veintitres
de como recuperar mi suerte
Sindicación
 
The Last Resort
Me habló la primera noche de "oírse a uno mismo pensar”.

Yo había dicho “¿nos tomamos un café”? Y él dijo que sí. Y tres días después, en una de las noches más calurosas que ha visto Madrid éste año, escuché su historia, estudié sus gestos, me dejé aturdir de a poco hasta que empecé a hervir por dentro. Dejé un momento la mesa del pub y me fui al baño mientras de fondo Bob Dylan cantaba “Knocking On Heaven´s Door”. Me senté un momento, mareada por las emociones que llevaban ya un rato asaltándome y con el corazón a mil. Cerré los ojos. Los abrí, y allí estaba el graffiti, en letras negras y gordas de marcador indeleble:

“¿Y ahora que?”

Abajo, cuatro personas habían contestado a la pregunta…

La primera:

“Y ahora, a follar, guapa”.
Muy simple, muy poco, muy inapropiado. Si hubiera querido eso de él, lo habría tenido hace tiempo. Pero con él no quiero solo una relación efímera. Con él quiero mucho más.

La segunda respuesta me removió por dentro:

“O a aprender a vivir sin aire”.

Llevaba horas escuchándole. Casi no le había contado nada sobre mí y sabía bastante sobre él. Bastante como para preguntarme que estaría pensando de mí; ¿estaría considerando la idea de volver a verme, de acercarse más? ¿Acabaría ésta noche sin más, como una anécdota nueva que recordar y listo? ¿Me despertaría mañana teniendo que elaborar de nuevo un “No, gracias”?
Y en cuanto a mí… no me sentía capáz de pensar en mí. Al igual que no supe que decir cuando aceptó sin más salir conmigo, tampoco había pensado qué haría si surgía la posibilidad de algo más… hasta donde estaba dispuesta a apostar… aunque el corazón lo pidiera a gritos.

La tercera respuesta era más práctica:

“Practicar el onanismo.”

Ya está bien de soledad.

Y la cuarta, la que Rocío más aplaudió por lo mordaz:

“A tragar”.

De un tiempo a ésta parte, mi cómoda y aburrida situación de mujer soltera e independiente empezó a saber a poco; los ratos de sol poniente en casa después del trabajo, insípidos. Los fines de semana ya no se llenaban con solo trabajar en el jardín, sacar a las perras y visitar a mis amigas. De pronto, me pareció que me oía pensar... demasiado.
Así, como si nada, me acordé de mi "lista blanca". Alex me habló hace tiempo, cuando recién me divorcié, de éstas listas. Una, negra, llena de nombres que van y vienen y no dejan mas que un rastro insustancial. La otra, blanca. Con nombres rodeados de signos de interrogación. Mi lista negra se cerró hace poco tiempo de forma tan tajante como inesperada. Nunca tuvo muchos nombres, pero sí unos cuantos. Yo soy bicho de costumbres, después de todo.
La lista blanca, en cambio, seguia entreabierta, y con un solo nombre, apuntado allí desde hace meses, enterrado en el misterio de haberle hablado solo una vez; amparado por la relativa seguridad de mi soltería.
Averigué lo que pude sobre él. No había forma de orquestar un encuentro casual, así que tuve que juntar valor un par de días y empujar la primera puerta. Me la encontré entreabierta. Aplaudí mi osadía, traté de bajar un poco a tierra y me fuí por la noche al cumpleaños de Rocío.
Durante los dos días que siguieron, retomé algunos rituales oxidados por el desuso; arreglarme, pensar que ropa usar para resultar agradable en una primera cita, hablar con las amigas de algo que no sea el problema de mi carnet de conducir, las babosas en la huerta o el perro que se escapó, para variar, y mencionarles que estoy entusiasmada, que es un chico interesante y que me siento un poco ridícula de solo pensar en que puedo estar por tener otro romance. Romance y yo nunca fueron de la mano... aunque Rocío no estuvo de acuerdo con eso cuando le conté al día siguiente cómo me había ido en mi cita.
Ni cuando, a raíz de ese primer éxito, me vi desbordada por un estado de ánimo ya olvidado, mezcla de incredulidad, dudas, expectativas, una alegría absurda que a su vez, me asustaba.
Rocío se portó como la perfecta psicóloga aficionada y atendió mis tribulaciones hasta devolverme un poco de tranquilidad.
Con cada hora que pasa me siento un poquito más cerca de David. De a ratos me asaltan de nuevo las dudas, el profundo temor al rechazo del que Rocío me habló. Sergio fué más explícito: "Tienes pánico de empezar otra relación".
Tenían razón. Estaba tan espantada que estuve a punto de borrar todos sus datos y dejar correr el asunto. Llegué a casa esa tarde, luego de casi 30 horas sin dormir, hecha un desastre. Me desplomé en los escalones del jardín y me eché a llorar a moco tendido, firmemente dispuesta a sentirme miserable y perdida. Sergio se agachó a mi lado, me abrazó flojamente y se rió por lo bajo de mi escena dramática. Mi cara debía de parecer la máscara de la tragedia mientras me preguntaba en voz alta cómo había podido ser tan estúpida. La última respuesta del grafitti me amenazaba con otra negra temporada de amargura y decepción. ¿Apostar y caer de nuevo? ¿Volver a darme el golpe contra el suelo de siempre? ¿Meter la pata de nuevo hasta darme cuenta un día de que otra vez estoy trangando y tragando sin ver la salida? Todavía no era muy tarde para cerrar de nuevo la puerta. Pero entonces, ¿volver a mi apacible soledad hasta desquiciarme pensando en lo que dejé marchar? ¿No volver a sentir su mano cálida en mi cara en la penumbra del amanecer?
Sería más tranquilo, sí, pero infinitamente más triste. Y después de todo, así lo marcó el destino: ésto pasó ahora porque tenía que pasar ahora. No en unos meses. No hace meses atrás. Ahora.

Al final, fue Sergio el que me convenció: “Tu problema es que estás pretendiendo la perfección, y la perfección no existe. Lo que quieras ganar o perder, lo sabes tú, pero ya sea para ganar o para perder, tendrás que apostar. El tío vale la pena. No le pierdas por ésta estupidez”.

No me había dado cuenta hasta entonces de lo gruesos que levanté los muros alrededor de mi corazón en éste año y medio de reflexiva soledad. Tampoco echaba de menos conscientemente el despertar al lado de alguien, el tocar una mano amiga sin reparos, el mirar a alguien a los ojos sin pensar en nada más que en lo dulces que son… Ahora, de a poco, todo va volviendo. Y con cada oleada de nueva realidad, el miedo va quedando un poquito más enterrado.

Como dice la canción de Calamaro, “hoy no estoy adentro mío”. Esta no soy yo. O tal vez sí…
Tal vez llegó la hora de lanzar otra apuesta, intentar otra aventura, saltar otra vez del puente y con el corazón abierto. Tal vez ésta sí soy yo. Tal vez encontré mi suerte, o por lo menos, otra forma de seguirla buscando. Y si no, como dijo Rocío: “que te quiten lo bailao”.

Es tiempo de cerrar éste blog. Vendrán otros, y contaré otras historias. Esta etapa está completa.
No