Como al principio, sabes, cuando escapábamos del dolor con aquellas grandes carcajadas que nos trasformaban un poco en niños, un poco también en locos, congestionados, mudos y con lagrimas en los ojos por la risa, pero siempre emocionados, henchidos de amor, porque nos bastaba estar el uno junto al otro, llenos de felicidad y con el alma a punto de explotar, así, precisamente así, en esa suerte de estado sublime en el que conseguías sumergirme quisiera que me recordaras, aunque sé muy bien que no lo harás.
Ahora que por fin he entendido que nada iba bien entre nosotros, he comprendido también que todo sería posible entre nosotros, todo salvo que volvieras conmigo. Eso también lo sé. Me contentaré con pensarte, con recordarte, abrazado a mi, riéndote a mandíbula batiente para espantar nuestros miedos, nuestras miserias, y poder volar alto, hasta tocar el cielo. Debería haberte dicho tantas cosas entonces que callé estúpidamente, pero no fue fácil para mi, lo sabes, estar siempre allí arriba, viéndote hermoso, fuerte, radiante, mientras mi debilidad conseguía a duras penas volar a tu lado. No era un ángel, quería serlo, pero sólo lo aparentaba para continuar a tu lado, simulando aquellas hermosas alas que desplegaba frente a ti, como un Ícaro cualquiera, estupidamente fabricadas en cera. El final estaba escrito, el desastre asegurado. Ya no hay remedio, y sin embargo cuando por fin sea un ángel de verdad, olvidado y mudo, ya no te acordarás de mi.
Para alguien ya serás un ángel.
Y a ti llegará uno nuevo.
Escucha: Lamb - Gabriel