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... ¿Que tienen en común los virus informáticos, el del SIDA, la burocracia inclemente y aprobar el exámen de aptitud para el permiso de conducir al noveno intento? Que, respecto a todos ellos, la mayoría hemos pensado alguna vez "ESO, a MI, no me va a pasar".
Amo mi trabajo, me llevo genial con mis compañeros, aprendo cosas nuevas todos los días y trabajo con la libertad de dar rienda suelta a la curiosidad por aprender. Llevo bastante bien a mi jefe, pese a que tiene un carácter bastante difícil y actitud marcial. Llevaba pocos meses en la empresa cuando me ascendieron a un puesto de encargada que no me tomo demasiado en serio, pero que disfruto por lo cómodo y porque me reporta un poco más de dinero al mes.
He hecho nuevos amigos. Vecinas amantes de los animales y los porros, gente con inquietudes comunes, compañeros de trabajo que gustan de salir a la montaña o compartir ratos juntos.
En octubre conocí al que meses después llamaría "mi nuevo mejor amigo". Mis compañeros, Iván y Miguel, llevaban días planeando una acampada en el Pirineo de Huesca para realizar un ascenso a pié hasta Collado de Bujaruelo, y me invitaron a participar. Así pasé un fin de semana de ensueño y ejercicio en compañía de ellos y sus novias. No me importó ser la única desparejada del grupo; me hice amiga de todos y todas y tan contenta.
Lamentablemente, mi escoliosis se manifestó luego de la caminata de siete horas montaña arriba y luego abajo, y no habría podido pasar la segunda noche de la aventura en la tienda de campaña a -10 grados ni tomando un cubo de relajantes musculares. Así que me acomodé para pasar la noche en el coche de Iván y desperté a la mañana siguiente como nueva.
Por entonces ya rondaba mi cabeza el gusanillo de la inquietud: había aprobado en mayo el exámen teórico del permiso de conducir y desde entonces daba clases prácticas dos veces a la semana en Madrid. La inquietud nacía en el hecho de pensar que aquello ya se estaba dilatando demasiado y en las molestias que me estaba suponiendo. Bajar a Madrid para dar clase me obligaba a pasar la noche en casa de Laura por la falta de transporte hasta mi pueblo a esas horas. Pasar la noche en casa de Laura significaba molestarle a ella y a Pepe, que por mucha buena voluntad que le echaran al asunto, también tenían sus propias vidas que vivir. Sé que Laura y Pepe comprendían mejor que nadie mi situación: Laura llevaba todavía la chapa con la "L" de conductor novel luego de haber aprobado el exámen, meses atrás... al octavo intento.
En aquel viaje al Norte con Iván y Ruth envidié, de nuevo y sanamente, la libertad de la que disfrutan quienes pueden ir de camping a la montaña sin tener que controlar el peso que llevan en la mochila por saber que luego tendrán que cargarla a espaldas; la comodidad de poder desplazarse a donde sea sin esperar trenes; el gusto que me habría dado poder llevarme a Jessie o a Siri conmigo a esa excursión, lo bien que se lo habrían pasado mis peludillas en la montaña.
"Ya llegará" -pensaba.
Sin embargo, pequé de ilusa. La autoescuela en Madrid era mucho más económica que en la Sierra, donde gracias a un pacto encubierto entre la mayoría de ellas, no se encuentra ninguna que cobre menos que las demás. Coinciden hasta en los céntimos. Y claro, cobran el doble casi que en Madrid, donde hay más competencia y por tanto no hacen éstos chanchullos. En cambio, hacen otros, y no sé qué es peor.
Llevaba casi 40 clases soportando atascos en plena hora punta o dando vueltas por la zona de El Pardo, donde con suerte te topas con una liebre y casi nunca con tráfico, cuando junté valor y decidí ir a exámen. Segundo craso error. El primero fué pensar que por irme a Madrid, donde cobraban poco, acabaría gastando menos. El negocio de éstas autoescuelas "baratas" no es pactar los precios con otras, sino que suspendas... y suspendas... y suspendas... y suma y sigue.
