Niñas de papá
Hace un rato hablé con papá. Me contó que Claudia está enferma. Algo del sistema nervioso central que la está dejando de a poco sin habla y sin movilidad. Me asusta mucho pensar en esas cosas; en que una pueda verse un día observando cómo su vida se extingue de a poco, o más bien su yo... Recuerdo a Claudia como una mujer hiperactiva, siempre llena de energía... sacó adelante sin ayuda a su hija adolescente cuando se divorció; llevaba ella sola su negocio. Todavía no me creo que le pase algo así.
Hace unos días, más concretamente el sábado anterior, Sergio y yo habíamos quedado para ir a ver la exposición de M.C.Escher en Madrid. Me sorprendió mucho que me llamara el viernes para invitarme. En principio no esperaba mayor interés de su parte, pero el interés estaba ahí y ¿a quién no le agrada eso?. También creí entrever ilusión de su parte por verme. Y seamos sinceros, la ilusión transporta. Al final no fuimos a ninguna exposición. En lugar de eso estuvimos hablando. De cosas de hoy, de cosas de siempre y de planes que sonaban a música pero que dolían en el fondo porque nunca llegarían a ser. Pero soñar es gratis, y mientras duró, estuvo bien.
Llevé conmigo una revista que tenía una nota sobre Montevideo en la sección de viajes y escapadas. Una nota que me despertó la morriña por las fotos y los comentarios. Sergio siempre me dijo que le gustaría que le lleve a conocer Montevideo. Y como la realidad obliga y, pese a las promesas del pasado y el presente, el llevar a cabo semejante plan es altamente improbable, me llevé la revista. Y un CD de Los Buitres, para empezar por algo. Mostrar ese trocito impreso y grabado de Montevideo fué mostrar un poquito de mi corazón.
Nos quedamos en un parque de la Ciudad Universitaria. Me contó que su hija sigue con él. Tendrá unos 6 años ahora y parece ser que no es el principal interés de su madre. Estos casos me hacen hervir la sangre, sobre todo cuando alguien sale con la opinión de que los niños TIENEN que estar con su madre... como si los padres fuesen ceros a la izquierda incapaces de sacar adelante a un hijo.
Papá se quedó solo con Florencia y conmigo cuando yo tenía 13 años y ella 12. No sabía cocinar ni llevar una casa. Le llevó varios años aprender y sobre todo, quitarse el chip de esposo que llega a casa y lo tiene todo listo, pero al final lo consiguió. Flor y yo siempre supimos que en reaalidad y pese al martirio que fué la vida de nuestra familia en los últimos tiempos en que mamá estuvo en casa, papá no la olvidaba. Incluso muchos años después, cuando ya vivían incluso en distintos países, papá me confesó que había cosas de ella que siempre echaría de menos... y no se refería a las cosas tremendas con que supo deleitarnos.
En éstos días en que estoy viviendo la ruptura de mi propio matrimonio, a cada rato pienso en papá y mamá; en cómo se fué gastando su vida juntos y en como arrastran, incluso hasta hoy, las consecuencias de no haberlo dejado todo resuelto a tiempo. Tengo miedo de estar cometiendo el mismo error que papá... Solo que yo no tuve hijos.
Imagino lo que debió ser para él quedarse solo con dos adolescentes. Sobre todo conmigo, que era justamente el prototipo del adolescente rebelde que busca afianzar su personalidad mediante el eterno recurso de llevar la contraria.
A mis 13 años me las había arreglado para liarme con un tío que me doblaba la edad y encima enamorarme perdidamente de él. Fué mi primer amante y por supuesto, un jodido cabrón. Eso lo sé ahora, pero en aquella época, cada vez que papá intentaba interponerse, lo veía como un ogro del cual tenía que huír como fuera.
Pero no huí. De a poquito fuí entendiendo que para papá nunca habría nadie por encima de mí y de Flor, e incluso en la vorágine de hormonas de mi depresiva adolescencia, supe ver eso cuando el momento llegó.
Papá nos llevaba de paseo al Prado los sábados por la tarde. Nuestra caniche (mi primera perra) había tenido cachorros y los llevábamos a corretear por ahí. Era un sábado de primavera y papá estaba muy callado esa tarde mientras conducía. De pronto ví que paraba el coche en una luz roja y se secaba un lagrimón. Nos contó que el abogado que le llevaba el divorcio temía que pudieran surgir problemas con la custodia. Luego de meses de haberse largado a vivir su loca vida de borracha impenitente, mamá parece que se acordó de que convenía guardar las apariencias y había mencionado que quería a sus hijas con ella.
