Bizarre Love Triangle
"-Allá lejos, al otro lado del pinar -dijo él en voz baja y soñadora-, hay un jardincito; la hierba crece en él alta y espesa; allí se abren las estrellas blancas de la cicuta; allí canta el ruiseñor durante toda la noche. Durante toda la noche canta, y la helada luna de cristal mira hacia abajo y el tejo añoso extiende sus brazos gigantescos sobre los durmientes...
Los ojos de Virginia se arrasaron de lágrimas y escondió la cara entre sus manos.
-Habla usted del Jardín de la Muerte. -murmuró.
-Sí; de la Muerte. ¡La Muerte, que devde ser tan hermosa! Descansar en la blanca tierra oscura, bajo las hierbas que se balancean con el aire, y escuchar el silencio... No tener ni ayer ni mañana. Olvidar el tiempo y la vida, yacer en paz... Usted puede ayudarme. Usted puede abrirme las puertas de la Muerte, porque el Amor le acompaña a usted siempre, y el Amor es más fuerte que la Muerte."
Oscar Wilde - El Fantasma de Canterville.
-Así es la vida. -le dije hace tiempo.
Y se puso triste, melancólico... después se enfadó.
-No digas eso, siempres dices eso. Usas esa frase demasiado.
Todavía me quedaba bastante THC en el cuerpo como para agradecerlo. Así era más fácil disimular. En medio de la estúpida risita falsa le pregunté cuando había usado esa frase con él y contestó que aquella vez, en la plaza de Alcalá de Henares.
No creí que se acordara en realidad. En esos ratos en que algo parece clavarse en el pecho y el corazón se estruja un poco y parece que voy a romper a llorar de nuevo, todavía pienso que no se acordaba. Pienso que lo dijo porque me lo escuchó decir a mí antes. Pero a veces, cuando la nube en la cabeza aleja un poco a mi parte suspicaz, muy bajito una voz me dice que era verdad; que él recuerda más que lo que me deja ver cuando estamos lúcidos... Pero ahora ¿qué más da?
Anoche fué uno de esos ratos para no olvidar (¡¡no vaya a ser que se repita!!).
Me dí cuenta de que la idea había sido mala desde el primer momento, pero ya puestos, había que llegar hasta el final. Sin embargo no estoy tan mal como para dejar que aquella extraña situación se me fuera del todo de las manos y no me importó insistir en que me llevaran a casa en vez de seguir con la juerga. Eso pareció refrenarles un poco y en lugar de seguir recorriendo bares (y poniéndome a mí histérica cada vez que pensaba que ese tipo que ya iba por la novena copa y el séptimo porro era quien conducía), aparcamos en el mirador. El no sabía muy bien para qué (supongo). Yo a esperar que se le pasara un poco el efecto de toda esa porquería antes de pedirle seriamente que me llevara hasta casa. Con la lluvia como ruido de fondo hablamos de a ratos. Otros callamos. Me contó que intentó suicidarse por segunda vez la semana pasada. Así, como si realmente me importara un pito lo que decía... Le ví las marcas en los brazos en cuanto me lo presentó Alex y no era la primera vez que veía marcas como esas. Y la sarta de idioteces que dijo durante el resto de la noche me confirmaron lo que ya sospechaba: este tipo está muy mal. No porque intente matarse, sino por el teatro que tiene montado con el asunto como punto neurálgico. Es como si fuera por la vida diciendo "mira que pena doy, pobre de mí, el daño que me hizo la puta de mi mujer". Aquí entre nos, si yo hubiera sido ella habría hecho lo mismo, pero no habría tardado tanto. 27 años y pensando que ya está todo visto, pobre ser... La verdad es que me dieron ganas de mandarle a la mismísima, pero no sé... un poco tenía miedo de que le diera por hacer alguna idiotez en vez de enfilar la M505 Cruz Verde arriba y dejarme sana y salva en casita y otro poco... bueno, otro poco porque allí entre los pinos, a oscuras, hablando bajito, sus ojos me recordaron a otros ojos. Aquellos que parecían a punto de llorar cuando (¿recordó?) la tarde en Alcalá cuando, mientras yo me alejaba ofendida, él me decía "yo también te quiero"...