Decidí cambiar de autoescuela bajo el (nuevamente iluso) razonamiento de que "lo grueso ya lo tengo aprendido y ahora tengo que perfeccionarlo. No será para tanto". Encontré por recomendación de un vecino una academia que no está metida en el pacto de precios y todavía los mantiene algo razonables y allí fuí. Noté el cambio enseguida. Por fin empecé a aprender a conducir. Pero a esas alturas mi autoestima, ya de por sí frágil, estaba por los suelos.
Cuando ya faltaba poco para cumplirse un año desde que empecé con la negra idea de obtener el permiso de conducir, había suspendido dos veces el exámen práctico y estaba mitad harta, mitad desesperada.
33 años sin haber tocado los mandos de un coche ni por curiosidad y de pronto, de un día para el otro, poder conducir se convirtió en una necesidad condicionante en mi vida.
Empecé la aventura con una suma modesta pero nada despreciable depositada en el banco, pero para cuando suspendí por tercera vez, todo ese dinero se había esfumado ya.
En un alarde de optimismo que creo que jamás tuve en la vida, decidí comprar un coche para, aunque fuera por los caminos de vacas de éste pueblo, practicar un poco y soltarme en la conducción. Pedí un préstamo al banco algo superior a lo que pensaba invertir en el coche, reservando el resto para intentar un tercer exámen. Por supuesto, volví a suspender.
Eso sí, ahora tengo a "mi nuevo mejor amigo", la vieja y querida ranchera de Iván y Ruth donde pasé aquella noche memorable en el Pirineo de Huesca, descansando tranquilamente bajo el pinar de El Pimpollar... llevándose mi otrora delicioso dinero sobrante de fin de mes en forma de impuestos, seguro y combustible. Diésel. Que, cómo no, tuvo que subir de precio más que la gasolina ¡¡cuando yo decidí comprar un coche diésel!! Porque así soy yo: intento hacer todo lo mejor posible. Mi coche tiene su seguro al día, sus revisiones al día, su preciosa pegatina cuyo número creí que me traería suerte (cuarto error, ¿o iban cinco?), en fin. todo correctísimo. Todo salvo que yo no tengo permiso de conducir. Detallito...
Ahora ya no estoy medio desesperada. Estoy desesperada del todo y con los nervios a punto de estallar.
Esta situación se ha vuelto la peor pesadilla de mi vida. Ni siquiera la incertidumbre de la inmigración ilegal se compara con ésto. Saber que te están robando, sangrando viva, y no poder hacer nada para salir del asunto bien parada me quita el sueño y la alegría. Pienso en las cosas que la vida me ha puesto por delante (y me sigue poniendo) y que siempre he salido adelante, siempre conseguí ganar la partida y luego lo comparo con ésta sensación de impotencia absoluta y me echo a llorar sin contención alguna.
El sistema es tan diabólico que, si una vez llegados al punto en el que estoy ahora decides dejarlo, pierdes todo el dinero que ya pagaste y cuando quieras empezar de nuevo lo haces desde cero. Si, en cambio, decides seguir, tendrás que seguir pagando sumas astronómicas sin saber a ciencia cierta hasta cuando durará el martirio. Si por lo menos se tratara de algo accesible, se podría seguir haciendo el esfuerzo, pero estamos hablando de que me toca pagar casi un sueldo entero para poder presentarme por quinta vez al exámen, entre clases obligatorias y tasas a la DGT. Y mientras tanto, aquí sigo, enterrada en un pueblo que solo tiene 8 trenes diarios entre semana y el fin de semana, 3, dependiendo de Sergio para las cosas más básicas o de algún vecino bien intencionado si llego a perder el tren que me lleva al trabajo, sin poder atender emergencias... en síntesis, sin autonomía.
Al final la razón se impuso y decidí dejar aparcado el nubarrón de la autoescuela hasta que mi cabeza se despejara un poco. Volví a concentrarme en el trabajo y a disfrutar de mi ranchera en el camino de casa a la estación del tren y viceversa. Y mientras tanto, que ya es hora, de planear mi próximo viaje a Uruguay; que ya está bien de dejarme hasta el último duro en ésta desesperante misión y conocer a mi sobrinita, que ya va para diez meses y yo acá siguiendo su desarrollo en fotos recibidas por email.
