¿Que hay de nuevo, viejo?
Hace unos cuantos días llamé a Sergio desde Buenos Aires para ver como andaba todo por aquí. Por allá todo iba bien, la visita transcurría alegremente y Julieta era un encanto. La expectativa frente a mi cita pendiente con Leo me tenía en ascuas y sólo enturbiaba un poco las cosas la actitud de papá. De alguna forma siempre se las arregla para derivar cualquier situación hacia un análisis de su desastrosa economía y esa mañana me había tocado ponerle en su sitio antes de que hiciera estallar los nervios de Damián.
Así que cuando Sergio me atendió el teléfono y preguntó como estaba pasándolo, le bastó mi tono, y no lo que dije para preguntar, algo alarmado:
-¿Te pasa algo?
Le hice un comentario al pasar sobre que papá tenía un día malo y le pregunté cómo iba todo en casa.
-Bueno... hay una sorpresa. -contestó, creando misterio.
En menos de un segundo mil razonamientos rondaron mi cabeza: nos volvió a citar Hacienda por alguna declaración mal hecha, se cayó una rama de pino en el techo de casa, alguna perra se comió algo incomestible y está mala, se volvió a escapar la tortuga, una vaca se comió mi jardín... o mi jardín murió por completo sin intervención bovina, solo con la de Sergio... o bien...
-... son preciosos, te van a gustar! -terminaba Sergio su frase.
-¿Que dijiste? ¡¡¿Conejos?!! Pero Sergio, ¡¡yo soy alérgica a los conejos!!
-...
-¡Por lo menos decíme que son los dos del mismo sexo!
-No, uno es macho y la otra hembra. -contestó alegremente. Y se lanzó a una descripción pormenorizada de los nuevos roedores.
-¡¡¿Cómo no se te ocurrió preguntarme antes?!! -grité. A esas alturas, los que hablaban en las cabinas vecinas miraban hacia la mía sin disimular. -¡¡Yo no puedo tener esos animales, dan un trabajo tremendo...
Sergio no me escuchaba. Seguía compenetrado en su análisis positivo de la situación:
-...comen como pirañas. Y mean...
-...y paren cada dos meses!!! Lo más probable es que la coneja ya esté preñada...
-¡Ah! ¡Seguramente! -La alegría de Sergio no tenía límites. Su suerte tampoco. Suerte de que yo estuviera a 15000 km de él y su cuello. -¡Se pasan todo el día follando!
Me intenté calmar y tomarme el asunto con tanta filosofía como me había tomado lo del coche de Leo. Casi lo conseguí, pero Sergio contraatacó contándome que los conejos habían llegado a casa luego de que su amigo Victor (que da para un blog aparte) le pidiera conseguirle un conejo enano para su hija; Sergio, servicial (y gilipollas, pensaba yo en ese momento) habló con una criadora y consiguió dos; pero como no eran enanos el tal Victor no los quiso. Y entonces, a mi casa con los conejos.
-... pensé yo que como estabas triste por lo de las chinchillas...
Mis adoradas chinchillas, adoptadas a la madre de Victor, que no las quería, habían muerto extrañamente justo el día antes de mi viaje, y cuando salí de Madrid iba de luto por ellas.
Por fin parecí entender que despotricar telefónicamente no solucionaría el asunto y Sergio tampoco lo solucionaría, y dejé de gritar. Me quedé con que lo hizo con buena intención y con que ya buscaría la forma de resolver el percal cuando volviese a España.
Hace una hora llevé los conejos al Agricentro de Villalba para que los vendan.
A éstas alturas ya tengo bien aprendido que Sergio se encargará siempre de traerme problemas para que yo los arregle, ofreciéndome al mismo tiempo soluciones que sabe que no aceptaré, como por ejemplo, llevar los conejos a la carnicería.
Sin embargo, al menos ésta vez no me quedé con los conejos, mi alergia y el trabajo que me darían sólo porque Sergio los trajo y "ahora ya está". Esta vez me deshice del fardo ajeno sin más.
Algo debo de estar aprendiendo...
Así que cuando Sergio me atendió el teléfono y preguntó como estaba pasándolo, le bastó mi tono, y no lo que dije para preguntar, algo alarmado:
-¿Te pasa algo?
Le hice un comentario al pasar sobre que papá tenía un día malo y le pregunté cómo iba todo en casa.
-Bueno... hay una sorpresa. -contestó, creando misterio.
En menos de un segundo mil razonamientos rondaron mi cabeza: nos volvió a citar Hacienda por alguna declaración mal hecha, se cayó una rama de pino en el techo de casa, alguna perra se comió algo incomestible y está mala, se volvió a escapar la tortuga, una vaca se comió mi jardín... o mi jardín murió por completo sin intervención bovina, solo con la de Sergio... o bien...
-... son preciosos, te van a gustar! -terminaba Sergio su frase.
-¿Que dijiste? ¡¡¿Conejos?!! Pero Sergio, ¡¡yo soy alérgica a los conejos!!
-...
-¡Por lo menos decíme que son los dos del mismo sexo!
-No, uno es macho y la otra hembra. -contestó alegremente. Y se lanzó a una descripción pormenorizada de los nuevos roedores.
-¡¡¿Cómo no se te ocurrió preguntarme antes?!! -grité. A esas alturas, los que hablaban en las cabinas vecinas miraban hacia la mía sin disimular. -¡¡Yo no puedo tener esos animales, dan un trabajo tremendo...
Sergio no me escuchaba. Seguía compenetrado en su análisis positivo de la situación:
-...comen como pirañas. Y mean...
-...y paren cada dos meses!!! Lo más probable es que la coneja ya esté preñada...
-¡Ah! ¡Seguramente! -La alegría de Sergio no tenía límites. Su suerte tampoco. Suerte de que yo estuviera a 15000 km de él y su cuello. -¡Se pasan todo el día follando!
Me intenté calmar y tomarme el asunto con tanta filosofía como me había tomado lo del coche de Leo. Casi lo conseguí, pero Sergio contraatacó contándome que los conejos habían llegado a casa luego de que su amigo Victor (que da para un blog aparte) le pidiera conseguirle un conejo enano para su hija; Sergio, servicial (y gilipollas, pensaba yo en ese momento) habló con una criadora y consiguió dos; pero como no eran enanos el tal Victor no los quiso. Y entonces, a mi casa con los conejos.
-... pensé yo que como estabas triste por lo de las chinchillas...
Mis adoradas chinchillas, adoptadas a la madre de Victor, que no las quería, habían muerto extrañamente justo el día antes de mi viaje, y cuando salí de Madrid iba de luto por ellas.
Por fin parecí entender que despotricar telefónicamente no solucionaría el asunto y Sergio tampoco lo solucionaría, y dejé de gritar. Me quedé con que lo hizo con buena intención y con que ya buscaría la forma de resolver el percal cuando volviese a España.
Hace una hora llevé los conejos al Agricentro de Villalba para que los vendan.
A éstas alturas ya tengo bien aprendido que Sergio se encargará siempre de traerme problemas para que yo los arregle, ofreciéndome al mismo tiempo soluciones que sabe que no aceptaré, como por ejemplo, llevar los conejos a la carnicería.
Sin embargo, al menos ésta vez no me quedé con los conejos, mi alergia y el trabajo que me darían sólo porque Sergio los trajo y "ahora ya está". Esta vez me deshice del fardo ajeno sin más.
Algo debo de estar aprendiendo...