Ciudad de Locos Corazones
MASS MEDIA
De los medios de comunicacion
en este mundo tan codificado
con internet y otras navegaciones
yo sigo prefiriendo
el viejo beso artesanal
que desde siempre comunica tanto
Mario Benedetti
I
Llegar a Montevideo en una visita siempre me despierta la misma sensación: urgencia. Quiero retomar al mismo tiempo todos mis viejos rituales abandonados y reencontrar cada cara conocida, querida y extrañada.
La primera de éstas caras siempre es la de papá, claro, cuando salgo del área de desembarque del aeropuerto de Carrasco. Religiosamente me espera en la terminal y se echa a llorar cuando me abraza. Con cada visita tengo más tendencia a acompañarle en el llanto, pero enseguida se nos pasa.
Emprendemos entonces el primer ritual: viajar hasta el Centro con las maletas a cuestas en un autobús vetusto, ruidoso y atestado de gente.
En ese recorrido empiezo a ver de nuevo Montevideo; empiezo a preparar mentalmente la respuesta a lo que todos me preguntarán: "¿y? ¿cómo encontrás el país?".
Voy haciendo inventario de negocios que sobreviven a la crisis persistente...
-¡¡Todavía existe ese bazar!!
...de los que pasaron a la historia...
-¿¿Ahí no era El Palacio de la Música??
-Claro, pero se fundió.
...y de los que mutaron...
-¡¡¡No me digas que ese cine también es ahora una iglesia trucha!!!
En el trayecto, prolongado y cansino, voy observando y memorizando diferencias con lo que ví en la última visita e interrogando a papá acerca de cada cosa.
Todavía no me aclaro mucho respecto a lo que siento sobre éste viaje.
Llevaba meses deseando venir, conocer a Julieta y ver como estaba todo por aquí, pero algo que no puedo definir está velando el entusiasmo que me acompañó en las visitas anteriores.
Hace tiempo que dejé de leer compulsivamente los periódicos uruguayos por Internet, de intentar sintonizar alguna emisora que transmita por la red desde aquí y en general, de mantenerme al día de la realidad uruguaya.
En vez de eso, gracias a la maravilla de los sistemas de voIP, llamo casi todas las semanas a papá, le tiro de la lengua y escucho: si papá está en uno de sus días buenos, me cuenta las genialidades del gobierno para con los más desfavorecidos y la dinámica con la que se está recuperando el país "ahora que gobierna la izquierda".
Si es uno de sus días malos, me detalla cada uno de sus nuevos dolores y malestares y luego me suelta un catálogo de las quejas que sucita el hecho de que todas las jubilaciones suban menos la suya porque "ahora la cosa marcha, pero todo se va haciendo de a poco".
Ya sea que papá haya tenido un día de los buenos o uno de los otros, a lo que me cuenta le quito el iva, como se dice por acá, y de paso le aplico otro descuento de un 30% más o menos para así tener una idea aproximada de la realidad. En cuanto a los asuntos personales, contrasto versiones con Florencia, con la que también hablo una vez a la semana, amen de largas sesiones de messenger.
Por ésto, el viaje del aeropuerto al centro de ésta vez no dió para
mucho interrogatorio, porque poco había por preguntar.
La verdad es que temía un poco la llegada ésta vez. Me costó tanto como me dolió el prepararme para llegar a Montevideo y no al barrio Sur, donde vivía papá hasta hace dos años. Mi vieja habitación de soltera con vistas a la Rambla Sur y al faro de Punta Carretas ya no estaría allí esperándome con sus paredes lilas, los metros y metros de film de 35 mm colgando de los muebles y aquel olor a hogar. El piso fué vendido de mala manera cuando papá se enfermó y él vive ahora en lo que antes fué su peluquería, convenientemente reconvertido en vivienda.
Tampoco estarían a tiro de piedra los puntos de encuentro con mis amigos de toda la vida: la madre de Cecilia también vendió el piso de la Rambla y ya no vive en el barrio Sur; Roberto no aparecería inesperadamente a la vuelta de la esquina para verme bajar con
mi bicicleta oxidada y con Jessie para dar una vuelta por la Rambla como la segunda vez que vine; y ya no encontraría a Ramiro tras el escritorio de recepción de La Linterna Mágica, porque la crisis caló hondo también en Cinemateca y cerró la vieja sala del barrio. Ahora que lo pienso, quizás por ésto me siento así. Ya van para siete años desde que me fuí de Uruguay, y aquí la vida sigue, cambiante, como sigue allá en España para mí.
