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Hace años que adopté la "religión" de pasarme por la feria de Tristán Narvaja los domingos a media mañana y cotillear entre las curiosidades que se ven por allí.
Cuando vine a Montevideo con Sergio, recién casada, papá y yo no resistimos la tentación de llevar al pobre visitante a nuestra excursión dominical. Sin malicia alguna, se nos olvidó avisarle lo que podría llegar a ver allí, limitándonos a responderle, cuando preguntó, que "ahí hay de todo".
Sergio sobrevivió a su primer paseo por la feria con un asombro que le dura hasta el día de hoy.
-Pero ¡¿alguien realmente compra esas cosas?! -preguntaba con la boca tan abierta como los ojos.
La respuesta de papá fué la misma que, ésta mañana, escuché a un señor al pasar:
-Yyyy... si está ahí es porque alguien lo compra.
La mescolanza de fierros oxidados, piezas de máquinas que fueron algo alguna vez, ropa o zapatos usados, electrodomésticos antiquísimos, animalitos de compañía o de granja y comestibles traídos de Brasil de contrabando es embutida domingo a domingo en destartalados carromatos y llevada a la feria para intentar ser vendida. De la capacidad de esos vehículos para desplazarse por sus propios medios no pudimos convencer a Sergio hasta que vió con sus propios ojos a uno de ellos emprender viaje.
Esa vez yo llevaba muy poco tiempo en España y ni mis ojos ni mi mentalidad estaban aún del todo afinados al paisaje del Primer Mundo; no notaba las diferencias y por tanto no entendía el asombro desmesurado de Sergio.
Con cada visita a Uruguay y cada reencuentro con la feria, le comprendo más.
Otra señal de que el tiempo pasa y mi nueva realidad se afianza un poquito cada día.
Ayer de mañana no pensaba perderme mi oficio dominical por nada del mundo, así que, con dos horas de sueño encima después de la juerga con l@s loc@s, volví a casa de papá para limpiarme los restos de maquillaje, cambiarme de ropa y cargar las pilas de la cámara de fotos.
La realidad montevideana ha cambiado para mal en cuanto a seguridad ciudadana desde que yo emigré. De unos años a ésta parte ha surgido un fenómeno social que, según todo el mundo, es un peligro: los "planchas". Según entendí, se trata de jóvenes o niños de bajos recursos que amparados en su minoría de edad, cometen toda clase de robos y hurtos, muchos con violencia o armas de por medio, con el fin de conseguir dinero para comprar pasta base de cocaína, la droga de moda. Se les reconoce por su vestimenta particular, por el hecho de que van siempre en grupo y, según Luis, también por su jerga.
Llevaba menos de dos días en Uruguay cuando Luis y papá ya se habían encargado de meterme el miedo en el cuerpo respecto a los planchas".
-No lleves nada encima, ni dinero, ni móviles, ni joyas, y no vayas mostrando esa cámara por todos lados. -aleccionó papá cuando salíamos para la feria.
-Te roban en segundos sin que te des cuenta. A mí me amenazaron con un cuchillo unos pibes de 12 años con los brazos llenos de cortes. Si están duros de pasta base, no les importa nada, te matan por 20 pesos. -los describió Luis.
Según me aclaró, tanto el nombre de éstos personajes como el asunto de los cortes en los brazos son de origen carcelario. Todos han pasado por la cárcel, y al ficharlos les hacen una foto con una pizarra llena de números a la que llaman "plancha". Esta es la versión de Luis. La de papá...
-...claro, antes les ponían colchones, pero los prendían fuego para protestar, ¡¡hacían cualquier cosa!! Ahora directamente los hacen dormir en una plancha de hormigón pegada a la pared. ¡¡¡Por eso se llaman "planchas"!!!
Los cortes en los brazos, según Luis, son una práctica que hacen en la cárcel para demostrar "quien es más macho". Se hacen cortes profundos en el músculo de los brazos con un cristal afilado a ver quien aguanta más cortes. Es una especie de derecho de piso que les da estatus cuando salen de allí.
Quitando el IVA y el descuento a los cuentos de papá y de Luis, consulté a Gabriel acerca de ésto.
-Mucho de eso son cosas de los informativos. No interesa que la gente conozca la realidad. Mejor que se queden en casa mirando la tele y no piensen. No te olvides que es año de campaña electoral. ¡¡Si hacés caso a todo lo que dicen en el informativo salís a la calle con una escopeta!! Los "planchas" de ahora son los "terrajas" de antes.
Con "planchas" o sin ellos, hice miles de fotos de la feria, sus personajes y sus vehículos. Papá parecía tener ojos en la nuca para detectar ladrones por todas partes cada vez que yo intentaba hacer una foto, pero al final conseguí mi colección y volvimos a casa sin ningún incidente. ¡¡Cuando edite todo ese material en un vídeo, no quiero perderme la cara de Sergio!!
Terminamos el recorrido comprando el almuerzo de papá a un señor que, sin reparo alguno, vendía asado y chorizos recién cocinados en una parrilla clandestina.
Siempre me voy con pena de la feria. Con ganas de volver y con el consuelo de pensar que si vuelvo en dos o tres años a recorrer las calles atestadas de gente y puestos de venta callejera tal vez lo haga en compañía de Sergio, más preparado ya; y que encontraremos los mismos fierros retorcidos, quizá algo más oxidados, las mismas radios antiguas que todavía no encontraron comprador, las mismas mascotas pero de una sexta o séptima generación...
Mientras tanto, en la sierra de Madrid reina, plácida e ignorante de que ha viajado más que muchos, mi Jessie, adquirida en la feria de Tristán Narvaja hace casi 12 años.
