Salvarme del tiempo inexorable que me deshace poco a poco. Mil pelusas barridas mil veces y tiradas a la basura. Soy llama que se quema, fuego que se consume, tea humeante que se apaga. Un cigarro en tus labios que se convierte calada a calada en cenizas, polvos gris olvidado en ceniceros clandestinos que nadie limpia. Miradas sucias de ojos turbios a la luz de un sol que se filtra entre nubes negras. Mirar a la cara la realidad. Una vida sucia. Un sucio juego. No hay premio. Me decías: no lo sé, y después me abrazabas fuerte, con una puesta de sol que coloreaba el cielo hasta devenir en un cielo gris oscuro, que me daba miedo, como cuando era un niño y apagaban la luz de la habitación, y me quedaba solo en la cama, y era como si hubiera muerto de repente pero no pudiera descansar del terror de la noche casí negra, y al final muerto de cansancio me moría de verdad cada noche. El ocaso: naces, creces y mueres. Salvame del tiempo que no quiero quedarme para siempre encerrado en esta fría caja de madera barnizada en Marengo
No es el verso, ni el sublime silencio de las palabras quien
convoca mi boca.
Primero, las palabras santas
prietas, míseras... pecado, paraiso...
Segundo, las palabras humanas
ociosas, gruesas... goce, deseo...
Tercero, las palabras mias...
latidos convulsos tras un pecho atrincheradas.
Mas sois vosotras, todas, palabras gastadas, exilio de esta agostada tierra que es mi existencia.
Un saludo, Mirlo