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Cortometraje de Sergi Pérez
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99 virgenes
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Twilight of the Gods
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Cortometraje, Stewart Main short film, Greg Mayor, Marton Csokas

Un soldado europeo y un guerrero Maoi se sienten atraidos en la Nueva Zelanda del siglo XIX

1995 New Zealand
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Chiste del día
"Un gay no puede ser futbolista"



Luciano Moggi, ex director general del Juventus Turín

"en el mundo del fútbol no hay homosexuales, ya que uno que es gay no puede ser futbolista"

El ex director general del Juventus ha asegurado que en su antiguo club nunca tuvo jugadores homosexuales y que si tuviera que contratar a uno gay "no lo haría". "Yo conozco el ambiente del fútbol y en su interior no puede vivir uno que sea gay. Un homosexual no puede ser futbolista. El mundo del calcio no está hecho para ellos. Es un ambiente particular, se está desnudo en las duchas...",


ay que me meo de risa


 
Mi última noche
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El marica (cuento)
Escuchame, César: yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Sí. Porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro, y las lleva toda la vida. Pero una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces yo siento que tengo que decírtelo. Escuchame.

Vos eras raro. Uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa, y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Y vos eras raro. Cuando entraste a primer año, venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte, no sé, algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles, ni romper faroles a cascotazos, ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo como fue. Cuando uno es chico, encuentra cualquier motivo para querer a la gente. Sólo recuerdo que de pronto éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Una mañana hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez, dijo con voz de flauta: “adiós los novios”. A vos se te puso la cara como fuego. Y yo me di vuelta, puteándolo, y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano. Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.

—Te lastimaste por mí, Abelardo.

Cuando hablaste sentí frío en la espalda: yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas.

—Soltame —dije.

A lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo: tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que antes también lo entendía, y alguna vez lo dije: dije que todo eso no significaba nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían y uno también, César, acaba riéndose. Acaba por reírse de macho que es.

Y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.

Fuimos inseparables. Hasta el día en que pasó aquello yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente como quieren los que todavía están limpios. Me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te enseñaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil contarte, escuchar todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, con una mirada rara; la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:

—Sabés, te admiro.

No pude aguantar tus ojos; mirabas de frente, como los chicos y decías las cosas del mismo modo. Eso era.

—Es un marica.

—Déjense de macanas. Qué va a ser marica.

—Por algo lo cuidás tanto…

Y se reían. Y entonces daban ganas de decir que todos nosotros, juntos, no valíamos la mitad de lo que valía él, de lo que valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil, y la risa fácil. Y uno también acepta —uno también elige—, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche, cuando vino el negro y dijo me pasaron un dato. Me pasaron un dato, dijo, que por las quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso lo hacemos debutar al machón, al César. Y yo dije macanudo.

—César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas.

—¿Con los muchachos?…

—Sí. Qué tiene.

—Y bueno, vamos.

Porque no sólo dije macanudo, sino que te llevé engañado. Y fuimos. Y vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo: alta entre los árboles.

—Abelardo, vos lo sabías.

—Callate y entrá.

—¡Lo sabías!

—Entrá, te digo.

El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba socarronamente. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes: siete por cinco treinta y cinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca. Nunca me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.

El negro hizo punta. Yo sentía una cosa, una pelota en el estómago. No me atrevía a mirarte. Los demás hacían chistes brutales. Desacostumbradamente brutales, en voz de secreto. Estaban, todos estábamos asustados como locos. A Roberto le tembló el fósforo cuando me dio fuego.

—Debe estar sucia.

Después, el negro salió de la pieza y venía sonriendo. Triunfador. Abrochándose.

Nos guiñó un ojo.

—Pasa vos, Cacho.

—No, yo no. Yo después.

Entró el colorado, después Roberto. Y cuando salían, salían distintos. Salían no sé, salían hombres. Si, esa era la impresión que yo tenía.

Después entré yo. Y cuando salí, vos no estabas.

—¿Dónde está César?

No recuerdo si grité, pero quise gritar. Alguien me había contestado: disparó. Y el alemán —un ademán que pudo ser idéntico al del negro— se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio, porque de pronto yo estaba fuera del rancho.

—Vos también te asustaste, pibe.

Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.

—Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.

—Agarró pa ayá —con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. El chico también dijo pa ayá.

Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.

—Lo sabías.

—Volvé.

—No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.

—Volvé, ¡Animal!

—Por Dios que no puedo.

—Volvé o te llevo a patadas en el culo.

La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar, ensuciarte para olvidarme de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.

—Bruto —dijiste—. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.

Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.

Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:

—Maricón. Maricón de mierda.

Y después lo grité.

Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero de golpe, un día, necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escuchame.

Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros.

Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.


Abelardo Castillo



El Marica (Avelardo Castillo) english subs
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PEP MARTINEZ (1959-2008)
L’actor Pep Martínez va morir el passat 1 de març de 2008 als 49 anys després d'uns mesos de malaltia que va mantenir en completa discreció.

Pep Martínez va debutar al teatre professional de la mà de Josep Maria Flotats en el famós muntatge de Cyrano de Bergerac i amb aquesta companyia va actuar a El despertar de la primavera i Lorenzaccio.

Amb Dagoll Dagom va introduir-se al teatre musical amb Flor de Nit, interpretant el paper de Patrick. A partir d’aquí va desenvolupar una faceta de cantant de veu emotiva i ben timbrada. Posteriorment a això, va intervenir a l'espectacle que va inaugurar el TNC, Àngels a Amèrica, sota la direcció de Flotats.

Paral•lelament a la seva vocació d'actor, Pep Martínez va exercir la seva carrera de medecina que, els darrers anys l'havia apartat del teatre. Com a metge va treballar a Madrid, a Barcelona i a Palma de Mallorca.



