Ayer volví de mi aventura China. He despegado desde las tierras de la lejana Beijing, para aterrizar, tras doce horas de vuelo, en Madrid. Dejo atras un pueblo civilizado, hospitalario y amable sumido en la locura colectiva de consumir más y mejor sin pensar demasiado en el coste que se debe pagar para ello, un cielo gris plata donde nunca he podido distinguir ni la más mínima sobra de azul, ensuciado por el polvo del desierto y la humedad de las nieblas altas, una gastronomía sin igual -Alejada de la practicada en los Restaurantes Chinos de Madrid - y sobre todo la de haber vivido en una burbuja de seguridad y prosperidad ficticia en medio de una atmosfera explosiva y pauperrima. Traigo conmigo sedas, pinturas, y algún que otro artefacto especialmente pensado para Marcopolos modernos, un puñado de Yuanes con la cara de Mao, un par de libros sobre China en inglés, y sobre todo mil recuerdos profundos y vivencias que deberán ir reposando, lentamente, para porder ser contadas con suficiente mesura, eso sí, un día no muy lejano a los nietos. Abro en mi imaginación mi última cerveza Yanjing, y golpenado sobre la mesa con ella, como para decir Chin-Chin, grito a todos lo que he conocido allí: ¡gambei! (¡Hasta el fondo!).
Un beso!