Vida y Milagros de San Íñigo
Apuntes de la vida cotidiana.
Acerca de
No pretendo en este humilde blog más que contar cuatro cosas de mi particular opinión. Espero que a alguien le interesen, aunque no tengan la mayor importancia y significado. Bienvenidos, pues, a este espacio de libertad.
Enlaces
Lectura recomendada
Mi otro flog
Sindicación
 
Ya volví de Galicia.
Ya volví de Galicia, a donde fui a pasar una semana y hacer un cursillo del ISM. Ha estado muy bien: hemos manejado botes y balsas salvavidas, hemos gobernado el bote de rescate, nos hemos tirado desde alturas que daban vértigo (impresiona un poco al principio, sobre todo porque uno va embutido en trajes de supervivencia), nos han izado en grúas como a jamones y nos hemos echado unas risas, que es lo que al final vale. Bueno, también vale el títulillo que te da Capitanía Marítima, sin el cual no se puede ser piloto de la Marina Mercante. Ahora sólo he de cursar... como seis o siete más. No importa, a ver si me llaman ahora a Huelva, ¡por cuenta del Estado! Que se fastidie Solbes.

Las Rías Bajas son espectaculares, 100% recomendables. Son muy distintas a lo que tenemos en el Cantábrico, quizá porque no está tan urbanizado; las islas que jalonan la ría de Arosa son especialmente bonitas. Recuerdo que en Villagarcía de Arosa había un parque dedicado a Miguel Hernández (no sé muy bien porqué, si no es gallego), y éste tenía varios poemas suyos distribuidos por su extensión. Uno de ellos decía:

A las aladas almas de las rosas,
del almendrado de nata te requiero;
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

La verdad es que me resultó algo triste, porque me tocó compartir habitación, que era doble, con un tío bueno (ya se sabe que en todos los grupos ha de haber arquetipos) y el poema me recordaba a él, especialmente cuando dormía. Cuando dormimos somos especialmente ingenuos, ¿no? Es bonito ver dormir a alguien, especialmente a alguien hermoso, aunque pueda parecer una intromisisión en la intimidad.
 
Ondiñas veñen e van.
Me voy una temporadita a Galicia a hacer unos cursillos de la DGMM a cuenta del tío Solbes; él, que es tan contrario a los excesos presupuestarios y al déficit público.

Bueno, ya contaré algo del curso cuando vuelva.

Adéus!
 
Super size me.
Pude ver el otro día el documental Super Size Me, de Morgan Spurlock. Reconozco que me encantan estos documentales al estilo de Michael Moore, de hecho, Bowling For Colombine es una de mis películas favoritas. Es admisible que este tipo de filmes tienen una crítica potencial por cuanto son películas muy parciales (en este caso, contra las cadenas de comida rápida), pero no se les puede negar una acertada y acerada visión del librecambismo americano, y también, qué coño, europeo. Somos básicamente igual que ellos.

La película consiste básicamente en que el propio director se convierte en conejillo de indias al desayunar, comer y cenar exclusivamente en establecimientos de McDonald´s durante un mes. Los médicos, al final de ese período, alucinaban con las analíticas del pobre Spurlock: tenía más grasa en las arterias que una fritanga de verano. Intercalaban en el relato conversaciones sobre las prácticas comerciales, laborales y gastronómicas de la compañía McDonald´s.

Hubo dos cosas que me llamaron especialmente la atención:

Primera, la ciudad más gorda de EEUU es Houston. Precisamente el año pasado estuve currando allá y es verdad que me llamó la atención el porcentaje de población obesa, en comparación con nuestras ciudades. Supongo que no soy la persona más adecuada para hablar de ello, pero bueno. Si fuera rubio y viajara a Noruega también me asombraría de la gente rubia.

Segundo, el personaje de Ronald McDonald fue interpretado durante años por un actor americano al que despidieron... Porque estaba gordo. Así es, lo echaron porque había engordado y ya no encarnaba los ideales publicitarios de la compañía, consistentes en gente joven, guapa, delgada y con sonrisas profidén que comen compulsivamente grasa y azúcar. Aquí también ocurre: los actores que salen en anuncios de estas compañías son guapos y delgados. Curioso, teniendo en cuenta que la base de estos restaurantes son las personas que consumen en ellos varias veces a la semana.

