Periplo
Hace tiempo que Fernando me mandó de Montevideo una grabación en cassette. Cuando llevaba yo poco tiempo en Villalba, recién casada (y todavía no existían los sistemas de VoIP) teníamos la costumbre de mandarnos cassettes grabadas contándonos nuestras respectivas historias. Y para rellenar, poníamos canciones. Una que nos encantaba a los dos llegó al final de un cassette de "La Vieja" y me hizo lagrimear al oírla. Era de Los Estómagos, y se llama "Avril". Espero que nadie me reclame derechos de autor por reproducir parte de la letra. Acá va:
"La gente es extraña, ¿no es verdad?
Las cosas cambian para bien o mal
Todo estuvo bien, alguna vez.
¿Por qué tuvo que cambiar?
Todas las promesas, ¿dónde fueron a parar?
¿Qué nos han hecho, Avril?
Dime, ¿quien nos embrujó?
La escollera está tan sola,
Europa no está tan lejos,
Chinasky aún no se murió."
Pero resultó que Europa estaba lejos. ESTA lejos. Fernando tardó en dejar de suspirar por mi ausencia lo que yo en dejar de suspirar por la de Sergio (lo bien que hizo) y ahora vive encantado con el amor de su vida (al menos espero que lo sea!! Nadie lo merece más que él).
Cuando decidí que por el bien de mi matrimonio lo único viable era despedirme de Sergio "para siempre", él me hizo llegar una carta. Llevábamos días sin hablarnos después de una escena algo grotesca en la Plaza Cervantes de Alcalá de Henares y ya no esperaba volver a saber de él, cuando una noche apareció Laura, muy solemne y secretiva, y me entregó una nota increíblemente doblada, más secretiva aún. En ella Sergio me juraba algo así como amor eterno y que me esperaría para empezar a vivir y viajar como locos cuando mi vida se arreglara. Fué la última vez que lloré por él. Hasta el día en que llegué a mi trabajo dos horas y media tarde en un tren que nunca hubiera querído tener que tomar.
Pero que no llorara no significa que no recordara, como bien se entiende. Primero fueron los atentados de las Torres Gemelas y la genial idea de Aznar de enviar tropas españolas a Afganistán. Y yo preguntándome si a mi amigo le habrían mandado a ese agujero a que le dieran un tiro en el culo. Intenté escribirle una vez para saber si había sido el caso, pero la bronca en casa fué monumental y la carta nunca vió el correo.
Luego vino lo del Prestige. Y los equipos del Ejército en las playas de Pontevedra. Y yo postrada en cama durante el mes y medio que duró esa crisis con una contractura lumbar que no cedía ni con marihuana y maldiciendo mi suerte por no poder ir a pringarme de fuel a ver si, por una de esas casualidades de la vida, me encontraba una cara conocida.
Después, el 11M. En trenes que venían de Guadalajara. Hacía un frío de muerte en Torrelodones cuando anunciaron que había que desalojar mi tren y lo primero que pensé mientras iba hacia los autobuses que nos completarían el trayecto hasta Madrid fué en él viajaba en esos trenes todos los días sobre esas horas.
Y luego las tropas en Irak...
La de cacaos mentales que me habría ahorrado de saber que poco después del fin de nuestra aventura, Sergio dejó el Ejército y se largó a Londres... Pero el caso es que entonces no lo sabía.
Lo supe cuando, superado mi ataque de lágrimas durante nuestro reencuentro telefónico el día 23, nos encontramos al lunes siguiente después del trabajo. Ese día del que ya he hablado, que comenzó con el descontrol a la entrada de mi oficina. La idea era vernos, evaluar las canas y los kilos de más, recapitular las respectivas existencias y despedirnos amistosamente.
Pero mis citas con Sergio nunca se ajustan al plan inicial, y eso a éstas alturas es un hecho comprobado.
La recapitulación existencial duró lo que tardamos en llegar desde la T1 de Barajas hasta Torrejón de Ardoz y la mitad de la primera cerveza.
Luego vino el "¿...y te acuerdas de...", y ya por la segunda birra, la pregunta del millón: "¿por qué estás hoy aquí?". Pregunta bidireccional, claro. Sigo sin saber bien por qué estaba él ahí esa tarde (y las que siguieron), pero yo necesitaba decir muchas cosas que no dije cinco años antes y que estaban ya bajo demasiada presión como para contenerlas más. Como parece que la confianza seguía allí como en las viejas épocas y además la cerveza ayudaba a soltar la lengua, terminé diciéndole a Sergio que le echaba de menos, que me hacía falta y que le había querido siempre, incluso en aquella época cuando me esforzaba por cortárle el rostro cada vez que él me lo decía a mí.
