Yo tenía una casa en East Anglia.

Yo tenía una casita en East Anglia.
Pequeña, vieja, confortable. Una modesta habitación, con sólo una cama, un armario, un escritorio, un lavabo, una estufa.
A menudo mi casa aparecía envuelta por la niebla; siempre por los bosques.
Mis bosques, mis colinas.
Me gustaba salir al campo cuando llovía, cuando nadie me veía. Bajo la tormenta, me ponía correr por la campiña hasta caer exhausto sobre las colinas de Pullox. Caminar sobre los campos de cebada, caer rendido ante la belleza de los campos que florecían de amarillo.
Pero el día menos pensado, lo que estábamos esperando, ocurrió, y kilómetros de cables y electricidad nos conectaron. ¡Y pensar que hizo falta todo la tecnología del mundo para conocernos, tan cerca cómo estábamos!
Me llamabas, y sin pensármelo huía de casa. Saltaba la tapia del cementerio, esquivaba los mausoleos, donde yacían los soldados muertos caídos en la Gran Guerra y, por el atajo , llegaba a Wrest Park. Por el agujero que había en la tapia, y que tú me habías enseñado, me arrastraba y me colaba dentro. Aquel inmenso jardín junto al palacete, siempre cerrado, ruína de un mundo romántico, ya extinguido.
Nuestro jardín, nuestro secreto.
El bosquecillo junto al lago, a los pies de la sequoia gigante.
Donde nos desprendíamos de todo, de los uniformes, de las botas, de las tarjetas de identificación. Tú y yo. Sin nombre, ni nacionalidad.
Y sobre una funda de vivac, bajo el árbol enorme, completamente desnudos, hacíamos el amor con los ojos cerrados.
Y como ciegos nos entregamos al amor.
¿Te acuerdas?
5. Solsticio en las Tierras Altas
La locomotora se pone en marcha. Abandonamos la estación.
Vías, traviesas, agujas, pasos a nivel, cruzamos todos los puentes.
El Forth Bridge pronto queda atrás. Ante mí las plataformas de petróleo, el Mar del Norte.
El tren poco a poco resuelve el camino y, como una cremallera, divide el mundo en dos: A la izquierda, Tierra; a la derecha, Mar.
El revisor me ofrece amable un café caliente.
- Vas a Culrain, ¿verdad? Nadie se detiene allí, y debo avisar al maquinista -Me advierte.
- Sí, ¿llegaré de noche?
- Éstate tranquilo, porque hoy no se hace de noche.
El trenecito sigue su lento camino hacia el Norte , bajo un cielo azul cobalto.
Y yo voy en él, sólo en el mundo, un mundo separado en dos.
Vías, traviesas, agujas, pasos a nivel, cruzamos todos los puentes.
El Forth Bridge pronto queda atrás. Ante mí las plataformas de petróleo, el Mar del Norte.
El tren poco a poco resuelve el camino y, como una cremallera, divide el mundo en dos: A la izquierda, Tierra; a la derecha, Mar.
El revisor me ofrece amable un café caliente.
- Vas a Culrain, ¿verdad? Nadie se detiene allí, y debo avisar al maquinista -Me advierte.
- Sí, ¿llegaré de noche?
- Éstate tranquilo, porque hoy no se hace de noche.
El trenecito sigue su lento camino hacia el Norte , bajo un cielo azul cobalto.
Y yo voy en él, sólo en el mundo, un mundo separado en dos.
4. Cielos de plomo