Cuando vine a Montevideo con Sergio, recién casada, papá y yo no resistimos la tentación de llevar al pobre visitante a nuestra excursión dominical. Sin malicia alguna, se nos olvidó avisarle lo que podría llegar a ver allí, limitándonos a responderle, cuando preguntó, que "ahí hay de todo".
Sergio sobrevivió a su primer paseo por la feria con un asombro que le dura hasta el día de hoy.
-Pero ¡¿alguien realmente compra esas cosas?! -preguntaba con la boca tan abierta como los ojos.
La respuesta de papá fué la misma que, ésta mañana, escuché a un señor al pasar:
-Yyyy... si está ahí es porque alguien lo compra.
La mescolanza de fierros oxidados, piezas de máquinas que fueron algo alguna vez, ropa o zapatos usados, electrodomésticos antiquísimos, animalitos de compañía o de granja y comestibles traídos de Brasil de contrabando es embutida domingo a domingo en destartalados carromatos y llevada a la feria para intentar ser vendida. De la capacidad de esos vehículos para desplazarse por sus propios medios no pudimos convencer a Sergio hasta que vió con sus propios ojos a uno de ellos emprender viaje.
Esa vez yo llevaba muy poco tiempo en España y ni mis ojos ni mi mentalidad estaban aún del todo afinados al paisaje del Primer Mundo; no notaba las diferencias y por tanto no entendía el asombro desmesurado de Sergio.
Con cada visita a Uruguay y cada reencuentro con la feria, le comprendo más.
Otra señal de que el tiempo pasa y mi nueva realidad se afianza un poquito cada día.
Ayer de mañana no pensaba perderme mi oficio dominical por nada del mundo, así que, con dos horas de sueño encima después de la juerga con l@s loc@s, volví a casa de papá para limpiarme los restos de maquillaje, cambiarme de ropa y cargar las pilas de la cámara de fotos.
La realidad montevideana ha cambiado para mal en cuanto a seguridad ciudadana desde que yo emigré. De unos años a ésta parte ha surgido un fenómeno social que, según todo el mundo, es un peligro: los "planchas". Según entendí, se trata de jóvenes o niños de bajos recursos que amparados en su minoría de edad, cometen toda clase de robos y hurtos, muchos con violencia o armas de por medio, con el fin de conseguir dinero para comprar pasta base de cocaína, la droga de moda. Se les reconoce por su vestimenta particular, por el hecho de que van siempre en grupo y, según Luis, también por su jerga.
Llevaba menos de dos días en Uruguay cuando Luis y papá ya se habían encargado de meterme el miedo en el cuerpo respecto a los planchas".
-No lleves nada encima, ni dinero, ni móviles, ni joyas, y no vayas mostrando esa cámara por todos lados. -aleccionó papá cuando salíamos para la feria.
-Te roban en segundos sin que te des cuenta. A mí me amenazaron con un cuchillo unos pibes de 12 años con los brazos llenos de cortes. Si están duros de pasta base, no les importa nada, te matan por 20 pesos. -los describió Luis.
Según me aclaró, tanto el nombre de éstos personajes como el asunto de los cortes en los brazos son de origen carcelario. Todos han pasado por la cárcel, y al ficharlos les hacen una foto con una pizarra llena de números a la que llaman "plancha". Esta es la versión de Luis. La de papá...
-...claro, antes les ponían colchones, pero los prendían fuego para protestar, ¡¡hacían cualquier cosa!! Ahora directamente los hacen dormir en una plancha de hormigón pegada a la pared. ¡¡¡Por eso se llaman "planchas"!!!
Los cortes en los brazos, según Luis, son una práctica que hacen en la cárcel para demostrar "quien es más macho". Se hacen cortes profundos en el músculo de los brazos con un cristal afilado a ver quien aguanta más cortes. Es una especie de derecho de piso que les da estatus cuando salen de allí.
Quitando el IVA y el descuento a los cuentos de papá y de Luis, consulté a Gabriel acerca de ésto.
-Mucho de eso son cosas de los informativos. No interesa que la gente conozca la realidad. Mejor que se queden en casa mirando la tele y no piensen. No te olvides que es año de campaña electoral. ¡¡Si hacés caso a todo lo que dicen en el informativo salís a la calle con una escopeta!! Los "planchas" de ahora son los "terrajas" de antes.
Con "planchas" o sin ellos, hice miles de fotos de la feria, sus personajes y sus vehículos. Papá parecía tener ojos en la nuca para detectar ladrones por todas partes cada vez que yo intentaba hacer una foto, pero al final conseguí mi colección y volvimos a casa sin ningún incidente. ¡¡Cuando edite todo ese material en un vídeo, no quiero perderme la cara de Sergio!!
Terminamos el recorrido comprando el almuerzo de papá a un señor que, sin reparo alguno, vendía asado y chorizos recién cocinados en una parrilla clandestina.
Siempre me voy con pena de la feria. Con ganas de volver y con el consuelo de pensar que si vuelvo en dos o tres años a recorrer las calles atestadas de gente y puestos de venta callejera tal vez lo haga en compañía de Sergio, más preparado ya; y que encontraremos los mismos fierros retorcidos, quizá algo más oxidados, las mismas radios antiguas que todavía no encontraron comprador, las mismas mascotas pero de una sexta o séptima generación...
Mientras tanto, en la sierra de Madrid reina, plácida e ignorante de que ha viajado más que muchos, mi Jessie, adquirida en la feria de Tristán Narvaja hace casi 12 años.