Amo mi trabajo, me llevo genial con mis compañeros, aprendo cosas nuevas todos los días y trabajo con la libertad de dar rienda suelta a la curiosidad por aprender. Llevo bastante bien a mi jefe, pese a que tiene un carácter bastante difícil y actitud marcial. Llevaba pocos meses en la empresa cuando me ascendieron a un puesto de encargada que no me tomo demasiado en serio, pero que disfruto por lo cómodo y porque me reporta un poco más de dinero al mes.
He hecho nuevos amigos. Vecinas amantes de los animales y los porros, gente con inquietudes comunes, compañeros de trabajo que gustan de salir a la montaña o compartir ratos juntos.
En octubre conocí al que meses después llamaría "mi nuevo mejor amigo". Mis compañeros, Iván y Miguel, llevaban días planeando una acampada en el Pirineo de Huesca para realizar un ascenso a pié hasta Collado de Bujaruelo, y me invitaron a participar. Así pasé un fin de semana de ensueño y ejercicio en compañía de ellos y sus novias. No me importó ser la única desparejada del grupo; me hice amiga de todos y todas y tan contenta.
Lamentablemente, mi escoliosis se manifestó luego de la caminata de siete horas montaña arriba y luego abajo, y no habría podido pasar la segunda noche de la aventura en la tienda de campaña a -10 grados ni tomando un cubo de relajantes musculares. Así que me acomodé para pasar la noche en el coche de Iván y desperté a la mañana siguiente como nueva.
Por entonces ya rondaba mi cabeza el gusanillo de la inquietud: había aprobado en mayo el exámen teórico del permiso de conducir y desde entonces daba clases prácticas dos veces a la semana en Madrid. La inquietud nacía en el hecho de pensar que aquello ya se estaba dilatando demasiado y en las molestias que me estaba suponiendo. Bajar a Madrid para dar clase me obligaba a pasar la noche en casa de Laura por la falta de transporte hasta mi pueblo a esas horas. Pasar la noche en casa de Laura significaba molestarle a ella y a Pepe, que por mucha buena voluntad que le echaran al asunto, también tenían sus propias vidas que vivir. Sé que Laura y Pepe comprendían mejor que nadie mi situación: Laura llevaba todavía la chapa con la "L" de conductor novel luego de haber aprobado el exámen, meses atrás... al octavo intento.
En aquel viaje al Norte con Iván y Ruth envidié, de nuevo y sanamente, la libertad de la que disfrutan quienes pueden ir de camping a la montaña sin tener que controlar el peso que llevan en la mochila por saber que luego tendrán que cargarla a espaldas; la comodidad de poder desplazarse a donde sea sin esperar trenes; el gusto que me habría dado poder llevarme a Jessie o a Siri conmigo a esa excursión, lo bien que se lo habrían pasado mis peludillas en la montaña.
"Ya llegará" -pensaba.
Sin embargo, pequé de ilusa. La autoescuela en Madrid era mucho más económica que en la Sierra, donde gracias a un pacto encubierto entre la mayoría de ellas, no se encuentra ninguna que cobre menos que las demás. Coinciden hasta en los céntimos. Y claro, cobran el doble casi que en Madrid, donde hay más competencia y por tanto no hacen éstos chanchullos. En cambio, hacen otros, y no sé qué es peor.
Llevaba casi 40 clases soportando atascos en plena hora punta o dando vueltas por la zona de El Pardo, donde con suerte te topas con una liebre y casi nunca con tráfico, cuando junté valor y decidí ir a exámen. Segundo craso error. El primero fué pensar que por irme a Madrid, donde cobraban poco, acabaría gastando menos. El negocio de éstas autoescuelas "baratas" no es pactar los precios con otras, sino que suspendas... y suspendas... y suspendas... y suma y sigue.