Entonces no lo mandé a la mismísima. Me limité a decirle cuatro palabras huecas con buena intención porque en ese momento no me pareció un chiquito caprichoso de mamá sino un ser humano con su sensibilidad herida que no sabe para donde agarrar. Que sigue dándome igual, pero cuyo dolor, en el fondo, comparto.
Sin embargo, no pienso comulgar con ese dolor. Aquí Sir Simon no encontrará a su Virginia.
Pensé que lo mejor era tomarlo para la risa. Hubo un momento en que se estaban burlando de mí. Uno compenetrado en su tinglado convencido de ser el centro del universo porque su mujer le dejó; el otro porque ya hacía rato que tenía anulada la neurona por el alcohol y se limitaba a seguirle el juego al primero. Al principio me ofendí. Pero entonces ví la escena como si me la relataran desde fuera: dos tíos que parecen imbéciles, con una chica a la que acaban de conocer y a la cual uno (supuestamente) pretende conquistar y no se les ocurre nada mejor que asombrarse de que ella pida un refresco en vez de más alcohol y encima ponerse a hablar de fútbol!!! ¿Dónde aprendieron éstos, por Dios? ¡¡La risa que me dió!! No podía parar. Todavía tengo agujetas en la panza de ese ataque de risa... ¡Y los dos pensando que me reía porque me divertía con ellos, no a costillas de ellos! Que momento, como decía Fernando...
En cuanto aparcamos en el mirador Alex se quedó dormido (¡¡en buena hora!!) y fué con Ivan con quien pasé hablando (o no) hasta las seis de la mañana. Me contó sus cuitas y se quedó callado. Después me agradeció por el rato de paz que estábamos compartiendo. Me dió pena. No le desengañé diciéndole que no estábamos compartiendo nada. Tampoco es un mal tipo, sólo un pobre diablo engreído. Si antes de que empezara a ponerse, hasta me caía bien y todo...
Al igual que con Sergio cuando me sacó al tapete la escenita dichosa de la Plaza Cervantes, tampoco sé si Ivan era sincero cuando me agradeció el rato de paz entre los pinos, con el ruido de la lluvia. La diferencia es que, en el caso de Iván, me importa un cuerno si era sincero o no. Si a él le hizo bien, tanto mejor.
En un rato de silencio me le quedé mirando, sin verle. Pensaba en Esteban. ¿En qué andará Esteban? ¿Se acordará de mí, de los ratos que pasamos juntos? Porque lo pasábamos bien juntos. Hacíamos disparates, pero con Esteban los disparates quedaron para el recuerdo; para mi recuerdo. Era un tipo delirante, inconsciente, un bala perdida. Pero así le apreciaba yo. Como era. Nunca supe que pensaba él de mí. Es igual.
Una noche hablábamos de sus tendencias autodestructivas (vaya si las tenía!!) Me dijo "yo estoy muerto ya". Tenía 27 años, cuatro gatos, un trabajo decente, un novio celoso y a mí como amiga incondicional. No pasé mucho tiempo con él después de aquella noche. Al poco tiempo perdió su casa, su trabajo, sus gatos y a mí. Y yo a él, a su pasión, a sus locuras, a su desenfado, a la luz de sus ojos verdes con pestañas larguísimas... "parecen soles", decía él.
Ya nadie sabe nada de Esteban. Desapareció. A veces, como fantasma, le han visto por la calle. Me han contado que no está bien. Una vez me envió un mail, hace como cuatro años. Seguía diciendo que su vida era un desastre. Al menos en eso era realista.
Una vez me llamó "mujer de risa fácil". Tengo la risa fácil, sí. La risa irónica. La sonrisa sincera me cuesta más.
He caminado por Montevideo con aires de turista las veces que estuve allí mirando a todas partes a ver si le veía... Siempre andaba por ahí.
¿Y Alex? Alex ya pasó. Lo siento, chico, pero no me vales. Tienes un corazón de oro pero te faltan tablas. Necesito un cerebro detrás del corazón, así soy yo. Tienes buenos sentimientos, pero no has aprendido todavía qué hacer con ellos. Y yo no soy la persona apropiada para enseñártelo. Esa etapa quiero dejarla definitivamente atrás, y además primero tendría que aprenderlo yo misma. Debería hablar contigo y aconsejarte seriamente que dejes de preocuparte tanto por tu amigo Ivan, que no le sigas tanto el juego porque puedes acabar mal, pero basta. Como dice la canción de OBK, "que cada cual aguante su cruz". Cecilia lo decía con otras palabras: "Yo no avivo giles. Que se aviven solos."