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Sé lo que hicisteis

Patricia Conde y Ángel Martín

Cada tarde en laSexta un divertido intento para evitar que apaguemos la tv, Sé lo que hicisteis en laSexta

Ángel Martín pero que grande eres enano

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En Punto
PALOS DE CIEGO

En punto

Acaba de ocurrir lo que tenía que ocurrir: el articulista se ha quedado sin tema. El articulista lleva años escribiendo artículos y sabe que tarde o temprano todo articulista se queda sin tema, pero no sabe qué hay que hacer cuando llega el momento; lo único que sabe es que el momento ha llegado. Como cada dos semanas, a las doce del mediodía de hoy el articulista tiene que enviar al periódico un artículo de 90 líneas; sin embargo, ya son las diez y ni siquiera sabe sobre qué va a escribir. Sentado ante el ordenador, con las yemas de los dedos rozando impacientes el teclado, el articulista se angustia, intenta relajarse, se angustia otra vez. De repente se le ocurre un tema –un tema político: algo relacionado con las elecciones generales, que son inminentes y ya se habrán celebrado cuando su artículo se publique–; el articulista, sin embargo, descarta enseguida ese tema: cada vez que escribe de política se pone solemne, últimamente no para de ponerse solemne y corre el riesgo de que la gente descubra que en realidad la política le importa un pimiento y de que, en consecuencia, el periódico le despida. Apenas descartado este tema, se le ocurre otro –algo relacionado con Billy Bob Thorton, ex marido de Angelina Jolie, quien en una memorable entrevista declaró: “Dejé a Angelina para ver la tele”–; pero el articulista también descarta ese tema, y no sólo porque Thorton y Jolie le importen un pimiento, sino porque se trata de un tema demasiado frívolo y últimamente no escribe más que de frivolidades y corre el riesgo de que la gente descubra que en realidad es un frívolo redomado y de que, en consecuencia, el periódico le despida.

El articulista mira el reloj: son las once menos cuarto y, aunque ya ha escrito 26 líneas, sigue sin tema o sin un tema que no vaya a ocasionarle el despido; acariciando las teclas del ordenador, se angustia, se estruja el cerebro en busca del tema adecuado y, con la esperanza de que si se distrae lo encontrará, piensa en temas inadecuados. Como todo el mundo, el articulista sabe que hay tres temas que un articulista no puede abordar jamás: uno es los perros, otro los médicos, otro los taxistas. El articulista lo sabe por experiencia: en una ocasión escribió un artículo sobre perros y Vázquez Montalbán le propinó una colleja de la que aún no se ha recuperado, y en otra ocasión escribió sobre médicos y el buzón del periódico se atascó de cartas de protesta. ¿Y los taxistas? Temerario o desesperado, el articulista piensa que, ya que no sabe sobre qué escribir, debe escribir sobre taxistas: es la forma de demostrar que no es un articulista frívolo, sino comprometido, un intelectual insobornable dispuesto a abordar los temas que nadie tiene la valentía de abordar. El problema es que el articulista no sabe absolutamente nada sobre taxistas –ni, de hecho, sobre perros o sobre médicos–; claro que esto, bien pensado, no es un inconveniente; al contrario: el articulista sabe que, cuantos menos conocimientos se tienen de un asunto, más fácil es opinar sobre él, y que a un articulista no se le pide que sepa, sino que opine (la prueba es que él opina constantemente sobre asuntos de los que no sabe absolutamente nada y le va muy bien). Hay otro problema, y es que el articulista siente una simpatía irreprimible por los taxistas: en general, le parece gente seria, cordial y diligente; ese sí es un inconveniente insuperable, porque la primera norma de un articulista consiste en no hablar bien de nada ni de nadie (salvo, sutilmente, de sí mismo), y si a él se le ocurre escribir un elogio del taxista todo el mundo pensará que no es un intelectual insobornable, sino una sanguijuela dispuesta a conquistar a base de adulación el favor de los taxistas. En ese momento, sin embargo, el articulista recuerda algo que le ocurrió con un taxista. Fue hace algunos años, un día en que paró un taxi en el centro de Madrid; lo conducía una anciana apacible que enseguida se reveló como una conductora asesina, y, después de que realizara un par de giros suicidas sin poner el intermitente, sudando de miedo el articulista le imploró que lo pusiera. “¿Está loco o qué?”, le contestó la mujer, mirándolo perpleja por el retrovisor. “¡No hay que darle pistas al enemigo!”. Feliz, convencido de que por fin ha encontrado el tema de su artículo, el articulista piensa que quizá podría trazar un paralelismo entre los taxistas y los articulistas: al fin y al cabo, piensa el articulista, escribir artículos consiste en dar constantemente pistas al enemigo. Pero, vuelve a pensar el articulista, si de verdad escribir artículos consiste en dar pistas al enemigo, entonces lo mejor que podría hacer él es dejar de escribir artículos. De inmediato, este pensamiento le bloquea.

El articulista mira otra vez el reloj: son las doce menos dos minutos y sólo le faltan cuatro líneas para terminar el artículo y comprende que sigue sin saber de qué va a hablar. Escribe lo anterior y advierte que sólo le faltan tres líneas y piensa que a estas alturas ya importa un pimiento si el artículo es solemne o frívolo o comprometido o digno de una sanguijuela. Escribe lo anterior y piensa que sólo le faltan dos líneas y que, si no envía de inmediato el artículo, el periódico le va a echar. Escribe lo anterior y dan las doce y escribe esta línea y luego, con un alivio inmenso, envía el artículo.

El País semanal
JAVIER CERCAS 23/03/2008



 
C O M P L I C E S



"Y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola"




Gracias Iago


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Nane Tsora


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Songbird

Eva Cassidy

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