Replay
Hace años Fernando pasó unos meses vendiendo libros puerta a puerta en un vano intento de "arrimar algún peso" en su casa. Algo que, desde el primer día, describió como una experiencia espantosa.
Pero todo en ésta vida deja algo rescatable y de aquella experiencia nos quedó Esteban... Ahora que lo pienso, no sé si lo de "rescatable" se aplica en éste caso, al menos en el estricto sentido en que quise expresarlo en la frase anterior. Seguro que si Fernando lee ésto me dirá que si algo necesita Esteban es que le rescaten, pero lo otro... Bueno. Ya hablaré de Esteban en otra ocasión porque ese personaje daría para un blog aparte.
Lo rescatable que, ésta vez sin segundos sentidos, nos dejó la experiencia de Fernando como vendedor de libros fué una novela del año 87 de un tal Ken Grimwood llamada "Replay" y que, según descubro ahora, se publicó en España con el título de "Volver a Empezar". Fer no consiguió venderle ese libro a nadie y un día le dió por leerlo él. Luego me lo pasó a mí, lo leí, me enamoré de la historia y se lo devolví. Cada tanto recordaba algún pasaje de ese libro, y lo lamenté al descubrir, cuando nos mudamos juntos, que Fernando lo había perdido.
El año pasado tuve que hacer tiempo en casa de Florencia y Damián en Buenos Aires esperando la hora de irme a Ezeiza a tomar mi vuelo de regreso a Madrid y vimos una película: "El Efecto Mariposa". Llegué a casa obsesionada con encontrar por algún sitio aquella vieja novela de Grimwood en la cual un tío moría una y otra vez, (algo parecido a lo que ocurría en la película) y luego de cada muerte "despertaba" de nuevo muchos años antes, con la posibilidad de repetir su historia pero conociendo cómo sería el mundo... y cómo sería él. Cuando parecía que había conseguido la vida perfecta, volvía a morir y empezaba otra vez.
Ultimamente empiezo a creer que no son necesarias fantasías ni utópicas regresiones en el tiempo para repetir una historia... y estoy empezando a creer que es cierto lo que decía siempre Pablo: cuidado con lo que deseas. Podría ocurrir.
A principios de mes "enganché" cinco días libres de un tirón y no se me ocurría a donde ir sin gastar mucho dinero, así que me puse a revolver en Internet y respondí a un anuncio en el cual dos chicos buscaban gente para compartir gastos de viaje y bajar hasta Cádiz.
A finales de septiembre de 2002 me dió por ver en vivo a La Oreja de Van Gogh. Desde mi llegada a España un mes antes no se oía otra cosa por las radios y ya me había picado la curiosidad. Aquella vez también revolví por Internet hasta averiguar donde tocaban. Al final del concierto no había trenes para volver a Madrid, así que pensé en irme temprano, buscar algún hotelucho barato donde pasar la noche y el lugar donde comprar una entrada. "Preguntando se llega a Roma", pensé al entrar en un negocio frente a la Estación de Renfe de Guadalajara para preguntar por ambos puntos. Y allí estaba Sergio. Desde ese día hasta que me casé, fuimos inseparables.
Por éstos días hizo un año desde que papá volvió a nacer. Fué antes de la Semana Santa del año pasado cuando cayó enfermo y estuvo ingresado casi dos meses. Florencia llevaba ya tres semanas en Montevideo y la cosa pintaba mal y para largo, así que me llamó para decirme que tenía que viajar como fuera.
Somos una familia dura de roer. Papá se recuperó despacio pero lo consiguió.
