme el asunto con tanta filosofía como me había tomado lo del coche de Leo. Casi lo conseguí, pero Sergio contraatacó contándome que los conejos habían llegado a casa luego de que su amigo Victor (que da para un blog aparte) le pidiera conseguirle un conejo enano para su hija; Sergio, servicial (y gilipollas, pensaba yo en ese momento) habló con una criadora y consiguió dos; pero como no eran enanos el tal Victor no los quiso. Y entonces, a mi casa con los conejos.

-... pensé yo que como estabas triste por lo de las chinchillas...

Mis adoradas chinchillas, adoptadas a la madre de Victor, que no las quería, habían muerto extrañamente justo el día antes de mi viaje, y cuando salí de Madrid iba de luto por ellas.

Por fin parecí entender que despotricar telefónicamente no solucionaría el asunto y Sergio tampoco lo solucionaría, y dejé de gritar. Me quedé con que lo hizo con buena intención y con que ya buscaría la forma de resolver el percal cuando volviese a España.

Hace una hora llevé los conejos al Agricentro de Villalba para que los vendan.

A éstas alturas ya tengo bien aprendido que Sergio se encargará siempre de traerme problemas para que yo los arregle, ofreciéndome al mismo tiempo soluciones que sabe que no aceptaré, como por ejemplo, llevar los conejos a la carnicería.

Sin embargo, al menos ésta vez no me quedé con los conejos, mi alergia y el trabajo que me darían sólo porque Sergio los trajo y "ahora ya está". Esta vez me deshice del fardo ajeno sin más.

Algo debo de estar aprendiendo...
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Losing my religion
Ya está. "Mi nuevo mejor amigo" ya no es mío. Ayer entregué mi coche a Rocío y David y mañana me toca de nuevo empezar a recorrer a pié los 3 km que separan mi casa de la Estación de Renfe, ida y vuelta.

Cuando Rocío me dijo que querían comprar mi coche fué un alivio. Después de mis semanas de reflexión en Uruguay entendí que hay prioridades y situaciones que no son tales, y que tenía que vender ese coche cuanto antes y asumir que obtener un permiso de conducir es imposible para mí.

Así que vuelta a las mismas. Prefiero no pensar en el dinero perdido por el camino. Por suerte el dinero viene y va, y no puedo quejarme de que me falte. Pero en cuanto a mi situación personal, vuelvo al punto de partida. Andando de aquí a todas partes, llueva, truene, nieve o haga un sol de justicia.

Mientras tanto, en los informativos el Gobierno anuncia endurecimientos varios en el Reglamento de Tráfico, índices de accidentes mortales y problemas medioambientales graves que se solucionarían en gran medida si la gente recurriera más al transporte público que al coche privado. Luego viene el corte publicitario: 25 minutos de anuncios en los cuales te enteras del catálogo completo de últimos modelos de coches salidos al mercado de todas las marcas imaginables y disponibles. Todos por "sólo" cinco cifras en euros. Cada vez ofrecen más caballos de potencia. ¿Por qué, si la velocidad máxima permitida en autopistas es de 120 km/h, se siguen vendiendo coches cada vez más potentes y nadie le pone coto a eso? Cada vez ofertan coches menos contaminantes. Y si son "menos" contaminantes significa que, en definitiva, contaminan. El combustible está cada vez más caro. Y uno se pregunta, ¿cuánto tiempo más tiene que pasar antes de que por fin se de una migración a una tecnología más limpia y sostenible? Los coches eléctricos ya existen. La solución ya está inventada. ¿Por qué no se aplica?
Somos muchos los que no tenemos ningún problema en utilizar el transporte público... pero ¿qué hacemos si no lo hay disponible en la zona donde vivimos?

A éstos últimos se nos termina creando una necesidad que nunca tuvimos: disponer de un vehículo privado. Y para poder utilizarlo, otra necesidad adicional: disponer de un permiso administrativo para utilizarlo. Que por supuesto, tampoco es gratis. Ni siquiera accesible a la mayoría.

Llevo mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza a todo ésto. Desde todos los ángulos posibles. ¿Cómo llegué a semejante disposición de espíritu? En toda mi vida, nada me ha amargado tanto la existencia como ésta situación. Siempre fuí una persona de hábitos frugales. No soy amante de la moda ni de la ostentación. Todo éste barullo publicitario de coches de última moda me suena a consumismo barato, y el doble discurso del Gobierno sobre los accidentes o el medio ambiente una pura demostración de hipocresía, falta de sentido común y sobre todo, de coraje para legislar como es debido.
Y sin embargo, me veo forzada a buscar una solución que pase por la disponibilidad de un vehículo privado. Algo que atenta contra todo principio mío: contamina, obliga al consumo de servicios sobrevalorados que existen gracias a que la gente sigue dispuesta a pagar por ellos y demás.

