veintitres
de como recuperar mi suerte
Sindicación
 
Nacidos para Correr
El otro día me tocó por primera vez ir a instalar un equipo para un cliente in situ. Me enviaron con Miguel, y tuvimos que hacer un viajecillo de una media hora para ir y otra media para volver, lo cual dió tiempo a charlar un rato.
Ya estoy acostumbrada a que, en éstas conversaciones iniciales, la gente me pregunte por mi experiencia como inmigrante. Generalmente sienten curiosidad por saber por qué viniste, por qué aquí y no a otro sitio, algunos incluso preguntan cómo era tu país.
Pero la costumbre de relatar mis aventuras no me aburre, siempre aparece algo nuevo que contar. Confieso que a veces me ofende un poco. Depende de quien pregunte. Pero no fué el caso con Miguel ni tampoco, días después, con Alex en nuestra memorable excursión por San Lorenzo.
También se ha dado el caso contrario: cuando he ido de visita a Uruguay la gente pregunta por mi vida acá. Esta parte es la más espinosa. Lo ha sido hasta ahora, por lo menos, y la verdad es que no sé si estoy todavía preparada para hablar de ésto, si encontraré las palabras. Al menos lo intentaré. Tampoco sé si la próxima vez que vaya mi relato será distinto, si lograré abrir finalmente el corazón. Supongo que sí. Al menos Luis ya conoce la cara verdadera de la moneda, y papá, y Flor... Ellos no necesitan que les cuente más.

