Luca soy yo
Rectificando, también mi vida
Acerca de

Mediocridad y monotonía. No encontrareis nada más aquí. Lamentos inútiles que no merecen comentarios.

 
Se cancela la función.


Este blog permanecerá cerrado por falta de ideas, por falta de ganas, por faltas de ortografía y por mi propia falta. Solamente algún estupido dios de inutilidad supina sabrá cuando volverá a abrirse... La desesperanza ha podido más que la voluntad de superarla. Baste esta lacónica frase como despedida.

 
Nadie a los mandos.


¿Pudiera ser que nadie esté a los mandos?. Es algo que pienso a menudo -¿lo piensas de verdad?-. Sí, nada parece tener lógica (¿Racionalidad?) en este mundo de locos. Sí, nada parece razonable (¿Pensado, proyectado?) en este loco devenir idiota que es la vida. Y aquí sigues -aquí siguo por tu culpa, desgracia de seguir aquí-, en la brecha, aguantando el tirón, sabiendo que vas en un bólido que nadie conduce. Mira que te he dicho miles de veces: No te fíes de mí. No te fíes de nadie. Te lo recuerdo diariamente -mientras me miro al espejo y no reconozco mi propio rostro- mirandote a los ojos -¿a los mios?- (Tanto has envejecido en estos tres últimos años que no sé quien eres -¿no sé quién soy?-). Y si realmente nadie está dirigiendo este desastre, me quieres decir qué hacemos aquí, en la rueda inútil de tiempo perdido, esperando morir en la ilusión de estar vivos (!Qué haría si no estubiera aquí! Sé tú, te digo - y siempre soy yo-, y sin embargo... cállate, no quiero oirlo). Vértigo. Zozobra. No me mirés así, yo no tengo la culpa de no saber quien eres tú -¿quiés soy yo?-, siempre al otro lado de la imagen reflejada. Tienes que quitar el espejo, -no te fíes, no te fiés-. Rómpelo - y recojo mis pedazos, que son los tuyos- no quiero verme más en tus ojos -ciegos-... Nadie a los mandos.

 
A la sombra de las raíces de la neurosis


Han pasado tantos años – tantas puestas de sol y desastres, formas disformes embellecidas de lustres y lentejuelas – Sin embargo cada tarde te siento golpear mi puerta, y con lisonjas de vendedor de enciclopedias, me convences para que te abra y me quede. Entonces apoyas tu copa de veneno en mi mesilla y, sentado sobre el consumido sillón del gato, me hipnotizas con tu figura: sombra negra de silueta afilada. Una vez más me seduces y me matas con tu historia.

Mi pequeña mano apretaba la tuya cuando me conducías hacia un paraíso confinado en un cuenco hecho de cuatro corolas vegetales: “Puedes tener el rojo de la sangre, tomar el verde de la fe, poseer el azul surgente de la mente y quedarte con el amarillo del oro del sol de septiembre”. Pero yo elegí una flor violeta, púrpura y sucia como el bíblico placer de Sodoma, elegí el capricho y la lujuria de desear las cosas como si yo también fuera un dios. Entonces, tú me ataste las manos y los brazos, y me anulaste el cerebro, y me cubriste las alas de fango y cemento, y me rompiste las piernas, y me arrojaste dentro de esa cárcel donde pudiera ver y añorar mi Edén perdido y deseado, pero no tocarlo. Así me mantenías en tu fétida buhardilla, y cuando en casa te caía, inesperado, cualquier curioso fisgón, sentía las escaleras chirriar, y a ti después que me atabas los ojos con un lazo por miedo a que pudiera gritar ayuda.

Las cadenas gastadas se rompieron cuando era media tarde. Tú me fustigabas con fusta de piel y la piel era la mía. Y yo escapé corriendo hasta dejarme las piernas, y me refugié en las iglesias, y en los templos, y en las rocas ruinosas de los recuerdos donde siempre llueve.

Sin embargo cada tarde tú estás siempre aquí, como un cadáver en el sofá narrando. Y te encuentro por la mañana en las callejuelas, en el bar, caminando lentamente a mi lado, y veo tu cara reflejada en los escaparates de mi pequeño Edén artificial restaurado: No me abandonas nunca, estás siempre presente, declamando. Intento caminar desnudo por los bosques y tú estás ahí, me siento junto a una fuente y en el agua veo tu cara, y en las orillas del mar y en los riachuelos de sangre, tú estás ahí, y cuando de un árbol acaricio la corteza, tú aun continuas atándome las manos y los brazos, y me cubre las alas de fango y cemento, y me anulas el cerebro, y me encierras dentro de una trágica cárcel a mirar sin tocar lo que tanto quiero, Y mientras me fustigas con fusta de piel, puedo leer en tus ojos que me has quitado el Paraíso y que no tienes intenciones de devolvérmelo...