Mientras pudiera venir y encontrar todo como lo había dejado, el olvido no sería de obligado cumplimiento; ni el cambio irreversible, el compromiso de la emigración irrevocable. Esta vez todo parece haberse esfumado. Mi realidad actual de inmigrante extranjera está consolidada en el corazón de la gente que me conoce, en el mío y en todo lo cotidiano.
No obstante, algunas cosas (benditas sean) permanecen.
Papá vive en un local chico, ubicado sobre una calle espantosamente ruidosa donde yo no podría llegar a pegar ojo en toda la noche.
En su casa actual ya no se notan vestigios de la antigua peluquería donde trabajó tantos años. Sólo un par de espejos empañados con pegatinas de productos de estética. La transformación ha dado lugar a un piso espacioso para una persona; mi temor a que papá viviera incómodo aflojó bastante.
No obstante, convivir con papá, aunque solo sea durante unos días, puede llegar a ser altamente estresante para mi actual estado de ánimo. Conque antes de viajar había arreglado utilizar como dormitorio mi viejo y querido Instituto de Radiodifusión. Andrés me recogió con mis bártulos y me ayudó a instalarme nada más llegar al Centro.
Y aquí estoy ahora, a las 23:15, escribiendo mi blog en el
mismo lugar que albergó los momentos más felices y también los más duros de toda mi vida.
II
Nada más instalarme volví con papá a su casa y empecé a llamar a gente.
Andy por fin consiguió trabajo (empresa más que loable en éste país de vacas flacas) y cuenta con el privilegio de ganarse el pan haciendo lo que más le gusta: reina bajo el nombre de DJ Andy Sparks en Alexander, una disco de ambiente gay que abrió hace seis meses en los bajos del Palacio Salvo. Hablamos tres minutos; lo suficiente para que me apuntara en su lista de invitados para anoche y luego me fuí a la feria del barrio con papá.
Me reencontré con los viejos sabores de la infancia. Los dulces caseros, los higos en almíbar, los quesos picantes de acá, la fruta madurada en el árbol, las tortas fritas...
Y con los ruidos, los antiquísimos camiones que usan los feriantes para transportar la mercadería, el barullo insufrible de 18 de Julio atiborrado de autobuses y motos con el escape libre.
Después me arreglé y me fuí de fiesta por primera vez en 2 años.
Mis loc@s amig@s, como se llaman a sí mism@s, han evolucionado lo indecible en materia de maquillaje, vestuario y malas costumbres. En menos de cinco minutos me hallé rodeada de un heterogéneo grupo de personajes divertidos y llenos de energía y curiosidad por saber de mi vida en España.
En intachable respeto a la normativa anti-tabaco que rige en Uruguay, mil veces más sencilla y efectiva que la española, salimos todos afuera para que, quienes lo desearan, pudieran fumar tabaco. El resto nos pasamos un par de porros y un par de tragos y adentro de nuevo todo el mundo.
En éste tipo de discos no falta nunca el cuarto oscuro. Como su nombre lo indica, se trata de un hueco sin iluminación donde cada cual entra a su propio riesgo y sale como puede... o quiere. Para una chica, entrar ahí sola es de alto riesgo, así que pasé del asunto.
Mientras Nestor y compañía se dirigían allí alegremente, empecé a dar vueltas por la pista donde pinchaba Andy, estudiando a la multitud con ojos alucinados.
Me sentía flotando, contenta, confiada, a gusto, la música era perfecta y el ambiente multicolor.
Apareció de la nada. Era alto, de ojos oscuros y pelo por los hombros. Me dijo un piropo acerca del pendiente que llevo en la naríz. Intercambiamos frases. Después nos besamos, y por esos segundos la nube en la que flotaba me pareció más densa, elevándose sobre los flashes de luz y los hilos verdes que trazaba el laser por toda la sala. Largo, profundo, suave... perfecto. Olía a colonia fresca... Sonreímos y cada cual siguió su propia fiesta.
Nestor y los demás aparecieron justo cuando empezaba a bajar a tierra. A las cinco y media, ya con sueño y pocas ganas de bailar, volví a cruzarme con mi perfecto desconocido.
¿Llegó a decirme su nombre? Creo que sí. Creo que hasta le dije el mío.
Nada de mails, ni teléfonos ni direcciones. Sólo el primer recuerdo bonito de éste viaje.
Llegué al Instituto un rato después, y mientras el sol empezaba a entrar por las claraboyas de mi viejo nido, me dormí sintiendo cómo la incertidumbre que rodeaba a ésta visita se esfumaba de a poco, como la gloria del THC.