El día que cumplí 32 años me levanté a las 5:30 en casa de papá, mi ex-hogar, y me dí una ducha para depabilarme. Luego me fuí al hospital. Quería estar allí antes de que le despertaran con el desayuno. Me abrazó llorando y disculpándose por no darme un cumpleaños mejor. No le dije nada, pero el mejor regalo era en realidad poder recibir su saludo esa mañana. Semanas atrás Flor y yo creíamos que lo mejor era despedirse sin que él lo notara... A mediodía volví a casa a comer algo y aprovechando que estaba sola y no tenía que andar explicando el por qué de mis ataques de nostalgia, empecé a revisar varias cajas de cosas que sigo pendiente de traer a España. Mi mudanza intercontinental está aún lejos de completarse, pese a los años que llevo ya aquí. Entonces encontré una postal arrugada en el fondo de un cajón. La postal que le mandé a papá desde San Lorenzo de El Escorial el día que Sergio y yo pasamos allí festejando su cumpleaños número 20. Releí la nota que le escribí a papá aquella tarde y volví a dejar la postal donde estaba. No volví a abrir ese cajón el los días que pasé en Montevideo y para mí será siempre "el cajón fantasma".
Pero hace unas cuantas semanas volví a quedar con Sergio. Esta vez me dijo que buscara yo un sitio a mi gusto y no me molesté en dar vueltas. Me fuí directamente a San Lorenzo de El Escorial. Llevábamos un rato riéndonos de cualquier cosa cuando de repente Sergio se puso serio y me preguntó si siempre consigo lo que quiero. Le devolví la pregunta, pero ésta vez ninguno de los dos contestó. No he dejado de pensar en mi respuesta desde entonces.
Lo cierto es que al final no viajé a ningún sitio éste puente de Mayo. Me lo pasé en casa acomodando mi jardín y chateando por el messenger con Alex, el que publicó el anuncio en Internet que contesté hace semanas, justo el día en que firmé mi divorcio.
La semana pasada surgió espontáneamente la idea de hacer alguna escapada de un día y Alex me dijo que no conocía el Monasterio de El Escorial. Podría haberle contado alguna excusa para buscar otro sitio, pero no me salió ninguna y sin comerla ni beberla, ayer volví a visitar ese Monasterio, volví a comprar una entrada con tarjeta de estudiante mientras el chico que me acompañaba, (que otra vez, tiene 9 años menos que yo) lamentaba no disponer de una tarjeta similar para tener esos descuentos, volví a recorrer esos mil pasillos señoriales y decorados con tapices y frescos sin poder sacarme de la cabeza aquella visita del 2002.
Hoy revisé mi correo electrónico y encontré un mensaje de Alex. Dice que le gustó conocerme, que la visita fué agradable, que organizaremos otros viajes más en plan vacaciones...
Llegué a casa ayer de tarde y me eché la siesta. Soñé con Sergio y con un viaje que nunca hicimos y me desperté llorando y pensando que estoy perdiendo el tiempo, tirando de nuevo mi corazón a la basura y preguntándome que debería hacer ahora.
No he contestado el mail de Alex. Sé que no quiero nada de ésta historia más que lo que buscaba cuando contesté su anuncio de Internet: amigos para viajar.
Lo mismo que hace años cuando recién llegué a España y me fuí a ver aquel concierto...
Si siempre consigo lo que quiero... si hubiera querido ser sincera con Sergio esa noche, en aquella habitación de hotel con vistas al Monasterio, le habría dicho que sí, que casi todas las cosas que he querido de verdad en ésta vida las he conseguido, pero que algunas han llegado en el momento inapropiado. También le habría dicho que no creo que nadie pueda afirmar que ha logrado el 100% de lo que se propone en la vida, pero que creo que el truco está en intentar tener claro lo que se busca, procurar que sean cosas razonables y no dejarse venir abajo cuando parece que el objetivo se aleja. El punto es, ¿cómo saber lo que quiero realmente? A veces me parece que tengo clarísimo lo que no quiero, y luego resulta que sí lo quería... Ya me estoy haciendo un lío. Sospecho que fué a ésta altura de mi razonamiento cuando le devolví la pregunta a Sergio dejando la suya sin responder.
Ahora publicaré éste artículo y mientras tanto pensaré qué le contesto a Alex. Que complicado... ¿¿Alguien puede decirme por qué tengo la molesta sensación de estar viviendo la aventura de Bill Murray en "Groundhog Day"??
