El principal problema es que no sé poner orden en mis pensamientos. Cualquier tipo de orden me serviría: Temporal, espacial o sencillamente lógico. Pero los recuerdos se agolpan en mi cerebro desordenadamente y afloran en oleadas incontrolables, como mareas, como inundaciones terribles que anegan el alma. Recordar me hace daño, pero necesito hacerlo para saberme vivo. También vencido. Un raudal de emociones que me atraviesan dejándome débil y sin fuerzas para contener la siguiente oleada, sentimientos que me ahogan, escalofríos del espíritu, como un parto de emociones. Te pienso, o mejor dicho, pienso en nosotros y comienzo a llorar como un estúpido quinceañero que acabara de descubrir la dulzura del amor y, consecuentemente, la amargura de la traición en un solo acto. Sé muy bien que estoy equivocándome, pero me dejo arrastrar por el torrente que me precipita en el abismo del recuerdo...
-No digas tonterías – me dijo mirándome con temor directamente a los ojos – tú no eres marica.
-No las digas tú – le dije sosteniendo su mirada, desafiandole – soy así y siempre lo he sido. Lo qué no sé es como no te has dado cuenta antes. Y apartó su mirada de la mía.
Me alegro muchísimo de que hayas vuelto.