¿Pudiera ser que nadie esté a los mandos?. Es algo que pienso a menudo -¿lo piensas de verdad?-. Sí, nada parece tener lógica (¿Racionalidad?) en este mundo de locos. Sí, nada parece razonable (¿Pensado, proyectado?) en este loco devenir idiota que es la vida. Y aquí sigues -aquí siguo por tu culpa, desgracia de seguir aquí-, en la brecha, aguantando el tirón, sabiendo que vas en un bólido que nadie conduce. Mira que te he dicho miles de veces: No te fíes de mí. No te fíes de nadie. Te lo recuerdo diariamente -mientras me miro al espejo y no reconozco mi propio rostro- mirandote a los ojos -¿a los mios?- (Tanto has envejecido en estos tres últimos años que no sé quien eres -¿no sé quién soy?-). Y si realmente nadie está dirigiendo este desastre, me quieres decir qué hacemos aquí, en la rueda inútil de tiempo perdido, esperando morir en la ilusión de estar vivos (!Qué haría si no estubiera aquí! Sé tú, te digo - y siempre soy yo-, y sin embargo... cállate, no quiero oirlo). Vértigo. Zozobra. No me mirés así, yo no tengo la culpa de no saber quien eres tú -¿quiés soy yo?-, siempre al otro lado de la imagen reflejada. Tienes que quitar el espejo, -no te fíes, no te fiés-. Rómpelo - y recojo mis pedazos, que son los tuyos- no quiero verme más en tus ojos -ciegos-... Nadie a los mandos.