Hoy fué jornada electoral. La verdad es que la política en éste país no me parece política para nada. Más bien la veo como una mezcla de circo mediático y enrevesados intereses económicos.
En Uruguay en cambio la veía como un circo en toda regla, inereses económicos hasta donde daba (no se puede decir que allí haya mucho pastel que repartir, comparado con España, claro) y una débil fuente de esperanza para los eternos desesperados ciudadanos que aún creen que "ésto va a cambiar".
Cuando pienso en Uruguay, en lo que viví allí, en lo que viven hoy mis amigos, siempre me viene a la cabeza una escena de la película "Martín H" en la que Martín, padre (Federico Luppi) le dice a Martín, hijo (Juan Diego Botto), ante la idea de que el hijo decida quedarse en España "eso no es un país, es una trampa". Se refiere a Argentina, pero para el caso, puede aplicarse también a Uruguay. También le explica que la trampa consiste en que se pasan la vida vendiéndole a la gente que eso va a cambiar, y que los interpelados verán el cambio y se beneficiarán de él. La verdad es que yo en el fondo también creo que algún día en Uruguay se podrá vivir mejor, pero hace años que me dí cuenta de que no será en un futuro próximo y me sentí ante la opción de dejar que mi juventud pasara mientras esperaba ese cambio o salir a buscarme la vida fuera. Bien dicen que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde, o en mi caso, hasta que se deja atrás.
Recién al estar lejos me dí cuenta de que había cosas buenas allí, y de que hay cosas de Montevideo que siempre echaré de menos. Cosas chiquitas, del día a día, lugares, gente... que sumadas hacen una bola de recuerdos que cada tanto hace bien dejar que afloren. Ahora, por ejemplo, tengo en el fondo de escritorio del PC una foto de la Plaza Independencia. Hasta hace dos semanas tenía el Monasterio de El Escorial.
Papá siempre nos dió, desde chicas, dos consejos: el primero que nos consideráramos "ciudadanas del mundo". Siempre nos decía eso cuando hablábamos de sus viajes, y de las cosas que había visto fuera. Era un buen consejo, aún lo aplico. Pero ahora sé que una cosa es ser turista y otra muy distinta ser inmigrante. El turista sale fuera y es bienvenido. Cuando vuelve a casa, es un triunfador. El inmigrante ve muchas puertas cerrarse en sus narices y volver a casa sería el fracaso. Hay que entender lo de "ciudadanos del mundo" según lo decía papá, claro.
Yo nací en Montevideo, pero pasé los primeros años de mi vida en un horrible pueblo del departamento de Canelones llamado Soca. De allí era mi madre, y según tengo entendido, cuando se casó con papá tenía sus ventajas vivir allí. Ventajas que se esfumaron (o más bien nunca fueron tales) a poco de instalarse ellos, según descubrió papá.
De aquellos años recuerdo la casa, el salón era enorme y tenía dos niveles. En el de abajo papá montaba un descomunal Belén (allá le llamábamos "El Pesebre") en cada Navidad. En el de arriba estaba el anticuado aparato de música de papá, con radio y platina de discos en un mueble de madera. Siempre lo dejaban desconectado porque yo tenía una curiosidad enfermiza por el aparato y me encantaba meterme detrás a investigarlo por dentro. Empezó esa obsesión cuando una vez estuvo estropeado y un técnico vino a repararlo dejando la tapa posterior sin atornillar. Yo imaginaba que aquella máquina estaba llena de personitas que hablaban o cantaban y hacía mil y una triquiñuelas para intentar descubrirlas. No es tan extraño que terminara trabajando varios años como operadora de sonido, unos cuantos meses proyectando películas en cines y ahora trabaje reparando ordenadores...
No tengo más recuerdos de mis años infantiles en Soca, salvo ese, mi perra Linda, una gata cuyo nombre no recuerdo ya y la costumbre de llevar a casa los bolsillos llenos de escarabajos para espanto de mamá.
Pero volviendo al tema, Soca era lo que bien dicen, pueblo chico, infierno grande. Hasta hace cinco años gobernado por la extrema derecha, el departamento de Canelones (y Soca en particular) era una cuna de fachas. Incluídos la mayoría de los familiares de mamá.
Pero hubo excepciones. Durante la época de la dictadura militar varias primas de mamá tuvieron que exiliarse en Europa para escapar del régimen. Incluso una no lo consiguió y aguantó como pudo el infierno de la detención y los interrogatorios (claro eufemismo para torturas, obviamente) para arrastrar las consecuencias el resto de su vida. Los demás se instalaron en Francia, en un pueblo de montaña cercano a la frontera con Suiza llamado Annecy.
Papá les visitó por primera vez en 1980 y entonces empezaron sus relatos ensoñadores de las maravillas que había en Europa. Yo conocí el viejo continente en 1994 y a mis primas de Francia. Hace un par de semanas estuvieron de visita en Madrid y nos encontramos. Las experiencas de papá (y mías) como turista no pueden compararse con la nostalgia del exilio o la incertidumbre de la inmigración ilegal, y eso papá lo sabe de oídas, pero no por haberlo vivido.
Cuando estaba "atrapada" en Uruguay (así me sentía), nunca tuve claro qué opinaba sobre los que no soñaban con emigrar. Quienes crecimos en la dictadura fuimos educados, bien en la cultura de que "triunfar se triunfa afuera" o bien en la de "antes que huír, hay que quedarse a luchar por lo nuestro". Yo entré en el primer grupo y sobre los del otro a veces me parecían valientes Quijotes luchando contra los molinos de viento y otras eternos ilusos. Sigo pensando igual.
Sobre mí misma pesaba el sentimiento de culpa por no ser lo bastante atrevida como para dar el paso que, según lo aprendido desde siempre, me convertiría en una triunfadora. Ahora sé que lo de triunfar es relativo. Se triunfa para uno mismo, no para los demás. Lo que los demás vean será lo que quieran ver, más allá de la imagen que uno proyecte de su aventura.

El otro consejo de papá era "no hagas nunca nada de lo que después te vayas a arrepentir". Algo en lo que siempre pienso cuando tengo que tomar una decisión difícil, y podría decir que hasta poco después de mi venida a España no tuve secretos inconfesables. Creo que la primera vez que hice algo sabiendo que me arrepentiría después fué cuando decidí continuar con mi matrimonio a pesar de no estar enamorada. Una farsa lleva a otra farsa y así, cada vez que hablaba o escribía o visitaba a mis amigos de Uruguay todo eran anécdotas agradables, lo bien que nos iba juntos, la suerte que había tenido en España... La realidad era bien distinta y el sentimiento de estar mintiendo a quienes más quería terminó por espaciar cada vez más los emails y las llamadas. En mi última visita el año pasado, Fernando se dió cuenta de que algo no iba como yo contaba. Todavía no le he dicho que mi matrimonio se acabó. A lo mejor alguien se lo ha contado ya. Pero junto con esa, hay varias conversaciones pendientes para la próxima visita, y me pregunto si tendré el valor suficiente para enfrentarme a la gente que siempre confió en mí y decirles, sin tapujos, que éstos seis años les estuve mintiendo a la cara, que la vida en España no era un lecho de rosas y mi matrimonio menos aún. Sé que lo comprenderán, pero empiezo a sospechar que, aunque no termine volviendo a Uruguay, el fracaso se insinuará en más de una cabeza pensante... o quizás sólo en la mía. Lo mismo pensaba hace un par de meses cuando me decidí a llamar a Sergio de nuevo después de tantos años. Tal vez ese fué mi ensayo para lo que vendrá cuando vuelva a visitar Uruguay. Siempre veo el vaso medio vacío... lo más probable es que, después de tanto desasosiego, la mayoría terminen diciéndome lo mismo que me dijo Sergio aquella tarde: "Hiciste lo que te pareció correcto. Ya está." Ahí se vé quien te quiso y quien no.