Tranquilizamos a papá lo mejor que pudimos mientras lloraba como una magdalena lanzando toda clase de improperios hacia mamá (todos merecidos) y afirmando que "mientras esa no sabe ni qué hacen con sus vidas, yo sé hasta cuando tienen la regla sin que me lo digan".
No sé que pasaría por la cabeza de Flor en ese momento ni los días que siguieron, pero yo, que ya tenía desde hacía tiempo problemas de insomnio, no descansé hasta que pude hablar con Eduardo. Era compañero de estudios en el Instituto de Sonido, y estudiaba la carrera de Derecho. Me tranqulizó saber que, en casos difíciles de custodia y con hijos ya algo crecidos, el juez daba a los hijos la posiblidad de elegir con quien vivir. Pero para mí no era suficiente. Quería emanciparme, huír de casa, desaparecer... lo que fuera con tal de no tener que verme viviendo lejos de papá.
Pero, perro que ladra no muerde... Mi madre llevaba años haciendo de bruja, pero se había dado cuenta hacía rato de que sus berrinches caían cada vez más en saco roto. Papá era un buen tipo, pero estaba más perdido que una monja en un burdel y al final me tocó a mí agarrar a mi madre por los pelos una noche en que volvió borracha perdida y con la ropa en jirones y sacarla a rastras de casa luego de zumbarle a la cabeza un tratado de Filosofía que pesaba como diez kilos. Luego salí corriendo de casa y pasé la noche con una amiga. Al día siguiente, papá me fué a buscar. Le dije que mientras mamá estuviera en casa, yo no volvía. Pero me convencieron de volver. Y allí estaba ella, muy repatingada en su cama cual si fuera un trono, fumando sin parar.
Fuí a mi cuarto. Mis discos habían desaparecido. El cable del teléfono, arrancado. La cerradura de la puerta, forzada. Todos los pequeños detalles que afirmaban mi intimidad, atacados infantilmente. Le pregunté donde estaba mi colección de vinilos. Dijo que me la devolvería cuando aprendiera a comportarme y a respetar a mi madre y que quería "dialogar entre todos". Le dije que se levantara de esa puta cama y viniera al salón, pero que no habría ningún diálogo mientras no me devolviera mis cosas. Me las devolvió. No gasté palabras. Le dije simplemente:
"Hace días dijiste que solo te irías de casa si tus hijas te lo pedían. Hoy te lo pido. Mejor dicho, te lo ordeno. Si no te vas de aquí, la próxima vez que aparezcas borracha o toques mis cosas, te mando al hospital."
"Soy tu madre..."
"Eso se te olvidó hace rato." -miré a papá y a Flor.
"Voy a dar una vuelta a la Rambla. No me voy a escapar. No quiero que esté acá cuando vuelva."
Tres horas más tarde, volví. Mamá nunca más lo hizo. Recogió sus cosas y se largó sin más.
Pasaron muchos años antes de que papá, Flor y yo nos pudiéramos reír a carcajadas recordando que lo único que metió en el bolso que se llevó fué un vestido de fiesta, maquillaje, los zapatos de tacón y un abrigo de pieles.
Siguió dando la lata cada tanto con sus "derechos de madre", pero un buen día se reunieron en casa ambos con sus respectivos abogados, y se suponía que yo estaría estudiando para algún exámen, pero en éstas situaciones, a las paredes les salen oídos. Escuché a mamá declarar que, mientras pudiera llevarse en mano la mitad que le correspondía de los ahorros de la familia y la mitad de las propiedades, no le importaba que papá tuviera la custodia de "las nenas". Por un lado la patada fué baja (fué la primera vez en mi vida que alguien me cambió por un puñado de billetes, y no sería la última...) pero por otra parte, en buena hora me libraba de tener que ir a vivir con ella... y con el tío con el que estaba liada. Un borracho que la hizo famosa en su barrio por las palizas que le daba, y que meses más tarde murió de un infarto cerebral. El tipo tenía un hijo mayor que yo con el cual intentaron solapadamente relacionarme sin éxito, y desde ese día, mis pesadillas consistían en verme viviendo con ellos a mi pesar. Pensé en aquello de "habla ahora o calla para siempre" e interrumpí la reunión sin ceremonia alguna. Declaré que quería vivir con mi padre y que lo diría a cuanto juez quisiera oírlo. No hizo falta. La custodia la tuvo papá (creo que fué un caso pionero en Uruguay en que un padre tuviera la custodia de sus dos hijas), y sobra decir que mamá nunca pasó pensión ni cumplió derechos de visita. No volví a saber de ella hasta que cumplí 17 años.
