LA MUERTE Y LA DONCELLA
Era bonita. Bonita de cojones. Alta, con una melena espesa y larga simplemente matizada con algunas mechas caramelo. Yo andaba por el local con mi amigo Chema, que conoce a todo el mundo y se paró a saludarla. Cuando nos presentó, ella en vez de "encantada" me dijo que guapa eres. Me dió un vuelco el corazón. Yo llevaba un corsé alemán y seda negra hasta los tobillos. Los corsés suelen llevar cremallera delánte y cordeles para ceñirlos por detrás. Una adolescencia con corsé ortopédico para intentar salvar mi espalda hacen que me adapte perfectamente a los corsés ornamentales y no me cueste ceñirlos al máximo. . . por unas horas, claro.
Ella llevaba vinilo, un escote de vértigo y una mirada hambrienta.
Cerró el primer local y se me colgó con la levedad de una estola de plumas. En el siguiente local comencé a estudiarla mejor. Sociable, se expresaba muy bien aunque con pocas palabras. Por conversaciones con terceros supe lo que estudiaba con razonable éxito. Me pidió que nos sentáramos. Tenía una forma particular de pedir las cosas mas sencillas. Sin amaneramiento, sin tono imperativo. Parecía acostumbrada a pedir las cosas y que se hicieran con la mayor naturalidad. Como si fuese una pusher (una persona con poderes síquicos muy suaves pero que tiene la capacidad de que los demás deseen hacer lo que se les pide) También tenía una mirada muy particular, como si fuese capaz de dejarla suspendida. Y una especie de halo, un calor especial que podía sentirse a medio metro y que parecía proceder del centro de su pecho. De pronto le dijo a Chema ¿por qué no nos invitas a un zumo?. Ahí fue cuando por orden de mi sexto sentido empecé a preguntar. ¿no bebes alcohol? No. ¿Por qué? por la úlcera. ¿Cómo tienes úlcera tan joven? Soy anoréxica. Ahí queda eso. De pronto lo entendí, todo, de golpe. No entendía, no buscaba copa gratis. Simplemente se había confundido conmigo. O me había tomado por otra adoradora de Ana, como ellas lo llaman o simplemente como referencia. Es frecuente que esas niñas tomen a alguien en quien mirarse. Y a mi me ha tocado demasiadas veces ya. No le di bola. No le eché un sermón. No solté ningún tópico. Me dio mucha pena. Muchísima. Me siento especialmente débil ante ellas porque son supermujeres en el arte de torturarse y matarse. Y hay que tener mucha fuerza, negativa, eso sí, para hacerse lo que se hacen. No deseo polémicas ni debates. Sólo se que están én cualquier parte y a día de hoy, nadie sabe que hacer con ellas, y ellas lo aprovechan para salirse con la suya.
Ella llevaba vinilo, un escote de vértigo y una mirada hambrienta.
Cerró el primer local y se me colgó con la levedad de una estola de plumas. En el siguiente local comencé a estudiarla mejor. Sociable, se expresaba muy bien aunque con pocas palabras. Por conversaciones con terceros supe lo que estudiaba con razonable éxito. Me pidió que nos sentáramos. Tenía una forma particular de pedir las cosas mas sencillas. Sin amaneramiento, sin tono imperativo. Parecía acostumbrada a pedir las cosas y que se hicieran con la mayor naturalidad. Como si fuese una pusher (una persona con poderes síquicos muy suaves pero que tiene la capacidad de que los demás deseen hacer lo que se les pide) También tenía una mirada muy particular, como si fuese capaz de dejarla suspendida. Y una especie de halo, un calor especial que podía sentirse a medio metro y que parecía proceder del centro de su pecho. De pronto le dijo a Chema ¿por qué no nos invitas a un zumo?. Ahí fue cuando por orden de mi sexto sentido empecé a preguntar. ¿no bebes alcohol? No. ¿Por qué? por la úlcera. ¿Cómo tienes úlcera tan joven? Soy anoréxica. Ahí queda eso. De pronto lo entendí, todo, de golpe. No entendía, no buscaba copa gratis. Simplemente se había confundido conmigo. O me había tomado por otra adoradora de Ana, como ellas lo llaman o simplemente como referencia. Es frecuente que esas niñas tomen a alguien en quien mirarse. Y a mi me ha tocado demasiadas veces ya. No le di bola. No le eché un sermón. No solté ningún tópico. Me dio mucha pena. Muchísima. Me siento especialmente débil ante ellas porque son supermujeres en el arte de torturarse y matarse. Y hay que tener mucha fuerza, negativa, eso sí, para hacerse lo que se hacen. No deseo polémicas ni debates. Sólo se que están én cualquier parte y a día de hoy, nadie sabe que hacer con ellas, y ellas lo aprovechan para salirse con la suya.
