¿Y ahora que pasa, EH?!
Es lo que cantaban Los Violadores en mis orejas hoy a las 7:15 de la mañana, justo cuando mi tren (destino, Guadalajara) me recogía puntualmente en la estación de Santa María de la Alameda. Y justamente, eso me pregunto ahora. ¿Amigos? ¿Amantes? ¿Condenados de nuevo a dejarlo estar?
El 23 me persigue... y me elude a la vez.
23 en el nivel de volúmen del MP3; 23 en el nuevo número de fax del trabajo; 23 en el contador de segundos de duración de llamada cada vez que controlo cuánto llevo hablando con cada cliente; 23 en cada cuadro del Sudoku, 23 preguntas bien contestadas en los tests del permiso B (¿¿por qué tienen que ser siempre 7 fallos?? por qué no 9 o 12? No, tienen que ser 7. Pero eso mejor para otra ocasión.)
23 años tenía Sergio cuando se casó el verano pasado. Justo cuando yo pensaba en dejarlo todo y empezar a vivir de nuevo... y no lo hice.
Ayer hablé con Bogusia. Trabajábamos juntas en un infame servicio de información telefónica hace años hasta que tuve la negra idea de presentarme a un puesto de supervisión... allí perdí de vista a mis viejas compañeras y la costumbre de reunirnos cada tanto a practicar "actividades amansalocos" (léase, labores, que suena horrible). Parte, supongo de mi aún más negra idea de borrar a mis amigos y centrar mi vida en mi matrimonio. Pero como sea, en el marco de ésta recuperación espiritual que intento llevar a cabo, volví a llamar a Bogu.
Recuerdo que el día en que fuí a las pruebas de selección para el cargo de supervisora me citaron en las oficinas de la compañía, situadas justo enfrente al Bernabeu. Justo en la zona de Azca donde empezó mi aventura, los volantes del gimnasio en los parabrisas de los coches, las horas enteras caminando por los barrios del norte, escondiéndonos de los jefes una vez que teníamos todo repartido (o casi todo...) para jugar a las cartas o tomar mate... la época en que me preguntaba con quien debería quedarme.
El día de la última prueba de selección salía del Metro bajo la lluvia madrileña (esa que siempre me deja con gusto a poco) preguntándome qué sería de toda aquella gente, cómo les iría ahora. Los compañeros de reparto que, como yo, no tenían papeles, sobrevivían día a día si preguntarse qué vendría mañana, comparían conmigo la magra felicidad de una paga en negro semanal y los buenos ratos, entrañables...
Pensaba mientras buscaba el portal del edificio en el que estaba citada en lo que había conseguido hasta entonces. Tenía resuelta mi situación legal, incluso concedida la nacionalidad española; estaba comprando un piso, tenía un esposo... y mi matrimonio empezaba a coletear. Muy en el fondo, un bicho se removía diciendo: "que caro pagaste todo ésto, ¿no?" Pero tenía por delante una entrevista por un puesto más que respetable y a ese bicho mejor aplastarlo. En seis años de matrimonio, al final era una experta exterminadora del dichoso bicho, que cada tanto volvía a atormentarme con sus preguntitas malvadas.
La última prueba era improvisar una clase sobre "La Empatía".
Ni jota de lo que era eso. Más que haber visto en algún episodio de "Embrujadas" que había una que se hacía llamar "empática" porque podía santir lo que pensaban los demás. Por un momento, mientras preparaba mi disertación, dejé salir a la que yo era antes, la Nat de los mil recursos, capáz de dar una clase sobre un tema del que no tiene ni idea sin que nadie lo note.
Me dieron el puesto, claro.
Lo primero que hice al incorporarme fué averiguar que era la empatía.
Según la RAE: "Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro."
No me gusta llorar delante de las personas. Ni siquiera por teléfono. Y lo cierto es que un mes después de haber encajado el derechazo que significó la frase "quiero divorciarme", creía que tenía el asunto más controlado; incluso que llamar a Sergio sin saber con qué podría encontrarme después de tantos años no tendría consecuencias lacrimógenas, al menos en tiempo real. Pero las tuvo. Mientras me mordía intentando que no lo notara... ("vamos, Nati, ya somos grandes, hace años que no sabe nada de vos, lo único que lograrás será parecer imbécil, etc, etc...) todo dentro de mí se encogía como un perrillo al que apalean. Y él lo notó.
-... intenté ser una buena esposa, y no funcionó. Supongo que el dejar de verte fué parte de eso...
Silencio.
-¿Donde estás?