Si señores, mal que les (nos) pese a algunos, así es la vida.
Los ojos de Virginia se arrasaron de lágrimas y escondió la cara entre sus manos.
-Habla usted del Jardín de la Muerte. -murmuró.
-Sí; de la Muerte. ¡La Muerte, que devde ser tan hermosa! Descansar en la blanca tierra oscura, bajo las hierbas que se balancean con el aire, y escuchar el silencio... No tener ni ayer ni mañana. Olvidar el tiempo y la vida, yacer en paz... Usted puede ayudarme. Usted puede abrirme las puertas de la Muerte, porque el Amor le acompaña a usted siempre, y el Amor es más fuerte que la Muerte."
Oscar Wilde - El Fantasma de Canterville.
-Así es la vida. -le dije hace tiempo.
Y se puso triste, melancólico... después se enfadó.
-No digas eso, siempres dices eso. Usas esa frase demasiado.
Todavía me quedaba bastante THC en el cuerpo como para agradecerlo. Así era más fácil disimular. En medio de la estúpida risita falsa le pregunté cuando había usado esa frase con él y contestó que aquella vez, en la plaza de Alcalá de Henares.
No creí que se acordara en realidad. En esos ratos en que algo parece clavarse en el pecho y el corazón se estruja un poco y parece que voy a romper a llorar de nuevo, todavía pienso que no se acordaba. Pienso que lo dijo porque me lo escuchó decir a mí antes. Pero a veces, cuando la nube en la cabeza aleja un poco a mi parte suspicaz, muy bajito una voz me dice que era verdad; que él recuerda más que lo que me deja ver cuando estamos lúcidos... Pero ahora ¿qué más da?
Anoche fué uno de esos ratos para no olvidar (¡¡no vaya a ser que se repita!!).
Me dí cuenta de que la idea había sido mala desde el primer momento, pero ya puestos, había que llegar hasta el final. Sin embargo no estoy tan mal como para dejar que aquella extraña situación se me fuera del todo de las manos y no me importó insistir en que me llevaran a casa en vez de seguir con la juerga. Eso pareció refrenarles un poco y en lugar de seguir recorriendo bares (y poniéndome a mí histérica cada vez que pensaba que ese tipo que ya iba por la novena copa y el séptimo porro era quien conducía), aparcamos en el mirador. El no sabía muy bien para qué (supongo). Yo a esperar que se le pasara un poco el efecto de toda esa porquería antes de pedirle seriamente que me llevara hasta casa. Con la lluvia como ruido de fondo hablamos de a ratos. Otros callamos. Me contó que intentó suicidarse por segunda vez la semana pasada. Así, como si realmente me importara un pito lo que decía... Le ví las marcas en los brazos en cuanto me lo presentó Alex y no era la primera vez que veía marcas como esas. Y la sarta de idioteces que dijo durante el resto de la noche me confirmaron lo que ya sospechaba: este tipo está muy mal. No porque intente matarse, sino por el teatro que tiene montado con el asunto como punto neurálgico. Es como si fuera por la vida diciendo "mira que pena doy, pobre de mí, el daño que me hizo la puta de mi mujer". Aquí entre nos, si yo hubiera sido ella habría hecho lo mismo, pero no habría tardado tanto. 27 años y pensando que ya está todo visto, pobre ser... La verdad es que me dieron ganas de mandarle a la mismísima, pero no sé... un poco tenía miedo de que le diera por hacer alguna idiotez en vez de enfilar la M505 Cruz Verde arriba y dejarme sana y salva en casita y otro poco... bueno, otro poco porque allí entre los pinos, a oscuras, hablando bajito, sus ojos me recordaron a otros ojos. Aquellos que parecían a punto de llorar cuando (¿recordó?) la tarde en Alcalá cuando, mientras yo me alejaba ofendida, él me decía "yo también te quiero"...
Entonces no lo mandé a la mismísima. Me limité a decirle cuatro palabras huecas con buena intención porque en ese momento no me pareció un chiquito caprichoso de mamá sino un ser humano con su sensibilidad herida que no sabe para donde agarrar. Que sigue dándome igual, pero cuyo dolor, en el fondo, comparto.