Finalmente pareció que lo más sensato era ir a Chamartín a pillar el tren para Santa María. Pero la cerveza requería una visita al baño... y la visita al baño del bar, una consumición. De más cerveza.
Finalmente, partimos hacia Madrid. Iba intentando alejar de mi cabeza la teoría de la autoescuela acerca de los límites de alcohol en sangre en conductores no noveles cuando de pronto estábamos aparcados y nada había cambiado; besaba igual que antes, su boca era igual de dulce, y el corazón latía igual de fuerte...
A la altura de Nuevos Ministerios se impuso otra visita al baño. En el Burger no hay que consumir por usarlo, pero a nadie le gusta quedar mal. Así que salimos de allí nuevamente vaso en mano ante la estupefacta mirada de la chica de la caja cuando nos entregó la bandeja y se la devolvimos diciendo "van puestas".
Castellana arriba hacia Plaza de Castilla un vaso vacío salió volando por la ventana de mi lado y el Código de Tráfico me acosó de nuevo junto con mi conciencia ecológica.
"¡¡¡No se deben arrojar desperdicios en la vía pública!!!"
La respuesta de Sergio fué aparcar el coche de cualquier manera en un hueco cercano al Bernabeu y proponerme, sin cortarse lo más mínimo, pasar al asiento de atrás. Le indiqué amablemente que hacer el amor en sitios públicos nunca contribuyó positivamente a la buena reputación de nadie, así que seguimos camino hacia Chamartín.
Pero la Castellana está en obras por esa zona y resulta que antes se iba por aquí pero ahora solo hay un foso y una valla amarilla y... por supuesto, perdí el último tren.
Todo era entonces cuestión de buscar una excusa creíble que contar para explicar por qué motivo la "reunión de trabajo" de esa tarde se prolongaría hasta altas horas de la madrugada. Lo bueno de estar casado con alguien que no habla tu idioma (y que a la vez tú no hables el suyo más que a nivel de chapurreo) es que no es muy difícil bordar la historia; aunque si conozco a Sergio al menos un poco, no era la primera vez que explotaba ésta ventaja.
La historia del amigo accidentado en plena carretera y la eterna espera de la grúa y la Guardia Civil parece que coló.
Así que tranquilamente enfilamos el Puerto de la Cruz Verde dirección Ávila y se suponía que desde allí hasta Santa María las cosas no tendrían como torcerse más. Pero...
"¿Hay alguna gasolinera por aquí?"
"Sí, en Las Navas."
"¿Y eso está muy lejos?
"Como a 15 km".
"¿Llegaré?"
La aguja del indicador tocaba fondo.
Había que jugársela y subir a Las Navas porque para el otro lado, la gasolinera más próxima estaba a 40 km más o menos.
A Las Navas llegamos... y la gasolinera cerrada.
Así que mejor tomarse un respiro del largo trayecto, ya que cuando las cosas no tienen arreglo, pues no lo tienen, y de paso, como éste sitio era más tranquilo y menos arriesgado que el Paseo de la Castellana, estrenar el asiento de atrás.
Los dos policías aparecieron oportunamente cuando todo había acabado ya y tuvieron la discreción de mantenerse alejados dos minutos para, al menos, pillarnos con algo encima al golpear la ventanilla.
Al menos ésta vez, la historia se pudo contar en el propio idioma de uno... La cara del policía al enterarse de que el personaje al que acababa de pillar "en ésta situación tan embarazoza" residía a 180 km del lugar de los hechos no se me borrará de la cabeza jamás...
De alguna milagrosa manera, el coche llegó hasta Santa María. Y al día siguiente supe que también hasta la gasolinera de Galapagar, así que tan mal no estaría el asunto ni tan bien la aguja indicadora.
Dos días después, mientras esperaba de nuevo a Sergio a la salida de su trabajo en el Aeropuerto, me topé con una publicidad en un periódico de los que entregan a la salida del metro. En la cabecera de la página se leían cuatro frases: "Al amanecer, En el medio de la nada, Sin gasolina, Porque quería estar a solas contigo para siempre."