Me propongo dejar de hablar con la gente de éstos temas. Todos los que me rodean conocen mi situación y lo que me ha supuesto la aventura de la autoescuela. Así que cuando hablamos parecen comprender, pero en el fondo me huelo que están pensando que debo de ser una imbécil para no ser capáz de pasar ese exámen; que carezco de inteligencia comercial si hablo de comprar un coche sin carnet para poder por fin moverme sin tener que seguir en la faena del exámen de mierda; se preguntan cuándo maduraré, si lo haré algún día, cuando planteo la posibilidad de volver a moverme en bicicleta en las distancias cortas como hacía en Uruguay. Una bici se puede meter en el tren, y te soluciona el resto de trayectos... No contamina, es saludable...
En mi trabajo, la caída económica que pasa España se está notando. Están despidiendo personal porque no cierran los números. Y buscan la polivalencia ante todo a la hora de decidir quien se queda y quien se va. Fernando lleva dos semanas disfrutando de excursiones pagadas por la empresa que le suponen que, en lugar de pasar el día encerrado en el taller aguantando a los jefes, tenga que ir a pueblos perdidos en provincias lejanas a dejar un ordenador, disfrutar luego de una comida pagada por la empresa y volverse a casa a las cinco de la tarde mientras el resto (o sea, yo) seguimos en el tajo hasta el final de la jornada. ¿Y por qué Fernando puede disfrutar eso y yo no? Porque tiene su permiso de conducir. Soy la única del taller que no puede salir a atender clientes in situ por ésta razón. El jueves, Fernando y Miguel repartían equipos por media Castilla-La Mancha; Iván los repartía por medio Cáceres y yo aguantaba solita el chaparrón en el taller. Chaparrón originado por el hecho de que había que visitar a dos clientes con problemas y no había quien pudiese ir. Acabé encarando al encargado del taller para ofrecerme a ir andando hasta una de las empresas a cambiar una tarjeta de red. ¿Para qué mover un coche si queda a diez calles?, razoné. Al final, fuí. Pero sigo pensando que, pese a que resolví el problema del cliente, la empresa sigue pensando en la "mala imágen" que da ante éste el hecho de que el técnico llegue a pié a la visita, con las herramientas en un maletín en vez de hacerlo en el coche rotulado de la empresa...

A veces pienso que son cosas mías, que la gente realmente no piensa así. Pero entonces llega algún comentario del tipo: "tú lo que tienes que hacer es sacarte el carnet de una vez y dejarte de tonterías", y ahí es donde la hilacha se ve bien clarita.
Si no entras de lleno en el sistema, el consumo arbitrario e injustificado y la tontería comercial de moda, eres un tonto. Lisa y llanamente.

Pues no. Viéndolo así, hoy decido dos cosas: la primera, se acabó ir por la vida contando el marrón de la autoescuela. A partir de ahora, tema tabú. Ya que de momento no puedo pasar esa página definitivamente, vamos al menos a dejar de dar la brasa con el asunto. La segunda: la semana próxima le pediré a Sergio que me acerque al Decathlon de Las Rozas a comprar una bici. Seguiré buscando coches sin carnet de segunda mano hasta que aparezca alguno que pueda pagar y luego lo conduciré con orgullo y la humildad de siempre. Quizás no pueda ir por ahí presumiendo de que puse el coche a 200 km/h en una recta, pero seguro que podré describir con mucho más detalle que cualquiera los paisajes que se ven por las carreteras secundarias y caminos, por las vías pecuarias y los lugares recónditos por los que jamás se les ocurre pasar a los prisioneros de las autopistas.

Y si mi empresa decide prescindir de mí porque no puedo conducir, la verdad es que sería un palo duro de roer. El vivir conforme a las ideas de uno está muy bien, pero la realidad golpea: la mayoría de las ofertas de empleo en Informática son para personas con permiso de conducir. Si a eso le sumamos que tengo 34 años y soy mujer, cierra y vámonos. Pero ésto, al igual que el dichoso exámen, no puedo solucionarlo. Sólo queda seguir dando lo mejor de una profesionalmente y confiar en que la experiencia tenga otra sorpresa por ahí reservada; la de enseñarme que a lo mejor aquí están valorandome por algo más; que quizás, a fuerza de espíritu rebelde, acabé demostrando yo solita que cuando la actitud de uno se basa en ideas bien fundamentadas, aunque el método difiera de la corriente general, el resultado puede ser igualmente positivo.

Y es que, filosofías aparte, ¿qué otra cosa se puede hacer?