Hace diez días, Sergio me habló de su hija con tanta ternura que me acordé de papá, de sus lágrimas aquel día en el coche cuando mamá le amenazó con alejarnos, de las que se le salieron la noche en que me fuí de casa para independizarme con Fernando...
"Te llevás lo más grande de mi vida." -le dijo mientras le abrazaba. "Cuidála, por favor."
Hace unos días, más concretamente el sábado anterior, Sergio y yo habíamos quedado para ir a ver la exposición de M.C.Escher en Madrid. Me sorprendió mucho que me llamara el viernes para invitarme. En principio no esperaba mayor interés de su parte, pero el interés estaba ahí y ¿a quién no le agrada eso?. También creí entrever ilusión de su parte por verme. Y seamos sinceros, la ilusión transporta. Al final no fuimos a ninguna exposición. En lugar de eso estuvimos hablando. De cosas de hoy, de cosas de siempre y de planes que sonaban a música pero que dolían en el fondo porque nunca llegarían a ser. Pero soñar es gratis, y mientras duró, estuvo bien.
Llevé conmigo una revista que tenía una nota sobre Montevideo en la sección de viajes y escapadas. Una nota que me despertó la morriña por las fotos y los comentarios. Sergio siempre me dijo que le gustaría que le lleve a conocer Montevideo. Y como la realidad obliga y, pese a las promesas del pasado y el presente, el llevar a cabo semejante plan es altamente improbable, me llevé la revista. Y un CD de Los Buitres, para empezar por algo. Mostrar ese trocito impreso y grabado de Montevideo fué mostrar un poquito de mi corazón.
Nos quedamos en un parque de la Ciudad Universitaria. Me contó que su hija sigue con él. Tendrá unos 6 años ahora y parece ser que no es el principal interés de su madre. Estos casos me hacen hervir la sangre, sobre todo cuando alguien sale con la opinión de que los niños TIENEN que estar con su madre... como si los padres fuesen ceros a la izquierda incapaces de sacar adelante a un hijo.
Papá se quedó solo con Florencia y conmigo cuando yo tenía 13 años y ella 12. No sabía cocinar ni llevar una casa. Le llevó varios años aprender y sobre todo, quitarse el chip de esposo que llega a casa y lo tiene todo listo, pero al final lo consiguió. Flor y yo siempre supimos que en reaalidad y pese al martirio que fué la vida de nuestra familia en los últimos tiempos en que mamá estuvo en casa, papá no la olvidaba. Incluso muchos años después, cuando ya vivían incluso en distintos países, papá me confesó que había cosas de ella que siempre echaría de menos... y no se refería a las cosas tremendas con que supo deleitarnos.
En éstos días en que estoy viviendo la ruptura de mi propio matrimonio, a cada rato pienso en papá y mamá; en cómo se fué gastando su vida juntos y en como arrastran, incluso hasta hoy, las consecuencias de no haberlo dejado todo resuelto a tiempo. Tengo miedo de estar cometiendo el mismo error que papá... Solo que yo no tuve hijos.
Imagino lo que debió ser para él quedarse solo con dos adolescentes. Sobre todo conmigo, que era justamente el prototipo del adolescente rebelde que busca afianzar su personalidad mediante el eterno recurso de llevar la contraria.
A mis 13 años me las había arreglado para liarme con un tío que me doblaba la edad y encima enamorarme perdidamente de él. Fué mi primer amante y por supuesto, un jodido cabrón. Eso lo sé ahora, pero en aquella época, cada vez que papá intentaba interponerse, lo veía como un ogro del cual tenía que huír como fuera.
Pero no huí. De a poquito fuí entendiendo que para papá nunca habría nadie por encima de mí y de Flor, e incluso en la vorágine de hormonas de mi depresiva adolescencia, supe ver eso cuando el momento llegó.
Papá nos llevaba de paseo al Prado los sábados por la tarde. Nuestra caniche (mi primera perra) había tenido cachorros y los llevábamos a corretear por ahí. Era un sábado de primavera y papá estaba muy callado esa tarde mientras conducía. De pronto ví que paraba el coche en una luz roja y se secaba un lagrimón. Nos contó que el abogado que le llevaba el divorcio temía que pudieran surgir problemas con la custodia. Luego de meses de haberse largado a vivir su loca vida de borracha impenitente, mamá parece que se acordó de que convenía guardar las apariencias y había mencionado que quería a sus hijas con ella.
Tranquilizamos a papá lo mejor que pudimos mientras lloraba como una magdalena lanzando toda clase de improperios hacia mamá (todos merecidos) y afirmando que "mientras esa no sabe ni qué hacen con sus vidas, yo sé hasta cuando tienen la regla sin que me lo digan".