Decidí cambiar de autoescuela bajo el (nuevamente iluso) razonamiento de que "lo grueso ya lo tengo aprendido y ahora tengo que perfeccionarlo. No será para tanto". Encontré por recomendación de un vecino una academia que no está metida en el pacto de precios y todavía los mantiene algo razonables y allí fuí. Noté el cambio enseguida. Por fin empecé a aprender a conducir. Pero a esas alturas mi autoestima, ya de por sí frágil, estaba por los suelos.
Cuando ya faltaba poco para cumplirse un año desde que empecé con la negra idea de obtener el permiso de conducir, había suspendido dos veces el exámen práctico y estaba mitad harta, mitad desesperada.
33 años sin haber tocado los mandos de un coche ni por curiosidad y de pronto, de un día para el otro, poder conducir se convirtió en una necesidad condicionante en mi vida.
Empecé la aventura con una suma modesta pero nada despreciable depositada en el banco, pero para cuando suspendí por tercera vez, todo ese dinero se había esfumado ya.
En un alarde de optimismo que creo que jamás tuve en la vida, decidí comprar un coche para, aunque fuera por los caminos de vacas de éste pueblo, practicar un poco y soltarme en la conducción. Pedí un préstamo al banco algo superior a lo que pensaba invertir en el coche, reservando el resto para intentar un tercer exámen. Por supuesto, volví a suspender.
Eso sí, ahora tengo a "mi nuevo mejor amigo", la vieja y querida ranchera de Iván y Ruth donde pasé aquella noche memorable en el Pirineo de Huesca, descansando tranquilamente bajo el pinar de El Pimpollar... llevándose mi otrora delicioso dinero sobrante de fin de mes en forma de impuestos, seguro y combustible. Diésel. Que, cómo no, tuvo que subir de precio más que la gasolina ¡¡cuando yo decidí comprar un coche diésel!! Porque así soy yo: intento hacer todo lo mejor posible. Mi coche tiene su seguro al día, sus revisiones al día, su preciosa pegatina cuyo número creí que me traería suerte (cuarto error, ¿o iban cinco?), en fin. todo correctísimo. Todo salvo que yo no tengo permiso de conducir. Detallito...
Ahora ya no estoy medio desesperada. Estoy desesperada del todo y con los nervios a punto de estallar.
Esta situación se ha vuelto la peor pesadilla de mi vida. Ni siquiera la incertidumbre de la inmigración ilegal se compara con ésto. Saber que te están robando, sangrando viva, y no poder hacer nada para salir del asunto bien parada me quita el sueño y la alegría. Pienso en las cosas que la vida me ha puesto por delante (y me sigue poniendo) y que siempre he salido adelante, siempre conseguí ganar la partida y luego lo comparo con ésta sensación de impotencia absoluta y me echo a llorar sin contención alguna.
El sistema es tan diabólico que, si una vez llegados al punto en el que estoy ahora decides dejarlo, pierdes todo el dinero que ya pagaste y cuando quieras empezar de nuevo lo haces desde cero. Si, en cambio, decides seguir, tendrás que seguir pagando sumas astronómicas sin saber a ciencia cierta hasta cuando durará el martirio. Si por lo menos se tratara de algo accesible, se podría seguir haciendo el esfuerzo, pero estamos hablando de que me toca pagar casi un sueldo entero para poder presentarme por quinta vez al exámen, entre clases obligatorias y tasas a la DGT. Y mientras tanto, aquí sigo, enterrada en un pueblo que solo tiene 8 trenes diarios entre semana y el fin de semana, 3, dependiendo de Sergio para las cosas más básicas o de algún vecino bien intencionado si llego a perder el tren que me lleva al trabajo, sin poder atender emergencias... en síntesis, sin autonomía.
Al final la razón se impuso y decidí dejar aparcado el nubarrón de la autoescuela hasta que mi cabeza se despejara un poco. Volví a concentrarme en el trabajo y a disfrutar de mi ranchera en el camino de casa a la estación del tren y viceversa. Y mientras tanto, que ya es hora, de planear mi próximo viaje a Uruguay; que ya está bien de dejarme hasta el último duro en ésta desesperante misión y conocer a mi sobrinita, que ya va para diez meses y yo acá siguiendo su desarrollo en fotos recibidas por email.