Sin embargo, no pienso comulgar con ese dolor. Aquí Sir Simon no encontrará a su Virginia.
Pensé que lo mejor era tomarlo para la risa. Hubo un momento en que se estaban burlando de mí. Uno compenetrado en su tinglado convencido de ser el centro del universo porque su mujer le dejó; el otro porque ya hacía rato que tenía anulada la neurona por el alcohol y se limitaba a seguirle el juego al primero. Al principio me ofendí. Pero entonces ví la escena como si me la relataran desde fuera: dos tíos que parecen imbéciles, con una chica a la que acaban de conocer y a la cual uno (supuestamente) pretende conquistar y no se les ocurre nada mejor que asombrarse de que ella pida un refresco en vez de más alcohol y encima ponerse a hablar de fútbol!!! ¿Dónde aprendieron éstos, por Dios? ¡¡La risa que me dió!! No podía parar. Todavía tengo agujetas en la panza de ese ataque de risa... ¡Y los dos pensando que me reía porque me divertía con ellos, no a costillas de ellos! Que momento, como decía Fernando...
En cuanto aparcamos en el mirador Alex se quedó dormido (¡¡en buena hora!!) y fué con Ivan con quien pasé hablando (o no) hasta las seis de la mañana. Me contó sus cuitas y se quedó callado. Después me agradeció por el rato de paz que estábamos compartiendo. Me dió pena. No le desengañé diciéndole que no estábamos compartiendo nada. Tampoco es un mal tipo, sólo un pobre diablo engreído. Si antes de que empezara a ponerse, hasta me caía bien y todo...
Al igual que con Sergio cuando me sacó al tapete la escenita dichosa de la Plaza Cervantes, tampoco sé si Ivan era sincero cuando me agradeció el rato de paz entre los pinos, con el ruido de la lluvia. La diferencia es que, en el caso de Iván, me importa un cuerno si era sincero o no. Si a él le hizo bien, tanto mejor.
En un rato de silencio me le quedé mirando, sin verle. Pensaba en Esteban. ¿En qué andará Esteban? ¿Se acordará de mí, de los ratos que pasamos juntos? Porque lo pasábamos bien juntos. Hacíamos disparates, pero con Esteban los disparates quedaron para el recuerdo; para mi recuerdo. Era un tipo delirante, inconsciente, un bala perdida. Pero así le apreciaba yo. Como era. Nunca supe que pensaba él de mí. Es igual.
Una noche hablábamos de sus tendencias autodestructivas (vaya si las tenía!!) Me dijo "yo estoy muerto ya". Tenía 27 años, cuatro gatos, un trabajo decente, un novio celoso y a mí como amiga incondicional. No pasé mucho tiempo con él después de aquella noche. Al poco tiempo perdió su casa, su trabajo, sus gatos y a mí. Y yo a él, a su pasión, a sus locuras, a su desenfado, a la luz de sus ojos verdes con pestañas larguísimas... "parecen soles", decía él.
Ya nadie sabe nada de Esteban. Desapareció. A veces, como fantasma, le han visto por la calle. Me han contado que no está bien. Una vez me envió un mail, hace como cuatro años. Seguía diciendo que su vida era un desastre. Al menos en eso era realista.
Una vez me llamó "mujer de risa fácil". Tengo la risa fácil, sí. La risa irónica. La sonrisa sincera me cuesta más.
He caminado por Montevideo con aires de turista las veces que estuve allí mirando a todas partes a ver si le veía... Siempre andaba por ahí.
¿Y Alex? Alex ya pasó. Lo siento, chico, pero no me vales. Tienes un corazón de oro pero te faltan tablas. Necesito un cerebro detrás del corazón, así soy yo. Tienes buenos sentimientos, pero no has aprendido todavía qué hacer con ellos. Y yo no soy la persona apropiada para enseñártelo. Esa etapa quiero dejarla definitivamente atrás, y además primero tendría que aprenderlo yo misma. Debería hablar contigo y aconsejarte seriamente que dejes de preocuparte tanto por tu amigo Ivan, que no le sigas tanto el juego porque puedes acabar mal, pero basta. Como dice la canción de OBK, "que cada cual aguante su cruz". Cecilia lo decía con otras palabras: "Yo no avivo giles. Que se aviven solos."
Si señores, mal que les (nos) pese a algunos, así es la vida.