Abajo, las cuatro preguntas existenciales: ¿Cuándo? ¿Donde? ¿Cómo? ¿Por qué?.
Arrenqué el pedazo de la página con las cuatro frases, escribí a un lado "Si al igual hasta vuelvo a creer en la publicidad..." y se lo dí a Sergio un rato después.
"La gente es extraña, ¿no es verdad?
Las cosas cambian para bien o mal
Todo estuvo bien, alguna vez.
¿Por qué tuvo que cambiar?
Todas las promesas, ¿dónde fueron a parar?
¿Qué nos han hecho, Avril?
Dime, ¿quien nos embrujó?
La escollera está tan sola,
Europa no está tan lejos,
Chinasky aún no se murió."
Pero resultó que Europa estaba lejos. ESTA lejos. Fernando tardó en dejar de suspirar por mi ausencia lo que yo en dejar de suspirar por la de Sergio (lo bien que hizo) y ahora vive encantado con el amor de su vida (al menos espero que lo sea!! Nadie lo merece más que él).
Cuando decidí que por el bien de mi matrimonio lo único viable era despedirme de Sergio "para siempre", él me hizo llegar una carta. Llevábamos días sin hablarnos después de una escena algo grotesca en la Plaza Cervantes de Alcalá de Henares y ya no esperaba volver a saber de él, cuando una noche apareció Laura, muy solemne y secretiva, y me entregó una nota increíblemente doblada, más secretiva aún. En ella Sergio me juraba algo así como amor eterno y que me esperaría para empezar a vivir y viajar como locos cuando mi vida se arreglara. Fué la última vez que lloré por él. Hasta el día en que llegué a mi trabajo dos horas y media tarde en un tren que nunca hubiera querído tener que tomar.
Pero que no llorara no significa que no recordara, como bien se entiende. Primero fueron los atentados de las Torres Gemelas y la genial idea de Aznar de enviar tropas españolas a Afganistán. Y yo preguntándome si a mi amigo le habrían mandado a ese agujero a que le dieran un tiro en el culo. Intenté escribirle una vez para saber si había sido el caso, pero la bronca en casa fué monumental y la carta nunca vió el correo.
Luego vino lo del Prestige. Y los equipos del Ejército en las playas de Pontevedra. Y yo postrada en cama durante el mes y medio que duró esa crisis con una contractura lumbar que no cedía ni con marihuana y maldiciendo mi suerte por no poder ir a pringarme de fuel a ver si, por una de esas casualidades de la vida, me encontraba una cara conocida.
Después, el 11M. En trenes que venían de Guadalajara. Hacía un frío de muerte en Torrelodones cuando anunciaron que había que desalojar mi tren y lo primero que pensé mientras iba hacia los autobuses que nos completarían el trayecto hasta Madrid fué en él viajaba en esos trenes todos los días sobre esas horas.
Y luego las tropas en Irak...
La de cacaos mentales que me habría ahorrado de saber que poco después del fin de nuestra aventura, Sergio dejó el Ejército y se largó a Londres... Pero el caso es que entonces no lo sabía.
Lo supe cuando, superado mi ataque de lágrimas durante nuestro reencuentro telefónico el día 23, nos encontramos al lunes siguiente después del trabajo. Ese día del que ya he hablado, que comenzó con el descontrol a la entrada de mi oficina. La idea era vernos, evaluar las canas y los kilos de más, recapitular las respectivas existencias y despedirnos amistosamente.
Pero mis citas con Sergio nunca se ajustan al plan inicial, y eso a éstas alturas es un hecho comprobado.
La recapitulación existencial duró lo que tardamos en llegar desde la T1 de Barajas hasta Torrejón de Ardoz y la mitad de la primera cerveza.
Luego vino el "¿...y te acuerdas de...", y ya por la segunda birra, la pregunta del millón: "¿por qué estás hoy aquí?". Pregunta bidireccional, claro. Sigo sin saber bien por qué estaba él ahí esa tarde (y las que siguieron), pero yo necesitaba decir muchas cosas que no dije cinco años antes y que estaban ya bajo demasiada presión como para contenerlas más. Como parece que la confianza seguía allí como en las viejas épocas y además la cerveza ayudaba a soltar la lengua, terminé diciéndole a Sergio que le echaba de menos, que me hacía falta y que le había querido siempre, incluso en aquella época cuando me esforzaba por cortárle el rostro cada vez que él me lo decía a mí.