Pero todo en ésta vida deja algo rescatable y de aquella experiencia nos quedó Esteban... Ahora que lo pienso, no sé si lo de "rescatable" se aplica en éste caso, al menos en el estricto sentido en que quise expresarlo en la frase anterior. Seguro que si Fernando lee ésto me dirá que si algo necesita Esteban es que le rescaten, pero lo otro... Bueno. Ya hablaré de Esteban en otra ocasión porque ese personaje daría para un blog aparte.
Lo rescatable que, ésta vez sin segundos sentidos, nos dejó la experiencia de Fernando como vendedor de libros fué una novela del año 87 de un tal Ken Grimwood llamada "Replay" y que, según descubro ahora, se publicó en España con el título de "Volver a Empezar". Fer no consiguió venderle ese libro a nadie y un día le dió por leerlo él. Luego me lo pasó a mí, lo leí, me enamoré de la historia y se lo devolví. Cada tanto recordaba algún pasaje de ese libro, y lo lamenté al descubrir, cuando nos mudamos juntos, que Fernando lo había perdido.
El año pasado tuve que hacer tiempo en casa de Florencia y Damián en Buenos Aires esperando la hora de irme a Ezeiza a tomar mi vuelo de regreso a Madrid y vimos una película: "El Efecto Mariposa". Llegué a casa obsesionada con encontrar por algún sitio aquella vieja novela de Grimwood en la cual un tío moría una y otra vez, (algo parecido a lo que ocurría en la película) y luego de cada muerte "despertaba" de nuevo muchos años antes, con la posibilidad de repetir su historia pero conociendo cómo sería el mundo... y cómo sería él. Cuando parecía que había conseguido la vida perfecta, volvía a morir y empezaba otra vez.
Ultimamente empiezo a creer que no son necesarias fantasías ni utópicas regresiones en el tiempo para repetir una historia... y estoy empezando a creer que es cierto lo que decía siempre Pablo: cuidado con lo que deseas. Podría ocurrir.
A principios de mes "enganché" cinco días libres de un tirón y no se me ocurría a donde ir sin gastar mucho dinero, así que me puse a revolver en Internet y respondí a un anuncio en el cual dos chicos buscaban gente para compartir gastos de viaje y bajar hasta Cádiz.
A finales de septiembre de 2002 me dió por ver en vivo a La Oreja de Van Gogh. Desde mi llegada a España un mes antes no se oía otra cosa por las radios y ya me había picado la curiosidad. Aquella vez también revolví por Internet hasta averiguar donde tocaban. Al final del concierto no había trenes para volver a Madrid, así que pensé en irme temprano, buscar algún hotelucho barato donde pasar la noche y el lugar donde comprar una entrada. "Preguntando se llega a Roma", pensé al entrar en un negocio frente a la Estación de Renfe de Guadalajara para preguntar por ambos puntos. Y allí estaba Sergio. Desde ese día hasta que me casé, fuimos inseparables.
Por éstos días hizo un año desde que papá volvió a nacer. Fué antes de la Semana Santa del año pasado cuando cayó enfermo y estuvo ingresado casi dos meses. Florencia llevaba ya tres semanas en Montevideo y la cosa pintaba mal y para largo, así que me llamó para decirme que tenía que viajar como fuera.
Somos una familia dura de roer. Papá se recuperó despacio pero lo consiguió.
