Ahora mismo desaparecería. No creo que le importase mucho a nadie. Tal es el estado de inútil soledad al que he llegado tras estos años de vida solitaria. Nadie me espera en ningún sitio -nadie de verdad, nadie a quien le importe de verdad, que me quiera de verdad, que me importe a mi de verdad, que lo quiera yo de verdad, que quiera llorar por mi el día de mi muerte- No hay Nadie. Miro las sombras que rodean mi habitación, la penumbra que se escurre entre las sabanas frías de mi cama, el deseo acumulado de mis pobres e inutiles pensamientos y no puedo sujetar las lágrimas: Nadie. Me había prohibido llorar, ¡mierda de imposibles!, pero cada día, una vez almenos, sin remedio me pongo ha hacerlo. Me dejo debastar el alma por la blanda apatía de la locura y el frío dolor de la soledad, y así el pensamiento se deshace en una vieja letania salvadora: Soy una piedra, soy una piedra, salmodiando palabras gastadas: Soy una piedra.
hare piedra hare piedra piedra piedra hare hare.
hare roca hare roca roca roca hare hare.
y la salmodia continua "ad infinitum": Soy una piedra, una piedra, piedra... piedra que no sufre, piedra que no sabe del horro de la soledad, del miedo al vacio, piedra que no siente, piedra que no piensa, que no sabe ni necesita el amor, piedra que no necesita follar, que no necesita reir, que no llora jamas, que no muere jamas, que no vive jamas... piedra inútil, soy al fin esa piedra, piedra que no ve, piedra que no sueña, piedra que no siente, que no vive, que no es, que no soy, que no sere más... sino piedra.
Perdón, pero hoy estoy especialmente triste.