No sé que pasaría por la cabeza de Flor en ese momento ni los días que siguieron, pero yo, que ya tenía desde hacía tiempo problemas de insomnio, no descansé hasta que pude hablar con Eduardo. Era compañero de estudios en el Instituto de Sonido, y estudiaba la carrera de Derecho. Me tranqulizó saber que, en casos difíciles de custodia y con hijos ya algo crecidos, el juez daba a los hijos la posiblidad de elegir con quien vivir. Pero para mí no era suficiente. Quería emanciparme, huír de casa, desaparecer... lo que fuera con tal de no tener que verme viviendo lejos de papá.
Pero, perro que ladra no muerde... Mi madre llevaba años haciendo de bruja, pero se había dado cuenta hacía rato de que sus berrinches caían cada vez más en saco roto. Papá era un buen tipo, pero estaba más perdido que una monja en un burdel y al final me tocó a mí agarrar a mi madre por los pelos una noche en que volvió borracha perdida y con la ropa en jirones y sacarla a rastras de casa luego de zumbarle a la cabeza un tratado de Filosofía que pesaba como diez kilos. Luego salí corriendo de casa y pasé la noche con una amiga. Al día siguiente, papá me fué a buscar. Le dije que mientras mamá estuviera en casa, yo no volvía. Pero me convencieron de volver. Y allí estaba ella, muy repatingada en su cama cual si fuera un trono, fumando sin parar.
Fuí a mi cuarto. Mis discos habían desaparecido. El cable del teléfono, arrancado. La cerradura de la puerta, forzada. Todos los pequeños detalles que afirmaban mi intimidad, atacados infantilmente. Le pregunté donde estaba mi colección de vinilos. Dijo que me la devolvería cuando aprendiera a comportarme y a respetar a mi madre y que quería "dialogar entre todos". Le dije que se levantara de esa puta cama y viniera al salón, pero que no habría ningún diálogo mientras no me devolviera mis cosas. Me las devolvió. No gasté palabras. Le dije simplemente:
"Hace días dijiste que solo te irías de casa si tus hijas te lo pedían. Hoy te lo pido. Mejor dicho, te lo ordeno. Si no te vas de aquí, la próxima vez que aparezcas borracha o toques mis cosas, te mando al hospital."
"Soy tu madre..."
"Eso se te olvidó hace rato." -miré a papá y a Flor.
"Voy a dar una vuelta a la Rambla. No me voy a escapar. No quiero que esté acá cuando vuelva."
Tres horas más tarde, volví. Mamá nunca más lo hizo. Recogió sus cosas y se largó sin más.
Pasaron muchos años antes de que papá, Flor y yo nos pudiéramos reír a carcajadas recordando que lo único que metió en el bolso que se llevó fué un vestido de fiesta, maquillaje, los zapatos de tacón y un abrigo de pieles.
Siguió dando la lata cada tanto con sus "derechos de madre", pero un buen día se reunieron en casa ambos con sus respectivos abogados, y se suponía que yo estaría estudiando para algún exámen, pero en éstas situaciones, a las paredes les salen oídos. Escuché a mamá declarar que, mientras pudiera llevarse en mano la mitad que le correspondía de los ahorros de la familia y la mitad de las propiedades, no le importaba que papá tuviera la custodia de "las nenas". Por un lado la patada fué baja (fué la primera vez en mi vida que alguien me cambió por un puñado de billetes, y no sería la última...) pero por otra parte, en buena hora me libraba de tener que ir a vivir con ella... y con el tío con el que estaba liada. Un borracho que la hizo famosa en su barrio por las palizas que le daba, y que meses más tarde murió de un infarto cerebral. El tipo tenía un hijo mayor que yo con el cual intentaron solapadamente relacionarme sin éxito, y desde ese día, mis pesadillas consistían en verme viviendo con ellos a mi pesar. Pensé en aquello de "habla ahora o calla para siempre" e interrumpí la reunión sin ceremonia alguna. Declaré que quería vivir con mi padre y que lo diría a cuanto juez quisiera oírlo. No hizo falta. La custodia la tuvo papá (creo que fué un caso pionero en Uruguay en que un padre tuviera la custodia de sus dos hijas), y sobra decir que mamá nunca pasó pensión ni cumplió derechos de visita. No volví a saber de ella hasta que cumplí 17 años.
Hace diez días, Sergio me habló de su hija con tanta ternura que me acordé de papá, de sus lágrimas aquel día en el coche cuando mamá le amenazó con alejarnos, de las que se le salieron la noche en que me fuí de casa para independizarme con Fernando...
"Te llevás lo más grande de mi vida." -le dijo mientras le abrazaba. "Cuidála, por favor."
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