M'AN FOLLAO
Me he pillao, señoras. Y como una perra. Así de claro y así de contundente. Totalmente imprevista, sin esperármelo. Te vas de marcha con la amiga de una amiga, charlas, echas unas risas, no es tu tipo, no es tu prototipo, llevo diez años cumpliendo a rajatabla no liarme con bollos, sino con bis para evitar disgustos . Y cuando me quiero dar cuenta estoy mordiendo almohadas y escandalizando los tejados de Madrid como si fuese el Dia de las Gatas Desmadradas.
Ver para creer.
Llevan desde el finde dándome candela, ya tengo el mismísimo como una amapola y la garganta ronca de meter berridos orgásmicos.
No me ha valido de nada el pelo rapado, ni las maneras de vacaburra, ni las tablas ni lo que se aprende con los años. Me ha cogido por banda un mocosa con pintas de profesora de Primaria y me ha vuelto del revés como los calcetines. Ver para creer.
Y lo que es peor, o se modera o a mí me va a dar algo porque todavía no hemos pasado del paquete básico y ya me he visto al borde de la muerte súbita varias veces. Cuando toquen las acrobacias, ni te cuento.
Ahí se han quedado olvidados y cogiendo polvo mis consoladores, el arnés la fusta y los grilletes, los corsés de vinilo y los estimuladores, mi colección de pornografía hentai y mi sentido del decoro. ¿Para qué si con solo sus manitas y sus abalorios me deja retorciéndome como la niña del Exorcista?
¿Sabéis que os digo? Pues que viva Japón
Ver para creer.
Llevan desde el finde dándome candela, ya tengo el mismísimo como una amapola y la garganta ronca de meter berridos orgásmicos.
No me ha valido de nada el pelo rapado, ni las maneras de vacaburra, ni las tablas ni lo que se aprende con los años. Me ha cogido por banda un mocosa con pintas de profesora de Primaria y me ha vuelto del revés como los calcetines. Ver para creer.
Y lo que es peor, o se modera o a mí me va a dar algo porque todavía no hemos pasado del paquete básico y ya me he visto al borde de la muerte súbita varias veces. Cuando toquen las acrobacias, ni te cuento.
Ahí se han quedado olvidados y cogiendo polvo mis consoladores, el arnés la fusta y los grilletes, los corsés de vinilo y los estimuladores, mi colección de pornografía hentai y mi sentido del decoro. ¿Para qué si con solo sus manitas y sus abalorios me deja retorciéndome como la niña del Exorcista?
¿Sabéis que os digo? Pues que viva Japón
NAUFRAGIO
Recuerdo poco de ese naufragio. Ocurrió hace más de 10 años. Cuando se habla de cosas del cuore en términos de décadas algunas cosas se ven distintas. Es que hace diez años las cosas eran distintas, aunque menos distintas que hace veinte. Tocaba correr delante de los nazis. Ser homófobo era políticamente correcto. Sólo estaban abiertos el Ambient y la Rosa para esconderse si eras de ésas. Casarse era un éxito social. Las mujeres teníamos derechos en forma de carreras universitarias pero cuando oíamos golpes a través del tabique la gente murmuraba “son cosas de pareja, no conviene meterse”. Para comprar un tanga en Madrid había que ir a la calle Montera, donde lo compraban las putas y las strippers. Los supervivientes de Alcalá 20 eran muertos en vida cuando el éxtasis era éxtasis y la heroína la parada final.
Y ahí estaba ella, con su futuro prometedor, de buena familia, que daba la casualidad que estaba emparentada con la mía, esa melena con vida propia y esa inteligencia privilegiada, esa bondad desdeñosa y esa falta de dulzura que achacaban a que era hija única…y algo más.
No sé como acabé en su cama en un lío de sábanas, parentescos e identidades, como pasó de ser la prima lejana mayorzota que me ató a un árbol en la Sierra y me dijo que tendría que quedarme todo el invierno allí para cuidarles el chalét cuando yo tenía 10 años a la amante inconclusa que me prometió un castillo llamado Tierra donde ella y yo seríamos las dos castellanas, brujas tan poderosas, que ordenaríamos a las armaduras vacías desfilar ante nosotras.