El día que cumplí 32 años me levanté a las 5:30 en casa de papá, mi ex-hogar, y me dí una ducha para depabilarme. Luego me fuí al hospital. Quería estar allí antes de que le despertaran con el desayuno. Me abrazó llorando y disculpándose por no darme un cumpleaños mejor. No le dije nada, pero el mejor regalo era en realidad poder recibir su saludo esa mañana. Semanas atrás Flor y yo creíamos que lo mejor era despedirse sin que él lo notara... A mediodía volví a casa a comer algo y aprovechando que estaba sola y no tenía que andar explicando el por qué de mis ataques de nostalgia, empecé a revisar varias cajas de cosas que sigo pendiente de traer a España. Mi mudanza intercontinental está aún lejos de completarse, pese a los años que llevo ya aquí. Entonces encontré una postal arrugada en el fondo de un cajón. La postal que le mandé a papá desde San Lorenzo de El Escorial el día que Sergio y yo pasamos allí festejando su cumpleaños número 20. Releí la nota que le escribí a papá aquella tarde y volví a dejar la postal donde estaba. No volví a abrir ese cajón el los días que pasé en Montevideo y para mí será siempre "el cajón fantasma".
Pero hace unas cuantas semanas volví a quedar con Sergio. Esta vez me dijo que buscara yo un sitio a mi gusto y no me molesté en dar vueltas. Me fuí directamente a San Lorenzo de El Escorial. Llevábamos un rato riéndonos de cualquier cosa cuando de repente Sergio se puso serio y me preguntó si siempre consigo lo que quiero. Le devolví la pregunta, pero ésta vez ninguno de los dos contestó. No he dejado de pensar en mi respuesta desde entonces.
Lo cierto es que al final no viajé a ningún sitio éste puente de Mayo. Me lo pasé en casa acomodando mi jardín y chateando por el messenger con Alex, el que publicó el anuncio en Internet que contesté hace semanas, justo el día en que firmé mi divorcio.
La semana pasada surgió espontáneamente la idea de hacer alguna escapada de un día y Alex me dijo que no conocía el Monasterio de El Escorial. Podría haberle contado alguna excusa para buscar otro sitio, pero no me salió ninguna y sin comerla ni beberla, ayer volví a visitar ese Monasterio, volví a comprar una entrada con tarjeta de estudiante mientras el chico que me acompañaba, (que otra vez, tiene 9 años menos que yo) lamentaba no disponer de una tarjeta similar para tener esos descuentos, volví a recorrer esos mil pasillos señoriales y decorados con tapices y frescos sin poder sacarme de la cabeza aquella visita del 2002.
Hoy revisé mi correo electrónico y encontré un mensaje de Alex. Dice que le gustó conocerme, que la visita fué agradable, que organizaremos otros viajes más en plan vacaciones...
Llegué a casa ayer de tarde y me eché la siesta. Soñé con Sergio y con un viaje que nunca hicimos y me desperté llorando y pensando que estoy perdiendo el tiempo, tirando de nuevo mi corazón a la basura y preguntándome que debería hacer ahora.
No he contestado el mail de Alex. Sé que no quiero nada de ésta historia más que lo que buscaba cuando contesté su anuncio de Internet: amigos para viajar.
Lo mismo que hace años cuando recién llegué a España y me fuí a ver aquel concierto...
Si siempre consigo lo que quiero... si hubiera querido ser sincera con Sergio esa noche, en aquella habitación de hotel con vistas al Monasterio, le habría dicho que sí, que casi todas las cosas que he querido de verdad en ésta vida las he conseguido, pero que algunas han llegado en el momento inapropiado. También le habría dicho que no creo que nadie pueda afirmar que ha logrado el 100% de lo que se propone en la vida, pero que creo que el truco está en intentar tener claro lo que se busca, procurar que sean cosas razonables y no dejarse venir abajo cuando parece que el objetivo se aleja. El punto es, ¿cómo saber lo que quiero realmente? A veces me parece que tengo clarísimo lo que no quiero, y luego resulta que sí lo quería... Ya me estoy haciendo un lío. Sospecho que fué a ésta altura de mi razonamiento cuando le devolví la pregunta a Sergio dejando la suya sin responder.
Ahora publicaré éste artículo y mientras tanto pensaré qué le contesto a Alex. Que complicado... ¿¿Alguien puede decirme por qué tengo la molesta sensación de estar viviendo la aventura de Bill Murray en "Groundhog Day"??