De los medios de comunicacion
en este mundo tan codificado
con internet y otras navegaciones
yo sigo prefiriendo
el viejo beso artesanal
que desde siempre comunica tanto
Mario Benedetti
I
Llegar a Montevideo en una visita siempre me despierta la misma sensación: urgencia. Quiero retomar al mismo tiempo todos mis viejos rituales abandonados y reencontrar cada cara conocida, querida y extrañada.
La primera de éstas caras siempre es la de papá, claro, cuando salgo del área de desembarque del aeropuerto de Carrasco. Religiosamente me espera en la terminal y se echa a llorar cuando me abraza. Con cada visita tengo más tendencia a acompañarle en el llanto, pero enseguida se nos pasa.
Emprendemos entonces el primer ritual: viajar hasta el Centro con las maletas a cuestas en un autobús vetusto, ruidoso y atestado de gente.
En ese recorrido empiezo a ver de nuevo Montevideo; empiezo a preparar mentalmente la respuesta a lo que todos me preguntarán: "¿y? ¿cómo encontrás el país?".
Voy haciendo inventario de negocios que sobreviven a la crisis persistente...
-¡¡Todavía existe ese bazar!!
...de los que pasaron a la historia...
-¿¿Ahí no era El Palacio de la Música??
-Claro, pero se fundió.
...y de los que mutaron...
-¡¡¡No me digas que ese cine también es ahora una iglesia trucha!!!
En el trayecto, prolongado y cansino, voy observando y memorizando diferencias con lo que ví en la última visita e interrogando a papá acerca de cada cosa.
Todavía no me aclaro mucho respecto a lo que siento sobre éste viaje.
Llevaba meses deseando venir, conocer a Julieta y ver como estaba todo por aquí, pero algo que no puedo definir está velando el entusiasmo que me acompañó en las visitas anteriores.
Hace tiempo que dejé de leer compulsivamente los periódicos uruguayos por Internet, de intentar sintonizar alguna emisora que transmita por la red desde aquí y en general, de mantenerme al día de la realidad uruguaya.
En vez de eso, gracias a la maravilla de los sistemas de voIP, llamo casi todas las semanas a papá, le tiro de la lengua y escucho: si papá está en uno de sus días buenos, me cuenta las genialidades del gobierno para con los más desfavorecidos y la dinámica con la que se está recuperando el país "ahora que gobierna la izquierda".
Si es uno de sus días malos, me detalla cada uno de sus nuevos dolores y malestares y luego me suelta un catálogo de las quejas que sucita el hecho de que todas las jubilaciones suban menos la suya porque "ahora la cosa marcha, pero todo se va haciendo de a poco".
Ya sea que papá haya tenido un día de los buenos o uno de los otros, a lo que me cuenta le quito el iva, como se dice por acá, y de paso le aplico otro descuento de un 30% más o menos para así tener una idea aproximada de la realidad. En cuanto a los asuntos personales, contrasto versiones con Florencia, con la que también hablo una vez a la semana, amen de largas sesiones de messenger.
Por ésto, el viaje del aeropuerto al centro de ésta vez no dió para
mucho interrogatorio, porque poco había por preguntar.
La verdad es que temía un poco la llegada ésta vez. Me costó tanto como me dolió el prepararme para llegar a Montevideo y no al barrio Sur, donde vivía papá hasta hace dos años. Mi vieja habitación de soltera con vistas a la Rambla Sur y al faro de Punta Carretas ya no estaría allí esperándome con sus paredes lilas, los metros y metros de film de 35 mm colgando de los muebles y aquel olor a hogar. El piso fué vendido de mala manera cuando papá se enfermó y él vive ahora en lo que antes fué su peluquería, convenientemente reconvertido en vivienda.
Tampoco estarían a tiro de piedra los puntos de encuentro con mis amigos de toda la vida: la madre de Cecilia también vendió el piso de la Rambla y ya no vive en el barrio Sur; Roberto no aparecería inesperadamente a la vuelta de la esquina para verme bajar con
mi bicicleta oxidada y con Jessie para dar una vuelta por la Rambla como la segunda vez que vine; y ya no encontraría a Ramiro tras el escritorio de recepción de La Linterna Mágica, porque la crisis caló hondo también en Cinemateca y cerró la vieja sala del barrio. Ahora que lo pienso, quizás por ésto me siento así. Ya van para siete años desde que me fuí de Uruguay, y aquí la vida sigue, cambiante, como sigue allá en España para mí.