Finalmente pareció que lo más sensato era ir a Chamartín a pillar el tren para Santa María. Pero la cerveza requería una visita al baño... y la visita al baño del bar, una consumición. De más cerveza.
Finalmente, partimos hacia Madrid. Iba intentando alejar de mi cabeza la teoría de la autoescuela acerca de los límites de alcohol en sangre en conductores no noveles cuando de pronto estábamos aparcados y nada había cambiado; besaba igual que antes, su boca era igual de dulce, y el corazón latía igual de fuerte...
A la altura de Nuevos Ministerios se impuso otra visita al baño. En el Burger no hay que consumir por usarlo, pero a nadie le gusta quedar mal. Así que salimos de allí nuevamente vaso en mano ante la estupefacta mirada de la chica de la caja cuando nos entregó la bandeja y se la devolvimos diciendo "van puestas".
Castellana arriba hacia Plaza de Castilla un vaso vacío salió volando por la ventana de mi lado y el Código de Tráfico me acosó de nuevo junto con mi conciencia ecológica.
"¡¡¡No se deben arrojar desperdicios en la vía pública!!!"
La respuesta de Sergio fué aparcar el coche de cualquier manera en un hueco cercano al Bernabeu y proponerme, sin cortarse lo más mínimo, pasar al asiento de atrás. Le indiqué amablemente que hacer el amor en sitios públicos nunca contribuyó positivamente a la buena reputación de nadie, así que seguimos camino hacia Chamartín.
Pero la Castellana está en obras por esa zona y resulta que antes se iba por aquí pero ahora solo hay un foso y una valla amarilla y... por supuesto, perdí el último tren.
Todo era entonces cuestión de buscar una excusa creíble que contar para explicar por qué motivo la "reunión de trabajo" de esa tarde se prolongaría hasta altas horas de la madrugada. Lo bueno de estar casado con alguien que no habla tu idioma (y que a la vez tú no hables el suyo más que a nivel de chapurreo) es que no es muy difícil bordar la historia; aunque si conozco a Sergio al menos un poco, no era la primera vez que explotaba ésta ventaja.
La historia del amigo accidentado en plena carretera y la eterna espera de la grúa y la Guardia Civil parece que coló.
Así que tranquilamente enfilamos el Puerto de la Cruz Verde dirección Ávila y se suponía que desde allí hasta Santa María las cosas no tendrían como torcerse más. Pero...
"¿Hay alguna gasolinera por aquí?"
"Sí, en Las Navas."
"¿Y eso está muy lejos?
"Como a 15 km".
"¿Llegaré?"
La aguja del indicador tocaba fondo.
Había que jugársela y subir a Las Navas porque para el otro lado, la gasolinera más próxima estaba a 40 km más o menos.
A Las Navas llegamos... y la gasolinera cerrada.
Así que mejor tomarse un respiro del largo trayecto, ya que cuando las cosas no tienen arreglo, pues no lo tienen, y de paso, como éste sitio era más tranquilo y menos arriesgado que el Paseo de la Castellana, estrenar el asiento de atrás.
Los dos policías aparecieron oportunamente cuando todo había acabado ya y tuvieron la discreción de mantenerse alejados dos minutos para, al menos, pillarnos con algo encima al golpear la ventanilla.
Al menos ésta vez, la historia se pudo contar en el propio idioma de uno... La cara del policía al enterarse de que el personaje al que acababa de pillar "en ésta situación tan embarazoza" residía a 180 km del lugar de los hechos no se me borrará de la cabeza jamás...
De alguna milagrosa manera, el coche llegó hasta Santa María. Y al día siguiente supe que también hasta la gasolinera de Galapagar, así que tan mal no estaría el asunto ni tan bien la aguja indicadora.
Dos días después, mientras esperaba de nuevo a Sergio a la salida de su trabajo en el Aeropuerto, me topé con una publicidad en un periódico de los que entregan a la salida del metro. En la cabecera de la página se leían cuatro frases: "Al amanecer, En el medio de la nada, Sin gasolina, Porque quería estar a solas contigo para siempre."
Abajo, las cuatro preguntas existenciales: ¿Cuándo? ¿Donde? ¿Cómo? ¿Por qué?.
Arrenqué el pedazo de la página con las cuatro frases, escribí a un lado "Si al igual hasta vuelvo a creer en la publicidad..." y se lo dí a Sergio un rato después.