En la niebla
Algunas cosas no se ven con los ojos.
Por culpa de un accidente laboral de hace meses, casi no toleraba la lente de contacto del ojo derecho, así que, aprovechando mi visita en Montevideo, decidí ir a ver a la oftalmóloga que hace años me recetó mis primeras lentes de contacto.
Así fué como tuve que pasar un día entero sin lentillas para que luego las mediciones que tenía que hacerme la doctora fueran exactas.
Con cinco dioptrías y media de miopía y algo de astigmatismo, estar sin lentillas es prácticamente incapacitante. Habría sido más fácil de tener unas gafas comunes para salir del paso, pero resulta que no las tenía.
Así que me recluí ese día en casa de papá para aguantar estoicamente la situación y de paso abrir un poco más el resto de sentidos a ver si captaba igualmente mi entorno.
Lo que capté fué que el Uruguay que todos soñaron cuando ganó el gobierno de izquierdas está tardando mucho en materializarse y no parece que ésto esté ocurriendo en igualdad de condiciones para todos.
Así, mientras los que antes del Plan de Emergencia vivían en la miseria extrema usan ahora dinero cedido por el gobierno para comprarse teléfonos móviles y ordenadores (pero siguen sin trabajar porque así se está mejor), la clase trabajadora que hace siete años todavía podía sobrevivir gracias a su trabajo, hoy ya no puede más. Los impuestos se llevan casi el 50% de su entrada, los precios de los alimentos y bienes de consumo en general superan en algunos casos a los que yo pago en España por el mismo artículo y los salarios medios rondan los 150 euros... para los afortunados que tienen salario.
Me dí cuenta en mi día en la niebla de que mis amigos tienen que hacer listas de lo que van a comprar en el mes para decidir qué se quitan a fin de que les llegue el dinero; de que mi padre mide casi con una regla cada porción de alimento que come para que le quede para otra comida; de que mi viejo Instituto de Radiodifusión ya casi no tiene alumnos y se mantiene abierto de milagro; de que la gente te da su número de móvil en vez del de casa porque el teléfono de casa lo tuvieron que dar de baja por no poder pagarlo, y el móvil lo cargan con saldo cada seis meses, con lo cual tienes que llamarles tú y cuesta la llamada a un móvil 1 euro por minuto; que hay que bañarse con agua tibia y en 5 minutos porque si no no hay quien pague la factura de la luz...
Me dí cuenta de que mientras los políticos de turno hablan durante 12 horas seguidas en el Parlamento acerca del nuevo IRPF y de cómo los ciudadanos "tienen que acostumbrarse a la idea de que hay que pagar impuestos", no se dan cuenta de que la gente no puede más; de que los precios suben cada día, los salarios bajan o se quedan estancados si hay suerte y los puestos de trabajo son cada vez menos y más precarios. "Baja el desempleo", dicen en las noticias. A continuación, "éste mes ha crecido en un x% el número de ciudadanos que abandonan el país". Casualmente, la cifra porcentual coincide bastante en ambas noticias...
Con la receta en mano y papá de compañía, recorro tres ópticas para averiguar cuánto me cuestan mis gafas. Lo más sencillo y barato posible. En la primera, me dicen que 1590 pesos; en la segunda que 890 y en la tercera, que 540. Ahí las encargo y hasta hoy me pregunto por qué, ya que no se puede arreglar a corto plazo el mercado laboral, no se establecen regulaciones de los precios al consumo; por qué tienen los comerciantes la libertad de cobrar lo que les venga en gana incluso en los productos más básicos...; por qué en un país ganadero y agrícola como éste, donde hay unas 30 vacas por cada habitante, cuesta un litro de leche de pésima calidad lo mismo que se paga en España por la leche entera, sin cortes; el queso es prohibitivo para la mayoría y el gobierno pretende vender con precio regulado el arroz que yo compraba hace siete años para alimentar a los perros ¡¡para consumo de las personas!!
Luego vamos a Buenos Aires, donde la realidad económica siempre supera a la ficción y aún así encuentro que Flor y Damián las pasan canutas pero consiguen superar el mes a mes y criar a Julieta sin tener que pasar privaciones. Todo el mundo me dice que la bonanza argentina tocará fin muy pronto, pero por lo menos por ahora, van tirando. Luego de la crisis del 2002 los salarios se han casi cuadruplicado y los precios se mantienen relativamente estables. La gente puede respirar.
Vuelvo a Montevideo y empiezo a replantearme cosas.