-En casa. Es muy lejos. ("Ríe. Por lo que más quieras, ríe, que no sepa que lloras").
Pero lo supo. Lo entendió.
Ahora ya sé qué es eso de la empatía.
El 23 me persigue... y me elude a la vez.
23 en el nivel de volúmen del MP3; 23 en el nuevo número de fax del trabajo; 23 en el contador de segundos de duración de llamada cada vez que controlo cuánto llevo hablando con cada cliente; 23 en cada cuadro del Sudoku, 23 preguntas bien contestadas en los tests del permiso B (¿¿por qué tienen que ser siempre 7 fallos?? por qué no 9 o 12? No, tienen que ser 7. Pero eso mejor para otra ocasión.)
23 años tenía Sergio cuando se casó el verano pasado. Justo cuando yo pensaba en dejarlo todo y empezar a vivir de nuevo... y no lo hice.
Ayer hablé con Bogusia. Trabajábamos juntas en un infame servicio de información telefónica hace años hasta que tuve la negra idea de presentarme a un puesto de supervisión... allí perdí de vista a mis viejas compañeras y la costumbre de reunirnos cada tanto a practicar "actividades amansalocos" (léase, labores, que suena horrible). Parte, supongo de mi aún más negra idea de borrar a mis amigos y centrar mi vida en mi matrimonio. Pero como sea, en el marco de ésta recuperación espiritual que intento llevar a cabo, volví a llamar a Bogu.
Recuerdo que el día en que fuí a las pruebas de selección para el cargo de supervisora me citaron en las oficinas de la compañía, situadas justo enfrente al Bernabeu. Justo en la zona de Azca donde empezó mi aventura, los volantes del gimnasio en los parabrisas de los coches, las horas enteras caminando por los barrios del norte, escondiéndonos de los jefes una vez que teníamos todo repartido (o casi todo...) para jugar a las cartas o tomar mate... la época en que me preguntaba con quien debería quedarme.
El día de la última prueba de selección salía del Metro bajo la lluvia madrileña (esa que siempre me deja con gusto a poco) preguntándome qué sería de toda aquella gente, cómo les iría ahora. Los compañeros de reparto que, como yo, no tenían papeles, sobrevivían día a día si preguntarse qué vendría mañana, comparían conmigo la magra felicidad de una paga en negro semanal y los buenos ratos, entrañables...
Pensaba mientras buscaba el portal del edificio en el que estaba citada en lo que había conseguido hasta entonces. Tenía resuelta mi situación legal, incluso concedida la nacionalidad española; estaba comprando un piso, tenía un esposo... y mi matrimonio empezaba a coletear. Muy en el fondo, un bicho se removía diciendo: "que caro pagaste todo ésto, ¿no?" Pero tenía por delante una entrevista por un puesto más que respetable y a ese bicho mejor aplastarlo. En seis años de matrimonio, al final era una experta exterminadora del dichoso bicho, que cada tanto volvía a atormentarme con sus preguntitas malvadas.
La última prueba era improvisar una clase sobre "La Empatía".
Ni jota de lo que era eso. Más que haber visto en algún episodio de "Embrujadas" que había una que se hacía llamar "empática" porque podía santir lo que pensaban los demás. Por un momento, mientras preparaba mi disertación, dejé salir a la que yo era antes, la Nat de los mil recursos, capáz de dar una clase sobre un tema del que no tiene ni idea sin que nadie lo note.
Me dieron el puesto, claro.
Lo primero que hice al incorporarme fué averiguar que era la empatía.
Según la RAE: "Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro."
No me gusta llorar delante de las personas. Ni siquiera por teléfono. Y lo cierto es que un mes después de haber encajado el derechazo que significó la frase "quiero divorciarme", creía que tenía el asunto más controlado; incluso que llamar a Sergio sin saber con qué podría encontrarme después de tantos años no tendría consecuencias lacrimógenas, al menos en tiempo real. Pero las tuvo. Mientras me mordía intentando que no lo notara... ("vamos, Nati, ya somos grandes, hace años que no sabe nada de vos, lo único que lograrás será parecer imbécil, etc, etc...) todo dentro de mí se encogía como un perrillo al que apalean. Y él lo notó.
-... intenté ser una buena esposa, y no funcionó. Supongo que el dejar de verte fué parte de eso...
Silencio.
-¿Donde estás?
-En casa. Es muy lejos. ("Ríe. Por lo que más quieras, ríe, que no sepa que lloras").
Pero lo supo. Lo entendió.
Ahora ya sé qué es eso de la empatía.
Etiquetas: empatia