Hoy voté por primera vez como ciudadana española. Me resulta raro lo de que no sea obligatorio ir a votar, como en Uruguay; el que mucha gente pase olímpicamente del asunto como si el gobierno no fuera para ellos; lo de elegir las papeletas a la vista de los que anden por ahí (en Uruguay el voto es secreto, se hace a solas en una habitación como un ritual sagrado), que los sobres no estén numerados y que en algunas mesas no sea el propio elector quien lo introduce en la urna sino el presidente de mesa. Pero me hizo ilusión votar , no porque un papel diga que soy española, sino por lo que despierta el poder elegir, opinar, identificarse con alguna idea (voté por un partido minoritario). Hace un par de años, cuando fueron las elecciones en Uruguay, no pude ir a votar. Los uruguayos no podemos votar fuera del país, ni por correo ni en los Consulados. Me acuerdo que Fernando pasaba de ir a votar, siempre decía que iba por no pagar la multa pero que votaría en blanco o nulo. Sin embargo, esa tarde en que más de medio Uruguay depositó su confianza en el Encuentro Progresista pareció que todo el país se volvía a emborrachar de esperanza. Fernando me llamó esa tarde, todavía no había empezado el escrutinio de votos pero ya se sabía por los sondeos que se había terminado, al menos por cinco años, el viejo lastre facha de los partidos que apoyaron el golpe de estado y la dictadura hace 30 años y que se dedicaron a saquear lo poco que quedaba, material y no tanto, en los quince años posteriores al régimen. Escuché el mensaje de Fer en mi contestador y lloré. Lloré recordando los primeros años de la década de los 80, cuando mamá nos mandaba al colegio sin olvidarse nunca de recordarnos que no mencionáramos nada de política allí (todavía había miedo de manifestar ideas); o unos años después, cuando papá me llevaba a los actos de la campaña electoral del 84/85... Nos sabíamos todas las cantinelas, las consignas, las canciones de protesta...
No sé si volveré a hablar alguna vez de "mi país". No es probable que regrese para quedarme tampoco. Como siempre digo, volver a Montevideo sería empezar a echar de menos España, además de ser una inmigrante en mi propia tierra... Si hasta me suena raro cuando, refiriéndose a Uruguay, alguien me pregunta por ese lugar con sentido de pertenencia. Irónicamente, y no en el sentido de los viejos consejos de papá, acabé por ser una "ciudadana del mundo", o más bien, una ciudadana de ninguna parte.

La semana pasada me llamó Teresa. Me dijo que en Francia, en los alrededores de París, puedo conseguir fácilmente trabajo como Informática si hablo el idioma. Desde que empezó mi proceso de divorcio le voy dando vueltas a la idea de cambiar de aires. Por ahora muchas cosas me retienen aquí; objetivos vigentes, mi casa, mis perras... pero algo me dice que necesito distancia para volver a ver las cosas en foco y no voy a lograrlo permaneciendo aquí, donde la realidad que hace poco dejé sigue patente, vital... París, Londres, Berlín, cualquier sitio estaría bien. Por un tiempo. Otro idioma, otra gente, sobrevivir otra vez a partir de cero, salir del ostracismo, de la comodidad... volver a sentir que la vida es algo más que levantarse, ir al curro, volver a casa, acostarse... echar de menos lo que dejaste atrás. A lo mejor a fuerza de desarraigo tras desarraigo la nostalgia desaparece, o se vuelve como una droga, que para sentir sus efectos cada vez se necesiten dosis mayores, hasta que al final no tenga efecto en absoluto. Huída geográfica, diría un psicólogo. Pero si funciona, ¿por qué no? De momento, la semilla germina. Ya veremos.
Etiquetas:  
No