Llevo más de un año intentando sacarme el carnet de conducir en España. Ilusa de mí, y conociendo el paño por gente que acaba de vivirlo, empecé pensando que si hacía bien las cosas no me dejaría una fortuna y todos mis nervios en esa empresa pero como y dije, fué una ilusión. Un año, 2500 euros y cuatro exámenes suspendidos por estupideces. Y a renovar expediente, a pagar 800 euros más cada mes por clases obligatorias, a amargarme la vida otro poco... Después del cuarto suspenso decidí dejarlo por un tiempo hasta aclarar mis ideas. Temo que se han aclarado del todo. No puedo dejar que mi padre pase privaciones en Uruguay mientras yo sigo regalando el fruto de mi trabajo a la Dirección General de Tráfico. A veces en la vida hay que tomar decisiones que no resultan cómodas, y creo que me ha tocado. El lío mental está volviendo. Estando acá y tras varias semanas con la cabeza alejada de la rutina de España soy consciente de que la objetividad está algo nublada, pero habrá que decidir. Está claro que no puedo seguir costeando el proceso para obtener el carnet, así que no tiene sentido conservar mi coche. Si lo vendo, perderé dinero y tendré que seguir pagando el préstamo con el que lo compré... y seguiré dependiendo de Sergio o de los vecinos caritiativos hasta para lo más mínimo. En el pueblo donde vivo, el transporte público escasea. ¿Como voy a hacer, si no llego a fin de mes casi nunca, para cubrir mis cuentas y enviar a papá algo de comida todos los meses?? En momentos así quiero hablar con Sergio. Luego me arrepiento; ya sé que me dirá que pida préstamos o saque dinero de tarjetas que luego no podré pagar y la frustración posterior a la charla será peor que la actual, pero sucede que Sergio es el único español que conozco capáz de entender y sobre todo creerme lo que está pasando aquí. Y a lo mejor me llevo la sorpresa y se le ocurre algo que yo no haya pensado todavía...
También podría aplicar una solución que ví estampada ayer en un graffiti: "Carestía y miseria: cambio Ford del 29 por colita de cuadril". ¿Cuántas colitas de cuadril me darán por un Opel Astra del 2000 y con el embrague hecho polvo?!? ...
Por culpa de un accidente laboral de hace meses, casi no toleraba la lente de contacto del ojo derecho, así que, aprovechando mi visita en Montevideo, decidí ir a ver a la oftalmóloga que hace años me recetó mis primeras lentes de contacto.
Así fué como tuve que pasar un día entero sin lentillas para que luego las mediciones que tenía que hacerme la doctora fueran exactas.
Con cinco dioptrías y media de miopía y algo de astigmatismo, estar sin lentillas es prácticamente incapacitante. Habría sido más fácil de tener unas gafas comunes para salir del paso, pero resulta que no las tenía.
Así que me recluí ese día en casa de papá para aguantar estoicamente la situación y de paso abrir un poco más el resto de sentidos a ver si captaba igualmente mi entorno.
Lo que capté fué que el Uruguay que todos soñaron cuando ganó el gobierno de izquierdas está tardando mucho en materializarse y no parece que ésto esté ocurriendo en igualdad de condiciones para todos.
Así, mientras los que antes del Plan de Emergencia vivían en la miseria extrema usan ahora dinero cedido por el gobierno para comprarse teléfonos móviles y ordenadores (pero siguen sin trabajar porque así se está mejor), la clase trabajadora que hace siete años todavía podía sobrevivir gracias a su trabajo, hoy ya no puede más. Los impuestos se llevan casi el 50% de su entrada, los precios de los alimentos y bienes de consumo en general superan en algunos casos a los que yo pago en España por el mismo artículo y los salarios medios rondan los 150 euros... para los afortunados que tienen salario.
Me dí cuenta en mi día en la niebla de que mis amigos tienen que hacer listas de lo que van a comprar en el mes para decidir qué se quitan a fin de que les llegue el dinero; de que mi padre mide casi con una regla cada porción de alimento que come para que le quede para otra comida; de que mi viejo Instituto de Radiodifusión ya casi no tiene alumnos y se mantiene abierto de milagro; de que la gente te da su número de móvil en vez del de casa porque el teléfono de casa lo tuvieron que dar de baja por no poder pagarlo, y el móvil lo cargan con saldo cada seis meses, con lo cual tienes que llamarles tú y cuesta la llamada a un móvil 1 euro por minuto; que hay que bañarse con agua tibia y en 5 minutos porque si no no hay quien pague la factura de la luz...
