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de como recuperar mi suerte
Sindicación
 
Socios y sabuesos
Hace ya un tiempo que mi vida ha alcanzado una posición entre cómoda y desasosegada.
Después del divorcio, Sergio y yo tuvimos una temporada de reajuste emocional dificultada por el hecho de que seguíamos compartiendo casa.
Convivir con Sergio se tornó tan torturante que al final, pese al dolor de la pérdida, el divorcio fué un alivio. Todos los días leo las estadísticas en los periódicos acerca de cómo en España las mujeres cargamos con el fardo del trabajo en casa mientras los hombres se rascan allá abajo y presumen de familia. Las estadísticas, en mi caso, no fallaron.
Tengo que reconocer que Sergio fué generosísimo conmigo en el proceso de divorcio. Decidimos dividir en dos la parcela y que yo permaneciera en la casa mientras él, en su mitad de terreno, construiría la suya. Hasta que ésta fuera habitable, continuaría aquí.
Pero pese al divorcio, Sergio no entendió nunca que las tareas de mantenimiento de la casa tenían que hacerse a medias, y así fué como un día estallé. Harta de limpiar hasta dejarme la espalda y sin explicarme todavía cómo un ser humano es capáz de acumular tanta suciedad en tan poco tiempo, un día le dije que si no pensaba hacerse cargo de la limpieza a partes iguales, tendríamos que buscar otra solución. Se mudó entonces a lo que tenía consturído de su casa, que consiste básicamente en un garaje a medio transformar en vivienda.
Vivir en un lugar modesto, incluso en una obra, no tiene por qué significar vivir rodeado de basuras y mal olor, pero Sergio no sabe de buenas costumbres y así eligió vivir antes que seguir aquí en su habitación y ayudarme un poco con la casa.
Cuando conseguí por fin tranquilizar mi conciencia acerca de las condiciones de vida de Sergio, por fin empezamos a llevarnos bien. Cada tanto sube a casa a charlar o mirar alguna película, a veces salimos a cenar e incluso me ayuda con mis problemas logísticos. A mi vez, yo me sigo encargando de llevar al día las cuentas, repartir los gastos equitativamente y hacerle la colada ya que él no tiene lavarropas propio.

Poco a poco mi vida se fué serenando. Empecé a tomar el gusto a que las cosas estén hechas por mí y para mí y a sacar partido al trabajo que me da la casa a fin de minimizarlo y así tener tiempo de disfrutar realmente de la propiedad que siempre soñé.

Mi jardín es una preciosidad que no me canso de admirar. Los rosales florecen espléndidos cada año, hasta he obtenido alguna hortaliza de mi propia cosecha. Cuido mis animales, me cuido yo y, en general, puedo afirmar que estoy contenta con la vida que llevo.

A veces surge la contradicción y echo de menos tener a alguien cerca que comparta todo ésto, pero me consuelo pensando en cuánto me asustaría volver a convivir con alguien, volver a descubrir que eso no es para mí, y al final vuelvo a contentarme con mi vida de soltera.

Sergio, en cambio, me comentaba hace pocos días, hablando sobre ésto, que se siente perdido, desilusionado con la vida en general y "quemado" de vivir para trabajar y dormir, sin tiempo de disfrutar de nada.

Siriana y Kalee viven con él, y las pobres pasan horas y horas solas en su casa, encerradas porque nunca tiene tiempo de acondicionar las vallas del cercado a fin de que no escapen o no corran el peligro de que alguien con mala leche quiera tirarles veneno por las rejas. Siriana está tan gorda que ya no juega como antes, y no es porque coma mucho, sino por falta de ejercicio.
Yo intento sacarlas, estar con ellas cada vez que puedo, pero al final acabo encerrándolas de nuevo porque se vuelven incontrolables, no paran de ladrar y lanzarse contra las vallas cada vez que algo se mueve fuera, destrozan todo lo que encuentran o se pelean entre ellas.
No hay nada que me duela tanto como ver sufrir a un animal. No pueden defenderse, no pidieron que les tengas. Lo menos que puede hacer alguien que decidió tener una mascota es tratarle como es debido.

Pero uno de los ejercicios de diciplina que más me cuesta y que intento practicar a conciencia es el de dejar de hacerme cargo de situaciones que no son mi responsabilidad. Toda mi vida he estado cargando con fardos ajenos. He llorado ríos preguntándome por qué me tocó a mí lidiar con el alcoholismo de mi madre, la debilidad de carácter de mi padre, su enfermedad y su casi ruina económica, el egoísmo de todas y cada una de las personas que fueron mi pareja y por último, de Sergio; la falta de tacto de todos, la falta de aprecio y reconocimiento hacia mí. Siempre dí. Nunca sentí que recibía. Cuando me casé con Sergio me juré a mí misma que era el último intento. Que si ésto fallaba, no volvería a poner mi vida, mi energía y mi esfuerzo al servicio de nadie más. Me aferro otra vez a esa canción de OBK que dice "que cada cual aguante su cruz".

Sergio hace tiempo que perdió de vista las prioridades. A fin de pagarse caprichos que no necesita, se ve ahora obligado a trabajar cada vez más horas para cubrir las cuentas. Tiene todo lo que quiere, y no tiene tiempo para disfrutarlo. Es lógico que se sienta como dice, harto, quemado, cansado, infelíz. Pero yo no voy a cargar con esa cruz. Ni siquiera por Siriana y Kalee. Las adoro. Son una luz en mi corazón, y si rezo para que no llegue el día en que realmente estén sufriendo lo insufrible, es porque entonces, otra vez, me consta que cedería y volvería a tomar sobre mis hombros el fardo ajeno.
Mientras tanto, intento no facilitarle a Sergio ninguna comodidad que exceda las propias de un intercambio de favores entre dos buenos amigos. Si me pide que cuide de las perras para ir de viaje o salir, lo hago con gusto. También él lo hace por mí. Pero hasta ahí llegamos.

Cuando me dijo cómo se sentía, me refrené de responderle que yo en cambio estoy contenta, satisfecha de mí misma y de la vida que llevo. Me va bien en mi trabajo, hago lo que me gusta y cuando termino, me voy a casa y disfruto de mi casa y mi entorno. Tengo amigos, amigas, gente a la que voy conociendo poco a poco, y a mi gente de Uruguay, que cuenta los días hasta volver a verme. No vivo agobiada por la falta de dinero; hay meses en los que incluso puedo ahorrar algo.

Me ha costado toda la vida y siete largos años de inmigrante el llegar a ésto, y sigo intentando mantener en mente día a día el esfuerzo realizado y disfrutar la recompensa.

Sin embargo, la perfección no existe... y ésta perra vida no se abstiene de recordártelo.

En mi adolescencia, mi habitación del piso en Montevideo estaba cubierta de suelo a techo con carteles, entradas a conciertos y discos de vinilo de todo tamaño y color. Uno de mis posters favoritos mostraba un chimpancé con una cara digna de la frase impresa abajo: "el día en que encontré todas las respuestas de la vida, me cambiaron todas las preguntas".

Y yo me pregunto ahora...
No