veintitres
de como recuperar mi suerte
Sindicación
 
Losing my religion
Ya está. "Mi nuevo mejor amigo" ya no es mío. Ayer entregué mi coche a Rocío y David y mañana me toca de nuevo empezar a recorrer a pié los 3 km que separan mi casa de la Estación de Renfe, ida y vuelta.

Cuando Rocío me dijo que querían comprar mi coche fué un alivio. Después de mis semanas de reflexión en Uruguay entendí que hay prioridades y situaciones que no son tales, y que tenía que vender ese coche cuanto antes y asumir que obtener un permiso de conducir es imposible para mí.

Así que vuelta a las mismas. Prefiero no pensar en el dinero perdido por el camino. Por suerte el dinero viene y va, y no puedo quejarme de que me falte. Pero en cuanto a mi situación personal, vuelvo al punto de partida. Andando de aquí a todas partes, llueva, truene, nieve o haga un sol de justicia.

Mientras tanto, en los informativos el Gobierno anuncia endurecimientos varios en el Reglamento de Tráfico, índices de accidentes mortales y problemas medioambientales graves que se solucionarían en gran medida si la gente recurriera más al transporte público que al coche privado. Luego viene el corte publicitario: 25 minutos de anuncios en los cuales te enteras del catálogo completo de últimos modelos de coches salidos al mercado de todas las marcas imaginables y disponibles. Todos por "sólo" cinco cifras en euros. Cada vez ofrecen más caballos de potencia. ¿Por qué, si la velocidad máxima permitida en autopistas es de 120 km/h, se siguen vendiendo coches cada vez más potentes y nadie le pone coto a eso? Cada vez ofertan coches menos contaminantes. Y si son "menos" contaminantes significa que, en definitiva, contaminan. El combustible está cada vez más caro. Y uno se pregunta, ¿cuánto tiempo más tiene que pasar antes de que por fin se de una migración a una tecnología más limpia y sostenible? Los coches eléctricos ya existen. La solución ya está inventada. ¿Por qué no se aplica?
Somos muchos los que no tenemos ningún problema en utilizar el transporte público... pero ¿qué hacemos si no lo hay disponible en la zona donde vivimos?

A éstos últimos se nos termina creando una necesidad que nunca tuvimos: disponer de un vehículo privado. Y para poder utilizarlo, otra necesidad adicional: disponer de un permiso administrativo para utilizarlo. Que por supuesto, tampoco es gratis. Ni siquiera accesible a la mayoría.

Llevo mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza a todo ésto. Desde todos los ángulos posibles. ¿Cómo llegué a semejante disposición de espíritu? En toda mi vida, nada me ha amargado tanto la existencia como ésta situación. Siempre fuí una persona de hábitos frugales. No soy amante de la moda ni de la ostentación. Todo éste barullo publicitario de coches de última moda me suena a consumismo barato, y el doble discurso del Gobierno sobre los accidentes o el medio ambiente una pura demostración de hipocresía, falta de sentido común y sobre todo, de coraje para legislar como es debido.
Y sin embargo, me veo forzada a buscar una solución que pase por la disponibilidad de un vehículo privado. Algo que atenta contra todo principio mío: contamina, obliga al consumo de servicios sobrevalorados que existen gracias a que la gente sigue dispuesta a pagar por ellos y demás.