Me dí cuenta de que mientras los políticos de turno hablan durante 12 horas seguidas en el Parlamento acerca del nuevo IRPF y de cómo los ciudadanos "tienen que acostumbrarse a la idea de que hay que pagar impuestos", no se dan cuenta de que la gente no puede más; de que los precios suben cada día, los salarios bajan o se quedan estancados si hay suerte y los puestos de trabajo son cada vez menos y más precarios. "Baja el desempleo", dicen en las noticias. A continuación, "éste mes ha crecido en un x% el número de ciudadanos que abandonan el país". Casualmente, la cifra porcentual coincide bastante en ambas noticias...
Con la receta en mano y papá de compañía, recorro tres ópticas para averiguar cuánto me cuestan mis gafas. Lo más sencillo y barato posible. En la primera, me dicen que 1590 pesos; en la segunda que 890 y en la tercera, que 540. Ahí las encargo y hasta hoy me pregunto por qué, ya que no se puede arreglar a corto plazo el mercado laboral, no se establecen regulaciones de los precios al consumo; por qué tienen los comerciantes la libertad de cobrar lo que les venga en gana incluso en los productos más básicos...; por qué en un país ganadero y agrícola como éste, donde hay unas 30 vacas por cada habitante, cuesta un litro de leche de pésima calidad lo mismo que se paga en España por la leche entera, sin cortes; el queso es prohibitivo para la mayoría y el gobierno pretende vender con precio regulado el arroz que yo compraba hace siete años para alimentar a los perros ¡¡para consumo de las personas!!
Luego vamos a Buenos Aires, donde la realidad económica siempre supera a la ficción y aún así encuentro que Flor y Damián las pasan canutas pero consiguen superar el mes a mes y criar a Julieta sin tener que pasar privaciones. Todo el mundo me dice que la bonanza argentina tocará fin muy pronto, pero por lo menos por ahora, van tirando. Luego de la crisis del 2002 los salarios se han casi cuadruplicado y los precios se mantienen relativamente estables. La gente puede respirar.
Vuelvo a Montevideo y empiezo a replantearme cosas.
Llevo más de un año intentando sacarme el carnet de conducir en España. Ilusa de mí, y conociendo el paño por gente que acaba de vivirlo, empecé pensando que si hacía bien las cosas no me dejaría una fortuna y todos mis nervios en esa empresa pero como y dije, fué una ilusión. Un año, 2500 euros y cuatro exámenes suspendidos por estupideces. Y a renovar expediente, a pagar 800 euros más cada mes por clases obligatorias, a amargarme la vida otro poco... Después del cuarto suspenso decidí dejarlo por un tiempo hasta aclarar mis ideas. Temo que se han aclarado del todo. No puedo dejar que mi padre pase privaciones en Uruguay mientras yo sigo regalando el fruto de mi trabajo a la Dirección General de Tráfico. A veces en la vida hay que tomar decisiones que no resultan cómodas, y creo que me ha tocado. El lío mental está volviendo. Estando acá y tras varias semanas con la cabeza alejada de la rutina de España soy consciente de que la objetividad está algo nublada, pero habrá que decidir. Está claro que no puedo seguir costeando el proceso para obtener el carnet, así que no tiene sentido conservar mi coche. Si lo vendo, perderé dinero y tendré que seguir pagando el préstamo con el que lo compré... y seguiré dependiendo de Sergio o de los vecinos caritiativos hasta para lo más mínimo. En el pueblo donde vivo, el transporte público escasea. ¿Como voy a hacer, si no llego a fin de mes casi nunca, para cubrir mis cuentas y enviar a papá algo de comida todos los meses?? En momentos así quiero hablar con Sergio. Luego me arrepiento; ya sé que me dirá que pida préstamos o saque dinero de tarjetas que luego no podré pagar y la frustración posterior a la charla será peor que la actual, pero sucede que Sergio es el único español que conozco capáz de entender y sobre todo creerme lo que está pasando aquí. Y a lo mejor me llevo la sorpresa y se le ocurre algo que yo no haya pensado todavía...
También podría aplicar una solución que ví estampada ayer en un graffiti: "Carestía y miseria: cambio Ford del 29 por colita de cuadril". ¿Cuántas colitas de cuadril me darán por un Opel Astra del 2000 y con el embrague hecho polvo?!? ...