En definitiva, ¿super size me? Super size yourselves!
 
Crónica bufa de un examen. Bufo.
¿Cuántos exámenes habré hecho ya desde que entré en la universidad hace 4 años? Yo creo que incontables. Todos se realizan bajo el mismo patrón de conducta:

- Aparecemos todos con los apuntes para "repasar", pero en vez de ello comentamos tonterías, hacemos chistes y hablamos del partido del domingo, del capítulo tal de Los Simpson o de lo cabroncete que es el profe.
- El nivel de nervios es directamente proporcional a la cercanía del examen, el tiempo que le hayas dedicado y su dificultad endógena. Hay una teoría, muy cierta, que dice que no sentirás nervios si a)no has estudiado NADA o b) si lo has estudiado TODO y te lo sabes como el pater noster.
- La aparición del profe con el tacazo de exámenes se percibe en el ambiente dos minutos antes de que se le vea. No importa que se adelante, se atrase o no venga. Si no está en la escuela, lo sentiremos. Es algo mágnético, mesmérico, no sé.
- En cuanto aparece el profe y te sientas en el pupitre, los nervios desaparece. Ni tilas, ni valerianas, lo que tranquiliza es comenzar la tarea.

Todos estos pasos cumplí, como manda la tradición, el pasado martes cuando acudí presto a rellenar mi examen de Estiba de Transportes Especiales. Comencé el control, me hice con él, seguí las pautas de los problemas mil veces repetidos. Y cuando ya lo estaba acabando leí en los apuntes proporcionados lo siguiente:

(+) forward.
(-) aftward.

Es decir, que la proa es positiva y la popa negativa. Es decir, al revés de como lo hemos hecho (casi) siempre en la ETS (Escuela Técnica Superior, no penséis mal) Así que me levanto y acudo raudo al jefazo:

Yo: Profe, en este problema la proa es positiva y la popa negativa.
Profe: Así es, al revés de como lo hemos hecho (casi) siempre.

Me volví a sentar en mi pupitre con mi examen casi acabado y diametralmente opuesto a la respuesta final, cuando me dije a mí mismo:

"Íñigo, el mundo es de los valientes"

Y lo corregí. Ahora sólo espero sacar al menos el cinquillo de rigor. No es mucho, pero hay que ser de buen conformar.

Ay, San Íñigo, San Íñigo, abad de Oña, que apruebe mis examencillos.
 
Qué viejo soy.
Se ha sabido. Es oficial. Desde el pasado día 31 de agosto (comparto aniversario con Richard Gere y la muerte de Lady Di) tengo 26 añazos del ala. Lo sabe Dios, lo sabe el diablo, lo sabe Hacienda, lo sabéis vosotros ahora y lo saben los gestores de mi tarjeta joven, para quienes ya no soy joven. Qué perros.

Y no me resisto a repetir las tópicas frases de quienes cumplen 26 años -pero que no por esto últimos dejan de ser verdaderas, axiomas de la edad senecta-: "ya estoy más cerca de los 30 que de los 20" y "ya tengo veintimuchos"

Bueno, es verdad que me gustaría parar el tiempo y quedarme en los 25, pero me consuelo pensando que es tan imposible como pretender desprender aromas de santidad o ser más simpático o escribir bien, o que alguien me quiera más que para regalarme un jersey de punto.

Por cierto, ¿verdad que lo peor de los cumpleaños es que te recuerden los sucesos más humillantes de tu infancia? Todos los años (menos el anterior, que estaba trabajando en el extranjero, menos mal) además de cantarme el plastoso "zorionak zuri" y aledaños musicales, me recuerdan a mí y recuerdan a los demás cómo con 3 años le grité al pediatra con autoridad dictatorial que se callara ante una docta explicación médica suya, cómo con 5 estuve a punto de atragantarme con una corteza de cerdo, cómo de bebé interrumpí la misa con mis berreos y cómo comulgué 2 años antes de que me correspondiera porque el cura me dio la hostia (sea dicho en el mejor sentido) y yo, claro, no me negué ante tal suplemento vitamínico y espiritual.

Así es la vida. Un carrusel de recuerdos.