Es el día. Ya están sacando los aviones de los hangares.
Ponen en marcha los motores. Nubes de plomo, pesadas, densas, frías.
Admito que me encanta la parafernalia de los militares: brazos que se agitan de forma absurda, rostros graves que no expresan sentimientos, palabras crípticas a través de los transmisores de radio.
Rugen los motores. Y yo, desde la distancia, los veo despegar.
Soldados de uniforme, prendas de camuflaje; las cabezas perfectamente rapadas; las botas negras, impecables.
(¡Hasta yo tengo las mías!)
¿Quién elige a estos chicos? ¡Qué lástima de cuerpos!
(Si yo fuera sus madres, no los dejaba salir de casa,
habiendo como hay individuos sueltos como yo)
Unos hacen sonar las cornetas. Otros redoblan los tambores.
Y todos juntos, al unísono, marcan el paso en el desfile, ante una multitud emocionada.
Ya surcan los reactores los cielos de Cranfield.
Y triunfantes, estampan contra el cielo los colores de la Jack Union.
Y en tanto, yo sonrío feliz y para mis adentros pienso:
¡Qué año más bueno me espera!
3. A mis nietos
No tendré nietos a quien contarles batallas.
Y mi historia se diluirá, y se perderá para siempre, como la sal en la inmensidad del océano.
El autocar que me lleva a las Tierras Altas se ha puesto en marcha. Entrego el billete al revisor mientras pienso: "¡Dios, qué bella es esta ciudad! "
Pero el cielo llora.
¡Familia de Lot, no miréis atrás cuando huyáis de Sodoma! Pero la esposa desobedece, echa la vista atrás y se convierte para siempre en estatua de sal.
Yo también lancé atrás una mirada.
Y vi unos ojos azules naufragar. Tan azules como el mar que rodea estas islas. El mar que hunde bajeles y ahoga marineros y esperanzas.
"Sé que no conoceré a nadie como tú", dijo. Yo también lo sabía, claro que lo sabía.
Creo que ese día mi corazón se convirtió en sal.
(Vaya diario. No soy capaz de ordenar mis ideas).
Y mi historia se diluirá, y se perderá para siempre, como la sal en la inmensidad del océano.
El autocar que me lleva a las Tierras Altas se ha puesto en marcha. Entrego el billete al revisor mientras pienso: "¡Dios, qué bella es esta ciudad! "
Pero el cielo llora.
¡Familia de Lot, no miréis atrás cuando huyáis de Sodoma! Pero la esposa desobedece, echa la vista atrás y se convierte para siempre en estatua de sal.
Yo también lancé atrás una mirada.
Y vi unos ojos azules naufragar. Tan azules como el mar que rodea estas islas. El mar que hunde bajeles y ahoga marineros y esperanzas.
"Sé que no conoceré a nadie como tú", dijo. Yo también lo sabía, claro que lo sabía.
Creo que ese día mi corazón se convirtió en sal.
(Vaya diario. No soy capaz de ordenar mis ideas).
2. Oráculo.

Hace muchas horas que la oscuridad ha caído sobre nosotros.
La niebla envuelve el campus: los bosques, las casas, las calles, los edificios centrales, los gimnasios, los laboratorios.
No puedo dormir. De un bote me levanto, me abrigo y, por la salida de emergencia, escapo de casa.
El aire, frío y húmedo, me hace sentir vivo.
Cruzo los campos de hierba. Se empapan mis botas y las perneras de mis pantalones.
Llego al edificio principal y paso discretamente por delante de los guardias de seguridad, que dormitan frente a un televisor en marcha. Ni siquieran me saludan.
Recorro pasillos sólo iluminados por las luces de emergencias de color naranja. Saco mi tarjeta de identificación, y la insertro en el lector para acceder a la sala de ordenadores.
Voy directo hacia la esquina del fondo, un punto ciego a resguardo de las indiscretas cámaras de seguridad. Llevo semanas estudiándolo, imaginando este momento.
Nombre de usuario, contraseña, ya estoy dentro. El ciberespacio me libera de esta prisión.
Sé con certeza que, a primera hora de la mañana, el responsable de los servicios informáticos sabrá dónde he estado. Las cámaras y los ordenadores lo graban todo. Sabrá por dónde me he movido, cuántos minutos he estado en cada lugar. Pero no me importa. En ningún lugar dice que esté prohibido consultar al oráculo.
E intuyo que el encargado de los servicios informáticos es de los míos. Lo veo todos días en la cantina. Me saluda tímida y fugazmente. Espío sus movimientos, su mirada. Siempre come solo, en la misa mesa y, mientras devora un sandwich, espía los chicos que muy pronto pilotarán los helicópteros.
Estoy solo en la sala de ordenadores, frente al oráculo. Y le pregunto:
- ¿Dónde puedo apaciguar el deseo? ¿Dónde encontraré el amor?.
- En el bosque de Maulden - responde.
Busco el lugar en el mapa múltiple. Identifico el lugar y memorizo el camino que he de seguir para alcanzar mi destino: Seguir el camino de Barton, cruzar el bosque de las Madrigueras de Conejo, alcanzar la colina de Clop y, más allá de la posada del Caballo de Blanco, adentrarse en el bosque.
1. Yo

He estado en el Norte y en el Sur. En lugares santos y en mercados. En estaciones de metro impolutas y en hediondos hospitales.
(Me gusta el metro. Esas arterias subterráneas, a veces llenas de gente, a veces desiertas, siempre infestadas de ratas)
Nado contracorriente. Y sé que pasarán quinientos días y quinientas noches, y tendré que acostarme con quinientos hombres diferentes, para conocer una sola el vez el amor.