Me propongo dejar de hablar con la gente de éstos temas. Todos los que me rodean conocen mi situación y lo que me ha supuesto la aventura de la autoescuela. Así que cuando hablamos parecen comprender, pero en el fondo me huelo que están pensando que debo de ser una imbécil para no ser capáz de pasar ese exámen; que carezco de inteligencia comercial si hablo de comprar un coche sin carnet para poder por fin moverme sin tener que seguir en la faena del exámen de mierda; se preguntan cuándo maduraré, si lo haré algún día, cuando planteo la posibilidad de volver a moverme en bicicleta en las distancias cortas como hacía en Uruguay. Una bici se puede meter en el tren, y te soluciona el resto de trayectos... No contamina, es saludable...
En mi trabajo, la caída económica que pasa España se está notando. Están despidiendo personal porque no cierran los números. Y buscan la polivalencia ante todo a la hora de decidir quien se queda y quien se va. Fernando lleva dos semanas disfrutando de excursiones pagadas por la empresa que le suponen que, en lugar de pasar el día encerrado en el taller aguantando a los jefes, tenga que ir a pueblos perdidos en provincias lejanas a dejar un ordenador, disfrutar luego de una comida pagada por la empresa y volverse a casa a las cinco de la tarde mientras el resto (o sea, yo) seguimos en el tajo hasta el final de la jornada. ¿Y por qué Fernando puede disfrutar eso y yo no? Porque tiene su permiso de conducir. Soy la única del taller que no puede salir a atender clientes in situ por ésta razón. El jueves, Fernando y Miguel repartían equipos por media Castilla-La Mancha; Iván los repartía por medio Cáceres y yo aguantaba solita el chaparrón en el taller. Chaparrón originado por el hecho de que había que visitar a dos clientes con problemas y no había quien pudiese ir. Acabé encarando al encargado del taller para ofrecerme a ir andando hasta una de las empresas a cambiar una tarjeta de red. ¿Para qué mover un coche si queda a diez calles?, razoné. Al final, fuí. Pero sigo pensando que, pese a que resolví el problema del cliente, la empresa sigue pensando en la "mala imágen" que da ante éste el hecho de que el técnico llegue a pié a la visita, con las herramientas en un maletín en vez de hacerlo en el coche rotulado de la empresa...

A veces pienso que son cosas mías, que la gente realmente no piensa así. Pero entonces llega algún comentario del tipo: "tú lo que tienes que hacer es sacarte el carnet de una vez y dejarte de tonterías", y ahí es donde la hilacha se ve bien clarita.
Si no entras de lleno en el sistema, el consumo arbitrario e injustificado y la tontería comercial de moda, eres un tonto. Lisa y llanamente.

Pues no. Viéndolo así, hoy decido dos cosas: la primera, se acabó ir por la vida contando el marrón de la autoescuela. A partir de ahora, tema tabú. Ya que de momento no puedo pasar esa página definitivamente, vamos al menos a dejar de dar la brasa con el asunto. La segunda: la semana próxima le pediré a Sergio que me acerque al Decathlon de Las Rozas a comprar una bici. Seguiré buscando coches sin carnet de segunda mano hasta que aparezca alguno que pueda pagar y luego lo conduciré con orgullo y la humildad de siempre. Quizás no pueda ir por ahí presumiendo de que puse el coche a 200 km/h en una recta, pero seguro que podré describir con mucho más detalle que cualquiera los paisajes que se ven por las carreteras secundarias y caminos, por las vías pecuarias y los lugares recónditos por los que jamás se les ocurre pasar a los prisioneros de las autopistas.

Y si mi empresa decide prescindir de mí porque no puedo conducir, la verdad es que sería un palo duro de roer. El vivir conforme a las ideas de uno está muy bien, pero la realidad golpea: la mayoría de las ofertas de empleo en Informática son para personas con permiso de conducir. Si a eso le sumamos que tengo 34 años y soy mujer, cierra y vámonos. Pero ésto, al igual que el dichoso exámen, no puedo solucionarlo. Sólo queda seguir dando lo mejor de una profesionalmente y confiar en que la experiencia tenga otra sorpresa por ahí reservada; la de enseñarme que a lo mejor aquí están valorandome por algo más; que quizás, a fuerza de espíritu rebelde, acabé demostrando yo solita que cuando la actitud de uno se basa en ideas bien fundamentadas, aunque el método difiera de la corriente general, el resultado puede ser igualmente positivo.

Y es que, filosofías aparte, ¿qué otra cosa se puede hacer?
No