Pero no nos dio tiempo. No daba tiempo a saber si nos queríamos. Los demás se enterarían antes y elaborarían su propia versión mezquina de lo que estábamos haciendo. Ella puso el mundo a mis pies con una seguridad aplastante, sin importarle las consecuencias, pero yo dudé. Temía que su determinación fuese debida a toda una vida protegiéndome, cinco pasos, cinco años por delante de mí. Me aterrorizó la idea de que se sintiera responsable de la todavía estudiante inexperta y propensa a meterse en líos que era yo y por eso estuviese pensando dar la cara y que lo sacrificase todo por una mujer…que no era como ella. Y lo supe. Supe que no funcionaría. Lo vi en los desencuentros por las noches, donde me era permitido un solo papel, lo vi en el reproche furibundo ante cualquier muestra de feminidad por mi parte: le indignaban mis medidas, mi cabello largo, mis trabajillos paralelos de azafata y modelo, pero lo peor de todo es que yo no era como ella…ni lo sería nunca. Ella no sabía que hacer conmigo y me colmaba de regalos y reproches, me malcriaba y me cuestionaba a cada paso. Yo la adoraba pero no le daba ninguna oportunidad, me dedicaba a poner diques a sus sentimientos a negar lo que sentíamos y a portarme como una puta insolente como si el sexo lo explicase todo y yo no tuviese corazón. Nunca me dijo “guapa” yo nunca le dije que deseaba estar a su lado. La última noche llamó a mi madre y le avisó que iba a quedarme a dormir en su casa, cogió mis apuntes abandonados y me obligó a meterme en la cabeza los apuntes más farragosos de toda la Carrera, por la mañana me mandó inflexible a un examen y todo lo demás fue naufragio. Naufragio cuando le dije que no la quería aunque era mentira, naufragio cuando ella me relegó al cuarto de invitados, naufragio cuando le dije años después que me casaba y me colgó el teléfono y por supuesto no apareció por allí ante el estupor de nuestros respectivos padres.
Todavía sueño con ella y me despierto llorando. Y de eso hace ya más de 10 años.
Y ahí estaba ella, con su futuro prometedor, de buena familia, que daba la casualidad que estaba emparentada con la mía, esa melena con vida propia y esa inteligencia privilegiada, esa bondad desdeñosa y esa falta de dulzura que achacaban a que era hija única…y algo más.
No sé como acabé en su cama en un lío de sábanas, parentescos e identidades, como pasó de ser la prima lejana mayorzota que me ató a un árbol en la Sierra y me dijo que tendría que quedarme todo el invierno allí para cuidarles el chalét cuando yo tenía 10 años a la amante inconclusa que me prometió un castillo llamado Tierra donde ella y yo seríamos las dos castellanas, brujas tan poderosas, que ordenaríamos a las armaduras vacías desfilar ante nosotras.
Pero no nos dio tiempo. No daba tiempo a saber si nos queríamos. Los demás se enterarían antes y elaborarían su propia versión mezquina de lo que estábamos haciendo. Ella puso el mundo a mis pies con una seguridad aplastante, sin importarle las consecuencias, pero yo dudé. Temía que su determinación fuese debida a toda una vida protegiéndome, cinco pasos, cinco años por delante de mí. Me aterrorizó la idea de que se sintiera responsable de la todavía estudiante inexperta y propensa a meterse en líos que era yo y por eso estuviese pensando dar la cara y que lo sacrificase todo por una mujer…que no era como ella. Y lo supe. Supe que no funcionaría. Lo vi en los desencuentros por las noches, donde me era permitido un solo papel, lo vi en el reproche furibundo ante cualquier muestra de feminidad por mi parte: le indignaban mis medidas, mi cabello largo, mis trabajillos paralelos de azafata y modelo, pero lo peor de todo es que yo no era como ella…ni lo sería nunca. Ella no sabía que hacer conmigo y me colmaba de regalos y reproches, me malcriaba y me cuestionaba a cada paso. Yo la adoraba pero no le daba ninguna oportunidad, me dedicaba a poner diques a sus sentimientos a negar lo que sentíamos y a portarme como una puta insolente como si el sexo lo explicase todo y yo no tuviese corazón. Nunca me dijo “guapa” yo nunca le dije que deseaba estar a su lado. La última noche llamó a mi madre y le avisó que iba a quedarme a dormir en su casa, cogió mis apuntes abandonados y me obligó a meterme en la cabeza los apuntes más farragosos de toda la Carrera, por la mañana me mandó inflexible a un examen y todo lo demás fue naufragio. Naufragio cuando le dije que no la quería aunque era mentira, naufragio cuando ella me relegó al cuarto de invitados, naufragio cuando le dije años después que me casaba y me colgó el teléfono y por supuesto no apareció por allí ante el estupor de nuestros respectivos padres.
Todavía sueño con ella y me despierto llorando. Y de eso hace ya más de 10 años.