Mientras pudiera venir y encontrar todo como lo había dejado, el olvido no sería de obligado cumplimiento; ni el cambio irreversible, el compromiso de la emigración irrevocable. Esta vez todo parece haberse esfumado. Mi realidad actual de inmigrante extranjera está consolidada en el corazón de la gente que me conoce, en el mío y en todo lo cotidiano.
No obstante, algunas cosas (benditas sean) permanecen.
Papá vive en un local chico, ubicado sobre una calle espantosamente ruidosa donde yo no podría llegar a pegar ojo en toda la noche.
En su casa actual ya no se notan vestigios de la antigua peluquería donde trabajó tantos años. Sólo un par de espejos empañados con pegatinas de productos de estética. La transformación ha dado lugar a un piso espacioso para una persona; mi temor a que papá viviera incómodo aflojó bastante.
No obstante, convivir con papá, aunque solo sea durante unos días, puede llegar a ser altamente estresante para mi actual estado de ánimo. Conque antes de viajar había arreglado utilizar como dormitorio mi viejo y querido Instituto de Radiodifusión. Andrés me recogió con mis bártulos y me ayudó a instalarme nada más llegar al Centro.
Y aquí estoy ahora, a las 23:15, escribiendo mi blog en el
mismo lugar que albergó los momentos más felices y también los más duros de toda mi vida.
II
Nada más instalarme volví con papá a su casa y empecé a llamar a gente.
Andy por fin consiguió trabajo (empresa más que loable en éste país de vacas flacas) y cuenta con el privilegio de ganarse el pan haciendo lo que más le gusta: reina bajo el nombre de DJ Andy Sparks en Alexander, una disco de ambiente gay que abrió hace seis meses en los bajos del Palacio Salvo. Hablamos tres minutos; lo suficiente para que me apuntara en su lista de invitados para anoche y luego me fuí a la feria del barrio con papá.
Me reencontré con los viejos sabores de la infancia. Los dulces caseros, los higos en almíbar, los quesos picantes de acá, la fruta madurada en el árbol, las tortas fritas...
Y con los ruidos, los antiquísimos camiones que usan los feriantes para transportar la mercadería, el barullo insufrible de 18 de Julio atiborrado de autobuses y motos con el escape libre.
Después me arreglé y me fuí de fiesta por primera vez en 2 años.
Mis loc@s amig@s, como se llaman a sí mism@s, han evolucionado lo indecible en materia de maquillaje, vestuario y malas costumbres. En menos de cinco minutos me hallé rodeada de un heterogéneo grupo de personajes divertidos y llenos de energía y curiosidad por saber de mi vida en España.
En intachable respeto a la normativa anti-tabaco que rige en Uruguay, mil veces más sencilla y efectiva que la española, salimos todos afuera para que, quienes lo desearan, pudieran fumar tabaco. El resto nos pasamos un par de porros y un par de tragos y adentro de nuevo todo el mundo.
En éste tipo de discos no falta nunca el cuarto oscuro. Como su nombre lo indica, se trata de un hueco sin iluminación donde cada cual entra a su propio riesgo y sale como puede... o quiere. Para una chica, entrar ahí sola es de alto riesgo, así que pasé del asunto.
Mientras Nestor y compañía se dirigían allí alegremente, empecé a dar vueltas por la pista donde pinchaba Andy, estudiando a la multitud con ojos alucinados.
Me sentía flotando, contenta, confiada, a gusto, la música era perfecta y el ambiente multicolor.
Apareció de la nada. Era alto, de ojos oscuros y pelo por los hombros. Me dijo un piropo acerca del pendiente que llevo en la naríz. Intercambiamos frases. Después nos besamos, y por esos segundos la nube en la que flotaba me pareció más densa, elevándose sobre los flashes de luz y los hilos verdes que trazaba el laser por toda la sala. Largo, profundo, suave... perfecto. Olía a colonia fresca... Sonreímos y cada cual siguió su propia fiesta.
Nestor y los demás aparecieron justo cuando empezaba a bajar a tierra. A las cinco y media, ya con sueño y pocas ganas de bailar, volví a cruzarme con mi perfecto desconocido.
¿Llegó a decirme su nombre? Creo que sí. Creo que hasta le dije el mío.
Nada de mails, ni teléfonos ni direcciones. Sólo el primer recuerdo bonito de éste viaje.
Llegué al Instituto un rato después, y mientras el sol empezaba a entrar por las claraboyas de mi viejo nido, me dormí sintiendo cómo la incertidumbre que rodeaba a ésta visita se esfumaba de a poco, como la gloria del THC.